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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 23-01-2013

Egipto y Tnez no van camino del caos, estn descubriendo su camino a la democracia
El mito del invierno islamista

Olivier Roy
New Stateman

Traducido del ingls para Rebelin por Paco Muoz de Bustillo


En Tnez, al igual que en Egipto, los islamistas que asumieron el poder a travs de las urnas estn perdiendo popularidad y se ven tentados a conservarlo adoptando medidas autoritarias. Pero tienen que lidiar con el legado de la primavera rabe y afrontar una nueva cultura poltica; ahora quienes no respaldan al gobierno toman las calles, no se acata al poder establecido ni se teme al ejrcito ni a la polica.

Los islamistas se ven forzados a buscar aliados, ya que no controlan el ejrcito ni la esfera religiosa. Y aunque consiguieran encontrarlos entre los salafistas (conservadores religiosos) y el ejrcito, ninguno de los dos les permitira gobernar en solitario. Los islamistas tienen que negociar. Nos encontramos con la clsica lgica de poder: al grupo dominante le resulta difcil aceptar que el poder cambie de manos, por lo que intenta preservar su posicin por cualquier mtodo que sea necesario. Por si fuera poco, no existe ninguna dinmica revolucionaria entre el populacho que le permita mantener el poder apelando al sentimiento en las calles.

Es interesante considerar la imprecisa naturaleza de este giro autoritario porque apenas guarda semejanza con la "revolucin islmica" que solemos asociar con los Hermanos Musulmanes en Egipto, ni con el Partido del Renacimiento, al-Nahda, en Tnez. Se trata, por el contrario, de una "contrarrevolucin" conservadora y curiosamente pro-occidental. Fijmonos en Egipto. Si en la Plaza Tahrir acusan a Mohamed Morsi de ser el nuevo Mubarak (que no Jomeini), es porque sus oponentes se han dado cuenta de que su intencin era establecer un rgimen autoritario utilizando medidas clsicas (solicitando la intervencin del ejrcito y controlando el aparato del Estado).

La base electoral y social del rgimen egipcio no es revolucionaria. En lugar de intentar alcanzar un compromiso con los principales protagonistas de la Primavera rabe, Morsi est intentando poner de su parte a todos los simpatizantes del nuevo orden. Est construyendo una coalicin basada en la empresa, el ejrcito, los salafistas y aquellos elementos del "pueblo" supuestamente hartos de anarqua.

El modelo econmico de Morsi es neoliberal: est rodeado de "Chicago boys" que tienen una fe absoluta en el libre mercado. l es partidario de la desregulacin, del fin de las prestaciones y de una apertura al mercado global. Su gobierno acaba de firmar un acuerdo con el FMI que incluye un prstamo con intereses que ha justificado por mor de la necesidad. Morsi ha secundado la propuesta del FMI no por haber sido forzado a ello sino porque comparte plenamente sus puntos de vista. Se ha abierto la puerta para nuevas privatizaciones y mayor competencia. Y como las consecuencias de este proceso sern graves para gran parte de la poblacin, el gobierno necesitar desarticular los sindicatos y poseer un aparato de represin plenamente operativo. Deber asimismo ganarse la conformidad del ejrcito, a cambio de inmunidad y del derecho a regular sus propios asuntos, especialmente en la esfera econmica.

Mientras tanto, para obtener el apoyo de los salafistas bastara con llevar a cabo una islamizacin cosmtica de la sociedad, al estilo saud ms que al iran: obligatoriedad del uso del velo, continuidad de la discriminacin contra los cristianos coptos, exigencia de respetar en pblico las normas religiosas y una restriccin de las prcticas religiosas no-ortodoxas (especficamente las ceremonias sufes que celebran los adeptos al misticismo islmico).

 

En la escena internacional

Para poder tener las manos libres dentro de casa, los islamistas deben hacerse indispensables para Occidente, lo que explica el papel mediador desarrollado por Egipto en la ltima crisis de Gaza. Morsi ha actuado brillantemente en la escena internacional, y ha conseguido la aprobacin de los norteamericanos. Ha combatido a los radicales islamistas en el Sina y se ha distanciado de Irn y del rgimen sirio de Bashar al-Assad. Ha conseguido restaurar el prestigio y la influencia de la poltica exterior egipcia, sin caer en un panarabismo o panislamismo agresivo al estilo de Nasser.

