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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 25-01-2013

Tnez
Un debate sobre la izquierda y la informacin

Santiago Alba Rico, Patrizia Mancini, Mario Sei, Hamadi Zribi, Sondes Bou Said
Rebelin


Durante las dos ltimas dcadas, como sabemos, los medios de comunicacin occidentales, unas veces por pura superficialidad comercial y otras guiados por premeditados intereses manipuladores, han alimentado una visin esquemtica y negativa del mundo rabe, identificado de manera cotidiana con el islamismo fantico y el terrorismo. Como bien demostr Edward Said, conocer es sobre todo construir y por eso conocimiento y poder estn indisolublemente ligados. En un contexto de colonizacin poltica y econmica, es til construir un otro simplificado al que sea fcil manejar y legtimo -llegado el caso- destruir. El modelo es montono y rutinario. De lo que se trata es de que el otro aparezca siempre ante nuestros ojos -los del lector occidental- precisamente como otro o, lo que es lo mismo, como una unidad negativa inasimilable.

En el caso del mundo rabe, los medios nos han presentado siempre el islam como una fuerza homognea y absorbente, ocultando no slo toda la multiplicidad de credos y prcticas (del wahabismo al sufismo) sino las fuertes divisiones y enfrentamientos entre ellas: los mismos europeos que consideraran con desprecio a un rabe que no distinguiera entre un catlico y un protestante, juzgan irrelevante o inexistente la diferencia, por ejemplo, entre chiismo y sunnismo. Al mismo tiempo, esa homogeneidad -el islam- ha sido sistemticamente descrita como amenazadora y negativa: lapidaciones, ablacin, crmenes de honor, cinturones-bomba. Para cerrar el crculo del conocimiento perfecto, esta homogeneidad negativa se declaraba asimismo incurable o inasimilable: se insista, por tanto, en la incompatibilidad entre islam y democracia, incompatibilidad cuya consecuencia natural era la aceptacin de que los rabes son incapaces de regirse por s mismos sin la tutela de una potencia extranjera y/o un caudillo local.

Durante las dos ltimas dcadas, la izquierda no ha dejado de denunciar esta visin superficial e interesada, no slo porque era inexacta y simplificadora sino porque la inexactitud y simplificacin tienen siempre efectos polticos devastadores. Algunos de ellos son de sobra conocidos.

Mediante esta visin islamofbica, los medios occidentales, por ejemplo, facilitaron y legitimaron toda una serie de intervenciones violentas con un altsimo coste en vidas humanas: el golpe de Estado y la guerra civil en Argelia, la ocupacin de Palestina, la invasin de Afganistn e Iraq, o los numerosos Guantnamos repartidos por todo el mundo rabe donde, a instancias de los EEUU, se torturaba a presuntos islamistas radicales.

Esta visin islamofbica justific adems el apoyo de las potencias occidentales y de las lites locales a siniestras dictaduras que, so pretexto de perseguir el terrorismo islmico, trataron como a extranjeros y enemigos, durante dcadas, a sus propios pueblos. El caso de Tnez es paradigmtico.

Esta visin islamofbica contribuy asimismo a alimentar el racismo de los europeos frente a las comunidades inmigrantes que, en Pars, Madrid o Roma, cooperaban en el crecimiento econmico de Europa y demandaban los ms elementales derechos ciudadanos.

Los tres efectos mencionados -invasiones, dictaduras, racismo- produjeron a su vez el efecto previsible, eso que conocemos como profeca autocumplida: la radicalizacin de un sector, en todo caso minoritario, de las poblaciones afectadas.

Este circuito de conocimiento perfecto se vino abajo de pronto en enero de 2011 cuando la revolucin tunecina oblig a los medios occidentales a descubrir -sorpresa- dos realidades inseparables y hasta entonces silenciadas: la existencia de dictaduras y la existencia de pueblos en la regin. La sorpresa mayor fue la de que esos pueblos alzados contra los dictadores no reclamaban la aplicacin de la charia ni el establecimiento de un Estado islmico: pedan pan, justicia, libertad, trabajo, dignidad. La sorpresa fue tan grande que durante un breve perodo se produjo casi una inversin del discurso, acompaada de un entusiasmo a veces poco realista: el final de la excepcin rabe, la muerte de Al-Qaeda, el triunfo del laicismo. Sobre el terreno, las distintas velocidades y escenarios de los procesos abiertos en todo el mundo rabe, junto a las contra-ofensivas coloniales, con la intervencin criminal en Libia y la agona siria, llevaron la situacin all donde se encuentra ahora: dos pases en transicin (Egipto y Tnez) gobernados por islamismos democrticos, una reactivacin en todas partes, violenta o no, de lo que los propios medios han pasado a llamar salafismo y una movilizacin sin precedentes de poblaciones muy jvenes que han perdido el miedo y no van a tolerar una vuelta al despotismo.

