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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 06-02-2013

Espaa
Paro sin paracadas

Albert Recio Andreu
Mientras tanto electrnico


Cada ao el INE es ms aplicado en la publicacin de las cifras de empleo. Y en cada entrega las cosas son peores. Este ao el paro ha rozado los 6 millones. Si no ha llegado a esta cifra es porque ms de 158.000 personas han abandonado el mercado laboral y pasado a la categora de inactivos. Y no se trata de personas que se han jubilado y al menos tienen asegurados unos ingresos sino que las salidas se han producido en los grupos de edad de menos de 55 aos. O sea que en su mayora se trata de trabajadores desanimados que ante la imposibilidad de encontrar empleo han decidido dejar de buscarlo. No se trata de una manipulacin estadstica: simplemente, la forma como se mide el paro deja fuera de tal categora a una parte importante del ejrcito de reserva que busca empleo. Pero desde una perspectiva general podemos decir que los 6 millones se aproximan ms a la situacin real que los dgitos de la cifra oficial.

La lectura detallada de la Encuesta de Poblacin Activa permite analizar muchas otras cuestiones que dan un cuadro bastante aproximado de la situacin laboral. Por ejemplo permite observar que la retirada del mercado laboral sigue siendo cosa de jvenes en general y de hombres en particular, pero que an han continuado llegando mujeres al mercado laboral. Dos tercios de las nuevas buscadoras de empleo son mujeres mayores de 55 aos, algo que puede estar indicando la extrema dureza de la situacin. En el otro lado se constata la persistente destruccin de empleo: ms de 850.000 empleos volatilizados en un ao, aproximadamente un 25% en el sector pblico. En lo que afecta a la destruccin de empleo s que se experimenta un cambio importante puesto que casi la mitad de los empleos destruidos lo ha sido en los servicios (un conjunto de actividades que seguan generando empleo al principio de la crisis). La construccin y la industria siguen fabricando paro en grandes cantidades, pero el desplome de los servicios indica que los recortes pblicos y el ajuste en algunos sectores como la banca han acabado por hundir las actividades que en otras situaciones conseguan cuanto menos paliar la situacin.

La combinacin de crisis financiera, integracin europea asimtrica y ajuste del gasto pblico ha conseguido quebrar todas las dinmicas de contencin del desempleo y genera un desastre social. No slo hay menos puestos de trabajo sino que adems son peores. Sin entrar en la cuestin de los salarios (pues las estadsticas salariales merecen un anlisis pormenorizado que sale fuera de la extensin de esta nota) puede observarse el imparable crecimiento del empleo a tiempo parcial: slo en un ao ha pasado del 13,8% del total de empleos al 15,3%, (la cota llega al 25,5% cuando se trata de empleo femenino). Muchas de las personas empleadas a tiempo parcial deberan considerarse paradas a tiempo parcial, puesto que se trata de actividades que no permiten obtener salarios aceptables. El tiempo parcial y la inactividad son dos de las realidades que ayudan a embellecer las cifras del paro, pero que en ningn caso resuelven los problemas de la gente.

Puestos a dar el panorama completo, slo hay una variable que experimenta una evolucin positiva: la del empleo temporal, que cae del 24,9% del empleo asalariado al 23%, sin duda un resultado debido ms a la destruccin de puestos de trabajo que a un cambio en las polticas de contratacin El balance general no puede ser ms desastroso. Los impulsores de la reforma laboral no pueden dar ninguna seal que justifique la urgencia con la que se aplicaron las medidas ni su capacidad para reorientar el empleo. 2012 ha sido otro ao de destruccin masiva de puestos de trabajo, de creacin de sufrimiento, de engorde del ejrcito de reserva local.

