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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-02-2013

Por una cuestin de principios

Reinaldo Iturriza Lpez
Rebelin


Uno tiene que ir muy de cuando en cuando a los principios, volver a los principios retomar, recargar, refrescar, reimpulsar.
Hugo Chvez, en reunin con direccin ampliada del PSUV, lunes 28 de marzo de 2011.

Se me hiela la sangre cada vez que recuerdo el relato de cierto taxista annimo sobre la ocasin en que arroll a un motorizado, dejndolo tendido sobre el pavimento, muy probablemente muerto. Me cont que aquello sucedi por El Paraso, durante la madrugada, lo que facilit la fuga. Pero sobre todo recuerdo la absoluta serenidad del taxista, la ausencia en su voz de cualquier asomo de arrepentimiento o culpa: el motorizado haba cometido alguna imprudencia, y l no haba tenido otra opcin que atropellarlo. Adems, argumentaba, los motorizados eran una especie de plaga que vendra bien exterminar.

Hay silencios que no son cmplices: sent vergenza y rabia.

Todava me pregunto qu puede llevar a un ser humano a rozar de esta forma, a franquearlos ms bien, los lmites de la deshumanizacin. No estoy muy seguro. Pero lo que s tengo claro es que nada, absolutamente nada, justifica un razonamiento de este tipo. Nada justifica la naturalizacin de la muerte, mucho menos del homicidio, de la clase que sea.

Pensaba en esto a propsito del rumor silencioso que percib luego de la muerte de ms de una cincuentena de presos en Uribana. Cuando escribo esto no tengo en mente a los portavoces oficiales del gobierno nacional. Ese sera otro tema. Me refiero en parte al entorno ms cercano, conformado por amigos y compaeros militantes de la causa bolivariana. Pienso en la gente que leo frecuentemente a travs de las redes, por ejemplo. Tal silencio, casi unnime (siempre habr excepciones honrosas), una cierta indiferencia y hasta cierto desdn, me hicieron sentir vergenza. Rabia.

Luego, al ver cmo un problema tan urgente y una tragedia tan terrible se subsuma dentro de la lgica de la poltica boba, sent impotencia. En ocasiones dejamos mostrar una dependencia tal por el insulto (como si insultar a quienes nos insultan nos hiciera ms dignos), una aficin tal por la denuncia de macabros planes ocultos (no descarto que a veces existan), que pasamos por alto el problema central. En el caso de Uribana, como en casi todos, es la vida.

Qu puede justificar nuestra indiferencia frente a lo acontecido en Uribana? No hablo de la poblacin general. Hablo de nosotros, militantes bolivarianos. Ms grave an: cmo es posible que cualquiera que se asuma como revolucionario pueda llegar a justificar, bajo el argumento que sea (se trata de pranes y asesinos armados que no merecen misericordia, se trata de un plan desestabilizador, etc.), la muerte de seres humanos?

Sin duda, Uribana nos plantea los dilemas ticos propios de una situacin lmite. No obstante, en situaciones si se quiere ordinarias, es decir, aquellas que no necesariamente comprometen la vida humana, he llegado a percibir el mismo desdn de gente que se dice muy de izquierda. Gente de izquierda a la que no le gusta mezclarse con el pueblo chavista, y respecto del cual tiene una imagen en extremo parecida a la que de l tiene el antichavista promedio: igualado, ignorante, pedigeo, de mal gusto. El caso del desprecio cuasi universal por el motorizado (y quiz sea por eso que establec la relacin, en primer lugar), tanto como el caso de la reaccin (semejante al asco) frente a los jvenes que escuchan o bailan reguetn, por citar slo un par de ellos, son emblemticos de lo que aqu expongo.

Los ms cnicos suelen interpretar esta defensa de los motorizados y de los jvenes que escuchan reguetn como una impostura caractersticamente pequeo-burguesa, que histricamente se ha expresado como admiracin romntica y acrtica por los delincuentes, los proscritos o los trashumantes. Lo ms irnico es que casi nunca escucho reguetn y nunca he manejado motocicletas. No los considero como modelos de absolutamente nada, pero tampoco considero modelos las grandes camionetas (y si es con escoltas, pues mucho mejor), y mucho menos la msica que llaman clsica, como s lo hacen muchos de nuestros izquierdistas. Dicho brevemente, si tenemos que hablar de imposturas, la mayor de todas es esa doble moral con la que juzgamos y disimulamos nuestros prejuicios o privilegios, segn sea el caso.

Incluso preguntara: acaso existe un modelo de lo que debe tenerse como revolucionario, una tica,una esttica revolucionarias?

Al respecto, dejo sentada mi postura: por una cuestin de principios siento un profundo respeto por todas las expresiones ticas y estticas del pueblo pobre, y estoy absolutamente convencido de que su risa brbara (al decir de Walter Benjamin) encierra ms humanidad y alegra que cualquier otra.

Lo cierto es que es posible identificar los signos de un conservadurismo entre nosotros, los militantes bolivarianos, que no por disfrazarse de revolucionario o socialista lo es menos. Y as pasamos al siguiente punto: qu sucede cuando el mismo desdn se manifiesta en situaciones que conciernen a la esfera poltica?

En un seminario que impartiera Enrique Dussel en la sede del Partido Sandinista, en Nicaragua, en 2002, y con la presencia de varios comandantes, discutan sobre el hecho de que frecuentemente los revolucionarios de izquierda haban sido hasta heroicos en sus actos polticos (o en su estrategia militar como guerrilleros en las inhspitas montaas), pero se conocan casos de doble moral (incoherencia tica) con respecto a las compaeras, en el nivel de las relaciones de gnero, con las que se ejerca un machismo tradicional; o en la cuestin de la raza, discriminando a los de raza afro-latinoamericana; o en la cuestin de la propiedad ocupando residencias del antiguo rgimen y contando dichos bienes como propiedad privada de algn comandante sin el pago respectivo, etc..

Dussel, que concibe un campo poltico cruzado por varios campos materiales (o sub-esferas ecolgica, econmica y cultural, como las ms relevantes), trabaja la hiptesis de que la referida doble moral de los comandantes tena su explicacin en la inobservancia del principio de coherencia.

Resumiendo un planteamiento que es ms denso, y que vale la pena revisar con detenimiento, Dussel concluye que los militantes revolucionarios tenemos que situarnos desde el lugar de los que sufren efectos negativos de las acciones de un sistema, de una institucin, de un orden En cada campo habr sistemas especficamente diferenciados, y en cada uno de ellos habr otro tipo de vctimas (en la familia, la dominacin o exclusin de la mujer; en la economa, de los pobres excluidos; en la poltica, de minoras o mayoras dominadas; etc.). Para ser coherente habr que descubrir en cada campo concreto el tipo de estructura, y dentro de ella la dominacin, y por lo tanto definir con precisin el tipo de vctima.

As, una tica de la liberacin es la que identifica a la vctima primeramente como pobre. Pero luego existen otras: el nio y la cultura popular en el campo pedaggico; la mujer en el ertico; las naciones perifricas subdesarrolladas y explotadas por un capitalismo del centro metropolitano desarrollado; etc..

Una eficaz poltica de la liberacin, agregara, no es la que privilegia la lucha que se desarrolla en determinado campo, sino la que traduce la articulacin de los sujetos que en cada campo padecen la dominacin, y que juntos luchan por su emancipacin.

Observaciones que tendramos a bien tomar en cuenta para no terminar militando en las filas de los dominadores.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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