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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 08-11-2012

La pobreza tiene alma de Guasinton

Hernando Calvo Ospina
Rebelin


Al cruzar la calle luchaba hasta con la mediana brisa, que en las ardientes tardes bajaba de la montaa, para que no lo tirara al piso y lo arrastrara. La bsqueda de desperdicios en el basurero que se amontonaba en una esquina, dos cuadras abajo, la realizaba en la maana. Nunca se le vio pelear un hueso con otro perro o rata. Iba y regresaba con su caminadito tpico: como que de medio lado, como que arrastrando las patas, cabizbajo, las orejas cadas y como sin apuros. Ni lo recuperado en el basurero, ni las sobras que le daban en su casa eran suficientes para engordarlo, pues el costillar le resaltaba por encima de sus pelos grisceos. Mudo, discreto o falto de fuerzas, lo cierto es que no recuerdo haberlo escuchado ladrar. Nadie saba su edad y menos quienes eran sus padres.

Un da se apareci con su caminado de vaivn, surcando la calle de tierra pura, en mi viejo y humilde barrio de Cali, al suroccidente de Colombia. No le import que estuviramos jugando futbol. Nosotros, al ver la terrible indiferencia del forastero ante la vida, detuvimos el baln para que pasara. No se supo por qu, pero entr sin pedir permiso a esa casucha de tablillas que quedaba en frente de mi casa, la cual tena un solo espacio que serva de comedor, dormitorio y cocina. Se fue directo a meterse debajo de una de las tres camas y se ech a dormir. Ante la osada, los dueos ni se atrevieron a protestar. Prefirieron adoptarlo. Unas horas despus, cuando sali a la puerta, los dems perros vinieron a olfatearlo y fue aceptado. Para nosotros un perro ms no era molestia.

Luego vino la gran discusin: cmo llamarlo. Y con las informaciones en la radio lleg el nombre. El corrillo de nios decidi que se titulara Guasinton. Ninguno perdi saliva tratando de corregir la pronunciacin, porque a todos nos sonaba guasinton y no Washington.

A pesar de su deplorable aspecto, que inclua principios de sarna en las orejas y el rabo, Guasinton era la admiracin de nosotros. Durante varios das, cuando en las tardes regresbamos de la escuela, nos reunamos para burlarnos de su aspecto y escasa vitalidad. Un ventarrn se llevaba como hoja seca al enclenque; varias veces qued inmovilizado en los pantaneros que la lluvia formaba en la calle, y ah llegbamos nosotros a servirle de gra. Pero Guasinton tena una particularidad admirable.

De las cuarenta casas y casuchas que deban existir en las dos cuadras del vecindario, por lo menos en treinta se compartan los modestos alimentos con perros, perras, gatos y gatas. Cuando una de esas hembras de ladrido entraba en calor y le daba por buscar novio, la calle se pona en efervescencia. Era un espectculo ver a diez o quince perros cercando y montando a la perra por cualquier lado. Ante tanto asedio ella se tiraba al piso y empezaba lanzar dentelladas, pero ni as la dejaban tranquila. Y llegaban las trifulcas entre los perros, creyendo que el ms fuerte sera aceptado para un breve romance. Los aliados no existan, era una disputa de todos contra todos.

Guasinton prefera detallar la escena desde una prudente distancia. Justo en el momento en que la guerra intercanina estaba en su tope, Guasinton se acercaba a la perra, la ola, la lamba, y ella como hipnotizada se levantaba y sala atrs de ese desgarbado elegido. Los luchadores se daban cuenta y se precipitaban en medio de ladridos tras la perra, empujando y hasta mordiendo al inmutable Guasinton.

Demasiado tarde. Si el dueo de la perra no se interpona, en medio de las dificultades de la guerra establecida, Guasinton la haca entrar a la casucha. Los propietarios se encargaban de cerrar el paso a los dems rabiosos y excitados pretendientes. Guasinton llevaba a la enamorada directamente al viejo plato metlico donde le servan los restos de comida, ofrecindole lo poco que quedaba, y que ella acababa en dos lambidas. Con la tranquilidad asegurada, ella entraba en el juego amoroso de Guasinton, bajo la sombra de un rbol de mango. Ah comprobaba lo que muchas perras del vecindario comentaban: sin ser preador, era el mejor amante.

Cuando me preguntan sobre m niez y mi barrio, cuento de su alegra, del vecindario solidario, de su pobreza, y de Guasinton.


(*) Hernando Calvo Ospina es periodista y escritor colombiano. Colaborador de Le Monde Diplomatique.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 



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