Necesitamos otro marco cultural y otro modelo productivo

Detrs de los seis millones de parados hay seis millones de sufrimiento, de inseguridad extrema, de angustia, de quiebra de la seguridad vital. Pero lo peor de todo es la sensacin de cada sin paracadas, de imposibilidad de cambiar la situacin, de impotencia de las polticas. Los lderes econmicos solo ofrecen un plan posible de salida de la situacin: la devaluacin interna, en forma de reduccin de salarios y derechos sociales, combinada con la llegada de inversores extranjeros y la generacin espontnea de nuevos emprendedores con cuya combinacin se relanzarn las exportaciones y se reanimar la actividad. Ms o menos una versin tecnocrtica del cuento de la lechera versin neoliberal. Los recortes de gasto pblico y salarios tienen un claro efecto depresor de la actividad. La llegada de inversiones internacionales es una constante de las polticas de los ltimos aos, un campo en el que existen muchos competidores y en el que el resultado es incierto. Parte de los males de la economa espaola son precisamente el resultado de una exitosa llegada de capital extranjero que compr empresas para cerrarlas y controlar el mercado y que aliment generosamente la burbuja inmobiliaria. Y los emprendedores tecnolgicos que tanto gustan a nuestros polticos y propagandistas econmicos nunca suelen aparecer por casualidad, florecen all donde se desarrollan procesos que generan oportunidades realistas, que requieren un fuerte impulso inicial (como puede estudiarse en el caso de la relacin de las nuevas tecnologas de la informacin y el gasto militar de los EE.UU.). Aqu los emprendedores locales suelen ser ms del tipo promotor hecho a s mismo que otra cosa. El tipo de gente que protagoniz parte de la oleada especulativa de las ltimas dcadas. Crear otro marco cultural y otro modelo productivo no nace de la nada, sino que solo puede desarrollarse dentro de un marco de transformaciones institucionales que hoy desprecian los fundamentalistas del libre mercado. Es improbable que el modelo de deflacin competitiva (reducir salarios para competir en el mercado), desmantelamiento de derechos (no slo laborales: basta observar todas las concesiones que ha conseguido arrancar el promotor de Eurovegas) y fe ciega en la iniciativa individual nos saque del marasmo.

Cinco aos de fracasos continuados son mucho tiempo para seguir confiando en unas polticas fracasadas. Y es necesario elevar voces en demandas y con propuestas de otras polticas. Especialmente hay que plantear algunas cuestiones de fondo bsicas para poder desarrollar algn programa de reformas o cambios. Hay varias cuestiones a plantear:

Primera: la devaluacin competitiva no es una frmula aceptable para resolver el problema a escala planetaria, sino que empeora la situacin global. La frmula de exportar ms que los dems es simplemente una carrera hacia atrs. Lo expresado recientemente por Merkel acerca de que lo que deben hacer pases como Espaa es exportar ms a Latinoamrica (o sea, a los pases ms pobres) es una muestra ms del mercantilismo que predomina en las lites alemanas. Ms o menos la ideologa dominante en gran parte del siglo XVII, un mundo con pensamiento imperial. Por el contrario, salir del desempleo requiere medidas cooperativas entre pases, regulacin de derechos bsicos en todas partes, control de los flujos financieros, etc.

Segundo: la actividad laboral es tanto ms relevante cuando ms permite satisfacer necesidades bsicas a todo el mundo. El empleo pblico es tan bueno o mejor que el privado. Cuando el sector privado no genera empleo, o lo deriva a actividades parasitarias, el desempleo debe combatirse con empleo pblico. O para pblico, si se teme a la burocracia. En definitiva, se trata de aportar recursos pblicos a la creacin de empleos orientados a cubrir las actividades donde las demandas sociales son palpables.

Tercero: los desafos actuales exigen cambios considerables en las formas de vida. Y el ajuste en la urbanizacin, el transporte, la alimentacin, la energa exige promover planes especficos de intervencin, polticas colectivas que requieren liderazgo colectivo y que pueden dar lugar a la aparicin de nuevas iniciativas de pequeos grupos (un terreno abonado al fomento de cooperativas y experiencias autogestionarias).

