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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 02-10-2012

Culto a la derrota

Manuel Navarrete
Rebelin


Introduccin

El otro da, un amigo y yo bamos en una mani y vimos a uno que llevaba una camiseta con la cara de Snchez Gordillo. Luego, un trotskista nos reparti un panfleto que contaba con, al menos, doscientas citas de Len Trotsky, de dudosa aplicacin a la actualidad. Reflexionamos entonces sobre lo fcil que es caer en el culto a la persona.

Sin embargo, existe otro culto an peor, del que nadie parece haber teorizado todava.

Creo que la memoria histrica es algo que nos interesa, pero slo si est proyectada hacia el futuro, es decir, si se emplea como referente para construir prcticas contrahegemnicas aqu y ahora. No me separar de nadie por efectuar una lectura diferente de la historia, pero, desde luego, s por hacer una lectura diferente del presente, si sobrepasa el punto en el que se impide el desarrollo de nuestra lucha emancipatoria.

En este sentido, s me parece crucial combatir ese otro culto, que llamar culto a la derrota y que es producto de una visin de realidad supuestamente muy crtica con la izquierda y sus logros, pero acrtica en realidad en lo que respecta a las manipulaciones de los medios de comunicacin (es decir, a las manipulaciones del enemigo), diseadas para hacernos creer que no hay alternativa posible.


Efectos (deprimentes) sobre nuestra actualidad

Como digo, si esto no tuviera incidencia en la realidad presente, es decir, si se tratara simplemente de una cuestin academicista o de refinamiento erudito o intelectual, ni siquiera entrara a tratarla. Pero la posicin extraa, ambigua y ridcula de una parte de la izquierda europea ante la invasin otnica de Libia y ante la desestabilizacin imperialista de Siria me han convencido de que, por desgracia, el culto a la derrota sigue generando peligros.

Es bochornoso comprobar a qu nivel cierta izquierda se encuentra alienada y subordinada a los medios de comunicacin burgueses. Sonroja ver el miedo a ser tachados de gente que apoya dictadores, a las primeras de cambio, en caso de que no repitamos constantemente y prcticamente en cada frase nuestro desprecio por el lder de cualquier nacin que sea acosada por el imperialismo (ya sea este lder Sadam Hussein, Milosevic o Gadafi).

As, lo que sucedi en Iraq, Yugoslavia o Libia no fue que una potencia imperialista invadiera a una colonia, sino que hubo una revolucin popular y obrera en dicha colonia. Es decir, la contradiccin a nivel internacional no era entre pueblos e imperios, sino, como dira el Grupo PRISA, entre dictadura y democracia.

Al parecer, la OTAN, casualmente, pasaba por all y, sin quererlo, acab convirtindose en un agente involuntario de la democracia frente a la dictadura totalitaria del terror. El petrleo, por supuesto, tampoco tena nada que ver en toda este asunto. Y, en consecuencia, los colaboracionistas vendidos al imperio eran automticamente presentados como heroicos luchadores de la clase obrera.

Todo muy similar a la historiografa franquista, que no hablaba de un Imperio Espaol conquistando Amrica, sino liberndola de la opresin de tiranos como Atahualpa, con el apoyo de colaboracionistas que, supongo, tambin eran muy defendibles.


Instrucciones para dar culto a la derrota

Como se depende demasiado de lo que digan los medios de comunicacin, se defiende a Allende, pero se critica a Chvez. Se defiende al Che, pero se critica a las FARC. Se defiende a Camilo Cienfuegos, pero se critica a Fidel. Se defiende a Rosa Luxemburgo, pero se critica a Honecker. Se defiende a Gramsci, pero se critica a cualquier dirigente de un pas socialista. Y, por supuesto, se defiende a Trotsky, pero se critica a Stalin.

En resumen, se defiende siempre a los que han sido derrotados. Pero, si hubieran logrado vencer, no se los defendera. Porque, entonces, los medios de comunicacin diran durante las 24 horas del da que son malos, antidemocrticos, tiranos que han traicionado a la revolucin.

