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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 08-12-2012

Por qu saltan los elefantes?

Santiago Alba Rico
La Calle del Medio


Es una historia muy triste. Hace tres aos, al volver de las vacaciones, nos enteramos de la muerte del elefante del zoolgico de Tnez. Ibamos a verlo a menudo y su desaparicin dej en el mundo, y en nuestra memoria, un hueco tan grande como su propio corpachn inocultable (dnde puede esconderse un elefante?). Siempre nos haba enternecido mucho. Sin vallas ni barrotes, lo nico que lo separaba de la libertad era un pequeo foso no muy profundo, infranqueable, s, para un paquidermo, pero cuya estrechez misma deba constituir una permanente tentacin ante sus ojos. Pues, en efecto, durante doce aos el elefante desde el amplio espacio abierto a sus espaldas para mantenerse arrimado al foso, con la cabeza inclinada, como calculando la distancia; daba unos pasos atrs y luego tenda la pata delantera derecha, en un impulso de salto ms bien tmido y siempre reprimido en el ltimo instante. Durante doce aos su vida se redujo a esta carrerita impotente y a este izamiento intil de la pata. Una y otra vez retroceda, tomaba impulso y dejaba suspendida un momento la extremidad en el aire antes de retirarla de nuevo para recomenzar enseguida, en un gesto ya neurtico, mecnico y agotador. Por fin, un da, de manera inesperada, salt. Cay en la zanja y no se recuper de las heridas. Por qu lo hizo? Los elefantes, pacientes y memoriosos, ensayan un numero de veces los gestos antes de su ejecucin? La acumulacin y la repeticin tienen un lmite fsico -una especie de termostato o de contador- ms all del cual es inevitable pasar al acto? Podemos saber siquiera si fue una tentativa de liberacin o, por el contrario, un suicidio premeditado como consecuencia del cansancio y la desesperacin? Quizs el elefante de Tnez -consciente de su infranqueabilidad- no quera ya saltar el foso sino simplemente dejarse caer en l.

Cmo saberlo? Entre el orden del pensamiento y el orden de la accin hay un abismo irreductible, relleno de factores inexplicables -fsicos, materiales, sociales, psicolgicos- y por lo tanto impredecibles. De esta opacidad se alimentan, por ejemplo, las novelas policiacas, cuyos detectives, frente a un crimen, buscan de entrada a su alrededor un mvil: es decir, un sospechoso al que haya podido mover a la accin un inters concreto. Pero las novelas no seran novelas si los mviles ms patentes, los ms rectilneos, estuvieran en el origen del asesinato; la sorpresa del lector -que, del alguna manera espera ya con fundado realismo- est asociada al hecho de que finalmente el crimen lo perpetra el mvil ms dbil: no el heredero desplazado o el esposo cornudo sino el muchacho angelical deseoso de comprarse una corbata nueva. No sabemos cules son los mecanismo de la accin; no sabemos por qu decidimos pasar a la accin. Por mucho que se haya dudado y deliberado, si pasamos finalmente al acto lo hacemos sin-pensar, rompiendo de hecho con todos los argumentos que justificaban o reclamaban ese pasaje, de un modo tan irreflexivo como cuando retiramos la mano del agua hirviendo o saltamos al pisar descalzos un cristal roto. Como en el caso del elefante. No puede haber jams transparencia entre el orden del pensamiento y el orden de la accin. Puede haber, eso s, dignidad. Por qu se inmol Mohamed Bouazizi en Tnez, desencadenando de ese modo la revolucin tunecina y la primavera rabe? Nadie podr saberlo. Lo que sabemos es que, mediante este gesto, ilumin a su alrededor un crepitar injusto de mviles sociales y activ el mvil mismo de una transformacin colectiva.

En 1902, Jack London fue enviado como reportero a Inglaterra, donde permaneci siete semanas. Disfrazado con harapos, decidi sumergirse en el barrio ms pobre de Londres para compartir los trabajos y los das de los desheredados de la abundancia imperial. No sabemos por qu lo hizo, aunque algunos comunistas trasnochados seguimos dando un nombre antiguo a este misterio: principios. Lo cierto es que dej un libro aterrador, de acusadora actualidad, que titul de manera elocuente El pueblo del abismo. En uno de sus captulos, London nos habla del suicidio, de las decenas de personas que en el East End londinense se quitaban o trataban de quitarse la vida todos los das y cuyo fracaso, cuando fracasaban, de regreso a la desesperacin, las converta adems en delincuentes ante la justicia: hasta diez aos de prisin podan recibir como condena los que no saban utilizar bien el veneno o la cuerda. En cuanto a los que consumaban su intento, el misterio de este paso-al-acto se esclareca de la forma ms expeditiva y cmoda. Ellen Hugues Hunt, de 52 aos, sin casa, sin trabajo, sin comida, se arroj al Tmesis. El veredicto del juez fue tajante: muerte por enajenacin mental transitoria. London comenta con dolor: Me parece que estoy en lo cierto si afirmo que la justicia hubiera sido infinitamente ms ecunime de haber declarado culpable a la sociedad en su conjunto, por su enajenacin mental contra Ellen Hughes Hunt, a la que apart y desposey de toda la alegra de vivir que sin duda tuvo en otro tiempo. Enajenacin mental transitoria! As se quitan la responsabilidad para con sus hermanos hambrientos y desnudos.

En Espaa, la ofensiva talibn que llaman crisis ha producido ya innumerables suicidios entre las vctimas de los bancos. Son 119 personas las que este ao se han quitado la vida ante la amenaza inminente de perder su vivienda. Se han suicidado por eso? Misterio. Se dir que todos los das se desahucia a 500 familias y la mayor parte de ellas se aferran a la vida. Esos 119 suicidas, no estaran deprimidos por otros motivos? No tenan antecedentes psiquitricos? Su padre o su hermana o su to, no haban intentado suicidarse una vez, en medio de la abundancia, por un desengao amoroso? Los mismos peridicos de la derecha que emborronan las pistas en el caso de los desahuciados, para quebrar la rectilnea entre el mvil y el acto, no dudan, sin embargo, en atribuir a la crisis el suicidio de Patrick Rocca, propietario de la Accorp Properties, o el de Adolf Merckle, uno de los 100 hombres ms ricos del mundo, o el de Ren-Thierry Magon, cofundador de Acess International Advisor. Los ricos merecen admiracin o compasin. Los pobres, en cambio, son siempre culpables de su paso-al-acto, incluyendo sus propias muertes.

Pero es verdad. Hay todos los das 500 desahucios y la mayor parte de sus vctimas no se suicidan. Hay un creciente nmero de mviles sociales y la mayor parte de la gente ni se rebela ni se manifiesta ni protesta. Pero quizs es ste el verdadero misterio que hay que desvelar y cuyo esclarecimiento ilumina tambin -acusatoriamente- el dolor que estamos viviendo. Por qu la mayora no se suicida? Por qu la mayora no se rebela? Siempre hay una buena razn para no pasar-al-acto; siempre hay otro acto cruzado en el camino. Las razones son condenadamente buenas: porque los nios estn a punto de volver de la escuela, porque hay ms ropa que lavar, porque no se ha terminado de pagar la hipoteca, porque los amigos lloraran, porque Marta tendra que saldar las deudas, porque nos echaran del trabajo, porque se tiene miedo. O porque nos gustan los pepinillos en vinagre. O porque el sol, que an no controlan los bancos, acaba de asomarse entre las nubes y, tras hacer brillar el vaso roto, nos acaricia un instante los brazos.

El verdadero misterio, lleno de miserias y de luces, es que el elefante tardase doce aos en saltar el foso.




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