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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 06-11-2012

Crisis, recortes y educacin pblica
Derribamos o no las pirmides de Egipto?

Santiago Alba Rico
yoestudieenlapublica.org


Cuando hablamos de enseanza pblica tendemos a identificar lo pblico mismo con los conceptos de gratuidad, universalidad y laicismo, y estos tres rasgos, a su vez, con el protagonismo central del Estado. No es exacto. Lo pblico es ms bien un principio: el de que ciertos derechos fundamentales slo pueden garantizarse a condicin de delimitar un espacio comn protegido de la intrusin de los intereses particulares. Podemos imaginar una enseanza semigratuita y universal y, al mismo tiempo, privada, como viene ocurriendo de hecho en Espaa con el sistema de las escuelas concertadas; podemos imaginar una lite ilustrada educando a sus hijos en valores clasistas y, al mismo tiempo, laicos e incluso antirreligiosos; y podemos imaginar, desde luego, un Estado que pone dinero pblico a disposicin de centros educativos de propiedad y gestin privadas.

La separacin entre pblico y privado, que engloba todas las dems, tiene que ver, ante todo, con la definicin de los sujetos de derecho. Me explico. Antes de que comenzara la crisis, los ataques a la enseanza pblica por parte de los dos partidos mayoritarios se justificaban en nombre del derecho de los padres a elegir la educacin de sus hijos. Suena muy bien. La maternidad es una de esas maravillas milenarias cuya autonoma nos conviene a todos celebrar y respetar, dando por supuestos, a la manera rousseauniana, el amor de los padres y la seguridad de los hijos: se derivan muchas ventajas sociales -tambin para el capitalismo en crisis- del hecho de que a los nios los fabrique ese consenso afectivo privado que llamamos familia. Pero de la condicin materna -y menos an de la paterna- no puede derivarse ningn derecho pblico sobre otro ciudadano, por muy grande que sea el amor que nos une a l. Aceptar como fundamento jurdico el derecho de los padres a elegir la educacin de los hijos implicara aceptar tambin, en la misma pendiente lgica, el derecho de los padres a elegir para ellos la ignorancia, negndoles la inscripcin en una escuela. La lucha de siglos contra el trabajo infantil, an incompleta, no es slo una lucha contra la explotacin laboral sino contra el derecho de los padres a negar a sus hijos una educacin escolar. La lucha contra el castigo fsico dentro de las familias es una lucha, tambin todava incompleta, contra el derecho de los padres a disponer libremente del cuerpo de sus hijos. Igualmente, la lucha en favor del conocimiento y la cultura de los ciudadanos es una lucha contra el derecho de los padres a elegir la educacin de los hijos. La libertad de elegir evoca un principio solar, afirmativo y libertario (frente a, por ejemplo, la obligatoriedad de pagar los impuestos o de respetar las normas de trfico), pero a veces es un principio no slo engaoso sino reaccionario y hasta opresivo: la libertad slo tiene derechos si garantiza el derecho de los que an no pueden elegir.

El derecho a la enseanza no puede ser en ningn caso un derecho de los padres. Entindaseme bien: no quiero decir que deba ser un derecho del Estado, como en la antigua Esparta o como en las inexistentes sociedades totalitarias de la absurda propaganda anticomunista. Quiero decir simplemente que la enseanza es un derecho de los nios . De la misma manera que el derecho a la adopcin no puede reclamarse -ni negarse- a partir de la identidad sexual del solicitante porque es un derecho del hurfano y no del que adopta, el derecho a la enseanza no puede derivarse -ni negarse- a partir de la condicin paterna de los padres porque es un derecho del nio y no de sus progenitores. No son los padres los que tienen el derecho biolgico de elegir una educacin particular para esos otros que son sus hijos sino, al contrario, los hijos los que tienen el derecho ciudadano, contra la voluntad incluso de sus padres, a una educacin general de calidad, con arreglo a los estndares cientficos de la poca y en un medio protegido de todos los intereses particulares, ya sean de clase, de credo o de parentesco.