No hay duda de que Chvez ha hecho cosas indignantes como la extradicin de Prez Becerra. O de que las FARC se han equivocado en determinadas acciones. O de que Fidel ha cometido errores, como por ejemplo sus anlisis sobre la lucha armada en la actualidad colombiana. O de que Honecker no foment lo suficiente la participacin de las masas. O de que los dirigentes de los pases socialistas cometieron errores, como no apoyar con la suficiente determinacin a los movimientos de liberacin nacional. O de que Stalin cort demasiadas cabezas en sus famosas purgas.

Es decir, no se trata de ser acrtico con lo realmente existente. De lo que se trata es de no ser acrtico con lo que nunca ha existido. Porque, si Allende, el Che, Cienfuegos, Rosa, Gramsci o Trotsky hubieran ganado, en lugar de perder, y hubieran accedido al gobierno durante periodos ms dilatados de tiempo, probablemente su figura no se vera tan inmaculada y habra sido sometida a idnticas crticas.

Poltica ficcin? Sin duda. Pero igualmente es poltica ficcin presuponer, por ejemplo, que la URSS habra sido muy diferente si, en lugar de gobernar Stalin, hubiera gobernado Trotsky.


Trotsky, pero simplemente como ejemplo

Mxime conociendo su actuacin en Kronstadt, cuando dirigi a 50.000 soldados del Ejrcito Rojo que a reprimir a sangre y fuego a estos obreros, hroes del 17, que se encontraban amotinados en defensa de una serie de reivindicaciones ms o menos cuestionables, algunas de las cuales eran la libertad de expresin para los diferentes partidos socialistas y anarquistas ilegalizados por el Estado, libertades sindicales y libertad de expresin, entre otras cosas.

O conociendo la declaracin de Trotsky en el IX Congreso del partido (29 de marzo-5 de abril de 1920): Hay que decir a los obreros el lugar que deben ocupar, desplazndolos y dirigindolos como si fuesen soldados. La obligacin de trabajar alcanza su ms alto grado de intensidad durante la transicin del capitalismo al socialismo. Los desertores del trabajo debern ser incorporados a batallones disciplinados enviados a campos de concentracin.

Por no hablar de la despectiva referencia a la Oposicin Obrera de Alexandra Kollontai, efectuada por Trotsky en los debates del X Congreso del partido (1921): Ellos han avanzado consignas peligrosas. Han convertido en fetiche los principios democrticos. Han colocado por encima del partido el derecho de los obreros a elegir sus representantes. Como si el partido no tuviese derecho a afirmar su dictadura, incluso si esta dictadura est en conflicto temporal con los humores cambiantes de la democracia obrera. El partido est obligado a mantener su dictadura, cualesquiera que sean las vacilaciones temporales, incluso de la propia clase obrera. La dictadura no se basa a cada instante en el principio formal de la democracia obrera.

En su libro Terrorismo y comunismo (1920), Trotsky expone de nuevo su curiosa propuesta de organizacin de la URSS y de la cuestin sindical. En el captulo VII (Las cuestiones de organizacin del trabajo), leemos: El Estado proletario se considera con derecho a enviar a todo trabajador adonde su trabajo sea necesario. Y ningn socialista serio negar al gobierno obrero el derecho a castigar al trabajador que se obstine en no llevar a cabo la misin que se le encomiende () Sin trabajo obligatorio, sin derecho a dar rdenes y a exigir su cumplimiento, los sindicatos pierden su razn de ser, pues el Estado socialista en formacin los necesita, no para luchar por el mejoramiento de las condiciones de trabajo que es la obra de conjunto de la organizacin social gubernamental, sino con el fin de organizar la clase obrera para la produccin, con el fin de educarla, de disciplinarla, de distribuirla.

Si seguimos leyendo esa obra, veremos lo siguiente: Ms de una vez se nos ha acusado de haber practicado la dictadura del partido en lugar de la dictadura de los sviets. () En esta sustitucin del poder de la clase obrera por el poder del partido no ha habido nada casual, e incluso, en el fondo, no existe en ello ninguna sustitucin. Los comunistas expresan los intereses fundamentales de la clase trabajadora.

Slo un ejemplo ms, entre muchos: la declaracin de Trotsky en el II Congreso del Komintern (1920), que constituye un alarde de burocratismo casi sin precedentes: Hoy hemos recibido propuestas del gobierno polaco para firmar la paz. Quin decide en esta cuestin? Poseemos el Sovnarkom pero tiene que estar sujeto a un cierto control. Qu control? El control de la clase obrera como masa catica y sin forma? No. El comit central del partido ha sido reunido para discutir la propuesta y decidir cmo contestarla.


