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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 08-02-2013

Tnez
El asesinato del dirigente de izquierdas Chukri Belaid: final prematuro o nuevo comienzo?

Santiago Alba Rico
Cuarto Poder


Sin querer forzar un paralelismo engaoso, podramos decir que el asesinato en Tnez del abogado y lder marxista Chukri Belaid evoca uno de los momentos de mayor tensin de la transicin espaola: la matanza de Atocha en 1977, punto de inflexin y aceleracin en la des-re-composicin del rgimen. Es de entrada, si se quiere, un punto de inflexin mental y cultural, pues los tunecinos estaban acostumbrados a morir en las comisaras o en enfrentamientos con la polica, pero desconocan el terrorismo y la violencia poltica. Eso explica sin duda esa extraa suspensin del nimo colectivo, entre el terror sagrado y el escalofro histrico, que domina desde ayer, de arriba abajo, a toda la sociedad tunecina. Pero un punto de inflexin tambin porque, como escribe Elyes Jouini, la vacilante transicin tunecina, a pesar de divergencias y retrocesos, haba sabido permanecer ejemplar en el sentido de que se articulaba esencialmente en torno a un debate entre polticos, entre polticos y sociedad civil, entre sociedad civil y militantes. El asesinato de Chukri Belaid marca el fin de la ejemplaridad tunecina, lo que sin duda justifica tambin la rabia y desnimos compartidos.

Este crimen constituye asimismo, sin ninguna duda, un punto de aceleracin, aunque la direccin de la misma debe decidirse en los prximos das en el juego de las fricciones -y las pasiones- polticas. El primer asesinato poltico de la democracia tunecina ha generado un consenso unnime en las declaraciones oficiales: el partido Nahda, los otros dos partidos de la troika gobernante, el presidente Marzouki, el primer ministro Jebali, el jeque Ghanouchi y, por supuesto, todas las fuerzas de oposicin han condenado una accin monstruosa que quiere sumir el pas en el caos y la violencia e interrumpir el proceso democrtico. Pero, quin quiere este precipicio? La respuesta a esta pregunta, all donde de pronto la violencia armada ha pasado a primer plano, quiebra todos los consensos y profundiza una fractura alimentada por todos los partidos sin excepcin, abre un potencial sumidero de confrontacin civil infinita e invoca la intervencin de redentores involucionistas.

Quin ha sido? Quin ha matado a Chukri Belaid? Casi todos creen ya saberlo sin esperar a las investigaciones policiales, que por distintos motivos consideran escasamente fiables. Para unos es evidente la responsabilidad directa o indirecta de Nahda, el partido islamista en el gobierno, y fundan sus acusaciones, a veces irresponsables, en las propias denuncias de la vctima y en la innegable ligereza con que el gobierno ha afrontado las agresiones salafistas. Para otros sera ms bien la mano negra del antiguo rgimen, duea entre bastidores de las palancas de un aparato de Estado casi intacto, la que estara maniobrando, con la colaboracin poltica de Nid Tunis, el partido heredero de la dictadura, para poner fin a la revolucin tunecina. Ambas partes sin duda apoyan en un asidero de razn un elefante de delirio; y son los elefantes, y no los asideros, los que dominan la escena. En Tnez hay un fascismo marginal de corte islamista, nutrido de sinceras conversiones juveniles y de viejos delincuentes regenerados, bien financiado y bien armado, que el sector ms reaccionario de Nahda ha consentido y a veces utilizado. Y hay tambin un fascismo clsico, compuesto de sectores empresariales y elementos policiales, muy activo en las sombras y a la luz del sol. Un reciente trabajo de investigacin periodstico publicado en Nawaat revelaba un mundo subterrneo de compraventa de armas y listas negras de rivales polticos en el que se cruzaran, de un modo confuso, miembros de Nahda y empresarios de la oposicin. Hay que decir, en todo caso, que es ms probable el retorno del antiguo rgimen a travs de una bien modulada estrategia de la tensin que el establecimiento de una teocracia por parte de una violenta minora islamista. Por la sencilla razn de que en Tnez hay mucha ms gente sedienta de seguridad y estabilidad que de sharia.

