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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 23-01-2013

La palabra estril
La fuerza ineficaz de la comunicacin

Antonio Fernndez Vicente
Rebelin


Uno no deja de asombrarse de que, a pesar del inmenso caudal de informaciones y conversaciones que critican el estado de cosas, no haya ninguna transformacin significativa. Se destapan a diario casos infames de corrupcin. Se exige ms transparencia como si fuera una frmula mgica para reparar la maltrecha democracia. En las conversaciones cotidianas; en los foros de Internet; en las listas de correo, whatsapp, twitter, redes sociales resultara una tarea infinita calcular la cantidad de comentarios vertidos sobre asuntos polticos, sociales, econmicos. Estas conversaciones eslabonadas se nutren a su vez de las innumerables voces que desde los medios de comunicacin tambin contribuyen a la saturacin de comunicaciones, en este caso, masivas. Contaminacin de palabras all por donde caminemos.

Es un deber comunicar, hacerse visible. Mostrarnos aunque la manifestacin revista -o quizs sta sea la mejor manera hoy en da- un modo obsceno. Incluso en el mbito que me es ms cercano, el universitario, cada cual se somete al dictado de la lgica comunicativa. Todos hemos de devenir autores, escribir y publicar por el mero hecho de figurar, de acumular hueras lneas al expediente sin que importe la calidad o alcance de lo que se redacte. Si no comunicas, si no exhibes tus pensamientos, aunque no hayan alcanzado la madurez suficiente y todava se hallen en germen, ni trabajas ni existes acadmicamente. Un total sinsentido. Plotino no escribi una palabra hasta los 49 aos. Scrates ni una palabra en toda su vida. De Jess, dicen que slo escribi unas palabras desconocidas en la arena. Y a todos, universitarios y ciudadanos, casi se nos exige como un imperativo que comuniquemos, que participemos en la confusin colectiva, en el caos de informaciones que castran, al mismo tiempo, la capacidad prctica. Quines nos creemos? Presuncin sin lmites, vanitas vanitatis. Participar en el dilogo no significa, en absoluta, dotarnos del destino que nos queremos dar. Son palabras que no fertilizan nuestra vida prctica.

En la era de la comunicacin, la persona ha de convertirse en spot de s mismo, en expositor de un discurso que parece no desencadenar transformacin alguna. Somos algo as como mercancas prostituidas en el escenario de la visibilidad. En lo colectivo, otro tanto de lo mismo. Una manifestacin mide su xito por la cobertura informativa, por el nmero de citas en los medios, en las asambleas, juntas de partidos, sesiones del Congreso. Pero eso es slo visibilidad, nunca transformaciones del estado presente. Lejos queda ya el poder performativo de las palabras, ms propio de las culturas grafas, orales. Una palabra representaba, significaba un hecho. Lo provocaba, como en Abracadabra. Pensar, imaginar un comportamiento reprobable era equiparable, en trminos factuales, a haberlo cometido. Hoy, las palabras se las lleva el viento, como vulgarmente se dice. Protestas de cientos de miles de ciudadanos no tienen mayor traduccin prctica que una lluvia de declaraciones. Ni siquiera los suicidios por desahucios y la desgraciada situacin de millones de espaoles, que es experimentada a diario y denunciada en numerosos canales de informacin, desembocan en cambios estructurales. Los de arriba siguen arriba -ms arriba- y los de abajo ms abajo. Desgraciadamente, hay una distancia abismal entre lo que se dice, lo que se escribe, y lo que se es. El juego embaucador de la poltica, de la economa capitalista, neoliberal se basa a grandes rasgos en esta dualidad. Hay palabras fetiche que encantan, paralizan e hipnotizan a la ciudadana: progreso, crecimiento, competitividad, eficacia, sacrificio, justicia, democracia, igualdad... Son promesas de felicidad que inhiben la actuacin. Quienes son absolutamente refractarios a la transformacin de nuestro modelo civilizatorio remiten siempre, como solucin a los problemas actuales, al dilogo, a la comunicacin. Pero el dilogo es infinito. Y si el exceso de comunicacin ni permite el consenso ni sienta las bases para una accin prctica efectiva? De qu sirve debatir ad infinitum sobre la defenestracin de lo pblico y el incremento de las polarizaciones entre ricos y pobres si no se acta en consecuencia? Es aburrido escuchar siempre los mismos comentarios, los mismos relatos de tropelas narrados e interpretados por los periodistas que hacen de un oficio hoy estril su modo de vida. Cambian los nombres, las fechas, las entidades, pero lo que no se modifica en absoluto son las relaciones de poder. Luego, para qu seguir comunicando? Sera ms preferible que los medios, sin excepcin, callasen de golpe. Que callasen los universitarios y los ciudadanos y, por un tiempo, nos dedicsemos a actuar desde nuestro lugar en el mundo. Sin grandes pretensiones. Cada uno desde lo que pueda aportar, aunque sea una simple pero esperanzadora disposicin a la compasin, a la solidaridad y a la cooperacin con los dems. Como la actriz teatral que elige no proferir palabra en Persona (Ingmar Bergman, 1966): dejar a un lado la representacin, la pantomima y volver a encarar en su crueldad el encuentro con nosotros mismos y con los otros, con nuestras miserias y riquezas. En este film, la aparente incomunicacin propicia la apertura al reconocimiento del otro como ser singular, en sus motivos, miedos y anhelos. Y desde esta mirada de frente a lo que somos, transformar el odio en amor, la competitividad en colaboracin, la riqueza de unos pocos en la riqueza de todos. Dejemos las trivialidades de medios de comunicacin, de exposiciones obscenas de nuestra imagen como espectculo en el teatro de varits que son en muchas ocasiones las redes sociales.

Quizs de esta forma dejaramos de asumir, resignados, el destino determinista al que parecemos abocados. Estamos distrados por la comunicacin. Alienados por ella. Aniquilados moralmente. Este ensayo podra ser tambin una distraccin, lo admito. Deje de leer de inmediato el lector y tome las riendas de su propia vida, alejado de las retricas que todos utilizamos para expresar nuestros pareceres. No nos dejemos llevar por el juego vano de las palabras que chocan unas contra otras. De las conversaciones infinitas que complacen a las clases dominantes, a los privilegiados de este sistema infame y cnico: mientras debatimos sobre las preguntas que formulan los edecanes de los poderes, ellos perpetan la injusticia y la rapia. Sostena Johann Fichte en El destino del hombre que estamos ah para actuar, y que la accin, y nada ms que nuestra accin determina nuestro valor. Soy cobarde porque con arreglo a lo que s, no hago. Como sola decir Rudyard Kipling, el elefante sigue preso porque ha olvidado su propia fuerza. Tambin la hemos olvidado nosotros? El torbellino de palabras, las tempestades discursivas nos hacen olvidar nuestra fuerza para propiciar cambios. Apago la pantalla, dejo de escuchar Kind of blue y me aventuro a la calle.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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