Seguir la historia chilena contemporánea es como ingresar en un
territorio oscuro, cerrado; se repiten los personajes y la trama se
acerca a la tragedia. La historia de Chile de los últimos cincuenta años
tiene, como las grandes tragedias, un sentido oculto, incluso más duro y
cruel que el dolor y la sangre que baña la superficie.
La
historia contemporánea, y por extensión la pasada, no responde
exclusivamente a la historiografía ortodoxa ni a la agenda política. Eso
es la apariencia. Como también lo es el hecho de contar con una
historia propia, de nación independiente, soberana. Los grandes
acontecimientos políticos de los últimos cincuenta años no fueron
gestados sólo en Chile, como sí lo fue el crecimiento del movimiento
social en busca de la justicia y libertad. Una fuerza oscura y silente,
en la más completa extensión de estas palabras, se orquestó en
Washington para impulsar en este rincón del mundo la peor tragedia de su
corta historia.
La trama, escrita desde la Casa Blanca a inicios
de la década de los 60 del siglo pasado, tuvo como objetivo frenar los
procesos sociales en Chile y el ascenso de las fuerzas de Izquierda. Una
estrategia puesta en marcha por Estados Unidos a través de diversos
mecanismos, desde el adoctrinamiento militar e ideológico en la Escuela
de las Américas al financiamiento de gremios empresariales, medios de
comunicación y partidos políticos. En este punto, destaca el papel
fundamental que jugó la Democracia Cristiana.
Esta es la línea de
investigación del último libro del historiador Luis Corvalán Marquez,
La secreta obscenidad de la historia de Chile contemporáneo, publicado
por Ceibo Editores. El relato se inicia en los albores de los años
sesenta, para terminar poco más de una década después.
La
investigación de Corvalán Marquez está documentada, entre otros
registros, por el informe de la comisión del Senado norteamericano que
presidió Frank Church, sobre las actividades de la CIA en Chile. Una
trama protagonizada por el mismo presidente de Estados Unidos, Richard
Nixon, el entonces director de la CIA, Richard Helms, y el secretario de
Estado, Henry Kissinger. En años de guerra fría, la llegada al poder a
través de elecciones de un gobierno de Izquierda anticapitalista en
Sudamérica justificó todos los medios para eliminarlo: desde el
financiamiento de partidos opositores, medios de comunicación,
activistas de derecha, gremios, y claro está, las bien adiestradas
fuerzas armadas.
Aun cuando la intervención de la CIA en
Latinoamérica ya era muy activa, el caso chileno tiene especial
relevancia. Era un proyecto socialista que surgía desde las urnas y se
desarrolla acotado a la institucionalidad. Esto es precisamente lo que
no tolera Washington: que Allende se convierta en un modelo
latinoamericano y mundial. Washington, dice Corvalán Marquez, consideró
que el eventual triunfo de la Izquierda en Chile cambiaría la
correlación de fuerzas en el continente, estimulando procesos análogos,
contribuyendo a que EE.UU. perdiera su hegemonía en la región. Para
impedirlo, el gobierno norteamericano redobló su intervención en los
asuntos chilenos. Dice el Informe Church que la CIA “financió
actividades que cubrían un espectro amplio, desde la simple manipulación
propagandística de la prensa hasta el financiamiento en gran escala de
partidos políticos chilenos; desde sondeos de la opinión pública hasta
intentos directos de fomentar un golpe de Estado”.
El proyecto
reformista del PDC fue clave para los intereses estadounidenses, lo que
está documentado en los tempranos vínculos entre el partido chileno y la
CIA, que se profundizan durante los años siguientes hasta consumarse el
plan B, que fue el golpe de Estado.
Aun cuando no está
registrada la colaboración directa de la CIA en la salida
neoliberal-binominal de la dictadura de Pinochet, hay numerosos
antecedentes para afirmar que fue también articulada en Estados Unidos.
Si el PDC, con Patricio Aylwin a la cabeza fue crucial para impulsar el
golpe de 1973, hacia finales de los 80 el mismo Aylwin, representando al
reformismo conservador, dirigió la transición neoliberal que mantuvo el
modelo y la Constitución de Pinochet.
La DC apoyó el terrorismo de EstadoLos
líderes de la Democracia Cristiana han levantado en estos días, como
gran bandera moral, su rechazo a la violencia “venga de donde venga”, y
su respeto por los derechos humanos. Desde los albores del gobierno de
Eduardo Frei Montalva, el doble rasero DC se hizo evidente: en 1966 ese
gobierno masacró a los mineros del yacimiento de cobre de El Salvador y
poco después, en 1969, a los pobladores de Pampa Irigoin, en Puerto
Montt.