Barra libre de poltica-ficcin a la carta

No extraemos absolutamente nada positivo para la lucha de la clase trabajadora si volvemos por ensima vez al estril debate entre Trotsky y Stalin. Tampoco siendo acrticos con uno u otro de ellos. Por eso no har nada de eso.

S sacamos, en cambio, mucho en claro desmitificando el culto a la derrota, en este caso ejemplificado con Trotsky como caso flagrante y absolutamente evidente.

No tenemos el menor indicio para pensar que un gobierno de Trotsky en la URSS habra sido muy diferente al de Stalin. Sabemos, en cambio, algo: que, pese a toda la tinta derramada, las prcticas polticas de ambos dirigentes fueron, hasta el exilio de Trotsky en 1929, realmente muy parecidas.

Es verdad que, a partir de entonces, sus lneas polticas comenzaron a divergir muy aceleradamente, porque, slo entonces, Trotsky se dio cuenta de que era muy anti-burocrtico, y poco despus comenz a adoptar posturas cuanto menos peculiares, sobre todo tras su giro francs (1934), pidiendo a seguidores que abandonaran los partidos comunistas y se afiliaran a los partidos socialdemcratas de la II Internacional (traicionera y cmplice del imperialismo).

La pregunta, insultantemente obvia, es la siguiente: de haber llegado a gobernar Gramsci, o Rosa Luxemburgo, o Camilo Cienfuegos, o Maritegui, o cualquier otro de los que fue derrotado y no pudo gobernar, no se habra visto obligado a tomar decisiones difciles, reprimir levantamientos opositores, encarcelar gente, prohibir ciertas tendencias de prensa, etc.? No lo hizo, de hecho, Trotsky en el breve periodo en el que gobern?


Si buscamos la victoria, apostemos por ella

Ya lo he dicho. La historia-ficcin es absurda. Pero por eso mismo no voy a inventarme la historia feliz de que, de haber gobernado otro diferente al que gobern, todo habra sido distinto y mejor (haciendo, adems, total abstraccin de condicionantes histricos dursimos). No voy a dar culto a la derrota, porque aspiro a la victoria.

S que la victoria implicar una satanizacin sin lmites de los medios de comunicacin, es decir, de los panfletos de la burguesa. Eso lo aprend la primera vez que organizamos una manifestacin, nos apalearon y, encima, la prensa nos tild de terroristas. Pero no me influye en lo ms mnimo, ya que nosotros debemos generar nuestra propia lnea informativa y nuestros propios canales comunicativos.

Apoyo a Allende, y por eso apoyo tambin a Chvez. Apoyo a Camilo Cienfuegos, y por eso apoyo tambin a Fidel. Apoyo a Rosa, y por eso apoyo tambin a Honecker (y a Ulrike Meinhof). Apoyo al Che, y por eso apoyo tambin a las FARC (y a los Naxalitas).

No voy a esperar a que los derroten para, entonces, cuando sean inofensivas y los medios aflojen la presin, inventarme una historia romntica sobre sus glorias eternas, y as poder decrselo a mi vecino sin complejos y sin que se me caiga la cara de vergenza por contradecir al telediario.

Eso s, apoyo todas esas experiencias con sus contradicciones, con las crticas que deban hacrsele. No mato las crticas; me las trago vivas. Y creo que no hay otra postura posible para mantenerse dentro del campo revolucionario.

Apoyo a los revolucionarios que han iniciado el camino de la transformacin socialista y que, con ms o menos errores, han intentando transformar la sociedad derrocando al sistema capitalista. Son hroes de la clase obrera, que, a diferencia de los hroes de la burguesa, pueden y deben criticarse dialcticamente. Los admiro; por eso los critico.


Instrucciones para servir a la OTAN pero seguir siendo rojos

El culto a la derrota, como hemos adelantado, no es casual. Parte de una sumisin al discurso de los medios de comunicacin. Forma parte de un nuevo marxismo-acomplejado que se somete a los ritmos del debate ms convenientes para la burguesa y que, en ltima instancia, desliza la tesis de que la democracia burguesa es superior al socialismo, de que las naciones imperialistas son superiores y ms libres que el resto de naciones del mundo.

