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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 22-11-2012

Mirarse vivir

Santiago Alba Rico
La Jiribilla


Desde los techos de los vagones del tren, por encima de una multitud efervescente, cientos de hombres y mujeres contemplaban la escena con los puos levantados. Pero al acercarse uno descubra que su gesto no tena nada que ver con su filiacin poltica. No eran comunistas: estaban sencillamente izando los telfonos celulares por encima de las cabezas de sus compaeros para tomar imgenes de la manifestacin. Las cmaras, en efecto, se han incorporado de tal modo a nuestros cuerpos que podemos decir que todos los acontecimientos de nuestra vida, incluso los ms trgicos, tienen una dimensin turstica. En los das ms duros de la represin de Moubarak, un manifestante egipcio de Tahrir, rodeado de compaeros muertos, gritaba desafiante a la polica: matadme, que lo voy a grabar con mi celular. La cmara-cuerpo se ha convertido sin duda en un arma, como lo demuestra la pretensin del gobierno de Rajoy en Espaa de castigar a los que graben imgenes de represin policial, pero es mucho ms que eso: es, sobre todo, un potenciador de la propia conciencia, para lo bueno y para lo malo.

Hay un aspecto tecnolgico inmanente en el que pensamos muy poco. La invencin de la fotografa y del cine, y su democratizacin industrial, han determinado la interiorizacin del carcter histrico de cada experiencia individual y colectiva: lo propio del ser humano en el siglo XXI es mirarse vivir. El trmino histrico quiere decir aqu dos cosas muy distintas y hasta contradictorias entre s. En el primer sentido, histrico alude a la dimensin indita, inslita y espectacular de la experiencia, a la que la cmara proporciona un aura sagrada y teolgica: la cmara ha venido a sustituir a Dios (que es la cmara siempre encendida de los creyentes) y a inducir incluso una vocacin de martirio o, en general, de sacrificio, pues la vctima suele ser siempre otro al que vemos morir en la pantalla de la televisin. El grito del manifestante de Tahrir era un desafo, pero era tambin una splica orgullosa, como en el caso de los antiguos mrtires cristianos que contemplaban su propia muerte desde el ojo de Dios mientras proclamaban en pblico su superioridad vital: mi muerte es nuestro triunfo. Por eso mismo porque la cmara cumple la funcin de la omnividencia divina nuestra cultura es al mismo tiempo la ms antirreligiosa y la ms supersticiosa de la historia.

Pero en el segundo sentido, histrico alude, al contrario, a la fijacin y disolucin de la experiencia en el tiempo, al hecho de que toda experiencia individual est anclada en su propia poca y que es ya por tanto mientras se experimenta puro pasado, cscara muerta. La paradoja, por ejemplo, del clsico propagandstico de Leni Riefenstahl, El Triunfo de la Voluntad, es que quera fijar en el tiempo la eternidad imperial del Tercer Reich y por eso ahora sus imgenes comparecen terrorficamente caducas: vemos ah millones de fantasmas, huestes de gente muerta, escuadras de disciplinados zombis aprisionados en el siglo XX. La imagen manufacturada e industrial permite salvar del tiempo la temporalidad misma de la experiencia, su caducidad, su polvo y su moho; la eternidad imperial del nazismo es una cosa muy de 1935, tpica de su poca, hija de su limitadsimo marco histrico. Por definicin no se puede fotografiar la eternidad, no se puede eternizar el instante en el que est enjaulado un cuerpo. As que ese Dios de la cmara, inductor de martirios y sacrificios, corroe al mismo tiempo nuestra estancia bajo la luna, la carnadura misma de nuestra experiencia mundana. La cmara por as decirlo es un Dios que profana y ateza la existencia. De ah que reclame e imponga una sntesis espontnea de percepcin nihilista que se ajusta de maravilla a la antropologa de una sociedad de consumo construida a partir de la renovacin acelerada de las mercancas. Digamos que en los ltimos aos, con la proliferacin de nuevas tecnologas capaces de integrar en un solo soporte los cinco sentidos, la videopoltica se ha privatizado o individualizado: la televisin era populista, centralizadora, imperial, pero los 10.000 billones de imgenes que pueblan facebook apuntan a otra clase de dominio. El fascismo es radiofnico y televisivo; el mirarse vivir del capitalismo hiperindustrial excluye de alguna manera la adhesin fiduciaria (la confianza en el lder o en la causa) que caracteriz la gestin fascista de las masas. El momento religioso y el momento profano reunidos en la cmara-cuerpo producen otra clase de sujetos: descredos e indignados.

Si hay que pensar lo nuevo de nuestra poca ya vieja mientras escribo estas lneas hay que aceptar que los tiempos estn cargados no solo de la historia de la lucha de clases sino tambin de la historia de sus productos tecnolgicos, a cuyo andamio performativo no podemos oponernos. Hay que aceptar el formato tecnolgico de la poca y valorar el margen de maniobra que nos deja. El nuestro, es compatible con las formas clsicas de lucha y los viejos modelos de emancipacin? O solo con la indignacin, la revuelta, la horizontalidad pura?

No debemos ser ciegamente optimistas. Hay al menos dos formas de precipitarse en el vaco y la destruccin: una tiene que ver con el capitalismo y la guerra; la otra con la inmanencia tecnolgica, sus transformaciones vertiginosas y su construccin de egos estereotipados, proceso que es inexorable e irreversible, salvo que deseemos una de esas hecatombes que, segn Platn, reformatean la civilizacin cada quinientos aos, obligando a los hombres a empezar desde cero o desde 1, con muy poquita memoria material. Pero, sobrevivira alguien a esa hecatombe? Despus de todo, mientras retrocede en todo el mundo el derecho y la democracia, el saber tecnocientfico es inolvidable; sabemos ya fabricar la bomba atmica y, si Gunter Anders tiene razn, no sabremos resistirnos a utilizarla.

Entre tanto, y para no acabar en este tono apocalptico, celebremos a todos los indignados de la tierra que, ignorando la estrecha condicin material de su indignacin y el brutal totalitarismo de las tecnologas de destruccin, se miran vivir como buenos chicos, solidarios, valientes, pacientes, dialogantes y justos. Porque, como quiera que se mire, hay algo muy subversivo y concreto en esas abstracciones ilustradas llevadas a las plazas por miles de jvenes enrabietados que adoran su propia imagen.

Fuente: http://www.lajiribilla.cu/articulo/mirarse-vivir



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