Portada :: Chile :: A 40 aos del golpe de estado
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 03-02-2013

A cuarenta aos: crnica de un golpe de estado (II)
El lugar sin lmites

Alvaro Cuadra
Rebelin


1.- Va Crucis

El mismo 18 de septiembre de 1973, el cardenal Ral Silva Henrquez levanta su voz en el Te deum de aquel ao para clamar por la paz entre los chilenos. Este sacerdote salesiano, el cardenal del pueblo volc toda su pasin para reclamar por los cados, los pobres y los que sufren. Inspirado en la mejor tradicin del Concilio Vaticano segundo, cre el Comit Pro Paz muy tempranamente en octubre de 1973 y ms tarde la Vicara de la Solidaridad. Este gran chileno fue una luz en medio de una noche oscura que junto a Helmut Frenz, un pastor luterano expulsado por la dictadura en 1975, representan lo mejor de la tradicin cristiana entre nosotros.

La gente ms sencilla y humilde encontr en estos grandes pastores un apoyo solidario frente a un estado terrorista cuya polica secreta secuestraba, violaba y torturaba a chilenas y chilenos. En nombre de imperativos ticos cristianos, estos pastores tuvieron el coraje de hacer frente a la tirana en los momentos en que se atropellaban los derechos ms elementales de la dignidad humana. Con dios y contra el general, estas figuras religiosas llevaron consuelo a cientos de familias que lloraban a miles de detenidos, torturados, desaparecidos y ejecutados polticos.

En muchas poblaciones de las grandes ciudades creca un movimiento cristiano en el seno de la cultura popular. Los llamados curas obreros compartieron la suerte de los desposedos y atropellados por el rgimen. Los nombres de Pierre Dubois y Andr Jarlan quedarn inscritos en nuestra memoria como sacerdotes consecuentes con el mensaje de los evangelios, smbolos de la poblacin La Victoria. En el Chile de Pinochet, el rostro doliente del crucificado estuvo en las esquinas de nuestras ciudades y en las mazmorras de la dictadura. El Va Crucis de un pueblo entero qued salpicado de sangre de varios sacerdotes asesinados por la DINA, la organizacin criminal creada por el dictador, entre ellos Joan Alsina, Miguel Woodward, Antonio Llid, Gerardo Poblete.

En el Chile actual, donde el olvido y la frivolidad parecen prevalecer, es necesario volver nuestra mirada a aquellos tiempos de dolor. Recordar los rostros y las palabras de quienes hablaron de paz en medio de tanta penuria. No se trata de una mrbida delectacin en la tragedia y la muerte sino, muy por el contrario, de un aprendizaje moral para todos los chilenos de hoy. Es nuestra memoria de aquellos das lo que nos constituye como nacin, una parte de lo que somos. Hacer presente ese otrora en el aqu y ahora es tambin un sutil ejercicio de sanacin y redencin.

2.- Los aos oscuros

Los sectores populares, en aquellos aciagos das de terror y muerte, tuvieron que aprender a lidiar con la represin, el secuestro y el asesinato. En las paredes de la ciudad ocupada se lean graffitis donde el Director General, verdadero innombrable, era reconocido como Pin-8, una manera de decir sin decirlo: Pinochet. Se multiplicaban los chistes sobre la dictadura, una suerte de terapia social para sobrevivir en medio de una realidad oprobiosa, pues nadie saba si aquella noche llegaran los carros de carabineros a allanar la poblacin en busca de panfletos o sospechosos de pertenecer a alguna organizacin popular. Todos eran llevados a la medianoche a los sitios baldos mientras sus escasos enseres eran destrozados, sus vidas ultrajadas.

Todas las ciudades del pas debieron vivir durante aos bajo un implacable toque de queda, cuyo inicio y trmino diario se indicaba con tiros al aire. Hacia comienzos de la dcada de los ochenta comenzaron las protestas populares, con una elevada cesanta y sueldos miserables. Era la estrategia del Schock ideada por los tecncratas neoliberales que imponan su ideologa a todo Chile por la fuerza de las armas. Durante una de aquellas noches de protesta, ms de cuarenta cadveres amanecan dispersos en diversos rincones de la capital, mientras el ministro del interior, Sergio Onofre Jarpa hablaba de la institucionalidad del pas.

