Portada :: Chile :: A 40 aos del golpe de estado
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 09-02-2013

A cuarenta aos: crnica de un golpe de estado (IV)
Felona, cobarda y traicin

lvaro Cuadra
Rebelin


1.- Salvador Allende: Tengo fe en Chile y su destino

El presidente Salvador Allende se dirige por ltima vez al pas a las 9:10 AM del once de septiembre de 1973, lo hace a travs de Radio Magallanes que sera bombardeada minutos ms tarde. Como arrancadas de una tragedia griega, sus palabras pasarn a la historia tal y como las concibi Allende, es decir, como una leccin moral: Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarn otros hombres este momento gris y amargo en el que la traicin pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho ms temprano que tarde, de nuevo se abrirn las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. . . Viva Chile! Viva el pueblo! Vivan los trabajadores!...

La figura de Salvador Allende, y con ella todo el conglomerado de la Unidad Popular, era la expresin de una cierta modernidad poltica que se haba inaugurado tempranamente con la irrupcin de los primeros partidos obreros (1922) y la primera transmisin radial ese mismo ao. Hay una relacin evidente entre el desarrollo de la radio y el ascenso de las luchas populares, pues, en cuanto medio masivo de comunicacin, capaz de quebrar el monopolio de la palabra impresa, incorpora, por primera vez en la historia humana, a los analfabetos. La radio restituye la oralidad all donde la aristocrtica lecto escritura sealaba una frontera social y cultural.

Por ello, no parece, en absoluto, casual que las ltimas palabras de Allende hayan sido proferidas, precisamente, a travs de las ondas radiales. Con su ltimo discurso se cerraba todo un captulo de la cultura y la poltica en nuestro pas. Salvador Allende se dirige en sus ltimos discursos a los trabajadores, a las mujeres y a los jvenes, sabiendo que su voz se instalaba, ya para siempre, en el imaginario histrico social de un pueblo entero. En este sentido, se trata de un discurso profundamente lcido, en tanto entiende que no se trata de un sacrificio en vano, sino de un acto histrico y poltico que anuda un tiempo futuro con ese trgico presente que ser para las nuevas generaciones un presente diferido. Se advierte aqu una sutileza, al afirmar que le anima una fe en Chile y su destino, literalmente confina la accin de la junta militar a los estrechos lmites de su presente.

Las ltimas palabras de Allende acusan explcitamente a la junta militar de los sublevados. Las palabras son definitivas y absolutas: felona, cobarda y traicin. Esta denuncia del presidente Allende es, en efecto, el castigo moral que como la marca de Can llevaran consigo estos uniformados durante el resto de su existencia. Finalmente, la acusacin de Salvador Allende recae sobre un sector de la sociedad chilena que renuncia a la democracia en defensa de sus privilegios: Estas son mis ltimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no ser en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, ser una leccin moral que castigar la felona, la cobarda y la traicin.

2.- Augusto Pinochet: Las Cmaras quedarn en receso hasta nueva orden!

El general Augusto Pinochet es el rostro de una junta militar que llega con el estigma de haber asaltado el poder. Las primeras declaraciones del dictador se transmiten por televisin en blanco y negro, indicando que una nueva etapa comenzaba. Entre las primeras medidas de la junta militar se consigna el receso obligado de toda actividad poltica en el pas, incluidas ambas Cmaras del poder legislativo.

El golpe militar en Chile, como est muy bien documentado, fue financiado y preparado desde Washington como parte de su estrategia mundial de Guerra Fra que ese mismo ao inclua el retiro de Saign. De hecho, durante los sucesos del mismo once de septiembre, varios navos estadounidenses estaban en las inmediaciones de Valparaso, como parte de la operacin UNITAS. Recordemos que fue en este puerto donde comenz el alzamiento militar.