Lo cierto es que, a la espera de transformaciones ms profundas, la revolucin tunecina debera producir al menos estos dos efectos saludables: una normalizacin meditica y una normalizacin poltica. La normalizacin meditica exige una mayor atencin a los procesos reales del Norte de Africa y el Medio Oriente, un reconocimiento de las mltiples voces y sensibilidades que pueblan la regin, un ejercicio redoblado de rigor, informacin y documentacin. Algunos indicios apuntaban al principio en esa direccin.

En cuanto a la normalizacin poltica, implica la visibilizacin de todas las fuerzas que han estado reprimidas y, entre ellas, la que -por razones histricas complejas- ha llegado a ser mayoritaria: el islamismo. Slo hay dos maneras de combatir el islamismo poltico: o la dictadura y la guerra o su integracin en las tareas de gobierno. Ms de veinte aos despus del golpe de Estado en Argelia, sabemos que la primera solucin, adems de monstruosa, es ineficaz; el dao que las dictaduras han hecho a los pueblos -y a la solidaridad internacional entre los pueblos- no ha debilitado, sino al contrario, la influencia del islam poltico. Pero la llamada primavera rabe, matriz de esta normalizacin, s ha alterado su programa, sus procedimientos y sus objetivos. En Tnez ninguna de las fuerzas polticas organizadas -ni la UGTT ni Nahda ni las organizaciones de izquierda- puede arrogarse la representacin de la revolucin popular que derroc a Ben Al. Pero a nadie puede extraar tampoco que Nahda ganara limpiamente las elecciones de octubre de 2011. Lo importante, en todo caso, es que la legitimidad de la revolucin se mantiene viva en otro lado, en paralelo a las nuevas instituciones, y que las tareas de gobierno obligan a Nahda a negociar, a renunciar pragmticamente a la propia ideologa y, sobre todo, a responder a las demandas de ese sector mayoritario de la poblacin que sigue reclamando pan, trabajo, justicia, libertad y dignidad. No hay una dictadura islmica ni sombra de ella en Tnez, y ello con independencia de las verdaderas intenciones de Rachid Ghanouchi y del sector ms wahabita de Nahda. En un ao de gobierno, lo que se ha verificado ms bien es un desgaste innegable del partido islamista -y de sus compaeros de la troika.

La paradoja es que, en algn sentido, la normalizacin poltica ha abortado la normalizacin meditica en curso. El triunfo de Nahda en Tnez y de los HHMM en Egipto (y su protagonismo en toda la regin, de Libia a Siria), ha restablecido viejos hbitos perezosos y activado destructivos clichs de combate. Tras unos pocos meses de idilio, los medios de comunicacin occidentales han recauchutado los antiguos moldes de construccin del otro, en un rapidsimo pasaje del entusiasmo sin fundamento a una decepcin y pesimismo igualmente infundamentados: de la primavera rabe al invierno islamista, se escribe en una frase ya consagrada. El problema es que este nuevo clich generalizado ha calado tambin en un sector de la izquierda. Ello se debe en parte a que la izquierda europea y latinoamericana conoce poco y mal el mundo rabe y en parte tambin a que la intervencin de la OTAN en Libia y la presencia salafista en Siria dificultan la comprensin de los movimientos populares. Pero en honor a la verdad hay que decir que no siempre se trata de ignorancia eurocntrica o de dogmatismo ideolgico. Hay tambin analistas comprometidos, sensibles y bien intencionados, que recogen y transmiten desde lejos la voz de las izquierdas locales. Lo que ocurre es que no slo Nid Tunis, Al-Jumhuri o Al-Masar, exponentes de las lites laicas pro-occidentales, exportan clichs a Europa; tambin las izquierdas tunecinas, con las que los abajo firmantes se identifican y a las que apoyan, se dejan arrastrar a veces, bajo la presin de urgencias tcticas, por discursos simplificadores o demaggicos que reproducen los clichs del otro lado del mediterrneo.

