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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-01-2013

Luces de Jos Mart para el socialismo

Luis Toledo Sande
Cubarte


Textos de inters directo para el tema planteado en el ttulo escribi Jos Mart desde su estancia en Mxico (1875-1876), donde inicio de un camino en el cual experiment una rica evolucin se relacion activamente con la prensa obrera y organizaciones de ese carcter. Pero los presentes apuntes, ni con mucho exhaustivos, se basan centralmente en pginas posteriores, distanciadas entre s por una dcada, pero unidas por el tema abordado: una resea, en la revista neoyorquina La Amrica de abril de 1884, sobre La futura esclavitud, del britnico Herbert Spencer, y una carta de mayo de 1894 a su compatriota y amigo Fermn Valds Domnguez. Las dos contienen reflexiones sobre lo que en ambas Mart llama la idea socialista, y lo publicado en la revista parece prolongarse en la intimidad epistolar. No hay que asombrarse por ello: nexos similares aparecen entre numerosos textos de la obra martiana, signada por la coherencia y la organicidad.

Desde el inicio de la resea brota la diferencia de perspectivas entre Spencer y Mart, quien afirma que aquel pensaba a manera de ciudadano griego que contaba para poco con la gente baja. Y esto de la gente baja se comprende tanto mejor segn se aprecie que en la resea, ms que citar, el periodista parafrasea al autor de la obra comentada, que ubica en contexto y linaje: Todava se conserva empinada y como en ropas de lord la literatura inglesa; y este desdn y seoro, que le dan originalidad y carcter, la privan, en cambio, de aquella ms deseable influencia universal a que por la profundidad de su pensamiento y melodiosa forma tuviera derecho. Y enseguida se siente la voz de Mart: Quien no comulga en el altar de los hombres, es justamente desconocido por ellos.

No sugiere que Spencer fallaba en todo; pero le reprueba su perspectiva aristocrtica, asociada al individualismo y al positivismo. En los lmites de este ltimo la ciencia, insecteando por lo concreto, no ve ms que el detalle, se lee en el elogio que dos aos antes haba hecho Mart a la integradora espiritualidad del pensador estadounidense Ralph Waldo Emerson. Sin embargo, cabe estimar que el cubano comparta con el britnico el deseo de que el alivio de los pobres no se trocara en fomento de los holgazanes, solo que, entre las motivaciones por las cuales el positivista escribi La futura esclavitud, estuvo su rechazo a la construccin, por va estatal, de viviendas para los menesterosos, rechazo que Mart no comparta.

Spencer , identificado con un evolucionismo que engulla los valiosos aportes de Charles Darwin para ponerlos al servicio de los ms fuertes econmicamente en la urdimbre de las clases sociales, tema a la burocracia, peligro presente en la organizacin moderna de la sociedad, tanto ms cuanto mayor sea la centralizacin que la rija. Glosando esa parte del tratado spenceriano, Mart comenta: Con cada nueva funcin, vendr una nueva casta de funcionarios. Ya en Inglaterra, como en casi todas partes, se gusta demasiado de ocupar puestos pblicos, tenidos como ms distinguidos que cualesquiera otros, y en los cuales se logra remuneracin amplia y cierta por un trabajo relativamente escaso: con lo cual claro est que el nervio nacional se pierde.

Por la aceptacin que enfatiza, y hasta por el tono, la conclusin que sigue a esas palabras puede atribuirse al propio Mart: Mal va un pueblo de gente oficinista! La advertencia sigue siendo vlida, dado el peligro que revela; pero en otras circunstancias el trabajo de naturaleza social, o contratado y remunerado estatalmente, puede verse en desventaja, y en consiguiente desdoro, frente a los rditos de la iniciativa privada, llmesele como se le llame, y ms an si ella se beneficia del autoritarismo y de hbitos corruptos que, vertiendo sombras desde la administracin estatal, pueden minar el organismo de una nacin.

