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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 16-01-2013

El novelista ingenuo y el sentimental

Orhan Pamuk
La Jornada

El Premio Nobel de Literatura 2006, Orhan Pamuk, recurre a la famosa distincin que estableci Friedrich Schiller entre poetas "ingenuos" (los que escriben con espontaneidad, serenidad y naturalidad) y poetas "sentimentales" (reflexivos, emotivos, inquisidores y sensibles al artificio de la palabra escrita) para titular su nuevo libro: El novelista ingenuo y el sentimental, donde diserta lectura fascinante a propsito de lo que sucede en nuestro interior cuando leemos una novela. Con autorizacin del sello editorial Literatura Mondadori, ofrecemos a nuestros lectores las primeras pginas de esta novedad bibliogrfica.


Las novelas son segundas vidas. Como los sueos de los que habla el poeta francs Grard de Nerval, las novelas ponen al descubierto los colores y las complejidades de nuestras vidas y estn llenas de gente, rostros y objetos que creemos reconocer. Cuando nos sumergimos en una novela, y al igual que sucede en los sueos, a veces es tan honda la impresin que nos causa la extraordinaria naturaleza de las cosas que leemos, que olvidamos dnde estamos y es como si estuvisemos rodeados de la gente y los acontecimientos imaginarios que estamos presenciando. En esas ocasiones, tenemos la sensacin de que el mundo ficticio que descubrimos es ms real que el propio mundo real. El hecho de que esas segundas vidas puedan parecernos ms reales que la realidad significa a menudo que sustituimos las novelas por la realidad, o al menos que las confundimos con la vida real. Sin embargo, nunca nos quejamos de esta ilusin, de esta ingenuidad. Al contrario, al igual que en algunos sueos, queremos que la novela que estamos leyendo contine y esperamos que esta segunda vida siga evocando en nosotros un sentido constante de realidad y autenticidad. A pesar de lo que sabemos sobre la ficcin, nos enfadamos y nos molesta que una novela no sea capaz de mantener la ilusin de que refleja una vida real.

Al soar asumimos que los sueos son reales; as son los sueos por definicin. De modo que al leer novelas asumimos que son reales, pero en algn rincn de nuestra mente tambin sabemos que nuestra asuncin es falsa. Esta paradoja se deriva de la naturaleza de la novela. Empecemos recalcando que el arte de la novela reside en nuestra capacidad para creer simultneamente en estados contradictorios.

Leo novelas desde hace cuarenta aos. S que podemos adoptar muchas posturas con respecto a la novela, que podemos confiarle nuestra alma y nuestra mente de diversas maneras, que podemos tomrnosla en serio o a la ligera. Y de ese mismo modo, gracias a la experiencia he aprendido que hay diversas formas de leer una novela. Algunas veces leemos de un modo lgico, en ocasiones con los ojos, otras con la imaginacin, otras con una pequea parte de la mente, otras del modo en que queremos, otras del modo en que quiere el libro, y en otras con todas las fibras de nuestro ser. Hubo un tiempo en mi juventud en el que me entregu por completo a las novelas, en que las lea con gran atencin, incluso con gran entusiasmo. Durante esa poca, desde los dieciocho aos hasta los treinta (de 1970 a 1982), quera describir lo que pasaba en mi cabeza y en mi alma del modo en que un pintor representa con precisin y claridad un paisaje animado, complejo y vvido, lleno de montaas, llanuras, rocas, bosques y ros.

Qu sucede en nuestra mente, en nuestra alma, cuando leemos una novela? Cmo es posible que esas sensaciones interiores difieran tanto de lo que sentimos cuando vemos una pelcula, miramos un cuadro o escuchamos un poema, aunque sea una epopeya? Una novela puede, de vez en cuando, proporcionar los mismos placeres que una biografa, una pelcula, un poema, un cuadro o un cuento de hadas. Sin embargo, el nico y verdadero efecto de este arte es, en esencia, distinto del efecto de otros gneros literarios, del cine y de la pintura. Y quiz pueda empezar a mostrarles esta diferencia hablndoles de cosas que haca antes y de las complejas imgenes que suscitaron en m cuando en mi juventud lea novelas de forma apasionada.