No sabemos si Nahda -o un sector de Nahda- quiere imponer una dictadura islmica; lo que deberamos saber es que no puede. Y deberamos saber tambin que Nahda -o al menos un sector de Nahda- sabe bien que no puede. Esta conciencia, junto al desgaste sufrido en el ejercicio de gobierno, debera servir para poner al partido islamista a cubierto de acusaciones precipitadas que llaman a la violencia y la confrontacin civil, que es el efecto buscado por los planificadores y ejecutores del asesinato de Chukri Belaid. La pregunta a quin beneficia el atentado debera alargarse y modificarse un poco: a quin beneficia un partido islamista acorralado, radicalizado, no atemperado por el roce del CPR y Ettakatul?. A quin beneficia la peticin del bourguibista Caid Essebsi de disolver la Asamblea Constituyente, peticin a la que se suman -llevadas por la lgica rabia- algunas voces desde la izquierda?

Nahda tiene sin duda una gran responsabilidad poltica en ese atolladero poltico que la muerte de Chukri Belaid no permite ya prolongar. Paradjicamente, su asesinato obliga a desbloquear la crisis de gobierno, pero ha desatado una de partido. Tras dos meses de negociaciones fracasadas, la decisin del primer ministro Ahmed Jebali de formar un consejo de ministros no partidista que gobierne hasta la celebracin de las prximas elecciones ha chocado con el rechazo tajante de su propia organizacin. Una gran fractura interna, hasta ahora oculta bajo la disciplina ms estricta, ha emergido a la luz del da. La muerte de Chukri Belaid, en este sentido, sera un poco menos intil si sirviera para depurar las filas islamistas, descolgando a ese sector ms wahabita de Nahda -con Ghanouchi a la cabeza- que la mayor parte del pueblo tunecino rechaza. Porque no habr nunca normalizacin poltica ni en Tnez ni en el resto del mundo rabe sin integracin y democratizacin del islamismo poltico.

Pero -sobre todo- la muerte de Chukri Belaid no habr sido vana si, como escribe el exdiplomtico Farhat Othman, sirve a modo de electroshock saludable para consolidar la democracia, y eso implica todo lo contrario de pedir la disolucin de las precarias instituciones emanadas de la revolucin: implica acelerar el establecimiento de estructuras independientes en materia de justicia, seguridad, libertad de expresin y contienda electoral; y de servicios pblicos que garanticen el bienestar y la libertad material de los ms necesitados, los que verdaderamente desencadenaron la revolucin.

Porque las preguntas sobre quin mat a Chukri Belaid o a quin beneficia su muerte no deben hacernos olvidar una anterior: a quin han matado. Los cuatro disparos que acabaron con su vida iban dirigidos a la coalicin de izquierda de la que formaba parte su partido, el Frente Popular, cuyo programa combina precisamente democracia y justicia social. No es verdad que su asesinato no haya generado un consenso ms all de las declaraciones oficiales. Hay un consenso casi sagrado de horror y rechazo a la violencia poltica. Un consenso tambin de respeto profundo por el martirio de Chukri Belaid y por su militancia social. Ese consenso inviste de una autoridad particular al Frente Popular y le exige tambin una particular responsabilidad. Hoy, el entierro del compaero asesinado y la solidaridad expresada a travs de la huelga general pueden marcar el pistoletazo de salida de una confrontacin civil infinita, pero tambin el comienzo de un desplazamiento natural de la sociedad tunecina hacia la izquierda.

Santiago Alba Rico. Escritor y filsofo. Su ltima obra publicada es B-52 (Hiru, 2012).

Fuente: http://www.cuartopoder.es/tribuna/el-asesinato-del-dirigente-de-izquierdas-chukri-belaid-final-prematuro-o-nuevo-comienzo/3903


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