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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 30-01-2013

A Cuarenta Aos: Crnica de un Golpe de Estado
Es que la dictadura militar ha terminado?

lvaro Cuadra
Rebelin


1.- Backyard: El patio trasero

Preguntarse por el fin de una dictadura militar como la chilena bien pudiera parecer una obviedad. Es como preguntar por el fin del Tercer Reich o la Guerra Fra, pues, todos los signos indican que, en efecto, la historia ha sealado un ocaso. Pero debemos ser cautos e insistir en la pregunta, ms todava en la experiencia chilena, pues pareciera que lo que dbamos por finiquitado persiste obstinado de mil maneras en la vida social y poltica de nuestro pas. Instalada la interrogante, surge la inquietante sospecha de que no se trata de enmarcar en un parntesis un determinado rgimen de terror (1973 1989), pues los parntesis suelen ser porosos, cuando no, ilusorios. Si nuestra sospecha es correcta, habra iniciar una reflexin con la hiptesis de que el golpe de estado de Augusto Pinochet se fragu mucho antes de lo que indican las fechas oficiales y todava no termina.

Si hemos de darle crdito al Informe Church, un documento elaborado por el Senado estadounidense en 1975, lo cierto es que la Casa Blanca a travs de su servicio de inteligencia CIA financi la desestabilizacin del gobierno de Salvador Allende desde que ste fuera elegido en las urnas, antes de que asumiera la presidencia del pas en 1970. De hecho, en una tradicin inaugurada en Italia en 1948, la CIA intervino en las elecciones chilenas de 1964 y 1970. El gobierno de entonces, encabezado por Richard Nixon y su secretario Henry Kissinger, fueron los artfices que vieron culminada su obra en septiembre de 1973 como parte de una estrategia mundial inscrita en la Guerra Fra.

 

No es necesario forzar la historia para demostrar con ntidos antecedentes que la conspiracin anti allendista fue obra de una potencia extranjera y que sta comenz, por lo menos, tres aos antes de los fatdicos acontecimientos como una sistemtica accin encubierta. Todo lo acontecido durante los llamados mil das del gobierno popular: boicot diplomtico y econmico, atentados terroristas, huelgas de gremios profesionales y empresariales, presin al interior de las fuerzas armadas, y una orquestada campaa de prensa encabezada por El Mercurio, respondi en gran medida a los dlares invertidos en Chile, tanto por agencias gubernamentales estadounidenses como por corporaciones multinacionales.

Desde la perspectiva de Washington, el gobierno de Salvador Allende significaba un riesgo serio y la amenaza de una segunda Cuba en Amrica Latina y con ello una expansin del poder comunista sovitico. Recordemos que aquel mismo ao, el gobierno de Nixon se retiraba de Viet Nam como fruto de una negociacin en Pars. Recordemos, adems, que la intervencin norteamericana en Latinoamrica no era nada nuevo en su agenda poltica regional; despus de la Segunda Guerra Mundial cayeron los gobiernos de Arbenz en Guatemala, Goulart en Brasil y la Repblica Dominicana fue invadida igual que Granada y Panam aos ms tarde. Hasta el presente, todas las administraciones en la Casa Blanca han mantenido el bloqueo a Cuba y una hostilidad explcita a cualquier rgimen de corte democrtico popular, como es el caso de Venezuela, Ecuador o Nicaragua.

2.- La alegra ya viene

 

 

La dictadura de Augusto Pinochet deja el poder ejecutivo en el marco de su propia institucionalidad. Este hecho marcar la llamada transicin pacfica a la democracia, con el aplauso no disimulado de Elliot Abrams. Con escasas medidas cosmticas, los gobiernos de la Concertacin deban gobernar con las reglas heredadas de la dictadura y con el compromiso de no tocar a ninguno de los cmplices del general durante su gobierno. La Concertacin de Partidos por la Democracia gobernara durante cuatro gobiernos sucesivos sin alterar, en lo fundamental, el modelo econmico ni el modelo poltico diseado por el dictador.

El resultado de casi dos dcadas de gobiernos democrticos en que se alternaron la Democracia Cristiana y el Partido Socialista gener en el pas ms expectativas que resultados. La gestin concertacionista logr naturalizar un orden constitucional, revistindolo de una ptina republicana que no haca sino consolidar lo que algunos han llamado una democracia de baja intensidad Como todo proceso, ste no estuvo exento de graves debilidades entre sus propios protagonistas y, en el lmite, de una degradacin de la cuestin pblica en que se mezclaron negocios y poltica. En pocas palabras, una constitucin de facto, ilegal y corrupta en su origen, termin de corromper a una clase poltica que olvid los grandes valores que deca defender para comenzar a defender los valores burstiles y a las grandes empresas.

Los ltimos gobiernos concertacionistas, insistiendo en un pastiche republicano, no lograron mantener la unidad en sus propias filas ni impedir que los escndalos se sucedieran. El proceso hizo crisis en las ltimas elecciones presidenciales, dndole una mayora circunstancial al actual mandatario, representante del empresariado y la derecha extrema. En el presente, la movilizacin social pone de manifiesto un cierto malestar ciudadano con el actual estado de cosas. Se ha planteado la necesidad de una Asamblea Constituyente, cuestin que divide a las distintas corrientes progresistas y democrticas ante la posibilidad de un eventual gobierno liderado por Michelle Bachelet.

