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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-09-2012

Violencias simblicas que complementan a las fsicas en el 25S en Espaa
El homenaje a la mayora silenciosa

Antonio Fernndez Vicente
Rebelin


Deca el poeta Paul Valry en Eupalinos que hay palabras que son como abejas para el espritu. La picadura puede anestesiarnos, domesticarnos o enfurecernos. La estrategia de comunicacin del gobierno del Partido Popular hace gala, de igual modo, de esta ambivalencia. Desde las declaraciones de Mara Dolores de Cospedal, donde en un ejercicio cnico de empata y prognosis, auguraba que aquellos indignados que protestan agradecern la accin del gobierno, hasta el homenaje de Mariano Rajoy a la mayora silenciosa que no protesta, el efecto es, cuando menos, dispar. Si la intencin de ambos es la de aplacar las voces discordantes, las muestras pblicas de rabia ante lo que podramos denominar La gran estafa democrtica, convierten sus palabras en dardos deletreos.

Cmo no rebelarse cuando la situacin podra cambiar diametralmente si hubiese la voluntad de anteponer los intereses de los ciudadanos a los de aquellos que se lucran a nuestra costa? Por qu no dejar, simplemente, de pagar intereses de la deuda? Por qu no, incluso, declarar la deuda como odiosa y no pagarla, puesto que nadie nos pregunt directa y democrticamente para contraerla? Cmo reaccionar ante la impunidad de escndalos monumentales como los de Bankia, CAM, las innumerables imputaciones de dirigentes polticos de toda la geografa espaola, los despilfarros y prebendas ominosas de cargos pblicos o las oscuras operaciones de Urdangarn en la Fundacin Nos. Al mismo tiempo que se privatizan servicios pblicos, que se recortan sueldos, se multiplican los despidos masivos y se carga la fiscalidad sobre los que menos tienen, el esperpento de la vida poltica, la desvergenza de los poderes financieros hara sonrojar incluso a Luis Garca Berlanga. Sobran los motivos...

El estigma de la protesta

Si analizamos los mensajes referidos, que han sido en muchos casos reproducidos sin crtica por los medios informativos, advertimos que tratan de fomentar el odio entre quienes protestan por la situacin actual y quienes no. Dicho de otra forma, tratan de criminalizar a los manifestantes que, adems de apaleados pblicamente, son objeto de estigmatizacin por aquellos que tanto se jactan de ser representantes democrticos del pueblo.

A aquellos empecinados en asumir irreflexivamente los dictados del gobierno, tales declaraciones les reafirmarn en su creencia de que hay dos espaas. La primera, la de quienes intentan levantar el pas con esfuerzo y sacrificio, sin lugar a actuaciones subversivas que obstaculizaran el buen funcionamiento del sistema. Es la Espaa de los hombres de provecho, de los que no protestan y en su lugar trabajan. La Espaa de los hombres de bien. La de los que agachan la cabeza y padecen con resignacin los castigos divinos, como el Santo Job.

Por otra parte, los discursos del gobierno categorizan a esa Espaa de gandules y maleantes, a la minora ruidosa e indolente como la excepcin a la norma. La protesta sufre el descrdito del poder poltico -el golpe a la democracia, apoyado sin duda por titulares periodsticos que definen la situacin -por anticipado!- en clave de asedio a la democracia. Se trata del intento de dividir a la sociedad entre los indeseables que conspiran contra el provecho comn y aquellos que, de modo pasivo, se adaptan a los cambios inicuos que les perjudican; a aquellos que, haciendo gala de la servidumbre voluntaria explicada por tienne de la Botie, se autoimponen los grilletes.

Parece ser que la ceguera de los poderes polticos carece de lmite. Puede ser ceguera o mala fe, en el sentido sartreano de autoengao al creer su propia visin distorsionada e hilarante del mundo, alejados como estn de la realidad de las cosas. No perciben, o fingen no percibir que el estado de malestar en la ciudadana no se restringe a esa minora que abre telediarios y ocupa las portadas de los principales diarios. La sensacin de que se nos trata desde una posicin paternalista, donde no se dan explicaciones argumentadas sino que se recurre una y otra vez a las frmulas del tipo sabemos que lo hay que hacer resulta a todas luces intolerable. Confina a la ciudadana a la minora de edad, a la tutela de unas autoridades que slo deben rendir cuentas a los mercados. No es extrao que lo que se pida, desde los poderes, no es dilogo, discusin pblica, sino sumisin y docilidad, como si de una historia de padres y nios se tratase. Nios obedientes, que no cuestionan la autoridad paterna; y nios traviesos que son castigados.