Cuarto: el principal elemento limitador de las dos polticas anteriores es la carencia de recursos pblicos y la desigual distribucin de la riqueza. Gran parte de las polticas actuales es mera poltica en beneficio de una capa de rentistas parasitarios que no son capaces de cumplir lo que presuntamente saben hacer: generar empleo. Las medidas de transferencia de riqueza son estrictamente bsicas para salir del marasmo. Medidas que pueden llevarse a cabo por vas diversas: nuevos impuestos, impago de parte de la deuda pblica, expropiacin de bienes y empresas que han incurrido en delitos, inflacin sin indexacin de las rentas del capital, etc.

Quinto: el trabajo es una necesidad para producir necesidades pero no es un fin en s mismo. Por esto hay que regular las condiciones del empleo digno, incluyendo un cierto control de las rentas salariales anteriores. Puede existir el caso de adictos al trabajo, workalcolicos, como hay adictos a otras cosas. A menudo esto se produce en actividades creativas (investigadores, artistas, etc.) y es posible que en muchos casos produzcan beneficios sociales importantes. Acotar limites de ingresos y jornada laboral no implica regular toda la actividad personal, simplemente se trata de diferenciar el nivel de actividad estndar y dejar libertad a la gente para que haga lo que quiera en el tiempo que resta. Al fin y al cabo es dudoso que muchas de estas actividades creativas dejen de hacerse por razones de retribucin, puesto que incorporan otro gran nmero de estmulos igualmente creativos.

Estas son a mi entender las bases culturales sobre las que discutir en serio el problema del paro. Un problema que es expresin directa de los tres grandes problemas que conlleva la organizacin capitalista de la sociedad: injusticia distributiva (el paro es en parte una forma de distribucin injusta de la renta), fallo sistmico de coordinacin (Marx, Kalecki, Keynes, Robinson, Minsky y tantos otros lo han explicado muy bien) y depredacin de las bases naturales y sociales que posibilitan la existencia de la sociedad. Es urgente avanzar medidas hacia un modelo social que trate de hacer frente a esta triada perversa.

Motordependencia

Para cualquier pas la extrema especializacin constituye un riesgo. Basta recordar el efecto letal para Espaa de un crecimiento basado en la construccin.

A pesar del fracaso final, no est claro que nuestras lites hayan aprendido la leccin. Hace bastantes aos que otro sector ocupa un lugar destacado en nuestra estructura econmica y nuestras polticas industriales. Se trata del sector automovilstico. Espaa es un gran productor mundial de vehculos a pesar de no contar con ninguna empresa propia en el sector. La nica presencia local fue la participacin del antiguo INI en Seat, pero cuando se fue el socio italiano Fiat lo nico que se hizo fue sanear la empresa y drsela a Volkswagen. La fascinacin por la industria del motor puede entenderse por la gran cantidad de empleos que genera, no slo en las plantas ensambladoras sino, sobre todo, en la mirada de empresas auxiliares que producen los mil y un componentes que incorpora cualquier vehculo. Tambin por el papel de icono que tiene el producto final en la sociedad de consumo. Convertir Espaa en un gran centro exportador ha sido presentado como uno de los logros industriales del pas.

Pero todo tiene su cara B, y esta es bastante menos amable de lo que la primera cara explica.

En primer lugar la industria espaola es extremadamente frgil no slo porque depende de decisiones forneas, sino tambin porque estas empresas han decidido que el pas sea, fundamentalmente, un exportador de vehculos de gama media/baja. Ello conlleva no slo una presin brutal sobre los costes, sino una cuestin paradjica sobre nuestro equilibrio exterior. En los aos malos, cuando la economa espaola est en crisis y la demanda interna por los suelos, la balanza comercial del sector experimenta un saldo favorable. En cambio, cuando la economa est en expansin el saldo positivo se reduce y llega a ser negativo. La explicacin de este enigma es que el consumo interno en aos normales se orienta a vehculos ms caros de importacin y por tanto el modelo es inestable en trminos exteriores.

