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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 01-06-2005

Informacin sumergida sobre un pas en crisis
Bolivia y las falsas simetras informativas

Claudio Fabian Guevara
Rebelin


Todo el sistema de medios capitalista crea incesamente una falsa simetra informativa para explicar conflictos perdurables, como el israel-palestino, el aislamiento internacional de Cuba o la permanente revuelta que las masas bolivianas libran contra el invasor que los domina desde las pocas de la conquista espaola.

Qu es una falsa simetra? Se trata de una narracin periodstica que, aparentando neutralidad y/o equilibrio ante un conflicto, describe a los contendientes como partes con responsabilidad similar en el origen y/o prolongacin de la disputa.

La construccin noticiosa de una falsa simetra se basa en variadas tcnicas: manipulacin de informacin y estadsticas, recorte de un segmento de hechos previa amputacin del background histrico, uso liso y llano de la mentira, falseamiento de documentacin, etctera.

As, por ejemplo, en el caso de Palestina, se ha denunciado reiteradamente la falsa simetra informativa que iguala a ocupantes y ocupados, opresores y vctimas. Pero esta maniobra discursiva en los ltimos aos ha llegado ms lejos. Ha sido frecuente que la prensa narre los acontecimientos violentos en trminos de provocacin palestina y represalia israel. Este lenguaje imputa discretamente la responsabilidad inicial a uno de los beligerantes (1), en este caso los palestinos, por la aparicin y prolongacin del conflicto.

La tradicin de neutralidad en la que intenta situarse la prensa profesional es buen campo de cultivo para las falsas simetras. Por caso en Irak, las noticias intentaron equilibrar su descripcin de la criminal invasin angloamericana con la continua referencia a los crmenes de Saddam Hussein, su hipottico poder de lanzar un ataque devastador en 45 minutos y el mito de las armas de destruccin masiva.

En todo caso, las falsas simetras se imponen no tanto por hbiles maniobras del lenguage y sutiles argumentaciones, sino bsicamente por la repeticin ensordecedora de sus esquemas de desinformacin en las usinas noticiosas del imperio y sus circuitos clientes. Estos ltimos incluyen miles de mensajeros gratuitos e involuntarios medios pequeos y medianos, lderes polticos y otros formadores de opinin que creen vlida una reinterpretacin neutral del paradigma noticioso imperial, inconscientes de su garrafal distorsin informativa inicial.
Es claro que la herramienta que permite moldear las conciencias de los ciudadanos es no slo la repeticin permanente del mensaje original puro y duro, sino tambin el reciclaje de mensajes de segunda y tercera generacin, es decir, de discursos subsidiarios del original, que con distintas variantes y graduaciones, lo respaldan o se oponen parcialmente pero arropndose en su terminologa y concepciones bsicas (2). As es como un ciudadano comn cree asumir una postura equilibrada al opinar: Estoy en contra del bloqueo, pero Castro es un dictador y Cuba debera democratizarse.

Los efectos polticos de la instalacin de una falsa simetra en la opinin pblica no son nada desdeables. Se produce un corrimiento del sentido comn, es decir, ante la desmesura del discurso mentiroso del poder, muchos sectores polticos y diplomticos, intelecturales y periodistas, ensayan una postura que intenta quedarse en el medio. As, apoyan soluciones sensatas, que con el consenso en la comunidad internacional, siguen siendo de todos modos intrnsecamente injustas y arbitrarias.

EL ESCENARIO BOLIVIANO

Las masas bolivianas, a las puertas de un nuevo derrumbe de su rgimen imperial local, van siendo incorporadas lentamente a una falsa simetra informativa. Se dibuja una situacin en la que aparentemente ambas partes en discordia tienen algo de razn.

