I. Cuando se habla de la globalización de los
mercados se entiende que ésta impone límites a la soberanía del
Estado-nación. El hecho de no haber comprendido la globalización como un
fenómeno irreversible constituye el error esencial de las izquierdas
nacionales en Europa occidental.
Hasta la caída de la Unión
Soviética el liderazgo americano
consistió en combinar, prudentemente pero con continuidad, las
especificidades nacionales de los países comprendidos en las alianzas
occidentales (y en la OTAN principalmente) y la continuidad del
imperialismo clásico, reagrupándolos dentro de un dispositivo de
antagonismo con el mundo del “socialismo real”. Desde 1989, desaparecido
el mundo soviético, el hard power de la potencia americana es sustituido progresivamente por el soft power
de los mercados: la libertad de comercio y la moneda han subordinado,
en cuanto instrumentos de mando, al poder militar y de policía
internacional –el poder financiero y la gestión autoritaria de la
opinión pública han constituido, por otra parte, el campo sobre el que
se ejercita principalmente la nueva empresa política de sostenimiento a
la política de los mercados. El neoliberalismo está fuertemente
organizado a nivel global, gestiona la actual crisis económica y social
en
beneficio propio teniendo verosímilmente ante sí un horizonte
radiante…. A no ser que se produzcan rupturas revolucionarias, no es
imaginable una transformación democrática y pacífica de los actuales
ordenamientos políticos del neoliberalismo en el horizonte global.
Por
otro lado, a la consolidación del sistema capitalista en la forma
neoliberal, le ha sucedido una desbandada masiva de las fuerzas
políticas de la izquierda tras el 89. Al lado de las fuerzas dogmáticas
que, fieles a formas ideológicas arcaicas, renuncian a toda comprensión
de la lucha de clases en un mundo profundamente renovado por la
globalización y por las transformaciones de las formas de producción, se
crea una nueva corriente de pensamiento y de acciones socialistas que,
en el intento de mediar con la novedad de la situación, ha llevado hasta
puntos extremos de alianza con el neoliberalismo.
Los
procesos de unificación del continente europeo y
las instituciones en las que vienen desarrollándose la discusión sobre
la constitución europea, han constituido un lugar ejemplar del vacío y
de la impotencia política de la izquierda, ya sea aquella “tercera vía”
blairiana (cuya orientación pronto se identificó con las pulsiones más
fuertes a una estructuración política de la Unión Europea de carácter
neoliberal) ya sea, por el contrario, aquellos grupos que se han
ocultado, tras el rechazo de la unidad y del desarrollo de las
instituciones europeas, su incapacidad para construir una línea
alternativa a la neoliberal, lo que habría significado poner en cuestión
el Estado-nación, el derecho público nacional y el sistema
administrativo de la modernidad capitalista. El fracaso de estas
fuerzas, tomadas en conjunto, ha sido enorme.
Si queremos
proceder a la discusión, preguntémonos cuáles son las condiciones
teóricas y políticas que pueden permitir reabrir una
perspectiva de luchas sobre terreno real de la construcción subversiva
de una Europa unida. Es una cuestión planteada hoy por los movimientos
que están aprendiendo a luchar contra la crisis a nivel europeo.
II.
¿En qué consiste el capitalismo financiero y/o biopolítico? Consiste en
la subsunción de la sociedad, mejor dicho, de la vida misma, bajo el
dominio del capital, sin residuo alguno. ¿Cómo se ejerce el mando de los
mercados sobre la estructura de la sociedad actualmente? Evidentemente
no puedo detenerme mucho en este punto. Baste decir que el mando
funciona a través de un uso invasivo del control monetario, encaminado a
la acumulación de la renta financiera, que reorganiza las relaciones
productivas y reproductivas según esquemas de profundización –a veces de
verdadera restructuración– de relaciones de explotación. La acción de
los mercados financieros privilegia (por su valorización) las industrias
de la producción del hombre por el hombre, es decir, el welfare,
servicios
productivos metropolitanos, incluyendo los informáticos, etc… –y las industrias extractivas, energéticas, ecológicas y de agrobusiness.
Se trata de una nueva figura de la “acumulación originaria” en la que
la apropiación capitalista se aplica a la explotación del bios
–humano y natural– en la captación del valor expresado por una toda la
sociedad. Una primera definición de “común” (según proponen los
movimientos) parece formularse así en la transformación de ese campo de
explotación.