En segundo lugar, el sector es un autntico depredador de recursos pblicos y derechos sociales. Cada cierto tiempo, habitualmente cuando finaliza la vida de un modelo y las plantas quedan a la espera de que la multinacional les encargue otro producto, las empresas lanzan un rdago del tipo o me ayudas y rebajas costes salariales o no habr modelo. Y las Administraciones corren a rebuscar recursos (por ejemplo apoyos a la i+d) y a forzar a los sindicatos a rebajar derechos. Todo un teatro poltico que hemos visto practicar repetidas veces a los expertos negociadores de Volkswagen, Renault, Ford, Nissan, General Motors... Es tambin habitual que las empresas organicen su produccin contando las variaciones en el ciclo de ventas y recurran anualmente a unos das de ERE temporal para que sea el estado y los trabajadores los que carguen con el coste. O que peridicamente exijan planes de desgravacin fiscal a sus productos.

En tercer lugar, esta presin es an mucho ms fuerte sobre la red de suministradores, subcontratas y empresas auxiliares, lo que se traduce en un paulatino deterioro de derechos laborales a medida que se va descendiendo en la pirmide productiva. El final de este descenso ha sido la deslocalizacin de los productores de componentes fciles de transportar hacia pases de muy bajos salarios. Una deslocalizacin que ha afectado especialmente a poblaciones de baja industrializacin (como Cervera, Tortosa, vila, Salamanca...) y escaso empleo alternativo.

Y cuarto, estas empresas no solo influyen poderosamente sobre la poltica industrial y las condiciones de empleo sino que tienen un papel crucial en definir el modelo de movilidad y transporte espaol. La industria del motor suele negociar de t a t las inversiones con el Gobierno y en esta negociacin pacta condiciones no slo concretas sino tambin ambientales. Y tambin cuenta con una actividad de lobby bien a travs de su preponderante papel en el gasto publicitario que financia a los medios de comunicacin, bien a travs de entidades de la sociedad civil (especialmente el RACC) que actan como instrumento de presin a favor del automvil. Graves problemas de contaminacin, factura energtica y caos urbanstico son el resultado de un modelo automovilstico que para funcionar exige la contrapartida de un modelo amable.

Ahora que la crisis es galopante el sector vuelve a presentarse como el asidero de la industria local y est sacando tajada en el terreno de las ayudas y del deterioro laboral. Sus costes directos son evidentes. Y no garantiza adems que una vez agotado un nuevo ciclo productivo no acabe por emigrar. Ya ha ocurrido en el sector de la moto, su primo hermano. Tras aos de sacar concesiones de todo tipo a favor del sector (incluida una reforma del ttulo de conducir para facilitarle ms mercado y que se tradujo en un aumento de los accidentes) los grandes fabricantes instalados en Espaa (Honda, Yamaha, Piaggio) decidieron largarse sin ms. Jugar a atraer un sector a toda costa tiene ese riesgo. Especialmente cuando es evidente que se trata de una actividad en expansin en pases en desarrollo y el peligro de una deslocalizacin futura es cada vez ms cierto.

Todo ello sin contar con que, adems, slo los aspectos ambientales deberan forzar a concentrar esfuerzos en desarrollar otros modos de vida y, por tanto, otro tipo de actividades productivas. Pero la coche-dependencia es tan grande que nuestros dirigentes vuelven a apostar por los mismos riesgos de siempre. Quizs no es casualidad que ahora se sumen las investigaciones de petrleo por el mtodo del fracking. Al fin y al cabo, aunque el sector automovilstico ha tenido devaneos con el coche elctrico, la opcin dominante sigue pasando por el vehculo con petrleo y el fracking ofrece la promesa de sortear, al menos por un tiempo, el pico del petrleo, aunque sea a costa de generar un nuevo desastre ambiental. Y es que a esta industria lo ambiental y lo social le traen al pairo. Lo que importa es que siga el negocio.