El aparato meditico describe por un lado a los manifestantes, que reclaman la nacionalizacin de los hidrocarburos, la convocatoria a una asamblea constituyente y la renuncia del presidente Carlos Mesa; y por otro lado, al Gobierno, el Parlamento y las corporaciones extranjeras, que demandan el respeto de los acuerdos alcanzados, las garantas a los inversores externos que el pas ha logrado atraer y el mantenimiento del orden y el estado de derecho.
Dentro de este escenario, ambos grupos de actores van adquiriendo rasgos ms detallados.

De un lado, el Parlamento ha aprobado una ley que parcialmente atiende los reclamos, y que ha incrementado las regalas que deben pagar las petroleras del 18 al 50 por ciento. Las petroleras, a su vez, califican como confiscatorio este nuevo impuesto y prometen apelar. En principio, la prensa populista tiende a mirar a estas transnacionales con un sesgo crtico: al fin y al cabo, todo ciudadano de a pie desconfa de estos monstruos de mil cabezas. Sin embargo, tambin se menciona que fue la legislacin de bajos impuestos impulsada por Snchez de Lozada la que logr atraer estas inversiones.

Mientras tanto los manifestantes son tratados en principio con cierta aureola de respeto. Hay algo de intachable en ese enorme despliegue de gente de todos los sectores sociales que baja de los cerros, llega caminando desde los campos y se suma a un movimiento multicolor. Sin duda, si se tratara de una rebelin espontnea en La Habana, la prensa la titulara como otra Revolucin de Terciopelo. Sin embargo, a medida que pasan los das y la rebelin no cede, se pone el acento en que pese al tratamiento de sus reclamos los manifestantes continan con los bloqueos de calles y caminos.  Se destaca su carcter hostil y violento y los perjuicios que le causan a comerciantes y miembros de las clases medias.

Lentamente, la prensa internacional tiende a construir una imagen en la que modernidad, razn y progreso estn del lado del Gobierno, describiendo al presidente como la nica salvacin" o "lo nico que hay", con el habitual coro diplomtico internacional llamando a la cordura y al respeto a la ley. Mientras tanto, las masas son asociadas con trminos negativos, como disturbios, destrozos, guerra, metralla e intransigencia. La prxima etapa, segn los acontecimientos, ser pintar a sus dirigentes ms preclaros como exticos, desequilibrados, no razonables o/y alejados de la realidad.

An as, el cuadro descripto parece sujeto a debate. Las mayoras occidentales estaran dispuestas a sentir simpata por esas masas empobrecidas y sus reclamos. Pero al fin y al cabo, nadie simpatiza con el caos, menos con los golpes militares, y todos estamos acostumbrados a pensar que vivir en democracia implica que todas las partes deben ceder un poco para llegar a acuerdos.

Hemos llegado a una de las falsas simetras que modelan los esteoreotipos en que basa su percepcin el ciudadano comn.

SIGLOS DE REBELION

En primer lugar, hace falta desafiar frontalmente uno de los supuestos bsicos de la falsa simetra: el de que Mesa y el elenco poltico que encabeza representan los valores de la ley y las instituciones democrticas.

Aunque las noticias intenten darle a las manifestaciones un carcter discontinuado e inorgnico por la ausencia de una direccin unificada, en realidad el pueblo boliviano vive de alzamiento en alzamiento desde hace 500 aos, contra una realidad poltica de violencia, dominacin externa y ausencia de democracia.

As como Irak tuvo la desgracia de reposar sobre la segunda mayor reserva de petrleo del mundo para ser vctima de una invasin, el territorio boliviano sufri en trminos similares desde la poca de la conquista espaola, cuando millones de indios fueron exterminados para extraer las fabulosas riquezas mineras del pas.

La explotacin espaola dej un pas en ruinas y una poblacin que nunca conoci un verdadero autogobierno, hasta la insurreccin popular que llev al poder en 1952 al Movimiento Nacionalista Revolucionario. Ese gobierno nacionaliz las minas de estao, impuso el voto universal y comenz una reforma agraria. Sin embargo,

Pero poco a poco la mano externa fue tiendo de conspiraciones y divisiones el proceso, hasta llevar al derrocamiento de Vctor Paz Estensoro en 1964, el mismo ao del golpe contra Joao Goulart en Brasil. El espritu de la revolucin regres con miles de bolivianos en las calles, con la presencia efmera del general Juan Jos Torres, entre 1970 y 1971. Washington ya acept que actu para derrocar a aquel presidente mediante un golpe cruento que le permiti colocar en el poder a una de sus figuras clave para el tablero de las dictaduras del cono sur: el general Hugo Bnzer.