Los xitos de Morsi en la escena internacional le han animado a desentumecer sus msculos en casa. A pesar de las irregularidades cometidas en las elecciones que les otorgaron el poder el ao pasado, que incluso provocaron una denuncia legal por parte de la judicatura, nadie pone seriamente en duda que fueron cmodamente ganadas por los Hermanos Musulmanes y los salafistas. Pero Morsi ha ido demasiado rpido en su pretensin de reforzar el poder de la presidencia a costa de un aparato judicial que fue capaz de retener cierto grado de autonoma bajo Hosni Mubarak. Su incapacidad para prever y comprender la fuerza de la opinin pblica no ha hecho sino empeorar las cosas. Las manifestaciones en las que ha participado buena parte de la sociedad y que se han prolongado mucho ms de lo esperado han socavado la confianza en la Hermandad Musulmana. Y, dentro de sta, se han alzado voces contra este sbito arranque de autoritarismo.

El tiempo corre contra Morsi, porque las medidas econmicas que desea introducir debilitarn cada vez ms la popularidad del gobierno. Y, por otra parte, si las protestas populares continan, solicitar la intervencin del ejrcito, que le apoyar sin dudarlo pero le cobrar un precio: la autonoma poltica y econmica que demanda ste es contraria al programa de liberalizacin econmica de los Hermanos Musulmanes. En resumen: el nuevo rgimen est aislado polticamente.

El tercer campo de batalla de los Hermanos Musulmanes, adems de las calles y la escena poltica, es por el control de la esfera religiosa. Como le ocurri a al-Nahda en Tnez, el gobierno ha descubierto enseguida que sta es considerablemente ms variada de lo que haba supuesto. Por si fuera poco, figuras que hasta el momento se haban comportado con relativa docilidad en lo que concierne al Estado, como Ahmed el-Tayeb, el Gran Imn de al-Azhar, se han reafirmado en la autonoma que tuvieron durante la Primavera rabe. Esto significa que la nica manera que tiene el gobierno de retomar el control de la esfera religiosa es situarla bajo la autoridad del Estado (especficamente, someter a las mezquitas al dictado del ministro de asuntos religiosos).

De hecho, el control estatal de la religin ira ms all de las instituciones y se extendera a la propia ortodoxia religiosa, lo que supondra imponer limitaciones a las prcticas sufes y a las discusiones teolgicas. Incluso si los Hermanos Musulmanes tuvieran xito en la primera parte de esa operacin (la nacionalizacin de las instituciones religiosas) el precio que tendran que pagar sera grande, pues los imanes no apreciaran que se les convirtiera en funcionarios pblicos. Adems, correran el riesgo de destruir la dinmica religiosa del movimiento: si el Estado controla la religin, de qu sirve una "hermandad" religiosa? Y si se identifica a la religin con el Estado, se corre el riesgo de que la impopularidad del gobierno salpique a las instituciones de la fe, como ha ocurrido en Irn.

Se identificara a la Hermandad Musulmana exclusivamente con su ala poltica. Como en Irn, la nacionalizacin de la religin podra provocar el resurgimiento de prcticas no-ortodoxas o la propia secularizacin de la sociedad. La Hermandad perdera su alma, y en el proceso tambin saldran perdiendo los cristianos coptos, los liberales y muchas mujeres, por lo que todos ellos temen la perspectiva de una islamizacin impuesta por el Estado.

Los Hermanos Musulmanes han asumido un riesgo tremendo al intentar mantener el poder por la fuerza. La primera vctima ha sido su ideologa. El Islam no es la solucin, pero, bien manejado, sirve de discurso para sacar a la calle a los salafistas, y para disfrazar polticas que recuerdan ms al Chile de Pinochet que al Irn de Jomeini.

Si la denominada oposicin liberal (que contiene tambin algunos elementos no tan democrticos) cree que no puede asumir un enfrentamiento directo con el gobierno y prefiere presentarse a s misma como una alternativa poltica creble, los Hermanos Musulmanes pagarn caro sus coqueteos con el autoritarismo, que estn provocando la "secularizacin" de la poltica egipcia. La religin se est convirtiendo en un instrumento ms de control, en lugar de ser una alternativa social, econmica y e ideolgica. Esto supondra, en resumen, el fracaso del islam poltico.

 

El mismo juego

En Tnez se est desarrollando el mismo juego. Al-Nahda no es tan fuerte como los Hermanos Musulmanes ni tiene races tan profundas como ellos. El movimiento es ms variado, con una corriente, si no ms liberal, al menos ms realista. Y los salafistas tunecinos no resultan aliados fidedignos por su vocacin violenta. Adems, la sociedad ha absorbido la cultura de la protesta ms profundamente que en Egipto. A escala local, las manifestaciones y los disturbios contra el gobierno son moneda comn, aunque a menudo resulte difcil comprender los motivos y la estrategia de estos actores locales (pues las actividades delictivas y las luchas de clanes desempean un papel que no debemos subestimar). Tnez cuenta a su vez con el movimiento sindical ms fuerte de todo el mundo rabe. La UGTT (Unin General de Trabajadores de Tnez) posee una red nacional de militantes bien organizada, con capacidad para canalizar las protestas populares. Al-Nahda est entrando en conflicto con los sindicatos, por las mismas razones que en Egipto (una fascinacin por el libre mercado) o por razones ms especficas del pas (busca aliados a su izquierda pero no puede competir con un movimiento autnticamente popular de activistas de base).