El posterior apoyo DC a la conspiración, al golpe militar y
al terrorismo de Estado es otra tremenda contradicción. Patricio Aylwin
y los líderes de entonces proporcionaron cuadros técnicos a la
dictadura, entre ellos Juan Villarzú y Alvaro Bardón, y sólo restaron su
apoyo, dice el historiador Corvalán Marquez, cuando fue evidente que
Pinochet no convocaría a elecciones.
“Lo que la directiva del PDC
intentó luego del golpe, escribe Corvalán Marquez, no fue otra cosa que
disputarle a la extrema derecha el ascendiente sobre los uniformados,
buscando cooptarlos y hacerlos funcionales a sus propios fines”. Es
cierto que este proceso tiene matices, como también lo tiene este
partido con líderes no sólo impactados ante las violaciones a los
derechos humanos, sino también víctimas del terrorismo de Estado, como
Bernardo Leighton y su esposa, Anita Fresno, o valientes defensores de
los perseguidos, como Andrés Aylwin.
Otra clara muestra de la
insensibilidad democratacristiana ante las violaciones de los derechos
humanos fue, más tarde, el apoyo de algunos de sus militantes, como
Gutenberg Martínez, al gobierno terrorista de Napoleón Duarte en El
Salvador. Hace poco, Ismael Llona escribió que “entre 1984 y 1989, los
amigos de Gutenberg apoyaron a este gobierno e incluso lo asesoraron. El
gobierno de Napoleón Duarte atropelló sistemáticamente los derechos
humanos”.
Un proceso que se remonta hasta hoy. Recientemente, la
Democracia Cristiana con los votos de los senadores Soledad Alvear y
Patricio Walker aprobó el ascenso del juez Juan Manuel Muñoz a la Corte
Suprema. Durante su carrera, este magistrado rechazó investigar crímenes
de lesa humanidad cometidos por la dictadura militar. “En política,
dijo el presidente del PDC, hay que saber hacer negociaciones”.
Lo
más lamentable es la mesura y cortesía del Partido Comunista al
referirse a exabruptos anticubanos, antivenezolanos y anticomunistas de
la DC y de parlamentarios como Patricio Walker. El pacto Concertación-PC
que se está cocinando, debería tener al menos una ética elemental:
respetar la historia y la verdad.
LOS ALBORES DE LOS 60El
paradigma reformista requería de los vínculos con el PDC, los que se
inician, según el Informe Church, hacia comienzos de la década de los
60, cuando EE.UU. empezó a hacer importantes aportes financieros al
partido chileno. El año 1962, dice el Informe, “el Grupo Especial aprobó
50.000 dólares para fortalecer al PDC”. Agrega que “el 27 de agosto del
mismo año, el Grupo Especial aprobó el uso de un canal de
financiamiento a través de un tercer país, presupuestando ciento ochenta
mil dólares para los democratacristianos chilenos durante 1963 (…) La
elección presidencial de 1964 -dice el Informe- fue el principal ejemplo
de un proyecto electoral de gran envergadura. La CIA gastó más de dos
millones seiscientos mil dólares en apoyar la elección del candidato
democratacristiano (Eduardo Frei Montalva, N. de PF), en parte para
impedir el ascenso al poder del marxista Salvador Allende”.
Además
del apoyo brindado a los partidos políticos -continúa el Informe-, la
CIA montó una masiva campaña de propaganda anticomunista. Fue una
“campaña del terror, -afirma-, que hizo abundante uso de imágenes de
tanques soviéticos y pelotones de fusilamiento cubanos, y que estuvo
dirigida especialmente a la mujer”. Durante la tercera semana de junio
de 1964, un grupo financiado por la CIA producía diariamente veinte
spots radiales para Santiago y 44 para estaciones de provincia, además
de programas noticiosos de doce minutos de duración -cinco veces al día-
en tres radios de Santiago y 24 de provincia.
DIPUTADOS FINANCIADOS POR LA CIA
El
Informe Church es elocuente sobre esta materia. En febrero de 1965
-dice- el Comité 303 aprobó 175.000 dólares “para un proyecto de acción
política de corto plazo, orientado a brindar apoyo clandestino a
candidatos preseleccionados que participarían en las elecciones
parlamentarias chilenas de marzo de 1965. Según la CIA, veintidós
candidatos fueron seleccionados por la oficina local de la CIA y el
embajador; de ellos, nueve fueron elegidos”. Hacia 1970, agrega el
Informe, la CIA había gastado en total casi dos millones de dólares en
operaciones secretas en Chile.
