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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 22-01-2013

Mali, una guerra que lleva a la otra

Rafael Poch
La Vanguardia


Es preocupante el apoyo y la indiferencia que el intervencionismo militar en pases lejanos encuentra hoy en Europa.

Una guerra lleva a la otra. La integridad territorial de Mali qued definitivamente destruida por la intervencin militar occidental en Libia. Activ una reaccin en cadena fcilmente previsible. La Unin Africana reunida en Mauritania advirti en marzo de 2011, al da siguiente del inicio de la intervencin francesa contra Gadafi, de que el cambio de rgimen en Libia desetabilizara la situacin en toda la regin. Se alert expresamente de que los arsenales libios iban a alimentar otras guerras en la regin. Eso es lo que ha pasado.

El cuerpo de mercenarios tuaregs del caudillo libio estaba formado por casi toda la juventud de Gao, Tombuct y Kidal, atrada a Libia por el dinero y la droga, explica Christof Wackernagel, un alemn con nueve aos de residencia en Bamako. Tras la cada de Gadafi ese ejrcito regres al pas armado hasta los dientes. Mientras Mauritania, Niger o Burkina Faso cerraron sus fronteras a ese arsenal, que incluye misiles tierra-aire, el presidente de Mali, Amad Tuman Tour, permiti su ingreso, explica Wackernagel, segn el cual los dirigentes del secesionismo tuareg (MNLA), que viven en Francia o Marruecos, carecan de base de apoyo en el pas para crear su estado tuareg, el Azawad.

Los tuareg no son lo mismo que los salafistas. Si con los primeros se puede dialogar, con los segundos no hay ms relacin que la guerra, se dice. Pero resulta que estos mismos salafistas, a cuyas manos llegaron algunas de las armas que los occidentales lanzaron sobre Libia en paracadas para los adversarios de Gadafi, son nuestros amigos de toda la vida en el Golfo Prsico. Los adversarios del satnico Irn, cuyo rgimen es infinitamente ms liberal y civilizado que el de esas monarquas de cabreros alineadas con nuestra geopoltica energtica.

Nuestros amigos del Golfo son los grandes inspiradores y financiadores del integrismo militante en todo el mundo. Precisamente ellos, desde Qatar y Arabia Saud, financian ahora mismo a los adversarios de el Azad en Siria. ste los denuncia como terroristas, de la misma forma en que se hace con los de Mali ahora, pero los de Siria son honestos luchadores contra la tirana, y a diferencia de los otros reciben toda la ayuda logstica, militar y poltica de las potencias occidentales, porque el rgimen de Azad no est en la rbita occidental.

Las consecuencias del cambio de rgimen en Libia se repetirn con creces en Siria. Lo de Mali puede ser bien poca cosa al lado del gran incendio entre sunitas y chitas que occidente apoya en Siria y que potencialmente extiende el conflicto en una amplia regin que va desde Lbano hasta Irak, pasando por Turqua y Jordania, con Irn como traca final. Las armas de Gadafi son poca cosa al lado de las del rgimen sirio. La indecente gestin de un conflicto nos lleva al siguiente.

Hay un nexo que une el Afganistn de la guerra fra con el 11-S neoyorkino. La coalicin de occidente con lo que hoy se llama salafismo dur mucho en el Hindukush hasta que algunos de sus sujetos radicalizados se revolvieron treinta aos despus y mordieron la mano de su socio en Nueva York. Tambin aquella matanza neoyorkina sirvi para justificar otras intervenciones blicas de mayor envergadura con centenares de miles de muertos, un resultado peor que el inicial y un total desprecio de la legalidad internacional.

Esta vez hay una peticin expresa de intervencin a Francia por parte del gobierno de Mal, se dice. Pero, qu es el gobierno de Mal?, se pregunta el experto alemn Uli Cremer. Desde luego mucho menos de lo que era el gobierno afgano pro-sovitico que pidi ayuda a la URSS y que en gran parte enred a Mosc para que enviara tropas all en 1979.

En marzo de 2012 el Presidente Amadou Toumani Tour sufri un golpe militar. Los golpistas no fueron reconocidos y quedaron aislados internacionalmente. El jefe de los golpistas era el oficial Amadou Sanogo, con tres aos de formacin militar en Estados Unidos. Pese al aislamiento sigue mandando. En el lugar de Tour se coloc a Dioncounda Traor como presidente y a Cheick Modibo Diarra, ex jefe de Microsoft en frica, como primer ministro, ambos sin apoyo popular. Traor tuvo que ser llevado a Francia a principios de ao despus de que sufriera una paliza en la que result herido. Diarra fue detenido por los militares a mediados de diciembre y obligado a dimitir con su gobierno. Traor fue forzado a nombrar como nuevo primer ministro a Django Sissoko, funcionario del Fondo Monetario Internacional. As pues, concluye Cremer, este es el gobierno de Mali que ha solicitado la intervencin militar francesa: un pas sin estado y una nacin sin gobierno. Para gran satisfaccin de Areva, el gran consorcio nuclear francs que extrae su uranio en la regin, con perspectivas en el norte de Mali.