Nos interesa estudiar las contradicciones que
sobre el terreno, a menudo caótico, del ataque neoliberal, son
evidenciadas por los movimientos. Son contradicciones difícilmente
superables, que el poder tiende a mantener mediante una governance excepcional, un gobierno de emergencia de larga duración, para reestructurar la
sociedad entera. Pero enseguida observamos la serie de paradojas que encuentra esta governance.
a. Una primera paradoja se refiere a la producción y consiste en que el capitalismo financiero representa la forma más abstracta
y distante de mando en el mismo momento en que concretamente inviste la
vita entera. La “reificación” de la vida y la “alienación” de los
sujetos son impuestas por un mando productivo, sobre una fuerza de
trabajo cognitiva, que parece haber devenido totalmente trascendente en
cuanto mando financiero. Esta fuerza de trabajo cognitiva, obligada a
producir plusvalor, precisamente por ser cognitiva, inmaterial,
creativa, no inmediatamente consumible, se revela autónomamente productiva. Trascendencia financiera contra autonomía cognitiva: he aquí una primera contradicción.
Esta
se presenta plenamente cuando se considera que, basándose la producción
esencialmente
sobre la “cooperación social” (sea informática, cuidados, servicios,
etc…), la valorización del capital ya no se enfrenta simplemente con la
masificación del “capital variable” sino con la resistencia y la
autonomía de un proletariado que se ha reapropiado de una “parte” del
capital fijo (presentándose por tanto, si se quiere, como “sujeto
maquínico”) y de una continua “relativa” capacidad para organizar
autónomamente las redes de trabajo sociales.
b. La segunda paradoja es la de la propiedad. La propiedad privada (aquella que definimos jurídicamente como tal) está sometida cada vez más a las figuras de la renta.
La renta nace hoy esencialmente de procesos de circulación monetaria
que se efectúan en los servicios del capital financiero y/o en los del
capital inmobiliario –o de los procesos de valorización que se realizan
en los servicios industriales.
Ahora, cuando los bienes
(privados) se presentan como servicios, cuando la producción
capitalista se valoriza principalmente a través de los servicios, la
propiedad privada difumina sus tradicionales características de
“posesión” y se representa más bien como producto de la cooperación
social que constituye y hace productivos los servicios. ¿Cómo restituir a
la propiedad privada la función fundamental (en el orden social) de la
cual el capitalismo tiene necesidad? Cuando la propiedad se está
socializando, ¿cómo restituirle la cualidad del mando privado?
Esto
nos preguntamos a menudo y se responde: son los poderes públicos los
que deben hacerlo. Pero, en las sociedades postindustriales, la
mediación pública de las relaciones de clase cada vez resulta más
difícil, porque la soberanía ha sido privatizada (patrimonializada por
el capital financiero) en la misma medida en que la propiedad privada
se ha disuelto, no presentándose ya como posesión
sino como uso de un servicio. Lo “público soberano” ya
no se enfrenta con las corporaciones, los sindicatos, las instancias
colectivas del trabajo (que por otra parte se representaban a sí mismos
como individuos privados), sino con la cooperación y la circulación
social de figuras que se componen y se recomponen continuamente en la
producción material y en la producción cognitiva: en definitiva, con lo
que llamamos “común”. Entendemos aquí por “común” el reconocimiento de
que la producción se realiza de modo cada vez más cooperativa, pero esta
cooperación es directamente controlada por el capital financiero aunque
es directamente agitada por las nuevas figuras de la fuerza de trabajo
cognitiva –es decir por aquellas mismas potencias sociales que
llamábamos “clase obrera”. Hay, por tanto, una progresiva
“patrimonialización privada” de los bienes públicos que, mientras
destruye la institución de la
propiedad pública, debe hacer valer la ideología de la propiedad
privada –y es a partir de esta combinación que se pone en marcha (a
resultas de aquella disolución) una deriva continua de la gestión de lo
público en la emergencia, el tránsito de la emergencia en la corrupción,
la destrucción del común en el poder de excepción.
Lo público
soberano se plantea ahora ya sólo de manera paradójica y tiende a
disolverse frente al “común” que emerge en el interior de los procesos
de producción social y en la cooperación valorizante. Este común es más
bien directamente captado por los poderes financieros, por el mercado
global: hic Rodhus, hic salta.
c. La tercera paradoja es aquella que el biocapital verifica en su confrontación con los cuerpos de los trabajadores.