Spencer, como si se tratara de una realidad consumada, o en crecimiento, repudiaba la burocracia y la consiguiente casta funcionaresca, de sesgo parasitario germen para la corrupcin, agrguese, que l vea formarse o tema que se formara en Inglaterra. Pero all no se ensayaba en realidad algo que en justicia pudiera llamarse socialismo, aunque, en el fondo, el clebre positivista le temiera a ese fantasma. Impugnaba la intervencin del Estado especficamente el que l conoci, nada socialista, sino capitalista, cualesquiera que fuesen sus investiduras formales y la fase de su desarrollo en la administracin de los recursos, y en la solucin de problemas sociales bsicos.

Quienes han estudiado con seriedad la resea han visto en ella a Mart levantado frente, o contra, los fantasmas ideolgicos de Spencer, como ha hecho Rafael Almanza Alonso. Mart discrepaba del liberal burgus, y no es fortuito que, al comentar su texto, alabara al Henry George que por entonces predicaba en los Estados Unidos la justicia de que la tierra pase a ser propiedad de la nacin, como bien de naturaleza pblica.

Veamos, sealados por Mart, algunos de los elementos que muestran la orientacin de Spencer: El da en que el Estado se haga constructor, cree Spencer que, como que los edificadores sacarn menos provecho de las casas, no fabricarn, y vendr a ser el fabricante nico el Estado. Ese argumento, declara sin rodeos Mart, aunque viene de arguyente formidable, no se tiene bien sobre sus pies, como tampoco este otro: el da en que se convierta el Estado en dueo de los ferrocarriles, usurpar todas las industrias relacionadas con estos, y se entrar a rivalizar con toda la muchedumbre diversa de industriales. Tal raciocinio, no menos que el otro, tambalea, asegura Mart, quien expone el porqu, con razonamiento que no es del caso interpretar ahora.

Spencer repudia como socialismo una forma de capitalismo de estado, al que no debe parecerse ms de lo inevitable ningn proyecto que aspire a abrirle caminos a la realizacin de metas justicieras inalcanzables sin plena participacin popular. Y ese contina siendo un reto, en primer lugar, para el socialismo, que debe combinar ideales colectivos y vibraciones individuales, y no olvidar que estatal no es necesariamente un sinnimo pleno de social .

Mart afirma que Spencer teme el cmulo de leyes adicionales, y cada vez ms extensas, que la regulacin de las leyes anteriores de puperos causa. Para valorar lo que ese criterio de Spencer merecera a los ojos de Mart, conviene tener presente lo que este sostuvo en el artculo A la raz, publicado en Patria el 26 de agosto de 1893: A la raz va el hombre verdadero. Radical no es ms que eso: el que va a las races. No se llame radical quien no vea las cosas en su fondo. Ni hombre, quien no ayude a la seguridad y dicha de los dems hombres.

En 1884 situ los temores de Spencer en un contexto donde se quieren legislar las formas del mal, y curarlo en sus manifestaciones; cuando en lo que hay que curarlo es en su base, la cual est en el enlodamiento, agusanamiento y podredumbre en que viven las gentes bajas de las grandes poblaciones. Mart, con la vista puesta en el bienestar comn, sostiene que a salir de tal miseria, con costo que no alejara por cierto del mercado a constructores de casas de ms rico estilo, y sin los riesgos que Spencer exagera, podran ayudar a los pobres las casas limpias, artsticas, luminosas y aireadas que se deba tratar de facilitar por va estatal a los trabajadores, algo a lo cual se opona Spencer.

El autor de La futura esclavitud vea como un peligro la aspiracin que Mart estimaba justa, por cuanto el espritu humano tiene tendencia natural a la bondad y a la cultura, y en presencia de lo alto, se alza, y en la de lo limpio, se limpia. A ms que, con dar casas baratas a los pobres, trtase solo de darles habitaciones buenas por el mismo precio que hoy pagan por infectas casucas.

