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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 31-12-2012

Un proceso judicial en curso ha sealado el nombre de sus verdugos
Vctor Jara: matar a un riuseor

lvaro Cuadra
Mundo Obrero


En un libro reciente Mario Amors, Sombras sobre Isla Negra, nos refiere la reaccin de Neruda ante la muerte de Vctor Jara, triste presagio de la suya propia en la Clnica Santa Mara en oscuras circunstancias. Desde su lecho de enfermo, en la habitacin, Pablo le increpa a Matilde: Estn matando gente, entregan cadveres despedazados. La morgue est llena de muertos, la gente est afuera por cientos, reclamando cadveres. Usted no saba lo que le pas a Vctor Jara?, es uno de los despedazados, le destrozaron sus manos Usted no saba esto? Oh dios mo! Si esto es como matar un ruiseor, y dicen que l cantaba y cantaba y que esto los enardeca

En aquellos tristes das de septiembre de 1973, Vctor Jara fue llevado desde la Universidad Tcnica del Estado al Estadio Chile, un centro de detencin de ciudadanos; all fue sometido a vejmenes durante varios das y, finalmente acribillado. Hoy, un proceso judicial en curso ha sealado el nombre de los verdugos: Pedro Barrientos Nez, Hugo Snchez Marmonti y entre los cmplices Edwin Dimter, alias El Prncipe Hoy sabemos que en todo el territorio nacional, aquel da y los que siguieron, muchos hombres de armas se convirtieron de uniformados al servicio de su patria en asesinos y criminales.

El cuerpo de Vctor Jara fue tirado cerca del cementerio con 44 impactos de bala y evidencias claras de tortura. Fue sepultado en silencio y soledad por su viuda, Joan Turner, como nica testigo de la infamia, al tiempo que Chile entero se suma en una oscura noche de terror dictatorial que durara varios aos. Mientras muchos chilenos enterraban a sus muertos, muchos uniformados, con la abierta complicidad de civiles de derecha, ebrios de sangre, recorran amenazantes las mudas calles de nuestras ciudades y poblados.

A casi cuatro dcadas de aquella tragedia, los chilenos hemos podido conocer, aunque sea muy parcialmente, las dimensiones ms tenebrosas de lo acontecido. Bien sabemos que muchos de los culpables, tanto uniformados como sus cmplices civiles, siguen impunes en el Chile de hoy. Lo que no saban los verdugos de entonces es que al matar un ruiseor, su canto se multiplica al infinito en un para siempre y sus ecos resuenan una y otra vez en el mundo entero, tal y como cantara Vctor Jara: Ah donde llega todo / y donde todo comienza / canto que ha sido valiente /siempre ser cancin nueva.

- Fuente: http://www.mundoobrero.es/pl.php?id=2367&sec=2&aut=451



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