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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 24-01-2013

Contra la mquina

Pablo Bustinduy
Madrilonia


An se intenta hablar de la transicin sin considerar la fuerza del fascismo
Antonio Negri

 

Ante el drama obstinado de la crisis, todo un coro de voces deplora que los estados hayan perdido gran parte de su soberana. Y sin duda hay una parte de verdad en su lamento: ya nadie tiene dudas (empezando por el presidente del gobierno, que ms all de alguna que otra bravuconada de taberna, reconoce abiertamente su condicin de vasallo) de que el estado espaol es un protectorado sin margen de decisin en las materias fundamentales. Curioso soberano, dira Schmitt, aquel que precisamente no puede decidir sobre aquello que pone en juego su existencia. Y tal vez esa amputacin sirva para explicar la alergia pre-poltica que ha provocado en la derecha, pero tambin en gran parte de la izquierda del rgimen, el proceso independentista cataln: el clamor de la multitud de la Diada, aquella reivindicacin de su dret a decidir, fue como un recordatorio cruel de la capacidad perdida. En la tica, Spinoza defina la envidia como una forma de odio que produce dolor ante la idea de la felicidad de otro, y por el contrario, alegra ante la idea de su dolor. A la envidia Spinoza opone la emulacin, el deseo de alguna cosa, que se produce en nosotros por el hecho de imaginar que otros tienen ese mismo deseo (E, III). Pero el establishment no desea emular el proceso cataln: desea odiarlo, desea slo su fracaso, y esa es otra prueba de su impotencia.

El problema, sin embargo, es que a ambos lados del Ebro todo este enjambre emocional oculta algo ms decisivo y fundamental. Cuando se dice, como se dice a menudo, que el Estado ha perdido su soberana, no debera pensarse inmediatamente en el agujero negro del Bundestag, ni en el espectculo goyesco de esas cumbres europeas que cada vez ms gente reconoce como la cara del enemigo. El problema de la crisis no es que Bruselas se haya convertido en el gran Leviatn, ni su solucin pasa por una vuelta al culto del soberano, ese monstruo todopoderoso que normaliza a sus sujetos segn su gusto y antojo: ese es el viejo sueo de Le Pen, ese es el sueo de los amaneceres dorados y de la recentralizacin castellana camuflada de unin, progreso y democracia. Ese sueo es una pesadilla, y es adems imposible. Pensar que la soberana se puede recuperar igual que se cedi en el pasado es no comprender que la soberana, como el poder, no es un objeto que se pueda poseer, alienar o traspasar, sino ante todo una relacin, un orden de potencia, una capacidad de.

La Unin Europea no se ha convertido en un problema por restarle soberana jurdica a los estados, sino porque ha sido capaz de alejar de la vida productiva y laboral, y del mbito de la participacin y la confrontacin poltica, todas las decisiones fundamentales que conciernen la vida y la muerte del capital: la poltica productiva y monetaria, la regulacin del sistema financiero, del comercio exterior o de la arquitectura presupuestaria de los estados, por ejemplo. Ese proceso ha alcanzado su paroxismo en el momento de esta crisis terminal del capitalismo: la unin europea ha servido para cerrar en una habitacin acorazada la reproduccin asistida del capital, para blindar y proteger las intervenciones a corazn abierto (bajo forma de rescates, voladuras controladas y estrategias de manejo poltico de la deuda) con que se sigue intentando suturar sus contradicciones y resucitar al monstruo herido. En el caso de los pases intervenidos, ese proceso ha logrado que la accin gubernamental aparezca ante la opinin pblica como poco ms que una agencia de comunicacin para los programas econmicos y sociales que, elaborados en otra parte, se les transmite verticalmente, y que caen sobre aquellos que los sufren con la inevitable necesidad de un destino convenientemente despolitizado. Pero no se trata simplemente de la sustitucin de un sujeto poltico por otro. Ambos se relevan para servir al mismo proceso, que se hace ms poderoso, menos visible, ms impune y fantasmagrico al disimularse en su aparente contraposicin.

Es algo parecido al mito de Giges, que cuenta Glaucn en la Repblica: Giges encontr un anillo que le permita volverse invisible, y que utiliz para disimular la violencia requerida para matar al rey, seducir a la reina y hacerse impunemente con el poder. De manera parecida, la unin europea no es un sujeto jurdico contrapuesto a los estados, sino un proceso que diluye en su capacidad de ocultar otra capacidad, la capacidad bsica de cualquier democracia: aquella de establecer tiempos, horizontes y prioridades, de decidir sobre lo que le es comn, o, por usar la terminologa de Schmitt, de nombrar y hacerse cargo de su propia situacin. En ese choque de dos capacidades, dos procesos, dos potencias, el enfrentamiento no es entre la unin europea y los estados (y Tsipras demostr su vala hace unos meses al no renunciar, pese a las crticas, a la batalla del euro: la fortaleza a asediar, a conquistar, a socializar, es el Banco Central Europeo, es la suma de contradicciones que se hace invisible tras su velo de necesidad e ignorancia). El enfrentamiento es entre su operacin conjunta para el salvataje del capitalismo y la democracia incipiente que la resiste: lo que una aleja y disimula hasta hacer intransitivo, la otra profana y acerca, socializa, ansa poner en comn. Por eso la norma estatal tiene cada vez ms problemas para asentarse, y por eso los estados tienen que hacer uso de mecanismos semi-excepcionales cada vez ms brutales para lidiar con una realidad social que se les escapa: la realidad repele la norma que la asedia, la desborda, la amenaza, y la norma slo es capaz de drenar esa prdida con dosis cada vez mayores de violencia.