Al igual que el visitante del museo que desea ante todo que el cuadro que est mirando deleite su sentido de la vista, yo prefera la accin, el conflicto y la riqueza del paisaje. Disfrutaba de la sensacin de observar en secreto la vida privada de un individuo y de explorar los recovecos ms oscuros del paisaje general. Sin embargo, no quiero transmitirles la impresin de que la imagen que albergaba en mi interior era siempre turbulenta. Cuando lea novelas en mi juventud, en ocasiones dentro de m apareca un paisaje tranquilo, profundo y amplio. Y en ocasiones las luces se apagaban, se acentuaban el blanco y el negro y luego se separaban, y las sombras se agitaban. En ocasiones me maravillaba la sensacin de que todo el mundo estaba hecho de una luz muy diferente. Y en ocasiones se impona la penumbra que lo engulla todo, el universo entero se converta en una nica emocin y un nico estilo, y yo entenda que disfrutaba de esto y perciba que estaba leyendo el libro para sumirme en esa concreta. Mientras me vea arrastrado lentamente al mundo de la novela, me daba cuenta de que las sombras de los actos que haba realizado antes de abrir las pginas de la novela, al tomar asiento en la casa de mi familia de Besiktas, en Estmbul el vaso de agua que haba bebido, la conversacin que haba mantenido con mi madre, los pensamientos que me haban pasado por la cabeza, los pequeos rencores que haba albergado, se desvanecan poco a poco.

Senta que el silln naranja en el que estaba sentado, el cenicero apestoso que tena al lado, la habitacin enmoquetada, los nios que entre gritos jugaban al futbol en la calle, y los pitidos de los ferrys a lo lejos se desvanecan en mi mente: y que un nuevo mundo apareca palabra a palabra, frase a frase, ante m. A medida que lea pgina tras pgina, este nuevo mundo cristalizaba y se volva ms claro, como esos dibujos invisibles que aparecen lentamente cuando se vierte un reactivo en ellos; y lneas, sombras, hechos y protagonistas se iban definiendo. Durante estos instantes iniciales, todo aquello que retrasaba mi entrada en el mundo de la novela y que me impeda recordar e imaginar los personajes, los hechos y los objetos me angustiaba e irritaba. Un familiar lejano cuyo grado de parentesco con el verdadero protagonista haba olvidado, la ubicacin imprecisa de un cajn que contena una pistola, o una conversacin que intua que posea un doble significado pero que era incapaz de discernir... Este tipo de cosas me molestaban mucho. Y mientras mis ojos se deslizaban sobre las palabras con afn, deseaba, con una mezcla de impaciencia y placer, que todo encajara sin ms demora. En tales momentos, todas las puertas de mi percepcin se abran de par en par, como los sentidos de un animal asustadizo liberado en un entorno completamente ajeno, y mi cabeza empezaba a funcionar mucho ms rpido, casi en un estado de pnico. Mientras centraba toda mi atencin en los detalles de la novela que tena en las manos, para amoldarme al mundo en el que estaba entrando, me esforzaba para visualizar las palabras en mi imaginacin y para crear mentalmente todo lo que se describa en el libro.

Al cabo de un tiempo, el esfuerzo intenso y extenuante daba sus frutos y el amplio paisaje que yo quera ver se abra ante m, como un inmenso continente que surga refulgiendo con toda su intensidad despus de que se hubiera levantado la niebla. Entonces poda ver lo que se narraba en la novela, como alguien que miraba tranquila y plcidamente por una ventana para recrearse en las vistas. La descripcin que hace Tolstoi de cmo Pierre observa la batalla de Borodino desde lo alto de una colina, en Guerra y paz, se ha convertido para m en el paradigma de cmo se debe leer una novela. Muchos de los detalles que percibimos que la novela teje con delicadeza y prepara para nosotros, y que creemos que debemos tener presentes en la memoria mientras leemos, aparecen en esta escena como si se tratara de un cuadro. El lector tiene la impresin de que no se encuentra entre las palabras de una novela, sino ante una pintura paisajstica. Aqu, la atencin del escritor para el detalle visual, y la capacidad del lector para transformar las palabras en una gran pintura paisajstica a travs de la visualizacin, son decisivas. Tambin leemos novelas que no tienen lugar en amplios paisajes, en campos de batalla o en la naturaleza, sino que estn ambientadas en estancias, en sofocantes atmsferas interiores: La metamorfosis de Kafka es un buen ejemplo de ellos. Leemos esas historias como si estuviramos observando un paisaje y, al transformarlo en un cuadro en nuestra mente, nos acostumbrsemos a la atmsfera de la escena, dejndonos influir por ella y, de hecho, buscndola de forma constante.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2013/01/12/index.php?section=opinion&article=a04a1cul



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