“Algunas
partes de este documento no están escritas para nerviosos ni para quien
reacciona con temor” dijo el coordinador de la Comisión de Notables
Francisco Antonio Pacheco en la presentación del informe elaborado por
la misma para analizar y proponer recomendaciones al problema de la
ingobernabilidad que atraviesa el país.
El despampanante buqué de recomendaciones de la
Comisión no brinda las respuestas que la ciudadanía requiere para
mejorar la gobernanza en el país y a ratos más bien plantea el efecto
contrario, esto es palpable en el intento de instaurar una amorfa mezcla
de sistema presidencialista con parlamentarista, ni qué decir de la
posibilidad de aumentar el número de diputados hasta un máximo de
ochenta y siete. Es imposible creer un desconocimiento de la Comisión
respecto a la poca eficiencia del parlamento.
Pero quizás el tema que menos cuaja sea el de la
mezcla de dos regímenes que se diferencian por su modus operandi. Por un
lado, el presidencialismo costarricense tiene exceso de atribuciones,
lo cual debe comprenderse históricamente contextualizándolo en el
autoritarismo de Tomás Guardia y su constitución de 1871, base de la
actual. Por otro lado, el parlamentarismo implica una reforma sustancial
de las prácticas electorales y de la dinámica –hasta ahora inexistente –
entre los poderes del estado, así como del diálogo con los grupos de
presión. Lo que pareciera es que en la búsqueda de un mayor equilibrio
se empodera aún más al Ejecutivo y al Legislativo pero sin un aparente
control, dejando algunas de sus actuaciones a la venganza y el capricho
por más que la Comisión desmitifique este escenario.
Partiendo de esto último, la censura constructiva
(mocionada por mayoría calificada o absoluta en la Asamblea Legislativa)
que plantean los comisionados, busca que los ministros dimitan a su
cargo cuando sean cuestionadas sus actuaciones. Este tipo de censura
limitada está bien, sin embargo, el problema radica cuando, en la
búsqueda del equilibrio, el Presidente pueda disolver anticipadamente el
Congreso llamando a elecciones de diputados. Los comisionados afirman
que el mandatario “podrá ejercerla razonadamente (la disolución
anticipada), cuando considere que la labor legislativa es ineficaz o que
entorpece la marcha del país.” (Informe final de la Comisión
Presidencial sobre Gobernabilidad Democrática, p. 16)
Ahondado a este hecho, el comisionado Manrique
Jiménez teme que entre los criterios de disolución pese el carácter
subjetivo del Presidente, esto por tanto pueda actuar el efecto de
represalia por la censura del gabinete. Así mismo, como él bien recalca,
el Gobierno podría caer en criterios de “oportunidad o conveniencia”
cuando, por ejemplo, se decida la disolución en caso de querer aprobar X
o Y proyecto de ley y no se cuente con la mayoría parlamentaria, lo que
supondría no solo un retraso legislativo sino también una limitación al
diálogo para la construcción de consensos.
Lo que plantea la Comisión de Notables no viene a
solucionar los problemas de fondo que tiene el país, es decir, las
contrariedades del sistema electoral fallido. Este se configuró desde un
punto de vista poco democrático con la casi nula presencia de
representantes de las mayorías y sí muy apegados a intereses selectivos
de la sociedad.
Los Notables fallaron a la hora de desenmascarar uno
de los grandes problemas del letargo que afronta el país: el sistema
electoral. Y es que urge una verdadera reforma de los mecanismos de
elección popular, ya que estos se han visto empañados por la poca
representación de los diversos sectores sociales, el poco acceso de
personas realmente efectivas a los puestos legislativos, las
desigualdades proporcionales de representación y las curules a dedo.
En Costa Rica, los candidatos presidenciales eligen a
los diputados, no los ciudadanos. Las listas cerradas limitan la
democracia al no tener posibilidad de seleccionar entre los posibles
legisladores. El candidato acomoda a sus intereses el listado: arriba
los que se ajustan a su política, abajo los que no, el cociente se
encarga del resto. Mucho menos existe la posibilidad de nominación, los
nombres son elegidos por convenciones donde no hay participación
ciudadana real.
En resumen, lo que el país necesita es una nueva
reestructuración electoral, más democrática y participativa, con
propuestas más concretas y accesibles. Por ejemplo, una constituyente,
en estos momentos, es ilógica bajo las condiciones de estiras y encojes
de la gobernabilidad, las tensiones con la sociedad civil y ciertos
aires convulsos que rodean el clima político nacional. No hay
nerviosismo ni temor, mas por ahora es más fácil reconstituir las formas
de elección y participación democrática que dar noventa y siete
soluciones a un país que lleva un rumbo incierto.
José Solano es educador