El resultado de ese conflicto es que vivimos una realidad escindida, sangrante, afectada por una paradoja insoportable: las poblaciones del sur de Europa sufren una violencia cada vez mayor ejercida legalmente en su propio nombre. Aparentando su incapacidad de elegir, los estados se ensaan contra los ciudadanos alegando que ellos slo obedecen rdenes, al tiempo que se escudan en la ficcin representativa para reivindicar la legitimidad otorgada por las urnas. Poco importa que esa legitimidad alcance mnimos que resultaban casi imposibles de imaginar hace slo unos meses. Segn las ltimas encuestas, la suma de votos entre el PP y el PSOE en las elecciones generales supondra poco ms de la mitad del voto vlido emitido, lo que en un escenario de participacin media les otorgara ms o menos el voto de uno de cada tres espaoles con derecho a sufragio, comparado con un 64% en 2008. Saben que seguirn cayendo, saben que estn haciendo saltar por los aires el precario pacto social de la transicin, y que su poder reposa sobre una base cada vez ms frgil. No importa, porque para eso sirve la ficcin representativa: la suma de PP y PSOE concentra la mayor dosis de poder institucional de la historia reciente. Seguirn haciendo lo mismo mientras no tengan enfrente una fuerza mayor y contraria, dispuesta a neutralizarlos y a ocupar de otra manera el mismo espacio que ahora gobiernan con la impunidad de un dspota.

El problema es simple: ya no hay un dentro y un fuera, sino frentes en los que han de chocar las dos fuerzas, frentes que avanzan o retroceden en funcin de los espacios y los procesos que se controlan, que cada cual se apropia y pone a trabajar en su favor. Desde esa perspectiva, la situacin es desoladora: Europa es ahora mismo un campo de batalla en el que la democracia no controla ms que su propia retaguardia. Por eso es urgente multiplicar la expropiacin de esos espacios. Parte de esa estrategia consiste en recuperar la distincin entre la democracia, entendida como fuerza de resistencia y construccin popular, y las elecciones, como mero mecanismo estatal para la seleccin de dirigentes. Cualquier opcin de supervivencia pasa por democratizar las elecciones: por desmitificarlas, arrebatarles su condicin normal, bloquear la reproduccin de la ficcin representativa y abrir as los aparatos del poder estatal a un proceso de democratizacin real. No se trata simplemente de plantear la toma del poder porque el poder no se toma, sino que se ejerce siempre de manera compleja y sinuosa, nunca en lnea recta y de una sola vez. Las instituciones no pueden aparecer como un fin poltico en s mismo, ni como un medio para poder lograr despus otra cosa (ya sabemos qu suele hacer el Estado con esos horizontes temporales: devorarlos a mordiscos como Saturno a sus hijos). Pero cada vez parece ms claro que negar la necesidad de pelear por los espacios institucionales es resignarse de antemano a la derrota. Tambin es seguir, paradjicamente, bajo el hechizo del culto al soberano: en la figura del alma bella que lo niega desde fuera, el Estado se mantiene vivo como ese otro que, igual que el fantasma de Hamlet, no deja de aparecer.

Es votar la solucin para el problema? Por supuesto que no. En su clebre tratado sobre la desobediencia civil, Thoreau deca que votar por lo que es justo equivale a no hacer nada en su favor. Pero hoy en da se trata de una falsa alternativa, porque hay que construir las dos cosas: un poder popular real que resista y persista en la tarea de hegemonizar una nueva gramtica democrtica y tambin una herramienta electoral que pueda usar esa gramtica como ariete, que pueda tirar la puerta de la fortaleza desde dentro y facilitar el trnsito de la resistencia a una construccin democrtica autnoma y real. De Syriza a las CUP, varios experimentos intentan demostrar que hay formas de conjugar planos de articulacin distintos, de hacerlos complementarios, aunque no se tenga de antemano las respuestas para lo que vaya a suceder despus (y tal vez, precisamente por ello). Es posible que alguno de esos experimentos fracase, o que no exista a da de hoy la herramienta para extenderlos a otros lugares, o que los esfuerzos para lograrlo no den resultado. Pero es un camino a seguir. Deca Thoreau en ese mismo ensayo:

 

Todas las mquinas provocan friccin () pero cuando la friccin se convierte en mquina, y la opresin y el robo se organizan, yo digo: acabemos con esa mquina, no la tengamos ni un minuto ms

Let us not have such machine any longer. Frente a la friccin insoportable del soberano, no hay ms armas que la capacidad democrtica: luchar en varios lugares a la vez, unir distintos puntos en una misma lnea de resistencia.

Fuente: http://madrilonia.org/2013/01/contra-la-maquina/



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