En qu consiste este derecho del nio? Como insiste Carlos Fernndez Liria, este derecho del nio es justamente el derecho a no parecerse a sus padres, a no pensar como ellos, a liberarse de sus familias; el derecho de los nios, en definitiva, a ser ellos mismos (que es lo que quieren, por lo dems, todos los padres sensatos). Esto vale no slo para las relaciones de parentesco sino tambin para las doctrinas religiosas y para los hbitos de mercado. Los intereses privados tienden a reproducirse intestinamente: los padres quieren que sus hijos sean como ellos, los catlicos fabricar ms catlicos, la casa Nike producir consumidores estndar de sus productos. Todas las estructuras privadas, las ms conservadoras y las ms ferozmente dinmicas, tratan de educar a los seres humanos -en realidad, de adoctrinarlos o formatearlos- a la medida de sus intereses netamente reproductivos, como prolongacin pura o funcin mecnica de su existencia. Frente a esta invasin de los intereses privados es imprescindible proteger un recinto al que llamamos pblico , el nico espacio que garantiza la supervivencia de esas dos cosas sin las cuales ni la belleza ni la bondad ni la ciudadana misma son posibles: el conocimiento general y la diferencia particular.

Los nios tienen derecho a ser ellos mismos; es decir, a no ser una mera repeticin de sus padres (lo que a veces a todos los padres nos gustara) ni de las creencias de sus antepasados (lo que todos los convencidos desean) ni de los eslganes publicitarios del consumo (lo que el mercado intenta sin parar). Los nios tienen derecho al conocimiento: es decir, a saber ms que sus padres, contra los prejuicios de las tradiciones y con independencia de si es til o no para el mercado. Los nios tienen derecho, por tanto, a educarse en un medio no decidido ni por sus padres ni por el prroco de su iglesia (o el imn de su mezquita) ni por el director de Coca-Cola, de Monsanto o de Nestl. Decidido por quin? Por este derecho mismo, que impone precisamente el contenido. Y que impone tambin, en consecuencia, las condiciones. Para que se trate de un derecho de los nios y no de los padres (o de las iglesias y los mercados), la enseanza debe ser de acceso gratuito y universal: o, lo que es lo mismo, la deben pagar todos los ciudadanos con su trabajo y debe ser obligatoria, sin excepciones, para todos los ciudadanos. No habr verdadera enseanza pblica mientras haya, junto a ella, ignorancia e incultura, pero no la habr igualmente mientras haya, junto a ella, enseanza privada o -valga la redundancia- concertada. Por otro lado, para que se trate de un derecho de los nios y no de las familias, de las iglesias o de las empresas, es necesario que se ejerza adems en un medio laico, en el sentido lato de un medio vaco en el que ninguna doctrina -tampoco el atesmo- tengan ninguna autoridad pblica en la aulas y, en cambio, todos los signos -cruces, velos, marcas y camisetas del Ch- tengan igual libertad privada en los recreos.

Gratuidad, universalidad y laicismo no definen lo pblico, pero son su condicin. Cul es la nica instancia que puede asegurar esa triple condicin y, por lo tanto, la apertura permanente, contra todas las presiones, del medio pblico? A la espera de inventar otra cosa mejor, tendr que ser el Estado. Esto no quiere decir -cuidado- que el gobierno , como ocurre en las dictaduras, intervenga ideolgicamente en las escuelas; una dictadura, como bien recordaba Hannah Arendt, no es ms que una privatizacin del poder en beneficio de una clase o una familia; y un poder dictatorial, por tanto, es en realidad una fuerza tan privada e intestinal como un padre, una iglesia o una multinacional. El Estado debe intervenir tan poco como todos los otros intereses privados, pero una paradoja bastante banal determina que la nica instancia que puede impedir la intervencin de los padres, de los curas, de los mercados y del Estado mismo es precisamente... el Estado. El Estado, mientras impide (o debera impedir) la reproduccin de los intereses familiares, religiosos y mercantiles en el medio pblico, se impide a s mismo intervenir, confiando la gestin de la enseanza -y por eso es un medio pblico y no estatal - a los profesores mismos a travs de un sistema de oposiciones. Como tambin ha explicado a menudo Carlos Fernndez Liria, es ese sistema el que garantiza al mismo tiempo el conocimiento general y las diferencias particulares y ello en la medida en que pone al docente a cubierto de un despido arbitrario por causas ideolgicas, como sera el caso en una dictadura y como es el caso en esos nichos de dictadura que son las escuelas privadas, donde los alumnos son clientes y los maestros trabajadores precarios. El sistema de oposiciones asegura, en efecto, la universalidad actualizada del saber y la libertad idiosincrsica, para bien y para mal, de los profesores. El derecho inalienable de los nios a la enseanza tiene mucho menos que ver con la libertad de los padres que con la de las aulas.