Es muy significativo analizar en qu momento se dicen las cosas. Por ejemplo: si China, rival comercial del imperialismo norteamericano y europeo, tiene un conflicto con el Tbet, justo esa semana esta cierta izquierda se pone a defender el derecho de autodeterminacin para el Tbet. Si la OTAN piensa invadir Iraq, justo esa semana esta cierta izquierda se pone a recordar las terribles matanzas cometidas por Sadam Hussein contra el pueblo kurdo. Si la OTAN piensa invadir Yugoslavia o Libia, justo esa semana es el momento de redactar sesudos anlisis sobre cmo Milosevic y Gadafi pactaron con el imperialismo en determinados momentos de sus trayectorias polticas.

En realidad, no han mentido al decir nada de eso. Pero est claro que es el imperialismo el que ha marcado el ritmo del debate, lo cual es muy determinante. Por qu las otras 51 semanas del ao no era el momento de hablar del Tbet, de Hussein, de Milosevic, de Gadafi o de Ahmadineyad, pero justo cuando al imperialismo y sus medios de comunicacin les interesa, debemos ponernos todos a hablar como locos de esas cosas?

Obviamente, el momento en el que se dice cierta verdad importa tanto como la propia verdad que se est diciendo. Por ejemplo, si me ofrecen un whisky y, justo en ese momento, grito que el alcohol perjudica gravemente la salud, no podr extraarme de que mi contertulio d por hecho que le estoy contestando que no deseo beberme el whisky (de un modo bastante freak adems).

A lo mejor estaba deseando beberme un cubata; incluso es posible que mi afirmacin, aislada del espacio y del tiempo, no implique lo contrario. Pero, por lgica, mi eleccin del momento exacto en el cual decido expresar ciertas verdades no puede sino confundir a la gente. A nadie le da tiempo material de decir todas las verdades todo el tiempo; por eso, elegir qu verdades se dicen en cada momento es en realidad el ndice de tu ideologa.

Desde una comprensin elemental de los rudimentos bsicos del antiimperialismo, es evidente que el primer obstculo para que Libia sea, no ya un pas socialista y libre, sino por lo menos algo diferente de una maldita colonia, es la existencia del imperialismo y sus planes de conquista y saqueo.

Si, para no quedar mal delante de mi vecino (que slo ve a travs de los ojos de los medios de comunicacin), justo el da antes de la invasin de Libia, escribo una lista recordando todos los errores y crmenes de Gadafi desde su mismo nacimiento, aunque no est mintiendo, lo quiera o no, mi sumisin a los medios de comunicacin habr colaborado con dichos medios en su justificacin de la intervencin de la OTAN.


Libia, otra apologa del suicidio

Los que padecen el mal de dar culto a la derrota alaban con frecuencia a los rebeldes libios. Ya se sabe: por lo visto, haba un sector obrero e izquierdista del alzamiento (aunque dicho alzamiento pidiera pblica y expresamente la intervencin de la OTAN desde el primer da) que, por desgracia, fue derrotado. Casualmente, son justo los que murieron, por lo que es tremendamente fcil dales culto; no podrn desmentir la idea de que realmente pensaban como nosotros. Tampoco se sabr nunca qu habran hecho de haber vencido.

Para redondear la cosa, y que no suene rara una OTAN libertaria, podemos decir que ese ejrcito criminal y terrorista fue en realidad all a refrenar la revolucin popular; fjate si era radical la cosa, que hasta la OTAN tuvo que ir a pararla. Como todo encaja, da igual habrselo inventado. Tampoco importa repetir la hazaa en Siria o Irn, aun sabiendo empricamente que los actores en conflicto son realmente los mismos que en Libia.

El culto a la derrota funciona porque tiene el terreno abonado en la poltica-ficcin, en el marxismo-acomplejado, en el viejo mesianismo de toda la vida, en el cuento faciln e infantil del bueno y el malo, de la revolucin corrompida, etc. En suma, una milonga fcil de asimilar y hecha a la medida de la versin que difunden los medios de comunicacin. Una versin, por tanto, capaz de adaptarse a lo que dicen esos medios en cada momento, pareciendo coherente con ellos.