La armazn terica construida por Spencer contra la democratizacin que l estimaba en marcha, y nociva, sera acota Mart un edificio, de veras tenebroso, y semejante al de los peruanos antes de la conquista y al de la Galia cuando la decadencia de Roma, en cuyas pocas todo lo reciba el ciudadano del Estado, en compensacin del trabajo que para el Estado haca el ciudadano. Una de las tareas que acaso el espritu justiciero tenga pendiente, an hoy, consistira en estudiar hasta qu punto, adems de imponerle desventajas tecnolgicas y aislamiento, los contextos donde el socialismo se ha intentado llevar a cabo lo han contaminado con la herencia del llamado modo de produccin asitico. El socialismo emancipador, democrtico y participativo que urge edificar, deber estar libre de todo cuanto en pasado, presente o futuro huela a comunidad sometida, aunque sea mnima o remotamente.

Jos Carlos Maritegui, eminente marxista peruano, buscaba races culturales para el socialismo que deba ser, dijo, fruto de la creacin heroica, no calco ni copia y vea una posible referencia para ese sistema en el comunitarismo campesino del Per incaico. Mart, por su parte, pensaba en un sentido de participacin popular que traslad incluso, en plena campaa por la independencia, a su proyecto de fundacin de la Repblica en Armas. Nada de comunidad pasivamente resignada a decisiones venidas de las alturas. El 24 de enero de 1880, ante compatriotas emigrados que se reunieron en el Steck Hall neoyorquino, expuso con claridad meridiana su criterio de una verdad que ignoran los dspotas: el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones.

Ese criterio debe ubicarse en su creciente conocimiento del mundo, en lo cual lo favoreci su forzada estancia de cerca de quince aos en Nueva York, desde donde observ el devenir de los Estados Unidos y el del planeta. Frente a quienes pretendan confundir al pueblo con el lumpen desorientado o arrastrable, denunci especialmente en su crnica Un drama terrible, sobre los sucesos acaecidos en Chicago entre 1886 y 1887, que dieron origen a la celebracin internacional del Da de los Trabajadores la violencia con que en aquel pas se castigaba a las masas obreras levantadas para reclamar sus derechos.

Con respecto al linchamiento de obreros justificado con argucias legales, en la citada crnica escribi que a la repblica, tornada de clases y cesrea como dijo en otras pginas la amedrentaba el deslinde prximo de la poblacin nacional en las dos clases de privilegiados y descontentos que agitan las sociedades europeas. Ante esa realidad, el sistema determin valerse por un convenio tcito semejante a la complicidad, de un crimen nacido de sus propios delitos tanto como del fanatismo de los criminales, para aterrar con el ejemplo de ellos, no a la chusma adolorida que jams podr triunfar en un pas de razn, sino a las tremendas capas nacientes.

Pero, v olviendo a Spencer, no est de ms or las razones del diablo. Aquel sealaba un peligro que no se debe ignorar, y as lo tradujo Mart: Cmo vendr a ser el socialismo, ni cmo este ha de ser una nueva esclavitud? Juzga Spencer como victorias crecientes de la idea socialista, y concesiones dbiles de los buscadores de popularidad, esa nobilsima tendencia, precisamente para hacer innecesario el socialismo [ ese socialismo , habra que precisar], nacida de todos los pensadores generosos que ven cmo el justo descontento de las clases llanas les lleva a desear mejoras radicales y violentas, y no hallan ms modo natural de curar el dao de raz que quitar motivo al descontento. Al exponer las aprensiones de Spencer, Mart intercala puntos de vista propios, opuestos al evolucionista aristcrata: simpata por las clases llanas, identificacin con los pensadores generosos que las han apoyado, solidaridad con el justo descontento de aquellas.

Con la brjula de su sentido tico denuncia que Spencer apunta las consecuencias posibles de la acumulacin de funciones en el Estado, que vendran a dar en esa dolorosa y menguada esclavitud; pero no seala con igual energa, al echar en cara a los puperos su abandono e ignominia, los modos naturales de equilibrar la riqueza pblica dividida con tal inhumanidad en Inglaterra, que ha de mantener naturalmente en ira, desconsuelo y desesperacin a seres humanos que se roen los puos de hambre en las mismas calles por donde pasean hoscos y erguidos otros seres humanos que con las rentas de un ao de sus propiedades pueden cubrir a toda Inglaterra de guineas.