Pero esta triple condicin del derecho universal a la enseanza, que depende de un sistema de libertad docente, slo es posible si el Estado suministra los recursos necesarios para mantenerlo con vida. No es una opcin. De la entraa misma de ese derecho se desprende la obligacin de las instituciones pblicas de eliminar cualquier obstculo, econmico, social e intelectual, que impida a un nio -como en la bellsima fbula chestertoniana de la muchacha de la melena roja- ir a un colegio con profesores libres, saber ms que sus padres, sentir la intemperie de otros mundos y estudiar un insecto o un poema sin presiones ni amenazas. El cosmos y todas sus estrellas deben disponerse de tal modo que la escuela y la universidad tengan los lmites del cosmos y todas sus estrellas; ejrcitos, contables, polticos, comerciantes deben abrir paso a un nio malhumorado que lleva una cartera. Si los padres fuesen un obstculo, sera un imperativo encarcelar a todos los padres; si las iglesias fuesen un obstculo, sera un imperativo quemar todas las iglesias. Pero no nos engaemos. No son los padres, que en su mayora quieren realmente lo mejor para sus hijos y salen hoy a la calle a defenderlos, ni tampoco las iglesias, cuyo conservadurismo defensivo se nutre entre las ruinas; son los bancos, los mercados y los gobiernos a su servicio los que amenazan la enseanza pblica; es decir, la enseanza a secas. No es un tsunami ni un virus; es una decisin premeditada. Una decisin poltica. Podremos atribuirle otros pecados, pero lo cierto es que Cuba, por ejemplo, un pas pequeo y sometido a bloqueo, con pocos recursos y siempre al borde de la quiebra, ante cada nueva crisis se hace la siguiente pregunta: cmo podemos salvar los hospitales y las escuelas?. El gobierno de Rajoy -y antes el de Zapatero-, ante la as llamada crisis, se preocupa, en cambio, por la supervivencia de los que la han provocado: cmo salvar a los bancos?. Cuando hablamos de libertad de elegir, es necesario recordar enseguida que la libertad de los mercados ha elegido acortar nuestra vida, empobrecer nuestra alimentacin, demoler nuestra vivienda, despoblar nuestras cabezas. En relacin con la enseanza y mediante una combinacin de reformas legislativas y recortes econmicos, el ministerio de Educacin ha decidido que sean los mercados, y no el derecho, los que decidan quienes estudian y quines no y en qu escuela y con qu medios. An ms: el ministerio de Educacin ha decidido que sean los mercados, y no la ciencia, los que decidan el peso de una molcula o la velocidad de un electrn; y que sean los mercados, y no el conocimiento, los que decidan la vigencia de Scrates, Heidegger o Sartre; y que sean los mercados, y no la investigacin literaria y la pasin lectora, los que decidan la calidad potica de Dante, de Kafka o de Bolao.

Muchas generaciones han luchado y a veces sacrificado sus vidas para reclamar el derecho de los nios a no ser una repeticin de sus padres; y el derecho de las escuelas a liberar todas las aulas. Tambin para reclamar el derecho de los jvenes a redescubrir por s mismos todos los senderos y todos los rastros de los que los han precedido; y el derecho de las universidades a conservar y revisar colectivamente, sin descanso y sin distracciones, el saber de la humanidad. Es fcil estremecerse al pensar en la reaparicin de la tuberculosis y en la desaparicin de los elefantes. Es fcil estremecerse al imaginar un mundo sin mar Mediterrneo o sin Pirmides de Egipto. Y no nos escandalizan los que vuelan con explosivos las estatuas de Buda en Afganistn o los santuarios sufes de Tombuct? No nos escandalizaramos tambin ante la propuesta de derribar la Alhambra de Granada o la catedral de Santiago para ahorrar dinero? Consideraramos debatible la reactivacin del virus de la viruela o la demolicin del Museo del Prado con todos sus cuadros dentro? Pues bien, una catstrofe an mayor, cuyas consecuencias para las generaciones venideras no podemos todava calcular, es la desaparicin de la escuela y la universidad pblicas.

No llamemos crisis, por favor, a los talibanes que las estn destruyendo premeditadamente.

Fuente: https://www.yoestudieenlapublica.org/descargas/14articuloDerribamosPiramides.pdf



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