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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 31-01-2013

Que abdique, pero no en su hijo

Isacc Rosa
Cuarto Poder


Sabamos que el rey estaba tocado, pero no tanto: oyendo estos das cmo monrquicos de toda la vida y juancarlistas leales se lanzan al debate sobre la abdicacin, cualquiera pensara que el declive del Borbn es ya cada libre. Pero no nos engaemos, ni nos engaen: el debate sobre la abdicacin es una manera de salvar la monarqua de su propia autodestruccin, y una forma de desviar la atencin del fondo del asunto.

En el ajedrez es habitual el sacrificio de una pieza como movimiento tctico, para mejorar la posicin de otras piezas, preparar un jaque, evitar una derrota o ganar tiempo. Algo as pretenden quienes desde filas monrquicas proponen la abdicacin: sacrificar una pieza para salvar la partida. S, en este caso la pieza tumbada es la ms importante del tablero. Pero el movimiento es posible porque la monarqua es un ajedrez tramposo donde, una vez cado el rey, se permite coger la dama o un alfil, coronarlo y seguir jugando.

De eso se trata ahora: de continuar la partida, seguir jugando al mismo juego y con las mismas reglas ventajistas con que llevan moviendo las piezas casi cuarenta aos. A la vista del deterioro galopante del rey, la operacin consiste en adelantar el relevo, sentar al prncipe en el trono para consolidarlo antes de que la corona se descomponga ms.

En caso de abdicacin, el prncipe tiene mucho a su favor: por contraste con su desgastado padre, transmite una imagen de modernidad y sencillez, y desde hace aos los medios monrquicos le vienen construyendo un perfil de buen profesional, bien formado y a la altura del cargo. Adems ha sido hbil en marcar distancia con los elementos ms podridos de la familia, y se ha cuidado de cometer las torpezas cinegticas y amorosas de su padre. Por ltimo, no menos importante, ha ido preparando su propia corte mediante lazos con el poder econmico, como cuenta el mensual La marea en su ltimo nmero.

Con habilidad, y teniendo de su lado a los dos principales partidos polticos, a la mayora de grandes medios y al poder econmico, Felipe de Borbn podra asentarse como rey en poco tiempo. Y aunque el sentimiento republicano es hoy mayor que nunca, la resistencia ciudadana est demasiado ocupada en hacer frente al saqueo, los recortes y contrarreformas como para abrir un nuevo frente con la fuerza necesaria para oponerse al relevo.

As que estemos atentos al runrn sobre la abdicacin, no sea que cualquier da nos despertemos con la sorpresa, nos pillen con el pie cambiado, y cuando queramos reaccionar ya tenemos a Felipe VI dando el mensaje de navidad.

Pese a la insistencia de ese runrn abdicante, todava hay un obstculo importante para que se produzca el relevo: el propio rey Juan Carlos. l sabe mejor que nadie que si cede la corona pierde la inviolabilidad que le reconoce el artculo 56 de la Constitucin, que pasara a su hijo como nuevo rey. Renunciar a la inviolabilidad penal significa arriesgarse a ser investigado, denunciado y hasta condenado. Y a la vista de lo que vamos sabiendo, no creo que est dispuesto, salvo que le garanticen una inviolabilidad vitalicia.

Y es que ah, en la inviolabilidad y dems privilegios vinculados a la corona, est la madre del cordero: en la propia sustancia de la institucin monrquica, que ha permitido un rey inviolable, blindado, intocable, que se ha sentido impune para vivir a su antojo sin rendir cuentas a nadie. Una impunidad que se extendi a otros miembros de la familia.

Lo que ha fallado, lo que est desgastado, no es el rey Juan Carlos, sino la monarqua como tal. Lo corrompido no es un cuado, un secretario personal o una infanta, sino el concepto mismo de familia real, que contiene la semilla para el abuso. Es la institucin en s misma la que est desprestigiada, no su titular. Es la corona la que ha quedado amortizada, la que en su da pudo cumplir una funcin pero que hoy ha devenido disfuncional. Ya no nos sirve, ya no aporta estabilidad sino un elemento aadido de inestabilidad; ya no es un factor de unidad sino un motivo de desunin. Y eso no se arregla con un relevo.

El debate sobre la abdicacin, y los publirreportajes sobre las virtudes del heredero, son tambin una forma de distraer la atencin sobre el momento ms crtico de toda monarqua: el cambio de rey. Es en ese instante, cuando la corona pasa de la cabeza del padre a la del hijo, sea por muerte o por abdicacin, cuando se hace visible el anacronismo y el carcter antidemocrtico de la monarqua. Toda la tramoya se viene abajo cuando comprobamos que una Jefatura de Estado se hereda por parentesco pues es la nica razn para que Felipe sea rey: por mucho que nos insistan en su preparacin, profesionalidad y lealtad, lo nico que le har rey es un espermatozoide que su padre solt hace cuarenta y cinco aos-.

Abdicacin, s. Pero del rey, el prncipe y toda la familia. La nica abdicacin que nos vale es la de la monarqua en favor del pueblo soberano.

Fuente: http://www.cuartopoder.es/tribuna/que-abdique-pero-no-en-su-hijo/3877


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