La campaña presidencial de 1970
tuvo ciertas diferencias para la CIA. Esta vez decidió no apoyar a
ningún candidato en particular, en tanto centró sus esfuerzos en
desprestigiar la candidatura de Salvador Allende. Tal cosa debía
llevarse a la práctica a través de lo que la Agencia denominó “una
campaña de sabotaje”. En total, “la Agencia gastó de ochocientos mil a
un millón de dólares en acciones clandestinas para influir en el
resultado de la elección presidencial de 1970”.
“La campaña del
terror -dice el Informe-, contribuyó a la polarización política y al
pánico financiero posterior al 4 de septiembre. Temas que se habían
desarrollado para la campaña electoral recién concluida –agrega- fueron
explotados por la CIA con más intensidad durante las semanas posteriores
al 4 de septiembre, en un esfuerzo por causar pánico financiero e
inestabilidad política suficientes para provocar que, en función del
golpe, se movilizara el presidente Frei o los militares chilenos”.
EL TRIUNFO DE ALLENDE Y EL PLAN DE NIXONEl
15 de septiembre de 1970 se celebró en la Casa Blanca una reunión en la
que participó el presidente Nixon, el asesor para asuntos de Seguridad,
Henry Kissinger, el director de la CIA, Richard Helms y el procurador
general John Mitchel. En ella el presidente planteó que “un gobierno de
Allende en Chile no era aceptable para EE.UU.”. Con este predicamento
procedió a ordenar a la CIA que tomara medidas para impedir que Allende
accediera al poder. “No importan los riesgos involucrados -dijo-; diez
millones de dólares disponibles, más si es necesario; trabajo a tiempo
completo de los mejores hombres que tengamos; plan de acción: hacer que
la economía chilena aúlle; 48 horas para el plan de acción”, ordenó
Nixon.
El plan de Estados Unidos contaba con el apoyo de las
ideologizadas fuerzas armadas y de los medios de comunicación,
principalmente El Mercurio, al que le entregó más de un millón y medio
de dólares. Pero el papel del PDC fue fundamental.
“Este partido,
argumenta el historiador Corvalán, podría haber jugado durante la UP el
rol de un verdadero centro, como muchos de sus integrantes lo
intentaron. No obstante, la colectividad terminaría plegándose a la
polarizadora política norteamericana. ¿Debido a qué? En medida
importante al gran peso de su sector conservador, que finalmente pasará a
controlar el partido, todo ello correlacionado con la radicalización de
su base social, en gran parte clases medias, derivada del inducido
deterioro económico del país y de la campaña del terror”.
La
campaña -señala el Informe Church- fue de enormes proporciones. Ocho
millones de dólares se gastaron en los tres años que van desde la
elección de 1970 hasta el golpe militar de septiembre de 1973. Se
entregó dinero a los medios de comunicación, a partidos políticos de la
oposición y, en cantidades más limitadas, a gremios del sector privado.
Los
aportes que EE.UU. hiciera a los opositores no se repartieron por
igual. Beneficiaron principalmente al Partido Demócrata Cristiano y al
Partido Nacional, en ese orden. Los documentos norteamericanos
desclasificados, así como también el Informe Church, son categóricos al
respecto, dice Corvalán Marquez. Durante el gobierno del presidente
Allende, EE.UU. continuó proporcionando enorme apoyo financiero al PDC,
que excedía al que entregaba a los otros partidos, respaldo que ahora
“ya no buscaba potenciar una alternativa modernizadora frente a la
revolución cubana y que impidiera un triunfo electoral de la Izquierda,
como en la década anterior, sino el derrocamiento de Salvador Allende”.
Si
el PDC llegaba a algún tipo de entendimiento con el presidente Allende
sería muy difícil la implementación del golpe que buscaba EE.UU., pues
en ese caso las fuerzas golpistas quedarían aisladas, como sucedió luego
del 4 de septiembre de 1970 y todavía durante 1971, afirma el
historiador. Si el PDC se plegaba al golpe -como a la larga terminó
ocurriendo-, todo se allanaría. Esto explica por qué la potencia del
norte consideraba que este partido era una de las “fuerzas internas” más
importantes a los efectos de provocar el derrocamiento de Allende.