Por si fuera poco, al-Nahda no tiene el control de las fuerzas de seguridad. El ejrcito quiere preservar el orden, pero no se atrever a tomar partido por la represin contra el pueblo tunecino. Por ltimo, al-Nahda ha sido incapaz de controlar la esfera religiosa y cuenta con menos medios para hacerlo que los Hermanos Musulmanes en Egipto. El pasado mes de octubre circul una peticin firmada por cientos de imanes que haban votado o estaban dispuestos a votar por al-Nahda, pero que se mostraban contrarios a cualquier intento de situar a las mezquitas y otras instituciones de la fe dentro de la rbita del Estado. Al igual que en Egipto, al-Nahda propone su propio ministerio de asuntos religiosos para controlar dicho mbito, aunque la iniciativa podra volverse en contra del movimiento.

 

Prdida de popularidad

Las dificultades encontradas por los islamistas han provocado una notable cada de popularidad en ambos pases, exponindoles al riesgo de ser derrotados si se convocan elecciones. Pero la cuestin ms candente es la de su alternativa poltica. Los lderes de los partidos polticos nuevos tienen un problema de credibilidad: sus conexiones con las protestas de las calles son poco slidas, suelen estar asociados a antiguos regmenes y mantienen una concepcin elitista de la vida poltica. En resumen, la oposicin se encuentra muy lejos de poder formar una coalicin creble. La tunecina, en concreto, se resiente de su identificacin con la lite profana de la capital, Tnez, que se opone implacablemente a cualquier "reislamizacin" de la sociedad. Tambin carece de la debida reputacin democrtica, ya que siempre ha apoyado las polticas de represin contra los militantes religiosos. Por ltimo, le resulta ms sencillo hacer campaa en Pars que en las calles tunecinas. Sin embargo, si existiera una oposicin creble y unificada, no hay duda que se impondra a al-Nahda en las elecciones. Por consiguiente, las posibilidades de que Tnez mantenga su democracia son mayores que las de Egipto.

No obstante, en ambos pases la Primavera rabe ha cambiado las cosas de manera irrevocable. Aparte de los aspectos que recalqu en mi primer artculo para el New Stateman hace casi dos aos (una nueva cultura poltica vinculada al advenimiento de una nueva generacin; la diversificacin de la esfera religiosa; un cambio en el contexto geopoltico que ha supuesto que los islamistas ya no se encuentren siempre enfrentados al campo occidental; el "aburguesamiento" de los islamistas; la reorientacin de los movimientos revolucionarios hacia partidos conservadores), hay un nuevo factor que est contribuyendo a la normalizacin de los islamistas: el ejercicio del poder. En realidad, no estn consiguiendo producir mejoras en trminos econmicos o sociales ni estn dando la impresin de ser los arquitectos de un proyecto social autntico, ms all de estampar el "sello islmico" en una sociedad sobre la que cada vez tienen menos control.

Pueden utilizar viejas tcticas (tratar de "traidores" a sus adversarios polticos, introducir la censura, la ley marcial o un estado de emergencia), pero ello no evitar que la gente les exija responsabilidades. Deberan haberse esforzado ms por lograr un "compromiso histrico" con los liberales para atravesar el periodo de austeridad y dificultades econmicas que se avecina. Pero la "revolucin islmica" no es la alternativa a esa alianza. Lo que se est gestando es una coalicin conservadora en poltica y moral pero neoliberal en lo econmico y, por tanto, abierta a Occidente. En este aspecto, sigue el modelo del partido Justicia y Desarrollo (AKP) de Turqua, que ha aprendido a trabajar con las instituciones y la sociedad civil existentes, gracias a lo cual ha podido reconciliar un Estado fuerte con una economa liberal, un partido islmico conservador con una sociedad abierta.

Por el contrario, si los Hermanos Musulmanes pretenden reforzar el aparato del Estado en su propio beneficio lo perdern todo. Perdern el apoyo de "los fieles" en favor de los salafistas (que estn menos comprometidos) y la comunidad empresarial se decantar por los liberales, o por el ejrcito, ahora que ha sido eliminada su vieja guardia de mariscales y generales. En cuanto al espritu de protesta, se no va poder ser extinguido.

 

Olivier Roy es director del Programa Mediterrneo del Instituto Universitario Europeo en Florencia. Es autor de "Holy Ignorance" (C. Hurst & Co)

 

Fuente original: http://www.newstatesman.com/world-affairs/middle-east/2012/12/myth-islamist-winter

 




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