Bnzer, a su vez, fue depuesto por el general Juan Pereda Asbrn, en 1978, para impedir la llegada al gobierno de Hernn Siles Suazo, a quien le arrebataron mediante un fraude su triunfo electoral. Pero ya el 24 de noviembre de ese ao el general David Padilla Arancibia remplaz a Pereda Asbrn. As se lleg a la sucesin de golpes, contragolpes, gobiernos militares, los narcos en el poder consentidos por Estados Unidos y retornos democrticos a medias, siempre castrados por la impunidad (3).

Los orgenes del actual gobierno se inscriben en la misma lgica de ausencia total de legitimidad. El actual presidente Mesa era el vice de Gonzalo Snchez de Lozada (a) Goi, entronado con el 22 por ciento de los votos. Este hombre, que fue educado en los Estados Unidos y hablaba espaol con un fuerte acento gringo (hoy refugiado en Miami, of course), se dedic durante su mandato a privatizar todos los recursos naturales de Bolivia, desde el gas hasta el agua. Luego de enfrentar sucesivas rebeliones populares y reprimirlas a sangre y fuego, renunci en Octubre de 2003 al calor de un levantamiento popular que arroj un balance de 80 muertos.

Mesa fue el heredero de este trono virreynal manchado de sangre. Asumi prometiendo respetar las demandas populares, y obviamente no lo hizo. Alguien puede honestamente identificar a este hombre con un sistema democrtico? En realidad, es el emergente momentneo de un antiguo sistema de poder que ha recurrido a todo tipo de violencias y zancadillas para entronar al delegado de turno del poder forneo.

Por eso la consigna de una asamblea constituyente es pertinente. Para crear una verdadera democracia en Bolivia, hay que barrer la servidumbre proimperial enquistada en el Estado, y fundar una nueva institucionalidad.

LA CUESTION DE LOS HIDROCARBUROS

Respecto de las riquezas energticas, la falsa simetra ubica la discusin en el terreno de un simple tira y afloje con las empresas privadas que invierten en el pas acerca del nivel de impuestos que deben pagar, ocultando la verdadera dimensin del pillaje.

Situando el debate en el porcentaje de impuestos que las petroleras deben pagar, y anunciando que la nueva norma sancionada por el Parlamento ha incrementado este impuesto, se silencia que las empresas lograron un excepcional descuento a golpes de corrupcin con Snchez de Lozada, y lo que es ms importante se ignora el reclamo de un precio justo y de que el proceso de industrializacin se realice en Bolivia, ya que estas materias primas incrementan muchas veces su valor una vez industralizadas.

En realidad:
1)    La ley anterior ya fijaba las regalas en el 50 por ciento. Pero Snchez de Lozada entreg nuevas areas de explotacin a una irrisoria tributacin del 18, calificando los campos como inexistentes (??).
2)    Las petroleras pagan su impuesto en base a una declaracin jurada que nadie controla, lo cual implica que prcticamente su nivel de tributacin es voluntario. Esta tambin sucede en pases del rea como Argentina, donde gobern Menem, un clon de Snchez de Lozada.
3)    Los reclamos del pueblo boliviano exceden el mero marco de un impuesto. Se exige la nacionalizacin de los hidrocarburos y una serie de medidas que le den al Estado control sobre el precio interno y de exportacin, y que un cierto porcentaje de industrializacin de la materia prima se realice en Bolivia.