Aquí el choque, la contradicción, el antagonismo se expresa de modo más
evidente, porque el capital (en la fase postindustrial,
donde la producción cognitiva se convierte en hegemónica) debe poner
los cuerpos humanos directamente a producir, convirtiéndolos en
máquinas, ya no simplemente mercancía de trabajo. Esto se deriva del
hecho de que (en los nuevos procesos de producción) los cuerpos son cada
vez más eficazmente especializados y han conquistado una relativa
autonomía. No es casualidad que a través de la resistencia y las luchas
de la fuerza de trabajo maquínica, se desarrolla cada vez más
explícitamente la demanda de una producción del hombre para el hombre,
esto es para la máquina viviente “hombre”. Sobre este desarrollo se
aplica la explotación del capital financiero.
Efectivamente,
en el momento en que el trabajador se reapropia de una parte del
“capital fijo” y 1) se presenta, de modo variable, a menudo caótico,
como actor cooperante en los procesos de valorización, como “sujeto
precario”, pero, por otra parte, 2) como sujeto
“autónomo” en la valorización del capital, se da una completa inversión
en la función del trabajo respecto al capital: el trabajador ya no es
sólo el instrumento que el capital utiliza para conquistar la naturaleza
–que quiere decir banalmente producir mercancías; sino que el
trabajador, habiendo incorporado el instrumento, habiéndose
metamorfoseado desde el punto de vista antropológico, reconquista “valor
de ’uso”, actúa “maquínicamente”, en una alteridad y autonomía del
capital, que tiende a devenir completa. Entre esta tendencia objetiva y
los dispositivos prácticos de constitución de este trabajador maquínico,
existe una lucha de clases que ahora ya podemos llamar “biopolítica”.
Estas
tres paradojas siguen sin resolverse en el desarrollo del capital –al
contrario, se configuran como contradicciones acentuadas por la crisis.
En consecuencia, cuanto más fuerte es la resistencia, más feroz es el
intento
de restauración del mando por parte del Estado (órgano del capital),
tanto más decisivo es el uso de la violencia. Cualquier resistencia está
condenada como ejercicio ilegal de contrapoder, cualquier revuelta es
definida como devastación y saqueo. De nuevo, pura mistificación: al
ejercer la máxima violencia, el capital y su Estado deben aparecer como
figura necesaria y neutral; la máxima violencia se ejerce por
instrumentos y/o por órganos “técnicos”. “No hay alternativa”,
proclamaba Thatcher.
III. Si esta es la
constitución política del presente, en la crisis y en el proyecto
neoliberal de estabilización, es evidente que en los movimientos de
resistencia se expresa indignación, rechazo y rebelión y está formándose
el diseño para construir nuevas instituciones que correspondan a la
potencia social de la cooperación productiva. Así que volvamos a los
terrenos sobre los hemos verificado paradojas y
contradicciones.
a. Frente a la “paradoja de la
producción”, se trata de confirmar un viejo punto del programa
comunista –el de la “autovalorización” obrera y proletaria,
reapropiándose progresivamente, cada vez más decididamente, del capital
fijo empleado en los procesos productivos sociales, contra la
multiplicación de las operaciones de valorización-captura-privatización
que desarrolla el capital financiero. Reapropiarse del capital fijo
significa construir “común” –un común organizado contra la apropiación
capitalista de la vida, un común como desarrollo de “usos” civiles y
políticos y como capacidad de gestión democrática y autónoma, desde
abajo. La reconquista del saber y de la renta son objetivos que
califican especialmente al proletariado cognitivo –son desde el inicio
objetivos “políticos”, tanto como lo era para el trabajador industrial
“la lucha contra la reducción del salario
relativo, es decir,” (lo recordaba Rosa Luxemburg) “la lucha contra el
carácter de mercancía de la fuerza de trabajo, esto es contra la
producción capitalista en su conjunto. La lucha contra la reducción del
salario relativo ya no es una batalla sobre el terreno de la economía
mercantil sino un ataque revolucionario al fundamento de esta economía;
es el movimiento socialista del proletariado”.
Es en este
punto que se retoman, estudian y repiten las experiencias italianas, por
ejemplo en Italia, la agitación militante sobre el referéndum para
reapropiarse y dar nueva figura jurídica a los “bienes comunes”.
b.