Frente a eso, Mart se yergue resueltamente ms all de lo tocante a construir viviendas para menesterosos: Nosotros diramos a la poltica: Yerra, pero consuela! Que el que consuela, nunca yerra. Ello recuera la ya aludida carta de mayo de 1894, tambin escrita en Nueva York, y que parece responder a una motivacin que deber tenerse presente al leerla: el ofrecimiento informativo, por parte de Valds Domnguez, sobre la celebracin en Cuba, ese ao, del Da de los Trabajadores, a lo que se estara refiriendo Mart cuando expresa: Muy bueno, pues, lo del 1 de Mayo.Y aguardo tu relato, ansioso. La confesa ansiedad ratifica la coincidencia que, en cuanto a ideas, Mart le ha venido enfatizando al amigo en la carta: Una cosa te tengo que celebrar mucho, y es el cario con que tratas, y tu respeto de hombre, a los cubanos que por ah buscan sinceramente, con este nombre o aquel, un poco ms de orden cordial, y de equilibrio indispensable, en la administracin de las cosas de este mundo.

A esas palabras aade: Por lo noble se ha de juzgar una aspiracin: y no por esta o aquella verruga que le ponga la pasin humana. Y en lo que sigue parece asomar el recuerdo de su crtica a Spencer: Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras:el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas:y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantndose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenticos defensores de los desamparados.

Adems de hablar de la idea socialista como en la resea de La futura esclavitud, hace recordar lo dicho all acerca de los buscadores de popularidad. Son los oportunistas, a los que no parece inmune ningn empeo justiciero, por muy honrado que sea, como tampoco a las lecturas mal digeridas, que no son responsabilidad de los textos, sino de quienes los asumen. Pero Mart, lector voraz si los ha habido, no pona texto alguno por encima de la vida, y esa actitud fortaleci luminosamente su pensamiento.

Aunque sea de modo somero, valdra recordar una generalizacin que hizo a partir de lo que observaba en su entorno estadounidense, donde, muerto en 1883 Carlos Marx a quien entonces l dedic un conocido obituario, hasta Federico Engels sealaba desde Europa flaquezas en la recepcin de un real o supuesto marxismo por parte de lderes de la agitacin social. En crnica publicada el 20 de febrero de 1890 en La Nacin bonaerense, escribi Mart: Cada pueblo se cura conforme a su naturaleza, que pide diversos grados de la medicina, segn falte este u otro factor en el mal, o medicina diferente. Ni Saint-Simon, ni Karl Marx, ni Marlo, ni Bakunin. Las reformas que nos vengan al cuerpo; y agreg: Asimilarse lo til es tan juicioso, como insensato imitar a ciegas.

A esas advertencias, que siguen siendo vlidas para el socialismo, se suman otras implcitas en la carta a Valds Domnguez. En una intervencin pblica, citada aqu de memoria, un intelectual patriota y catlico como Cintio Vitier agradeci a Mart el llamamiento a resolver la necesidad de justicia en la administracin de las cosas de este mundo, nico que conocemos y en el cual podemos influir, precis el autor de Mart en la hora actual . Fallaramos ante las urgencias de ese mundo, este , si nos atascramos en discusiones sobre el otro.

Pero no saldr sobrando decir que eso no invita a la disolucin del pensamiento en un relativismo irracional sin riberas, mudo ante manipulaciones dolosas de credos, ni a olvidar un juicio como el que Mart expres en carta del 26 de noviembre de 1889 a su amigo Manuel Mercado, depositario de tanta confesin suya: Va el deber del artculo laborioso, y no el gusto de la carta, porque le quiero escribir con sosiego, sobre m y sobre La Edad de Oro , que ha salido de mis manosa pesar del amor con que la comenc, porque, por creencia o por miedo de comercio, quera el editor que yo hablase del temor de Dios, y que el nombre de Dios, y no la tolerancia y el espritu divino, estuviera en todos los artculos e historias. Qu se ha de fundar as en tierras tan trabajadas por la intransigencia religiosa como las nuestras? Ni ofender de propsito el credo dominante, porque fuera abuso de confianza y falta de educacin, ni propagar de propsito un credo exclusivo.

