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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 03-02-2013

Mali: la nostalgia de la estabilidad

Santiago Alba Rico
Cuarto Poder


Es difcil saber quin puede salir vencedor a medio plazo en Mali, pero nadie tiene dudas acerca de quin es ya la fuerza derrotada por la intervencin francesa. La vspera misma de los primeros bombardeos, el analista tuareg Akli Chaka lo explicaba en la pgina en rabe del MLNA en un artculo de ttulo elocuente: El principio del fin. En l se describa al pueblo de Azawad y su proyecto de independencia fatalmente atrapados entre el yunque del terrorismo y el martillo de los acuerdos e intervenciones extranjeras. Tras acusar a Argelia de haber manipulado a los islamistas radicales para facilitar la intervencin colonial francesa, Akli Chaka advierte que el nico, el verdadero perdedor no ser AQMI sino el sueo de independencia de Azawad, enterrado para siempre.

A medida que la ofensiva francesa avanza sobre el terreno, podemos medir toda la trgica verdad de estas palabras. No slo el proyecto de un Estado independiente sino la propia poblacin -tuareg y rabe- aparece hoy amenazada por el deseo de venganza del humillado ejrcito de Mali, al que ya se acusa de matanzas y ejecuciones sumarias en los territorios reconquistados por Francia, notablemente en Tombuct y Gao. Los tuaregs del MLNA, que se resisten a ser descartados y que temen un genocidio por parte de los soldados malienses, se han hecho fuertes en Kidal, tras la retirada islamista, tratando de forzar negociaciones. Su propuesta de un Estado federal ha sido ya rechazada por las autoridades de Mali, a las que la superioridad militar francesa garantiza una victoria total. El tcito acuerdo argelino-francs preserva la unidad de Mali como garanta de los intereses energticos comunes y excluye, por tanto, la solucin duradera de uno de los conflictos histricos que han llevado a esta situacin.

Con dolor enrabietado, Aghilas Sagrou, otro joven colaborador tuareg del MLNA, denuncia en este sentido la visin errnea que rabes, musulmanes y occidentales tienen de Azawad y de su pueblo. Empeados en interpretar la crisis actual como un conflicto entre dos partes -el Estado de Mali y los terroristas- se olvidan, dice, del pueblo tuareg y, por tanto, del carcter colonial, violentamente artificial, del propio Estado maliense. La intervencin militar francesa, en efecto, no es ms que el reajuste coyuntural de una intervencin ininterrumpida que no slo ha marcado la historia de Mali desde la independencia sino que contamina su nacimiento mismo. Las armas libias y el golpe de Estado en Bamako, factores adventicios que han permitido al movimiento tuareg radicalizar sus reivindicaciones histricas, no deben impedirnos recordar las numerosas revueltas que, desde 1963, vienen revelando y agravando la fractura geogrfica, tnica y social de un pas salido del taller del bricolaje colonial.

Pero no son slo los tuaregs. Hay algo forzado -cuando no profundamente ideolgico- en atribuir toda la inestabilidad de la zona, y sobre todo la relacionada con AQMI, a la desaparicin de Gadafi. Las derechas siempre han apoyado o al menos consentido las dictaduras como fuente de estabilidad, pero es ms chocante que este criterio sea utilizado desde la izquierda para alimentar la nostalgia del gadafismo y, en general, para condenar las revoluciones rabes. El imperialismo, de hecho, tiene tambin una fuerte vocacin estabilizadora y no hay que olvidar que si Gadafi combati selectivamente el islamismo lo hizo en colaboracin con Europa y EEUU y con los mismos mtodos, por cierto, que no hemos dejado de denunciar, muy justamente, en Guantnamo y en la CIA. Por lo dems, no hacen falta muchos conocimientos especializados; basta con ser un comn lector de peridicos y tener una memoria normal para saber que la industria del secuestro y el trfico de armas, de seres humanos, de tabaco y de drogas, as como el reclutamiento concomitante de adolescentes superfluos por parte de AQMI, es endmico en el norte de Mali desde mucho antes de la revuelta libia y de la criminal intervencin de la OTAN.

Esta estabilidad de pobreza, marginacin, radicalismo islamista y crimen organizado es la consecuencia directa de una intervencin negativa en la que el FMI y Francia han cumplido, s, un papel preponderante. Pero las grandes inversiones de Gadafi en la ltima dcada, que permitan llegar a fin de mes a las lites corruptas de Mali, forman parte del mismo lote. La compra de 100.000 hectreas de las mejores tierras arroceras junto al Nger, la construccin de la faranica ciudad administrativa de Bamako o de hoteles de lujo y grandes mezquitas (junto al pago de los salarios de 500 profesores de escuelas cornicas, para los que se dejan fascinar por el laicismo del rey de reyes) distan mucho de haber beneficiado a los distintos pueblos asentados en la desigual geografa del pas. Ni los programas de ajuste estructural del FMI ni la balanza comercial desfavorable con Francia ni la munificencia interesada de Gadafi permitieron a Mali abandonar los puestos de cola del ndice de desarrollo humano de las Naciones Unidas; son ms bien la causa de una situacin de abandono y pobreza que en el norte adquiere dimensiones dantescas.

La revuelta tuareg y la ofensiva islamista, siameses enemigos, son en cualquier caso la consecuencia de estas condiciones de inestabilidad crnica inducida. Como demuestra en su ltimo libro el periodista Serge Daniel, especialista en el Sahel, una y otra tienen que ver con la ausencia de Estado y de un verdadero programa de desarrollo para la regin. La causa tuareg, ms frgil y ms justa, podr ser vencida. Los islamistas de la franquicia Al-Qaeda, por su parte, han contado y cuentan con la inapreciable ayuda de dictaduras locales e intervenciones militares extranjeras que, invocando la guerra contra el terrorismo islmico, no slo han alimentado y alimentan su fermento social sino que aureolan su fanatismo de un prestigio heroico y emancipador.

La nica salida realista de este bucle destructivo es una combinacin de anticolonialismo y democracia social: anticolonialismo que garantice la soberana de los pueblos sobre los recursos y sobre su distribucin; democracia que garantice el reconocimiento de los sujetos individuales y colectivos como fuente de definicin de los marcos polticos y territoriales.

Santiago Alba Rico. Escritor y filsofo. Su ltima obra publicada es B-52 (Hiru, 2012).

Fuente: http://www.cuartopoder.es/tribuna/mali-la-nostalgia-de-la-estabilidad/3880


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