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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-01-2013

La mecha y el poema

Paco Roda
Rebelin


Cada da que pasa uno si ente que no puede ser peor, que ms all de estos lmites imprecisos entre el miedo y el desasosiego, solo queda la revuelta que no llega, porque la sedicin interna est ya saciada de descontentos. Pero uno mira ms all de sus lmites ms inmediatos y se avergenza del tedio reinante revestido de compasin y hasta de nueva piedad solidaria. La vida, las vidas empeoran sin pedir permiso, las biografas cortocircuitadas enferman y se desplazan plomizas cabizbajo por la calle. Los relatos entristecen y se someten a la ms brutal resignacin, se doblegan al inmerecimiento de unos guardianes del Estado en estado de corrupcin permanente. Cada da la vida se retuerce ms y ms. Por sus aristas ms finas, por sus demarcaciones menos consistentes. Las familias, la ciudadana y las personas ya no son las mismas. No se reconocen en el pasado perfecto porque el futuro se ha volatizado mientras otros hacen el agosto en pleno invierno. Y stos, con nombres y apellidos, famosos, reconocidos, con poder, caminan impunes ante tanta matanza. Nunca un Estado haba estado tan secuestrado por la ignominia, el descrdito, la vergenza, la corrupcin, la mentira, la falsedad, la degradacin y la infamia. Y todo ello santificado por un gobierno que vive y desea vivir lejos de sus votantes y no votantes. Un Estado secuestrado por la implacable ceguera de su propia incapacidad para corregir el rumbo hacia una bancarrota social inminente.

Y mientras, la gente que uno observa por la calle pareciera que, sabiendo esto, aceptando esta inevitabilidad alguna sin compasin, vuelve al refugio tangible de sus seguridades ms inmediatas, a su casa, su hogar, su familia, sus pasiones, sus amores, sus ocios y sus socios inmediatos, los amigos, las compaeras de trabajo o hasta sus coadjutores. En ese territorio privado encuentra el sosiego ante tanto desosiego. Por eso Rajoy nos quiere en casa. No solo para contabilizarnos inactivos ante el frente social que tanto teme, sino para dominarnos desde la reclusin invicta del dominio privado. Porque aqu nos sometemos a la implacable venganza contra nosotros mismos. Aqu, entre las paredes atestadas de deslices, nos culpabilizamos ante nuestro propio destino. La calle se ha quedado vaciada de poder. S, hay 37.000 manifestaciones al ao, una prueba tcnica de la movilizacin, pero an as parece que eso no garantiza la revuelta. Porque sta necesita otros territorios an por explorar. No me digan ni hablen de nuevos lderes, de nuevos discursos ni de nuevas estrategias. Todo est dicho. Parece que lo nuevo o por inventar no llega. O si llega, no encuentra eco ni recoveco donde depositar tamaa esperanza.

Nunca como en estos das las diatribas y sentencias verbales contra la poltica del PP y el actual estado de malestar social que nos invade, han sido tan duras, tan claras, tan incisivas. Si ustedes quieren pueden ver por activa y pasiva donde est el ncleo duro, la mdula infecciosa de tanto cncer social, el agujero apestoso de las cloacas que nos esperan, de los sepultureros que esperan su turno. Y tambin pueden saber los nombres de los escualos que esperan ah, a nuestro lado, para afilar sus mandbulas protactiles. Todo est a la vista. Y lo que no est tampoco afecta al estado de rotacin de esta Espaa a la deriva. Porque acta si o si. Sin pudor, sin decencia. Y an as, navegando a sotavento, resulta difcil llegar a puerto. Porque la navegacin es de altura. Volver a casa no es un buen consejo, pero en la calle, a diario, pareciera que el ttulo del libro de Jos Luis Pardo, Nunca fue tan hermosa la basura , adquiriera sentido y saciara nuestro desconcierto.

No es fcil, y quizs no sea ni siquiera justo, nombrar el desastre y escapar por la tangente del nihilismo crtico. Lo s. Pero creo que lo que est por llegar se est fraguando en algn lugar intangible. An es pronto para sentirlo. Pero est en la rotacin incesante de los agujeros negros de millones de desesperados. En esos espacios que cuesta identificar, en lugares todava sin nombre pero reconocidos. En los efectos secundarios de tanto trabajo precario, de la pobreza soterrada y contenida, de la precariedad contada y cantada, de la exclusin estigmatizada, de la estabilidad incierta, del desempleo inmediato, del ERE amenazante, de la vida contingente, del miedo al presente. En esos lugares en construccin que la historia luego reconoce como procesos revolucionarios. Solo falta una mecha. Y sta puede ser hasta un poema.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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