Tras la historia de errores, deficiencias y traiciones que echaron abajo al socialismo que, tenido en Europa por real sinnimo a la vez de verdadero y de monrquico , puso en quiebra, hasta llevarlas a la derrota, las dignas aspiraciones socialistas originarias, adquieren renovado valor las luces aportadas por Mart. Aunque no hayan faltado ni falten dignos afanes de lealtad terica y prctica al socialismo, ni replanteamientos creativos como el promovido en nuestra Amrica con el nombre de socialismo del siglo XXI , a veces parece haber cado en descrdito hasta el trmino socialismo , con otros asociados a l.

Por ese camino, aunque las clases sociales continan existiendo como base de la estructura de desigualdades e injusticias en el planeta, parecera que hubieran desaparecido ya, si nos atenemos al silencio que el lenguaje contemporneo tiende sobre esa realidad, cuando la violencia revolucionaria est condenada como terrorismo y la reaccionaria est de moda y se televisa como un espectculo. A quin conviene eso? A quienes sufren en carne propia las injusticias, o a quienes medran con ellas y procuran impedir la lucha entre las clases para que las privilegiadas mantengan su posicin?

De asumir la ambigedad uno de los trminos caros a ciertos posmodernos se pudiera hasta considerar incontestable este veredicto: con las banderas del socialismo nada bueno se ha hecho ni pudiera hacerse en el mundo. No abundan, sin que tengamos que ir demasiado lejos para saberlo, voces que propagan ese dictamen o lo calzan de distintos modos? Tal vez no est de ms retener, por si acaso, hasta como tctica para la sobrevivencia ideolgica, el reclamo de defender la justicia verdadera con este nombre o aquel, aunque tampoco se trate de echar por la borda el vocablo socialismo y la historia vinculada con l.

Algo ms, entre otros elementos, cabe tambin valorar en la carta, y es la esperanza que Mart expresa con respecto a Cuba ante lo que en otras latitudes han sido peligros para la idea socialista: dice que en nuestro pueblo no es tanto el riesgo, como en sociedades ms iracundas, y de menos claridad natural. Como la carta est escrita en los Estados Unidos, pas donde Mart estuvo al tanto del rumbo que seguan la violencia opresora y los voceros de la justicia social, se podra pensar que solo a ese pas concierne lo de sociedades ms iracundas, y de menos claridad natural. Pero la expansin del socialismo en Europa escasas dcadas despus de escrita aquella carta, y la todava hoy reciente debacle socialista en ese continente, con conocidas consecuencias de todo tipo, cruentas venganzas incluidas, ensanchan el alcance de las palabras de Mart, no por gusto escritas en plural.

Con todo, lo determinante para aquilatar tanto la carta al amigo entraable como la resea sobre el texto de un autor lejano, estriba en la eticidad del activo dirigente revolucionario, quien rotundamente le escribi a Valds Domnguez en trminos que parecen retomar el final de la crtica a Spencer: explicar ser nuestro trabajo, y liso y hondo, como t lo sabrs hacer: el caso es no comprometer la excelsa justicia por los modos equivocados o excesivos de pedirla. Y siempre con la justicia, t y yo, porque los errores de su forma no autorizan a las almas de buena cuna a desertar de su defensa.

Esa es, objetivamente, aunque no fuera su intencin, una luz cardinal que ofrece Mart para los afanes de construir el socialismo, sistema que an no se ha visto realizado plenamente en ninguna comarca del planeta. Pero en su legado esa luz se nutre de otras que tambin constituyen faros, empezando por la que l tuvo como rectora de sus actos: la tica. Echar la suerte con los pobres de la tierra, voluntad que le brot del alma en sus Versos sencillos , no fue para l una hipcrita declaracin, como lo era, lo es, en quienes oportunistamente buscaban o buscan popularidad, hombros en que alzarse.