Este ultimo punto es fcil de entender si se revisa la posicin de organismos como el Centro de Informacin y Documentacin de Bolivia (CEDIB):

El pas cree que el tema bsico de la prxima Ley de Hidrocarburos est en saber si las petroleras pagarn el 50 % de regalas o si la tributacin se desglosar en 18 % de regalas y 32 % de impuestos, cuando la esencia del problema est en saber si los precios de exportacin del gas natural sern fijados por las transnacionales o por el Estado nacional. Si Bolivia exporta el millar de pies cbicos (MPC) a un dlar (a la Argentina lo hizo a 0.98 dlares), recibir, en el mejor de los casos, el 50 % de esa cantidad, o sea 0.50 dlares por MPC. Entre tanto, EEUU vende el MPC a Canad y Mxico a 6 dlares y los bolivianos pagamos tambin 6 dlares en el mercado interno. (4)

Es decir que a las transnacionales les parece confiscatorio pagar un 50 por ciento de regalas sobre un precio boliviano de un dlar por metro cbico, cuando venden el mismo producto en el mercado internacional seis veces ms caro. Y al mismo precio se lo venden el pueblo boliviano, donde el grueso de la poblacin vive con menos de 80 centavos de dlar al da! (5)
Pero an hay ms, porque hasta aqu slo se manejan las cifras del negocio limitado a la materia prima:

El proyecto del gobierno indica que las ventas se regirn por el precio real de exportacin fijado por la empresa. En Argentina, Bolivia y Chile, las empresas exportadoras y compradoras del gas son las mismas. Pluspetrol, filial Bolivia, le vende a Pluspetrol Argentina; Repsol Bolivia a Repsol Argentina y Chile, y Petrobrs Bolivia a Petrobrs Brasil. En otras palabras, las empresas se venden a s mismas el gas

En esas condiciones, el gas boliviano, al cruzar la frontera, se convierte en termoelectricidad, GLP, GNC, Metanol (con destino a EEUU y Europa) y otros productos petroqumicos, los que permiten a las transnacionales obtener enormes ganancias, a costa de Bolivia. En el actual debate, solo se discuti la forma en que Bolivia compartir la torta pequea, o sea el producto de la venta -ficticia- de materia prima, ocultando la torta grande, vale decir el valor agregado que solo beneficiar a las transnacionales. Las dimensiones del dao afectarn a la totalidad de las reservas del pas, cuyo valor mnimo asciende a 53 mil millones de dlares (5).

Organizaciones como el CEDIB plantean que por lo menos el 30 % de los volmenes exportables de gas sean industrializados en territorio nacional.

Es claro que, en un pas sacudido por la pobreza, en un mundo necesitado de energa, el Estado debe adoptar polticas conducentes a asegurar para su gente el mximo ingreso posible de los limitados recursos existentes. Cualquier programa de menor alcance est viciado de estupidez, corrupcin y/o traicin a la patria.

Esta es solo una parte de un enorme tmpano de informacin sumergida. Pero es claro que, muy lejos de las falsas simetras, mirando el problema con verdadero equilibrio y neutralidad, toda la razn le asiste el pueblo boliviano.

Leeds, Reino Unido, 27 de Mayo de 2005.
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Notas

(1) La Guerra israel de la informacin, Joss Dray y Denis Sieffert, 2004.
( 2) Claudio Guevara, Noticias antes y despues de la Guerra. La sociedad hipnotizada. Rebelin, 2004.
(3) Stella Calloni , Una historia de saqueos y lucha. La Jornada, Mxico, octubre de 2003
(4) Andrs Soliz Rada, Bolivia: el fraude en la ley de hidrocarburos. http://www.cedib.org
(5) Stella Calloni da cifras conservadoras sobre la situacin en Bolivia: Casi 30 por ciento de la poblacin est desnutrida. La pobreza alcanza en algunos lugares a 80 por ciento de la gente y el retraso en el crecimiento afecta a ms de 25 por ciento de los nios. Estas son las cifras conservadoras. Calloni, dem
(5) Andrs Solis Rada, idem.


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