Nombres como el Estadio Nacional o el Estadio Chile donde asesinaron a Vctor Jara quedarn grabados en el alma de nuestro pas como lugares de tortura y crimen. Ni odio ni rencor, dolor. Esos y tantos lugares son nuestro equivalente de Auschwitz y Dachau, lugares en que nuestra humanidad ha descendido varios escalones hacia la barbarie. Los muertos de Chile esperan su redencin, su paz, en medio de una sociedad ms justa y ms humana, donde sea la justicia la que presida nuestra vida social. Como cant Pablo Neruda: Aunque los pasos toquen mil veces este sitio / No borrarn la sangre de los que aqu cayeron/ Y no se extinguir la hora en que caste/ Aunque miles de voces crucen este silencio

Desde aquel 11 de septiembre, la soldadesca golpista asedi a las poblaciones ms pobres del pas, cumpliendo as el mandato de los poderosos que anhelaban un pueblo dcil, obediente, esclavo. Como un captulo ms de nuestra Historia nacional de la infamia, mientras todava no se apagaban las cenizas del bombardeo a la Moneda, aquella noche el Canal 13 transmita la celebracin de la derecha, puesta en escena para todo el pas, fiesta animada por Los Huasos Quincheros que cantaban El patito chiquito con burlas soeces a los derrotados. Lo que sobrevive en el recuerdo es, precisamente, aquello que ha causado ms dolor. Para contar una verdad no se requiere militancia alguna sino un corazn bien puesto y una pizca de decencia, nada ms. Es cierto, han pasado cuarenta aos, pero el sufrimiento de tantos est all, en el corazn de muchos que no encuentran sosiego en los malls que hoy se multiplican por las ciudades de Chile.

Una herida que no ha cesado de sangrar, una herida que impide la paz de tantos sobrevivientes y de tantos muertos. Esta es la otra historia de Chile, aquella que apenas comienza a ser contada. No la historia oficial, ni siquiera los informes de organismos especializados sino aquella que arranca las lgrimas de quienes tienen la valenta y el privilegio de recordar. Una historia que, hasta aqu, ningn candidato a algn puesto ha tenido la valenta siquiera de balbucir. Las nuevas generaciones merecen conocer toda la verdad por vergonzante y lamentable que sea, porque es parte de nuestra historia. Ni odio ni rencor, dolor.

3.- Cuarenta aos despus: El lugar sin lmites

Entre las mucha metfora de nuestro pas, est aquella imaginada por Jos Donoso en su novela El lugar son lmites (1967). Un srdido espacio prostibulario presidido por el travestismo. A cuarenta aos de distancia, nuestro pas parece, en efecto, sumergido en un clima poltico, moral y cultural lamentable. Digmoslo claro, distamos mucho de ser una sociedad mnimamente justa, mnimamente digna, mnimamente democrtica. Estamos cada da ms lejos de cualquier reino, lo fino y espiritual est proscrito por una retahla de medios de comunicacin que adormecen nuestros sentidos y domestican la amnesia generalizada. Habitamos el lugar sin lmites de la mediocridad, la corrupcin, la codicia, la impunidad y la estupidez. La mercantilizacin de la vida - bajo la forma de una sociedad de consumidores de segunda o tercera categora - ha sumido a Chile en un materialismo rampln que justifica la existencia de millones con baratijas, ilusiones y mentiras.

El moralismo fariseo de algunos medios cuela el mosquito y deja pasar enormes camellos. Grandes empresas lucran con la salud de los chilenos, con la educacin de los chilenos y con las pensiones de vejez de los chilenos, en el lmite de lo legal y de lo moral. Preocupados por el penltimo escndalo de algn futbolista no vemos la complicidad de farmacias que estafan a millones con los precios de medicamentos, tampoco vemos la impunidad de civiles y militares que siguen ocupando cargos como si en este pas no hubiese pasado nada.

La herencia del dictador es una sociedad hecha a la medida de los sinvergenzas que han hecho grandes fortunas gracias a una legalidad neoliberal espuria que legitima el abuso. Es la derecha de hoy, travestida en centro derecha, nombre de fantasa que no alcanza a disimular el burdel en que habita. Son los mismos rostros, los mismos nombres los que aparecen en la banca, en las empresas, en el gobierno, en los principales partidos polticos y los grandes escndalos financieros. Hasta el presente, nuestra sociedad muestra los costurones de un mundo oligrquico y neoliberal, donde los empresarios, como antao, llegan al parlamento y, a veces, a la presidencia. Chile: El lugar sin lmites.



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