La expresin de su voluntad encarn en una conducta cumplida. No cultiv la miseria ni la consider una aspiracin que valiese la pena; pero cabe decir que opt por ser pobre, y vivi austeramente, entregado a la lucha que prepar y en la cual cay combatiendo. Tena derecho moral para reaccionar ante lo que le pareciera ajeno a esa conducta, aunque lo detectara en un hroe extraordinario dispuesto igualmente a morir y admirado por l, pero cuya silla de montar en campaa vea adornada con estrellas de plata.

Algn personajillo carente de elegancia habr intentado, gusaneando por la abyeccin propia, burlarse, con efecto bumern, de honrados estudiosos que como Jos Cantn Navarro o Paul Estrade han esclarecido la relacin de Mart con los trabajadores. Pero l vio en ellos el arca de nuestra alianza, y quiso que en su seno tuviera la fragua fundacional el Partido Revolucionario Cubano. No es un hecho aislado esta previsin: Volver a haber, en Cuba y en Puerto Rico, hombres que mueran puramente, sin mancha de inters, en la defensa del derecho de los dems hombres. Lo afirm en Vengo a darte patria!, artculo publicado el mismo da, 14 de marzo de 1893, y en el mismo rotativo, Patria , en que apareci Pobres y ricos, otro de sus textos relevantes para el tema.

El sentido de aquella declaracin la explican en profundidad los orgnicos nexos implcitos entre ella y la que hizo pblica el 24 de octubre de 1894, en Patria igualmente, en un artculo cuyo ttulo, Los pobres de la tierra, remite por derecho a Versos sencillos . En el peridico expresa: En un da no se hacen repblicas; ni ha de lograr Cuba, con las simples batallas de la independencia, la victoria a que, en sus continuas renovaciones, y lucha perpetua entre el desinters y la codicia y entre la libertad y la soberbia, no ha llegado an, en la faz toda del mundo, el gnero humano.

Menos de seis meses despus se incorpor a la guerra que haba preparado, y en la cual se dio a organizar lo que en sus palabras y en su afn consciente deba ser la Asamblea de Delegados de todo el pueblo cubano visible, para elegir el gobierno adecuado a las condiciones nacientes y expansivas de la revolucin. Sera una reunin de representantes, lo dijo tambin, de las masas cubanas alzadas, no un foro de enviados de los jefes. Y el gobierno, a la vez que respetar las necesidades y exigencias de la lucha armada, deba tener el funcionamiento y el espritu republicanos que sirvieran de garanta para la repblica que se fundara en la paz.

De 1884, el mismo ao en que escribi el primero de los textos que han dado base a las presentes cuartillas, es la carta, fechada 20 de octubre, en la que le expres a Mximo Gmez: Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento. Sus ideas sobre la Repblica en Armas y la que deba amasarse desde entonces para el futuro, muestran asimismo su comprensin de que un campamento y un pueblo tampoco se dirigen de igual modo. Su muerte en combate, y luego la intervencin, que l haba querido impedir, de los Estados Unidos, frustraron la revolucin que l concibi y que, debido a esas trgicas circunstancias y al papel de celestinos con que apoyaron al colonialismo espaol y al imperio estadounidense en ascenso los prohombres antipueblo a quienes refut en su carta pstuma a Manuel Mercado qued pospuesta, para decirlo con un ttulo feliz de Ramn de Armas.

Frustrados, derrotados, traicionados o sometidos a obstculos tremendos y tambin, por tanto, pospuestos se han visto en el mundo histricamente los ms sembradores afanes de justicia, que, llmense con este nombre o aquel, han braceado en lo que el propio Mart denomin lucha perpetua entre el desinters y la codicia y entre la libertad y la soberbia. Pero ante esa realidad nicamente son dignos de imitar ejemplos como el de los cristianos honrados y tenaces a quienes los siglos, numerosos, en que la prdica de Jess ha sido negada y burlada incluso, o sobre todo, por muchos investidos de jerarqua y autoridad para representarla y defenderla no los han hecho desertar de las ideas justicieras del cristianismo originario. Su persistencia es aliento para todos los afanados en la bsqueda de la equidad y la emancipacin sociales, cualesquiera que sean sus credos, incluyendo a quienes califican como no creyentes pero tambin creen en ideas terrenales que sera criminal abandonar.