De untar para especular a las redes de blanqueo

El tema de la corrupcin es una de estas cuestiones sobre las que uno vuelve cada cierto tiempo. Llevo muchos aos siguiendo los distintos casos de delincuencia pija, la que hace la gente bien, la que es propia de los capitalistas (o al menos de algunos de ellos). Toda la historia del capitalismo est llena de sucesos donde se ha utilizado la fuerza, el engao, como un mtodo de enriquecimiento rpido. La misma idea de acumulacin primitiva de capital con el que Marx culmina el tomo I de El capital nos indica que la acumulacin primitiva de capital ocurri en gran parte mediante el uso de la coercin poltica. Un proceso al que hemos podido asistir como espectadores durante la fase de desguace de las viejas economas burocrticas del antiguo bloque sovitico. No es de extraar que en el perodo neoliberal, caracterizado por liberar de regulaciones a la acumulacin capitalista y favorecer el enriquecimiento personal sin trabas, hayan proliferado las experiencias de corrupcin y la delincuencia econmica. En cierta medida gran parte del modelo neoliberal se ha basado en el uso del poder poltico y los lmites de la legalidad para enriquecer a unos pocos, lo que David Harvey ha llamado acumulacin por desposesin. Y no es por tanto casual que los casos de corrupcin hayan salpicado no slo a redes mafiosas y especuladores noveles sino tambin a grandes grupos empresariales que han ido apareciendo en la seccin de sucesos de la prensa econmica por masivas conductas irregulares (Siemens, Parmalat, UBS...).

Mafias del narcotrfico y la prostitucin aparte, durante los ltimos aos en Espaa la mayora de escndalos han estado asociados a dos elementos estructurales de nuestro modelo econmico: la especulacin urbanstica y las contratas pblicas. El saqueo organizado de los bienes pblicos utilizando el apoyo de los polticos locales o estatales. Un verdadero cncer que provoca no slo costes sociales indudables sino que genera el desnimo respecto a la accin poltica.

Los ltimos sucesos nos conducen a otra figura delictiva, las redes de blanqueo de capitales como forma de evasin de impuestos en mltiples lugares. En unos casos redes que utilizan el pas para blanquear operaciones externas, en otros, redes de reciclaje de capital local. Quizs siempre hayan existido y sean las necesidades de recursos de la Hacienda Pblica lo que ha provocado una bsqueda ms estricta. O que el temor a una mayor regulacin bancaria las haya hecho florecer. En todo caso, la cada de la red de Gao Ping y de la red rusa de Lloret, y el debate generado alrededor de la amnista fiscal, sirven para mostrar la estrecha ligazn que existe entre evasin monetaria y corrupcin. O quizs indican que hay distintas fases del proceso corruptor, una para expoliar el pas y otra para poner las rentas ganadas fuera de control.

Puede que la corrupcin est en eso tan etreo que es la condicin humana, pero parece estar fuera de duda que la nica posibilidad de ponerla bajo control es con buenas regulaciones. Tanto preventivas, con participacin democrtica transparente en temas como la planificacin urbanstica o la provisin de servicios pblicos, como punitivas. Es ste un campo donde hay mucho que regular. Y hay incluso en muchos movimientos sociales ms tentacin a denunciar a los chorizos que a fijar normas que limiten la accin. Y, sobre todo, hay tambin un vaco bastante claro a la hora de propugnar medidas de control sobre las intervenciones privadas que estn en el origen de la mayor parte de procesos de corrupcin. Situar el delito de cuello blanco como uno de los que deben ser ms duramente castigados constituye una de las tareas bsicas para erosionar la suicida hegemona neoliberal.



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