En un pas que an no ha redactado su constitucin, que mantiene intactos (o casi) los aparatos de polica y justicia y en el que slo esta semana, quince meses despus de las elecciones, se ha presentado ante la Constituyente el proyecto de ley para la Justicia Transicional, es muy difcil saber quin tiene realmente el poder. Lo que s podemos decir es que, no obstante algunos inquietantes retrocesos, hay un debate poltico y una libertad de expresin mucho mayor, y a veces mucho ms irresponsable, que en Espaa, Italia o Francia. Por desgracia este debate y esta libertad de expresin, a lo largo de los dos ltimos aos, se han ido cerrando en torno a un conflicto puramente partidista y, si se quiere, electoralista. El resultado es que, sobre un horizonte de inestabilidad institucional, econmica y social crecientes, se desarrolla una especie de teatral pugna democrtica que, con la izquierda de momento en un segundo plano, ha determinado ya la existencia de un bipartidismo virtual: neoliberalismo islmico contra neoliberalismo laico (con Nid Tunis como catalizador). Toda la complejidad de la situacin, y todas las fricciones entre bastidores, se simplifican en esta escenografa de un conflicto binario gobierno-oposicin. Mientras Nahda trata de aferrarse a un poder que todava no tiene, la oposicin trata de derribarlo por cualquier medio. Uno de estos medios es, obviamente, la intoxicacin informativa y la demagogia meditica, orientadas a alimentar la ilusin -entre las clases medias urbanas- de que en Tnez hay una dictadura islmica, una dictadura peor que la de Ben Al, una dictadura que controlara todos los resortes del poder -securitarios y jurdicos- para arrebatar a las mujeres las conquistas del bourguibismo, imponer el velo, prohibir el alcohol, perseguir a los artistas y proteger a violadores y salafistas. Estas campaas, desencadenadas siempre a partir de un hecho aislado o de un dato parcialmente cierto y que reproducen la propaganda legitimadora del rgimen de Ben Ali, dificultan la normalizacin poltica, ocultan la complejidad de las relaciones de poder y desplazan la atencin lejos de los verdaderos problemas de los sectores revolucionarios, que siguen siendo el pan, el trabajo y la dignidad. Lejos tambin de los verdaderos pecados de Nahda, que no tienen que ver -o muy poco- con el fanatismo religioso sino con el fanatismo de mercado, la sumisin a los intereses econmicos europeos y su modelo de desarrollo social. En este marco de confrontacin que deja muy poco margen de maniobra, las izquierdas tunecinas sucumben a veces, desafortunadamente, a la tentacin de alianzas contra-natura o de discursos tambin sumarios y alarmistas.

La falsa historia de los dos jvenes juzgados y condenados por besarse es, en este sentido, paradigmtica. Qu tiene que pasar para que tanta gente la creyera cierta y eso hasta el punto de que, desmentida el da 12 de enero (http://www.assabah.com.tn/ y http://www.edito.tn/lhistoire-du-baiser-etait-inventee/), an hoy muchos siguen convencidos de que realmente ocurri? Para que una historia as sea verosmil tiene que haber, obviamente, un partido religioso que podra desear perseguir los besos pblicos y una ley pre-revolucionaria que los prohibe de hecho; pero tiene que haber, sobre todo, mucha gente deseando creer que es cierta y algunas fuerzas polticas interesadas en hacer creer que lo es. Cuando se dan todos estos elementos, en un contexto de aguda y a menudo sucia confrontacin, la obligacin de la prensa tunecina e internacional, sobre todo de la prensa de izquierdas, es verificar la noticia antes de difundirla y de sacar conclusiones polticamente efectivas (pues introducen efectos). Entre otras razones porque no est claro que la desestabilizacin de este gobierno -y ms si se hace por cualquier medio, como en el pasado- favorezca a las izquierdas y menos an al frgil proceso de democratizacin en curso.

La revolucin no la hizo Nahda. Tampoco los partidos de izquierda. La emocionante sorpresa del levantamiento popular no puede hacernos olvidar que no haba ni hay condiciones en Tnez para una revolucin socialista o para una transformacin inmediata de su estructura econmica. Alcanzar ese objetivo depende del trabajo poltico y de la conciencia e implicacin crecientes de la poblacin. Pero para garantizar el trabajo poltico y la adquisicin de conciencia es necesario consolidar de entrada un marco institucional democrtico que impida el retorno a la dictadura. Es necesario, pues, asegurar la normalizacin poltica que esa dictadura impidi durante cinco dcadas.

Lo que los abajo firmantes pretendamos con nuestro anterior artculo (1) no era, desde luego, ofender a nadie ni abrir una polmica ad hominem estril y dolorosa (2) sino recordar sencillamente que esa normalizacin poltica es inseparable -pues es, en parte, su consecuencia- de una normalizacin periodstica que desde las izquierdas debemos promover y defender: desconfianza frente a los clichs, rigor informativo, bsqueda de la verdad, compromiso con las vctimas y, cuando nos equivoquemos, valor para rectificar. El debate sobre los medios -los de la accin y los de la expresin- es hoy, ms que nunca, en Europa y en el mundo rabe, el debate decisivo.

Notas

(1) http://www.rebelion.org/noticia.php?id=162496&titular=revoluciones-%E1rabes-y-clich%E9s-

(2) http://nena-news.globalist.it/Detail_News_Display?ID=48459&typeb=0&Loid=200&Tunisia-risposta-alle-accuse-di-falsita


Versin italiana: http://www.liberazione.it/rubrica-file/Tunisia--per-un-dibattito-a-sinistra-sui-mezzi-d-informazione.htm

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso de los autores mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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