En ese camino se inscriben las luces de Mart para el socialismo, y en una verdad que brota de el las mismas y permea otras. No es cuestin de citar desgajadamente sus textos, ni de buscar en qu medida nos parecemos a l, afn en el que pudiramos acabar culpndolo de nuestros errores. Sera necesario, y acaso hasta ms frtil, valorar en qu podra impugnarnos, aunque vivamos otros tiempos. En carta del 11 de abril de 1895 a Bernarda Toro, la compaera de Mximo Gmez, escribi: El mundo marca, y no se puede ir, ni hombre ni mujer, contra la marca que nos pone el mundo. Pero encarn la voluntad de no resignarse ante los hechos incompatibles con la justicia, aunque se tratara de nada menos que del surgimiento de una potencia imperialista arrasadora.

Sera fallido, y del todo innecesario, inventar un Mart socialista; pero tambin lo sera inventar el Mart antisocialista que no fue, de lo cual dan prueba sus propias palabras, digan lo que digan ciertos olimpos de pisapapel empeados en torcerlas para esgrimirlas como arma contra el socialismo. A raz del desguace del campo socialista europeo, y en medio de las vicisitudes que ese hecho gener para Cuba, se volvi una especie de moda distribuir en impresiones artesanales o ligeras, como texto clandestino, la resea de Mart sobre La futura esclavitud, aunque tal vez no haya en sus Obras completas , donde ha ocupado y ocupa el lugar que le corresponde, otro texto que de manera tan sugerente y a la vez directa le sea til al socialismo.

Alguna vez, al calor de responsabilidades profesionales, el autor de estos apuntes plane formar, con el ttulo Los pobres de la tierra , un cuaderno de pginas de Mart entre las cuales sobresaldran la resea de La futura esclavitud y la citada carta a Valds Domnguez, junto a otros escritos, algunos ya recordados, como el que le dara nombre al volumen. Las circunstancias mgicamente denominadas perodo especial impidieron la realizacin de ese proyecto, que valdra la pena, o la alegra, retomar.

Ms all de puntillas textuales, hay una verdad que convoca: en sus circunstancias, el proyecto de liberacin nacional de Mart no era ni poda ni tena por qu ser de carcter socialista; pero un proyecto socialista legtimo, especialmente en Cuba o en nuestra Amrica, ncleos de sus meditaciones y destinatarias de sus actos, est llamado a ser martiano, o no sera socialismo. De ah, en el siglo XIX, el acierto de activistas obreros que lo siguieron, como Jos Dolores Poyo, a quien en carta del 16 de noviembre de 1889 le escribi: El corazn se me va a un trabajador como a un hermano, o el marxista Carlos Balio y el socialista Diego Vicente Tejera, amigos personales y colaboradores suyos los tres en el Partido Revolucionario Cubano.

No habr justicia verdadera, ni poltica plenamente honrada y popular sinceramente democrtica , parafraseando una aspiracin que l plasm en las Bases de aquel sembrador Partido, sin la consistencia tica de quien ech de veras su suerte con los pobres de la tierra. Siempre vendr bien recordarlo, y de manera especial cuando estn de marea alta el pragmatismo y criterios como que el igualitarismo es inviable. Ciertamente no debe confundirse con la justa igualdad; pero, aun as, antes de echarlo por la borda y olvidarse de l y, al paso, de la igualdad misma, habra que ver si el igualitarismo ha sido plenamente aplicado en algn lugar del mundo. En todo caso, est en pie lo expresado por Mart en un apunte que se lee entre los Fragmentos de sus Obras completas . Refutando mistificaciones dirigidas, va racista, a fundamentar la desigualdad entre los seres humanos, sostuvo esta generalizacin: se va, por la ciencia verdadera, a la equidad humana: mientras que lo otro es ir, por la ciencia superficial, a la justificacin de la desigualdad, que en el gobierno de los hombres es la de la tirana.

Fuente: http://www.cubarte.cult.cu/periodico/letra-con-filo/luces-de-jose-marti-para-el-socialismo/24085.html



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