En consecuencia, de un lado, se emplea violencia y brutalidad fsica para reducir el alcance de las protestas. De otro, el propio gobierno recurre a violencias simblicas para que, a travs del aparato meditico, cualquier tipo de subversin y accin disidente corresponda al caos y la anarqua. Discrepar demasiado es vil, parece rezar el mantra. Pero si la discusin acalorada es el fundamento de toda poltica! Y es precisamente caos aquello contra lo que se construye la protesta y como surge el antagonismo, contra las incertidumbres e inseguridades que genera la plutocracia.

El prestigio de conformarse

Junto a los smbolos que estigmatizan y criminalizan la protesta, se yerguen los que ensalzan la pasividad y el seguir la corriente. Los que han olvidado pensar y actuar por s mismos y acatan los dictados de la autoridad: hoy cada vez menos por fortuna, lo cual es un logro indirecto, no querido de la crisis actual. Los discursos del gobierno popular celebran el instinto de rebao tan repudiado por uno de los padres de la modernidad, Nietzsche. Tratan de reprobar cualquier atisbo de transformacin, bajo la divisa de que no hay otra alternativa. Quieren hacernos olvidar que pensar otro mundo posible, la alteridad, no consiste en oponer el desarrollo al subdesarrollo, sino otro desarrollo al subdesarrollo, como sostiene Antonio Negri. Por este camino, slo es presumible la decadencia. Qu hacer sino protestar de modo claro y radical?

Las declaraciones continuas de los lderes mencionados pretenden perpetuar la inercia frente a la libertad. El gobierno del miedo frente a las iniciativas de la esperanza. Los discursos de quienes detentan el poder y esto lo supo advertir Nietzsche en La genealoga de la moral- instituyen y fijan lo que es bueno y deseable, al tiempo que dictan lo que es malo e indeseable. Con sus palabras, los dirigentes del Partido Popular aplauden a quienes, por el miedo, son refractarios a la actividad prctica para modificar el estado de cosas. Lo que definen como bien, como lo correcto es en realidad el mal, como en la neolengua orwelliana. Rinden homenaje tambin a aquellos para quienes es preferible el orden en la miseria asegurada al desorden esperanzador. Son hoy ms necesarias que nunca las palabras de Antonio Gramsci, a propsito de la urgencia de transformaciones: El orden actual se presenta como algo armnicamente coordinado, establemente coordinado, y la muchedumbre de los ciudadanos vacila y se asusta en la incertidumbre ante lo que podra aportar un cambio radical.

Es urgente que reconsideremos que lo deseable, el bien es precisamente la transformacin estructural del estado de cosas que procura cultivar la vida en tanto la conformidad trata, simplemente, como afirmaba Spinoza, de evitar un peligro inmediato a costa de perpetuar los esquemas preestablecidos que nos perjudican. Romper con el filistesmo y el mecanicismo es una de las batallas que han de librarse en el espritu de cada uno de los ciudadanos para que exijan de un modo firme el cumplimiento de sus derechos en funcin de la obligacin de aquellos de quienes dependen.

Pero en qu se convierte la democracia cuando el miedo a la represin impide la libre manifestacin de los ciudadanos. Qu es la vida social cuando los hroes cotidianos son los que permanecen cmodamente instalados en su ignorancia y podredumbre mientras otros, los que les adulan con inquina, los lderes polticos, se aprovechan de su inaccin? Las protestas del 25S obedecen a movimientos de contienda civil de naturaleza pacfica. Sin embargo, desde el instante en que la respuesta al envite cvico es la violencia fsica y simblica, se aaden cimientos a una desobediencia no slo civil y simblica como las llamadas de atencin de Snchez Gordillo. La lgica nos advierte de que violencia engendra violencia y ese no es, de ningn modo, el sendero hacia la prosperidad.

Para concluir, deseara traer al presente las palabras de un hombre de accin, poco dado a bizantismos y digresiones tericas. Segn Ernesto Che Guevara, la va de la guerrilla se legitima desde el momento en que se ven agotadas y fulminadas, en su inutilidad, las reivindicaciones sociales en el plano de la lucha cvica. Obviamente nadie desea una radicalizacin de las protestas, la generalizacin de las violencias de todo tipo. Sin embargo, actitudes soberbias y autoritarias como las del gobierno del Partido Popular siembran vientos. Confiemos en que no haya lugar a tempestades y que quienes siembran tengan voluntad de alimentar a quien lo necesita y no a quien invierte para lucrarse a costa del empobrecimiento ajeno.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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