El
apoyo financiero que la CIA entregara al PDC, en todo caso, se canalizó
hacia su ala más conservadora. El Informe Church lo confirma cuando se
refiere a la resolución que el 8 de septiembre de 1970 tomara el Comité
40 aprobando un fondo de 250.000 dólares para que, con el fin de impedir
el ascenso de Allende, “Frei y su equipo de confianza lo utilizara”.
Bien sabemos que la orientación anticomunista y antiizquierdista que
caracterizaba a ese sector no era, sin embargo, compartida por otros
segmentos de la colectividad, como la encabezada por Renán Fuentealba.
DOLARES Y RADIOS PARA UN PDC GOLPISTAEl
PDC distó mucho de jugar el rol de un verdadero centro político, afirma
Corvalán, es decir, el rol de fuerza abierta a la negociación y al
acuerdo. Por el contrario, convergiendo con una extrema derecha que
había retomado sus tradiciones golpistas, cumplió una acentuada función
polarizadora. Fue así como en 1971 comenzó a apoyar los paros gremiales.
Luego, en diciembre de ese año, participó con el PN y el Frente
Nacionalista Patria y Libertad en la llamada “marcha de las cacerolas
vacías”.
“A comienzos de 1971 -sostiene el Informe- fondos de la
CIA permitieron que el PDC y PN compraran sus propias estaciones de
radio y diarios”, precisamente por cuanto serían los mensajes
comunicacionales los que debían sembrar un estado de anormalidad
sicológica en la población, generando, a través de las campañas del
terror, miedos irracionales al “totalitarismo marxista”.
Para el
periodo 70-73, el Informe Church registra periódicas entregas de dinero
al PDC por parte de la CIA. Un detalle es el siguiente: “13 de noviembre
(de 1970): el Comité 40 aprueba 25.000 dólares para apoyar candidatos
de la Democracia Cristiana; el 22 de marzo (de 1971): el Comité 40
aprueba 185.000 dólares adicionales para apoyar al Partido Demócrata
Cristiano; el 10 de mayo (1971): el Comité 40 aprueba 77.000 dólares
para la compra de una imprenta para el diario del Partido Demócrata
Cristiano. La imprenta no se compra -añade el Informe- y los fondos son
utilizados para apoyar el diario; el 26 de mayo (1971): el Comité 40
aprueba 100.000 dólares para ayuda de emergencia que permita al Partido
Demócrata Cristiano pagar deudas de corto plazo”.
Con los
compromisos adquiridos por el PDC con la CIA los eventos tomaron una
sola dirección. Así, el llamado al diálogo que hiciera Salvador Allende
el 1º de mayo cayó en el vacío. Tanto o más cuando el 3 de ese mes el
sector conservador de la DC asumiera el control formal del partido, cuya
presidencia quedó en manos de Patricio Aylwin, quien se caracterizaba
por su incondicionalidad al ex presidente Frei. El 5 de julio cayeron
las máscaras, cuando Aylwin hizo una declaración en la que afirmó que
“la mejor garantía para el restablecimiento de la normalidad democrática
(era) la incorporación institucional de las Fuerzas Armadas al
gobierno, con poderes efectivos para realizar las rectificaciones…”.
Luis
Corvalán Marquez, en un texto titulado “La crisis de la dictadura y la
mano de EE.UU. en la imposición de un recambio neoliberal” retoma, a
partir de la mitad de los 80, la presión de Estados Unidos sobre la
política chilena. Como el Departamento de Estado negocia el fin de la
dictadura, acude a las mismas figuras que usó para sacar a Allende. El
PDC vuelve a ser funcional a EE.UU., es el comodín contra la Izquierda y
contra una dictadura que ya estaba obstaculizando el desarrollo del
modelo neoliberal.
A partir de entonces, la historia es más
cercana pero igualmente oscura. Aun cuando hay tantos antecedentes sobre
los vínculos entre Estados Unidos y la oposición de entonces,
mantenemos nuestra perplejidad al observar el giro que dio la
Concertación, al apoyar las privatizaciones, la desregulación de los
mercados, al abrazar el modelo neoliberal y la Constitución de 1980. En
los múltiples trabajos e investigaciones sobre esa época, aún no hay una
respuesta clara de la elite de la Concertación que explique este giro,
que tiene características de traición. Al leer el texto de Corvalán, tal
vez podamos concluir que las relaciones del PDC con EE.UU. y la CIA
hacen de aquella voltereta algo innombrable.
Publicado en “Punto Final”, edición Nº 774, 11 de enero, 2013