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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 04-02-2013

Europa relega su cultura

Rafael Argullol


Inmediatamente despus de la cada del Muro de Berln, en 1989, y antes de que fuera objeto de un gran concierto pblico oficial, la Novena Sinfona de Beethoven se convirti en la msica favorita de muchos manifestantes, del este y el oeste de la ciudad. Los presentes en aquel colosal acto de demolicin de fronteras cantaban fragmentos de la parte coral, la Oda a la Alegra, basada en el poema de Schiller, entendiendo, quiz, que no haba palabras ms idneas para el momento y que unieran tanto a los que durante dcadas haban sido obligados a permanecer separados. Aquellas imgenes y aquellos cantos tenan un hondo simbolismo, no solo para Berln sino para toda Europa, y parecan confirmar que el gran arte en este caso una obra de Beethoven acuda al rescate del hombre europeo tras el ltimo y ms brutal de sus naufragios. Para eso, en ltima instancia, serva el arte, y eso era lo que caba esperar de los textos de Dante, Shakespeare o Cervantes, de las composiciones de Bach, Mozart o Shostakovich, de las pinturas de Leonardo, Rembrandt o Czanne.

Eso pareci, todava, entonces. Sin embargo, ms de dos dcadas despus, aquellos manifestantes cantando a Beethoven forman parte de un espejismo. Tal vez, en aquellos das demasiado esperanzadores, fuesen ya un espejismo. Se pens que Europa saldra reforzada con la conclusin de la Guerra Fra y, de hecho, se incorporaron muchos ms pases al proyecto de construccin europea. Se realizaron progresos importantes, como la moneda nica y la superacin de las aduanas. Pero ahora, cuando las dificultades econmicas atenazan a Europa, se hace evidente una paradoja dramtica: en algn lugar del camino se perdi el alma. Dicho de otro modo que pueda gustar ms a los que hacen muecas cuando oyen la palabra alma: en algn lugar del camino, Europa, que alardeaba de construirse a s misma, dio la espalda a su propia cultura.

Basta, en la superficie, comprobar cmo la cultura europea ha desaparecido, prcticamente, de la vida pblica. En los discursos y controversias de los dirigentes polticos esta ausencia es cada vez ms radical, poniendo de manifiesto la extrema mediocridad de la mayora de ellos pero tambin la falta de exigencia de los ciudadanos a este respecto. En sus buenos tiempos no hace mucho Berlusconi tuvo un ministro que ri a los periodistas que le hablaban de cultura con el argumento de que la Divina Comedia no serva para comer, pues con ella no podan hacerse bocadillos. Un amigo italiano me coment, entonces, que si un poltico hubiese dicho eso con anterioridad, habra sido poco menos que lapidado. Ya sabemos que Berlusconi era, y es, un asno multimillonario, y que sus colegas no tenan su procaz atrevimiento, pero no podemos asegurar que fuese ms ignorante que los otros. Basta con recordar los discursos de Sarkozy o los de Cameron y compararlos con los de De Gaulle, Willy Brandt o cualquiera de los protagonistas del inicial impulso europeo. Aqu Aznar, Zapatero o Rajoy tienen la ventaja de tener que competir con Franco, un individuo que tena por principio, segn sus bigrafos, no leer jams un libro.

No obstante, las carencias en la vida pblica seran menos decisivas si la cultura el alma europea se manifestara, viva, en el interior del organismo social. Ah es donde la paradoja se hace ms sangrante puesto que la cultura europea es, en realidad, el nico espacio mental que justifica la edificacin de Europa. Sin la cultura europea, lo que llamamos Europa es un territorio hueco, falso o directamente muerto, un escenario que, alternativamente, aparece a nuestros ojos como un balneario o como un casino, cuando no, sin disimulos, como un cementerio.