La Concertacin constituy un instrumento poltico de la dcada de los ochenta respaldado por el gobierno de los Estados Unidos. Durante dos dcadas, este conglomerado de partidos articulo una poltica de consensos cuyo resultado est a la vista: Un gobierno de derechas. No es fcil, por tanto, proyectar un revival concertacionista en los aos venideros, pues la realidad social y poltica es muy diferente a aquella de los aos ochenta y noventa. Pareciera que todo se juega en un programa que se haga cargo de reformas serias y profundas en el sistema econmico y poltico. No es posible conjugar, al mismo tiempo, la herencia de Pinochet en lo econmico y lo poltico con el creciente malestar de la poblacin.

Los acelerados cambios culturales verificados en esta primera dcada del siglo XXI instalan a las nuevas generaciones en coordenadas que exceden incluso los lmites histricos nacionales, de tal suerte que surgen reclamos democrticos que no admiten los lmites estrechos de una sociedad altamente autoritaria, clasista y excluyente. Los movimientos estudiantiles han mostrado ya los sntomas de estas nuevas tendencias polticas y culturales que instalan nuevos horizontes de sentido en nuestra sociedad, ante los cuales ni el actual orden institucional ni la clase poltica que quiere gestionarlo est a la altura.

3.- Pinochetismo sin Pinochet

La dictadura del general Augusto Pinochet se plante como un rgimen fundacional, esto es, como un punto de inflexin en la historia del pas. Para llevar a cabo este propsito leg a las generaciones posteriores una carta constitucional diseada, expresamente, para preservar un modelo econmico y poltico que asegurara el dominio ganado por la fuerza de las armas para los sectores de derecha. Si bien la historia ya ha barrido de escena las cenizas del dictador, no ha ocurrido lo mismo con el diseo institucional sancionado por la junta militar en los aos ochenta del pasado siglo.

El Chile de hoy no es sino la prolongacin pseudo democrtica del poder heredado por los polticos y empresarios de extrema derecha desde aquella pagana noche en Chacarillas. Fue all, una fra noche de julio de 1977 cuando un grupo de fanticos, devotos del Opus Dei, nacionalistas o pretendidos liberales, sellaron el pacto entre el terror militar y la elite poltica y empresarial que nos gobierna en nuestros das. Mientras muchos hogares en modestas poblaciones eran allanados cada noche, mientras muchos chilenos eran torturados, exiliados o asesinados, los poderosos celebraban sus nupcias con el strapa.

Hasta nuestros das permanece intocado un sistema electoral que impide la expresin genuina de un pueblo, mediante artificios legales que dejan fuera a los partidos pequeos. Hasta el presente, la impunidad de civiles y militares es la atmsfera naturalizada de nuestro quehacer poltico. Contra la opinin de sentido comn, es necesario sealar que la dictadura en Chile no ha terminado: No ha terminado para los pueblos originarios que solo reciben una feroz represin de parte de las autoridades por reclamar sus derechos ancestrales. Tampoco ha terminado la dictadura para las miles de familias endeudadas por un sistema que lucra con la educacin de los jvenes de nuestro pas ni para millones de trabajadores que deben sobrevivir con salarios miserables gracias al modelo neoliberal imperante. La dictadura existe en cientos de leyes y decretos que ordenan un pas fundamentalmente autoritario al que se han plegado no pocos miembros de una clase poltica oportunista.

En esta llamada democracia, el pinochetismo impune est vivo aunque su lder haya muerto, jactndose de sus crmenes, haciendo apologa de la violencia y del terrorismo de estado. Una avenida todava celebra el once de septiembre y buques de la Armada Nacional enarbolan el nombre de uno de los golpistas. En esta llamada democracia, los cmplices de graves delitos de lesa humanidad siguen fungiendo como legisladores o funcionarios de gobierno. El pinochetismo sin Pinochet persiste como una peste en la sociedad chilena, impidiendo a las nuevas generaciones avanzar hacia formas ms profundas de democracia. La actual constitucin garantiza prebendas a la clase poltica, impunidad a civiles y uniformados y, desde luego, millonarias ganancias a las corporaciones chilenas y extranjeras.

Mediante un manejo cuasi monoplico de los medios de comunicacin se ha incubado entre nosotros un imaginario mal sano que convierte las justas demandas de los movimientos sociales en una amenaza. Los noticieros de televisin y la prensa de gran tiraje han incubado una cultura del miedo y del consumo suntuario. La herencia pinochetista se traduce, entonces, en una amnesia dirigida que nos impide recordar que nuestra sociedad est erigida sobre una pila de cadveres y que los culpables andan sueltos.

A cuarenta aos del golpe de estado de 1973 los tribunales se han mostrado reacios, acaso incapaces de hacer justicia. Los pocos procesados y sentenciados por temas relativos a derechos humanos cumplen sus condenas en crceles de lujo. El mismo Augusto Pinochet muri impune gracias a los buenos oficios del gobierno chileno, rodeado de sus seres queridos y con las bendiciones de rigor. A cuarenta aos del golpe de estado, muchos chilenos todava viven el luto y la angustia de no saber dnde estn sus seres queridos. El golpe de estado no ha terminado en Chile, la reconstruccin democrtica de nuestra sociedad no ha tenido lugar. Ms all de la demagogia, lo nico cierto es el olvido, olvido de las vctimas de aquel trgico episodio. Olvido de los pobres de cada da. Olvido de nuestra propia dignidad como pas.



Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. Universidad ARCIS



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