La figura de Augusto Pinochet es aquella del antagonista, aquella del general que traiciona la confianza que haba depositado el presidente Allende en su comandante en jefe, un archivillano arrancado de una antologa de terror. Si la estatura de su traicin ya lo instala en el fango de lo deleznable, las atrocidades que siguieron a su ascenso al poder, decenas de miles que fueron vctimas de asesinatos y torturas, solo ratifica su perfil: uno de los grandes criminales de la historia.

En algn momento, sus seguidores de extrema derecha quisieron compararlo con el hroe de la independencia Bernardo OHiggins. Se lleg al ridculo de que fuese el mismo dictador quien se auto proclam Director General, usurpando para s el ttulo del libertador de Chile. Lo grotesco del argumento es que lejos de la austeridad y patriotismo de OHiggins, Augusto Pinochet se enriqueci en el poder y al momento de su muerte le sobrevivieron suculentas cuentas bancarias en el extranjero.

Augusto Pinochet pasa a la historia como otro dictador latinoamericano que arrastr a las fuerzas armadas a traicionar a un gobierno constitucional para servir los intereses de una potencia extranjera, alejndolas de todo patriotismo para convertirlas en verdugos de su propio pueblo. La derecha ha convertido a los uniformados, hasta el presente, en garante de sus privilegios e instrumento represivo de sus compatriotas. Todava resuenan los ecos de hace cuarenta aos, la voz de Allende dirigida a su pueblo: Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que sern perseguidos, porque en nuestro pas el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente; en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando las vas frreas, destruyendo lo oleoductos y los gaseoductos, frente al silencio de quienes tenan la obligacin de proceder. Estaban comprometidos. La historia los juzgar.

3.- Pinochet y la derecha hoy

La muerte del dictador fue una muerte impune para vergenza de nuestras instituciones y del gobierno de Eduardo Frei Ruiz Tagle y su canciller Jos Miguel Insulza, actual secretario general de la OEA. La muerte del nonagenario dictador fue el punto de partida para un pinochetismo sin Pinochet Todos los cmplices, civiles y uniformados, activos y en retiro, se han atrincherado en partidos de derecha, disfrazados de demcratas y los ms descarados en organizaciones fantasmas que lucran con el pretexto de salvaguardar lo obra del extinto general.

Lo cierto es que la obra del dictador sigue en pie y se llama Carta Constitucional, de ella deriva todo el andamiaje poltico institucional que legitima el orden econmico neoliberal en el llamado modelo chileno Hasta la fecha, los partidos de derechas han actuado en defensa de los intereses empresariales, impidiendo reformas sustantivas a un modelo que hace posible una distorsin de la voluntad popular en cada eleccin, la entrega de las riquezas bsicas del pas a capitales extranjeros y el enriquecimiento de una minora en desmedro de sueldos miserables para los ms.

La herencia de la dictadura se respira con fuerza en La Moneda y se llama autoritarismo. Su expresin es la represin a los movimientos estudiantiles o a las luchas del pueblo mapuche, entre otros. A cuarenta aos de aquel fatdico once de septiembre, el pueblo chileno no ha recuperado una democracia digna de tal nombre. A cuarenta aos del golpe de estado, muchos de los criminales de entonces siguen impunes, llegando a la desvergenza de rendirle homenajes a Augusto Pinochet como burla a las vctimas sobrevivientes, todo esto con la anuencia de un gobierno que posa de demcrata liberal.

El pinochetismo sin Pinochet es el rostro hipcrita de los candidatos de la derecha que medran de las ddivas empresariales para reciclar un modelo tan arcaico como injusto. La derecha aspira a seguir jugando con su baraja marcada, para ello propone nuevos rostros cuyas sonrisas no logran disimular la mueca de codicia y desdn hacia un pueblo que anhela nuevos rumbos. Tal como lo advirtiera Allende hace cuarenta aos en nuestro pas el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente, y persiste como una peste entre nosotros, como una simulacin de democracia y como una amenaza muy real.



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