Y ese es un peligro incluso mayor que el de la crisis econmica, pues puede provocar una indefensin absoluta: nadie cantar a Beethoven, o a Schiller, porque nadie recordar que el arte es aquello que consuela cuando existen muros y aquello que enaltece cuando se destruyen fronteras. En consecuencia, nadie sabr, tampoco, que eso que llamamos cultura, a la que Europa ms que otras regiones del mundo lo debe todo, es un ejercicio de libertad y de orientacin en el laberinto de la existencia. Para eso necesitamos todo lo que ahora, con una celeridad increble, estamos abandonando. Es cierto, como dicen muchos profetas actuales, que la cultura la cultura europea, se entiende es superflua y anacrnica, pero no es menos cierto que tambin la libertad es superflua y anacrnica desde un punto de vista estrictamente pragmtico. Se puede existir no s si vivir sin ser libre. Tambin se pueden hacer grandes negocios o tener xito en la profesin. La libertad no es necesaria pero, como demuestra el ejemplo de Antgona, es imprescindible. De eso, durante siglos, nos ha hablado la cultura europea a los europeos. Y es eso, precisamente, lo que hoy se aleja de nosotros.

Hace poco recib una leccin inolvidable al respecto. Form parte del jurado que tena que decidir unas prestigiosas becas. La seleccin era rigurosa, y los candidatos, de acuerdo con las referencias, sobresalientes. Sin duda estaban tcnicamente muy preparados. Sin embargo, en sus exposiciones orales casi ninguno de estos candidatos cit a un escritor, a un artista, a un cientfico, a un filsofo. No se aludi a cuadros, a textos literarios, a tratados de fsica. La pregunta es: de qu hablaban y a qu aspiraban los candidatos? Aspiraban, naturalmente, a triunfar en sus campos respectivos, y para ello hablaban de programas informticos, tcnicas de evaluacin, metacursos, procesos logsticos. Creo que todos los miembros del jurado esperbamos que esto fuese solo la metodologa y que al final asomara algo verdaderamente sustancioso. Pero no. Para estos sobresalientes candidatos el tratamiento de la cultura era exactamente igual al tratamiento que otorgaban a la sociedad sus colegas, tambin sobresalientes, de una escuela de negocios. La economa no estaba sometida a la libertad, sino la libertad a la economa.

Si no pecamos de ingenuos ya sabemos que siempre ha sido as. No obstante, la resistencia a esta percepcin ha sido, igualmente, un motor esencial en el desarrollo de la cultura europea, tal como lo reflejan los ideales humanistas e ilustrados, cclicamente asumidos, tras su original enunciacin en la Grecia antigua. Tratar de entender lo humano en su complejidad, ms all de lo estrictamente til, e incluso ms all de lo conveniente ahora diramos: de lo poltica y moralmente conveniente, ha sido uno de los logros mayores de nuestra tradicin espiritual, a la que, desde luego, no han faltado los momentos de tiniebla. Renunciar a aquella comprensin impide penetrar en la naturaleza humana, tanto en sus luces como en sus sombras.

Y, sin embargo, aparentemente, esta renuncia se erige en un signo de la poca, a juzgar por nuestra vida pblica y nuestra educacin. Lo que hasta hace relativamente poco se consideraba en Europa cultura se ha transformado en arqueologa, con el riesgo de que la propia Europa se convierta en pieza arqueolgica que, en un futuro no muy distante, se exponga a la mirada de los nuevos poderosos. Puede alegarse que, con anterioridad, fuimos los europeos los que nos deleitamos con el botn tomado a otras civilizaciones. Es verdad. La Historia es as. Lo malo es vivirla y formar parte del bando de los inminentes perdedores. Y an es peor que la cada llegue a producirse sin ninguna grandeza, con apata, con ignorancia. Veremos.

Mientras tanto en la librera Catalnia, una de las ms antiguas de Barcelona, se abrir un McDonald's. Aunque quiz todo ha sido una pesadilla y he ledo la noticia al revs: en el lugar de un restaurante de comida rpida, cerrado por falta de clientes, se abre una librera.

Fuente: http://elpais.com/elpais/2013/01/17/opinion/1358431678_706569.html




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