Frente a la “paradoja de la propiedad”, es decir, ir contra/más allá de
la propiedad privada, urge en los movimientos la necesidad de emerger
en el contexto contradictorio de servicios y redes sociales que
actualmente estructuran la cooperación productiva. Aquí el desafío
plantea
inmediatamente el tema de moverse “dentro y contra” las instituciones
del poder público. Se cruzan aquí dos líneas principales: la primera es
la que se opone a la inerte pero feroz represión de los poderes públicos
frente a las luchas de reapropiación; la segunda es la lucha que
estratégicamente se opone el rol y el poder de la moneda.
En el primer terreno, es fundamental la capacidad de romper con la governance
gestionada por formas neoliberales –por ej. los gobiernos técnicos. Ya
hemos dicho que se trata de pura mistificación. Sin embargo, hemos
discutido muchas veces si era posible imaginar, en los enfrentamientos
que los movimientos abren en torno a la governance pública, la
apertura de una especie de “doble poder” y el problema permanece abierto
–dudo que pueda decidirse en abstracto, fuera de las luchas. Es sobre
este punto, precisamente en relación a la intensidad de las luchas por
el uso del
común, que se lanza la propuesta de nuevos principios constitucionales,
de nuevos derechos y de una nueva legalidad: el común, la renta, el
rechazo a la deuda y la insolvencia, la libertad de movimiento, la
cooperación del saber, el commonfare, la reapropiación de la moneda –sobre estos temas volveremos en la conclusión.
Vayamos
al segundo tema, afrontar, a través de los movimientos, la cuestión de
la moneda. Todos tenemos claro que, si la moneda es un medio de cálculo y
de intercambio difícilmente eliminable, puede ser instrumento de
estructuración de la división social del trabajo y de acumulación del
poder patronal contra los productores. Hay que cuestionar la
independencia del Banco Central, someterlo a las necesidades de la
“producción del hombre para el hombre” y ponerlo bajo un proyecto
estratégico de reconfiguración común de las estructuras sociales
biopolíticos. El problema no es tanto el de separar los
“bancos de depósito” de los “de inversión”, como el de dirigir ahorros e
inversiones hacia medidas que garanticen la producción del hombre para
el hombre. Esta es la batalla política que los movimientos más avanzados
ya han iniciado, y que consiste –esta vez sin remordimientos
ideológicos y de inmediato– en desafiar y sabotear la governance monetaria del biopoder, es decir, introducir, en toda ocasión posible, claims
y rupturas desde abajo. Es necesario comenzar a preguntarse qué es una
“moneda del común” y desarrollar la hipótesis que ésta deba garantizar
la reproducción y la cantidad de ingresos necesarios para todos los
ciudadanos y el apoyo de las formas de cooperación que constituyen la
multitud productiva.
c. Volvamos ahora sobre la última
“paradoja”, aquella “entre biocapital y cuerpos” de los trabajadores.
Aquí la contradicción sólo se puede superar eliminando al
capitalista: esta dolorosa contradicción nace de que el capitalista no
puede sino explotar al trabajador si quiere obtener beneficio y de que
sin trabajo vivo no hay posibilidad de producción ni de riqueza.
Este
es el auténtico terreno de la política. Para el poder del capital es el
terreno de la decisión sobre lo indecidible, con la incertidumbre que
siempre planea entre fascismo y democracia.
Pero también es
terreno constituyente para el conjunto de los cuerpos-máquinas,
singulares y potentes, al ejercer la lucha de clases. Para estos cuerpos
hacer política es construir “institucionalmente” la multitud, es sacar a
las singularidades de la soledad y situarlas, instaurarlas en la multitud, es decir, transformar la experiencia social de la multitud en institución política.
Por
lo tanto, los movimientos actuales demandan, cada vez con más ímpetu,
superar el modelo constitucional de la
modernidad –siglos xvii, xviii y xix– donde el poder constituyente
disminuye tras concluir la acción revolucionaria. Hoy está claro que el
poder constituyente no puede bloquearse reconstruyendo el poder del Uno.