Todo eso es ahora secundario, se dice. Los intereses inconfesables existen, pero lo que est en primera lnea es otra cosa. Gadafi, decan, iba a pasar a cuchillo a la poblacin de Bengazi. Ahora se trataba de salvar Bamako, la capital de Mali, y a la poblacin del norte del pas.

Quienes estn contra la intervencin militar en Mali deben aclarar si les trae sin cuidado la suerte de esas mujeres a las que cortan las manos por salir solas de casa, las lapidaciones por infidelidad matrimonial, el hostigamiento por fumar y todo el catlogo de esos islamistas de la edad de piedra financiados por la droga y el secuestro que si se hacen con el control del estado sern un peligro para toda frica Occidental y tambin para Europa, observa un viejo colega de la prensa berlinesa. Estos das estas cosas se leen por doquier en los peridicos de Berln y Pars. Forman parte del sentido comn en las redacciones de los medios de comunicacin europeos. En todas ellas tenemos hoy un Bernard-Henri Lvy colectivo: un cretino belicista. La integridad de Mali es decisiva para la seguridad de Europa, dice el ministro francs de defensa, Jean-Yves Le Drian, parafraseando la inmortal frase de su colega alemn Peter Struck, la libertad de Alemania se defiende en el Hindukush.

Siempre un deprisa, deprisa, una extrema e inmediata premura, una causa justa y un peligro inminente para nuestra civilizacin que impiden toda disidencia. Sucede en cada intervencin militar: Afganistn, santuario del 11-S, Irak, armas de destruccin masiva, Pakistn, el estado fallido y a la vez nuclear, Yemen, potencial base operacional, Somalia, la piratera en una vital ruta martima, Libia, Siria y ahora Mali. Y siempre con los medios de comunicacin llamando a la sagrada cruzada belicista. Al final de la batalla, miles de muertos una situacin estancada y que manifiestamente no ha mejorado (Afganistn, Irak, son casos de manual), y condiciones para nuevos conflictos: guerras que llevan a otras.

En Alemania, donde el gobierno mantiene una actitud prudente mitad por recelo a la cooperacin militar franco-britnica -vista como reaccin al arrogante dominio econmico de Berln en Europa- mitad por prevencin electoralista ante una ciudadana an poco entusiasta con las guerras, el papel de acicate de la prensa es particularmente remarcable. En un cuarto de siglo, polticos y medios de comunicacin han logrado que una nacin mayoritariamente pacifista y alrgica al militarismo, se comiera cada vez con mayor silencio la transformacin del ejrcito alemn en una mquina de intervencin mundial. Hay ahora en Berln un deseo malsano de sangrar a Francia, dejndola sola en Mali para disciplinar ms el frente de la contrarrevolucin neoliberal liderada por Merkel? La prensa y la oposicin socialdemcrata y verde de Alemania estn, en cualquier caso, ms bien llamando con entusiasmo a sumarse a la batalla. No hay tiempo ni espacio para valorar todas las circunstancias y consideraciones que impiden sumarse a la alegra de esos tambores de guerra. Deprisa, deprisa.

En primer lugar, la poltica europea en el mundo no debera contribuir a incrementar los conflictos y las guerras con sus intervenciones militares, sino practicar la diplomacia y el compromiso. Su norma rectora debera ser el principio hipocrtico de no daar an ms al enfermo, aunque vistas las responsabilidades de los grandes incendios blicos que se declaran en el mundo hay que preguntarse quien es aqu el principal pirmano.

En segundo lugar, las alianzas y los apoyos de esa poltica deberan venir determinados por la salvaguardia de la estabilidad y de la paz, no por bastardos intereses polticos, energticos, empresariales o del complejo militar. En tercer lugar, la defensa de los derechos civiles y humanos universales debera tener ms peso en la proyeccin internacional y no ser constantemente violada y pervertida por la poltica de derechos humanos occidental, es decir: por la utilizacin hipcrita y selectiva de los derechos humanos para justificar la agresiva tradicin militar imperialista europea.

El apoyo social y la indiferencia que el intervencionismo militar y la guerra en pases lejanos encuentra hoy en la poblacin europea, es un problema central de la actual crisis europea.

Fuente original: http://blogs.lavanguardia.com/berlin/?p=401



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