Esa misma semana, a iniciativa de varios senadores demócratas, algunos de sus colegas republicanos anunciaron la formación de una comisión para estudiar los tiempos de la reforma. Sin embargo, fue desconcertante la falta de sensibilidad con la que algunos de estos últimos se refirieron a las razones de la reforma. La única justificación, dijeron, es ganar votos de quienes simpatizan con los indocumentados. No hubo rubor alguno en esa declaración. Ninguno mencionó la reforma como una necesidad de hacer justicia a quienes han puesto lo mejor de su esfuerzo en beneficio de la economía de Estados Unidos. Tampoco que los indocumentados han sido el principal factor para engrosar las arcas de prominentes empresarios en toda una gama de actividades.
Para estos congresistas, la reforma no busca acabar con el trato indigno que se da a indocumentados en las mazmorras del siniestro sheriff Arpaio, en Arizona, o las condiciones de cuasi-esclavitud en los campos agrícolas en los que trabajan, o la disrupción familiar cuando se deporta a los padres, dejando en orfandad a cientos de niños. La reforma, simple y llanamente, es útil como medio para arrebatar los votos a sus opositores. Habrá quienes digan que así es el sistema. Cierto, y en este caso en particular, la política tiene su expresión más acabada, no en la justicia, sino en el momento en que se cuenten los votos y por extensión el poder económico que acompaña la mayoría de esos votos.
Con todo, el camino de la reforma está llena de obstáculos y, con mucha razón, se ha dicho que en los detalles está el diablo
.
El pragmatismo, que ha distinguido a la política estadunidense, debiera
ser la clave para superar esos obstáculos. Son muchos los que entienden
que en un futuro próximo la mayoría en el país dejará de ser monocolor y
que no es posible retroceder en la historia.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2013/02/04/opinion/015o1pol