No se hacen revueltas para tomar el poder sino para tener siempre
abierto un proceso de contrapoderes, desafiando los dispositivos de
captura siempre nuevos que la máquina capitalista produce. La
experiencia de las luchas enseña que la representación política siempre
está en crisis porque (seducida en el mecanismo de la soberanía,
destilada en la hedionda y mágica alquimia electoral) no logra estar a
la altura de la verdad y la riqueza siempre renovadas de la composición
social de la clase trabajadora.
Todos los movimientos a partir
de la primavera de 2011 desean una “contrademocracia” conflictual,
atravesada de reivindicaciones y protestas, de resistencias y de
indignación –¡basta de constitucionalismo
“normativo”! Estos movimientos exigen constituciones democráticas
biopolíticas que no se transformen en máquinas opresivas a través del
filtro de la legalidad y la formalidad jurídica –sino que se desarrollen
a través de inversiones de “dinero común”, dirigidas al continuo
reequilibrio de las relaciones sociales, poniendo a los pobres en lugar
de los ricos, y creando una vida cimentada a partir del hombre al
servicio del hombre.
Hay que afirmar aquí claramente que, a
pesar de todos los Nobel de economía, una productividad creciente sólo
es fruto de una sociedad igual y libre, de una sociedad del “rechazo del
trabajo”.
IV. Cuanto más avanza la crisis y maduran los
movimientos, más se advierte que algo decisivo ha ocurrido en las
conciencias de los trabajadores. Declarar que “el 900 ha terminado” es
banal, sobre todo cuando se dice para cancelar el recuerdo de las
formidables experiencias de
lucha obrera y las gigantescas tentativas para construir una nueva
sociedad que se realizaron. Pero que estos intentos hayan sido
derrotados (no en un día sino en un siglo, subrayo) no significa que su
potencial haya desaparecido. Más bien el “viejo topo” ha continuado
cavando su esperanza. ¿Recuperar la experiencia socialista? Sí –si la
insertamos en un nueva teoría, en una nueva estrategia… Eso es lo que
están haciendo los nuevos movimientos.
Centremos entonces
nuestra atención sobre cuanto sucede en los movimientos que luchan en la
crisis. Actuando así podremos estudiar los procesos de subjetivación
que se dan en estas condiciones, y cuáles son las condiciones favorables
o no que permiten o bloquean una política del común.
Ahora,
en primer lugar, sin duda resultan desfavorables las demandas a las
reformas constitucionales propuestas a nivel europeo; lo que nos
interesa aquí –e interesa a los nuevos
movimientos– es considerar las acciones políticas que puedan conducir a
favorecer procesos de subjetivación adecuados a un nuevo diseño
subversivo y comunista.
Prestando atención a los movimientos, un primer grupo de iniciativas puede recogerse bajo la palabra insolvenza.
Contra la deuda, a favor de la renta de ciudadanía, las luchas retoman
aquellas sobre el salario relativo y devienen luchas revolucionarias
porque ponen en cuestión la medida del trabajo. Siempre en este terreno
se desarrollan experimentos e intento de construir una teoría y una
práctica de “huelga precaria”: de comprender qué luchan “perjudican” al
patrón en la nueva condición de la explotación social, a partir de la
condición precaria impuesta a los trabajadores. Las luchas que
reconquistan espacios, plazas, teatros, centros sociales, squat, etc… entran dentro de este marco. Pero sobre todo entran aquellas iniciativas que logran
reapropiarse y/o “mutualizar” de forma alternativa la gestión de nodos de welfare,
de la educación, de políticas de vivienda, etc… En este caso, se lucha
en torno al salario directo y/o indirecto de los trabajadores,
integrando no sólo la cantidad monetaria sino también la cualidad
social.
Destituciones. Este es el segundo terreno
sobre el que se mueven hoy las luchas. El primer punto consiste en
tratar de eliminar las cadenas del mando capitalista. En el
neoliberalismo, el caos social y jurídico se considera normal. Asumirlo,
transformando la governance de momentos de conflictividad en
momento de “contropoder”, es la tarea de cualquier fuerza de oposición
al neoliberalismo. Tenemos en Latinoamérica ejemplos de movimientos
revolucionarios (obreros y/o indígenas) que durante mucho tiempo han
construido e impuesto la agenda a los gobiernos. No será fácil en Europa
repetir esta experiencia pero hay
que intertarlo, sin hacerse ilusiones de que esta capacidad de ruptura
pueda consolidarse en un mecanismo estable de contrapoder, dado que el
efecto destituyente prevalece todavía respecto al constituyente.