Cierto: es una falacia. La realidad es mucho ms dura. Nada puede idealizarse como hacen ellos. Y, sin embargo, si fuera funcional a los intereses de los oprimidos, yo lo aceptara. Pero no es el caso. Porque refuerza la idea de que los medios de comunicacin dicen la verdad. Y, as, luego pasan cosas como la de Libia y somos incapaces de generar un mnimo de movimiento anticolonial que protesta contra la guerra aqu, en la propia metrpoli.


Ni complejos ni medios de comunicacin

La contestacin a los medios de comunicacin y a la ideologa dominante debe ser radical. Si, por ejemplo, Rajoy sale en la tele diciendo que, aunque el 25-S hubiera mucha gente denunciando al parlamento, l est con los millones que se quedaron en casa apoyando al parlamento, debemos preguntarle abiertamente si entonces, en funcin de su propia regla de tres, los millones que no fueron a la marcha contra el atentado a Miguel ngel Blanco estaban a favor de su ejecucin.

No debemos preguntarnos qu es lo que la gente quiere escuchar, sino qu es lo que la gente necesita escuchar. Tampoco debemos acomplejarnos, ya que la gente normal no dice tantas tonteras como algunos de los partidos anticapitalistas actuales. Por eso, no me da el menor miedo de que alguien me acuse de apoyar dictadores por el mero hecho de no apoyar a unos supuestos rebeldes que estaban (y no lo digo yo, lo decan ellos mismos) aliados a la OTAN. Soy consciente de que, si alguien me acusa de eso, ser porque es un idiota. Y es obvio que preocuparse por lo que opinen los idiotas sera una autntica idiotez por mi parte.

En funcin de las circunstancias histricas, las contradicciones adquieren jerarquas. Si maana el Imperio Espaol invadiera a los incas, yo no dira Ni Espaa ni Atahualpa. Yo dira: No a la invasin espaola, viva la independencia de los incas. Una vez que el invasor, primer obstculo para la construccin de cualquier orden econmico que no fuese el colonial, fuera expulsado, sera el momento de replantearnos la injusta estructura social del incanato.

Quien da culto a la derrota, desde la conciencia de que Atahualpa ya fue derrotado (y dado que a los medios de comunicacin ya no les importa esta cuestin), comprende estas contradicciones y las asimila velozmente. No as las contradicciones actuales, tan mediatizadas por el panfletismo de dichos medios.

No hay duda: quienes dan culto a la derrota, si Tupac Amaru viviera en la actualidad, en lugar de apoyarlo, lo acusaran por no ser marxista, no respetar los derechos de la mujer y no haber ledo El Capital (incluso aunque se escribiera siglos despus de su muerte); de hecho, diran que los vendepatrias y colaboracionistas de los espaoles eran en realidad agentes de una revolucin popular contra una dictadura que oprima a su pueblo.

Esperaran, con suerte, slo un par de siglos para poder dar culto a la derrota, tras comprender que Tupac o Atahualpa eran unos cabrones machistas, clasistas y autoritarios, pero que, cuando se levantaron contra el imperio (s, quiz despus de haber hecho alianzas con l en otros momentos), no eran las libertades civiles o el patriarcado (mucho menos el socialismo) lo que estaba en juego. Sino la misma independencia, es decir, la soberana como Estado, requisito primero para poder aplicar cualquier poltica de Estado (ya sea fascista, democrtica, comunista o hasta mormona).


Conclusiones

Si el Che Guevara estuviera vivo, la tele lo llamara terrorista. Si Rosa Luxemburgo estuviera viva, la tele la llamara totalitaria. Si Huey Newton estuviera vivo, la tele dira que es un racista y un reaccionario. Si Emiliano Zapata estuviera vivo, la tele lo acusara de reprimir a su pueblo. Si Steve Biko estuviera vivo, la tele dira que ha asesinado a civiles inocentes. Si Ho Chi Minh estuviera vivo, la tele lo acusara de traficar con opio y con armas.

Y, por desgracia, los izquierdistas que, al estar muertos, los adoran y dan culto a la derrota, diran tambin todo eso.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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