Hay quienes se preguntan si estos movimientos son inútiles y a veces dañinos, porque riots y tumultos no crean instituciones. Estos discursos resultan ociosos, cuando no provocadores si consideran implícitamente que riots y tumultos no pueden crear instituciones: insistimos, por ahora no lo hacen porque el efecto destituyente es todavía propedéutico y principal.
Siempre
sobre este terreno de actividad destituyente, existe otro ámbito de
lucha que recorren los movimientos, consistente en la acción contra las
estructuras constitucionales del biopoder capitalista. El tema es –en
este caso- el desarrollo de un poder constituyente democrático, de
masas, multitudinario.
Estos terrenos de
investigación y de luchas se desarrollan principalmente a nivel metropolitano.
Donde antes estaba la fábrica que centralizaba la organización del
trabajo, hoy es la metrópoli la que centraliza las redes de cooperación
del trabajo (cognitivo y no cognitivo), elevando a través de sus
conexiones el grado de tensión y de fusión de la producción y de las
luchas. Sobre el terreno metropolitano se organizan cada vez más
espacios de reunión, de militancia, y de organización del trabajo
material e inmaterial, del trabajo y del no-trabajo, de la cultura y de
las culturas (con los migrantes) –espacios organizativos de luchas, de
reapropiación de los productos del “General Intellect”. ¿Es posible
comenzar a construir instituciones de autogobierno que activen
formas de nueva “solidaridad” y de protección social contra los efectos
más violentos de la crisis? Así es en muchos casos. Y de nuevo, junto a
estos elementos de
apertura que podemos definir “intensiva” (es decir, dirigida hacia el
interior del tejido social) se experimenta un dispositivo “expansivo”,
en definitiva un dispositivo de apertura extendida. Sólo la conexión y
la concatenación entre las movilizaciones en diversos países europeos
puede determinar el fin de las políticas de crisis que estamos viviendo
actualmente.
Comunalizaciones. Aquí comienzan a jugar
las iniciativas constituyentes. En Italia, por ejemplo, los movimientos
las han ensayado. De lo público al común, el camino es el de afirmar el
derecho de “acceso al común”, de realizar este deseo de común que ya
habita en el corazón de los trabajadores. En definitiva, comunalizar
significa construir nuevas instituciones del común y en particular la
“moneda del común” que permita a los ciudadanos producir en libertad y
en el respeto de la solidaridad.
De cuanto hasta aquí se ha
dicho, aparece
claramente una alternativa: por un lado está el bio-valor captado
(extraído) por el capital sobre el conjunto de la sociedad; y también
existe la forma monetaria, su estructuración funcional a la explotación
de toda la sociedad. Por otro, ¿qué significa, a este nivel, construir
una alternativa revolucionaria? Significa liberar la potencia de la
fuerza de trabajo del dominio capitalista, imponer la igualdad como
condición de libertad.
Proponiendo estas cuestiones, y
principalmente la que respecta a la moneda, volvemos a la pregunta que
habíamos planteado al inicio: ¿qué hacer con respecto a Europa? Mejor
dicho: ¿cómo se movilizan los movimientos en relación a la Unión
europea? Está claro que el terreno de la unidad europea es necesario e
irreversible. En la globalización es intransitable un camino político
que no tenga dimensiones continentales, pero a veces no parece que los
movimientos lo comprendan. Por tanto, es necesario
construir nuevos modelos de solidaridad y nuevas conexiones que sepan
articular las diferencias entre las desiguales geografías, no sólo entre
los viejos estados-nación, sino también entre las diferentes historias
de los movimientos actuales. La urgencia de las luchas lo exige, sobre
todo cuando el tema constituyente toma centralidad. Para completar esta
agenda, hay que desarrollar una investigación continua y convergente,
evitando los plazos institucionales europeos y las campañas electorales
que se repiten continuamente. Probablemente el punto central de
discusión consista en pensar una acción contra el BCE, conscientes de
que simboliza el Palacio de Invierno en la Europa actual.
Fuente original: http://www.uninomade.org/dalla-fine-delle-sinistre-nazionali-ai-movimenti-sovversivi/
Fuente de la traducción: https://n-1.cc/blog/view/1582052/del-fin-de-las-izquierdas-nacionales-a-los-movimientos-subversivos-por-europa