En América Latina siguen avanzando las estrategias enfocadas en minería,
hidrocarburos y monocultivos, a pesar que esto significa repetir el
papel de proveedores de materias primas y de las resistencias
ciudadanas. Este modo de ser extractivista se expresa tanto en gobiernos
conservadores como progresistas. Pero como entre estos últimos se
esperaba otro tipo de desarrollo, esa insistencia se ha convertido en un
nudo político de enorme complejidad.
Para sostener el empuje extractivista se está apelando a nuevas
justificaciones políticas. Una de las más llamativas es invocar a los
viejos pensadores del socialismo, para sostener que no se opondrían al
extractivismo del siglo XXI, y además, lo promoverían.
Seguramente el ejemplo más destacado ha sido el presidente ecuatoriano
Rafael Correa, quien para defender al extractivismo lanzó dos preguntas
desafiantes: “¿Dónde está en el Manifiesto Comunista el no a la minería?
¿Qué teoría socialista dijo no a la minería?” (entrevista de mayo de
2012).
Correa redobla su apuesta, ya que además de citar a Marx y Engels, le
suma un agregado propio que no puede pasar desapercibido:
“tradicionalmente los países socialistas fueron mineros”. El mensaje que
se despliega es que la base teórica del socialismo es funcional al
extractivismo, y que en la práctica, los países del socialismo real lo
aplicaron con éxito. Si su postura fuese correcta, hoy en día, y en
América Latina, Marx y Engels deberían estar alentando las explotaciones
mineras, petroleras o los monocultivos de exportación.
Soñando con un Marx extractivista
Comencemos por sopesar hasta dónde puede llegar la validez de la
pregunta de Correa. Es que no puede esperarse que el Manifiesto
Comunista, escrito a mediados del siglo XIX, contenga todas las
respuestas para todos los problemas del siglo XXI.
Como señalan dos de los más reconocidos marxistas del siglo XX, Leo
Huberman y Paul Sweezy, tanto Marx como Engels, aún en vida,
consideraban que los principios del Manifiesto seguían siendo correctos,
pero que el texto había envejecido. “En particular, reconocieron
implícitamente que a medida que el capitalismo se extendiera e
introdujera nuevos países y regiones en la corriente de la historia
moderna, surgirían necesariamente problemas y formas de desarrollo no
consideradas por el Manifiesto”, agregan Hunerman y Sweezy. Sin duda esa
es la situación de las naciones latinoamericanas, de donde sería
indispensable contextualizar tanto las preguntas como las respuestas.
Seguidamente es necesario verificar si realmente todos los países
socialistas fueron mineros. Eso no es del todo cierto, y en aquellos
sitios donde la minería escaló en importancia, ahora sabemos que el
balance ambiental, social y económico, fue muy negativo. Uno de los
ejemplos más impactante ocurrió en zonas mineras y siderúrgicas de la
Polonia bajo la sombra soviética. Hoy se viven situaciones igualmente
terribles con la minería en China.
No puede olvidarse que muchos de esos emprendimientos, dado su altísimo
costo social y ambiental, sólo se vuelven viables cuando no existen
controles ambientales adecuados o se silencian autoritariamente las
demandas ciudadanas. Tampoco puede pasar desapercibido que aquel
extractivismo, al estilo soviético, fue incapaz de generar el salto
económico y productivo que esos mismos planes predecían.
Actualmente, desde el progresismo se defiende el extractivismo aspirando
aprovechar al máximo sus réditos económicos para así financiar, por un
lado distintos planes sociales, y por el otro, cambios en la base
productiva para crear otra economía.
El problema es que, de esta manera, se genera una dependencia entre el
extractivismo y los planes sociales. Sin los impuestos a las
exportaciones de materias primas se reducirían las posibilidades para
financiar, por ejemplo, las ayudas monetarias mensuales a los sectores
más pobres. Esto hace que el propio Estado se vuelva extractivista,
convirtiéndose en socio de los más variados proyectos, cortejando
inversores de todo tipo, y brindando diversas facilidades. Sin dudas que
existen cambios bajo el progresismo, pero el problema es que se repiten
los impactos sociales y ambientales y se refuerza el papel de las
economías nacionales como proveedores subordinados de materias primas.
La pretensión de salir de esa dependencia por medio de más extractivismo
no tiene posibilidades de concretarse. Se genera una situación donde la
transición prometida se vuelve imposible, por las consecuencias del
extractivismo en varios planos, desde las económicas a las políticas
(como el desplazamiento de la industria local o la sobrevaloración de
las monedas nacionales, tendencia a combatir la resistencia ciudadana).
El uso de instrumentos de redistribuciones económicas tiene alcances
limitados, como demuestra la repetición de movilizaciones sociales. Pero
además es costoso, y vuelve a los gobiernos todavía más necesitados de
nuevos proyectos extractivistas.
Es justamente todas esas relaciones perversas la que debería ser
analizada mirando a Marx. El mensaje de Correa, si bien es desafiante,
muestra que más allá de las citas, en realidad, no toma aquellos
principios de Marx que todavía siguen vigentes para el siglo XXI.
Escuchando la advertencia de Marx
Marx no rechazó la minería. La mayor parte de los movimientos sociales
tampoco la rechazan, y si se escuchara con atención sus reclamos se
encontrará que están enfocados en un tipo particular de emprendimientos:
a gran escala, con remoción de enormes volúmenes, a cielo abierto e
intensiva. En otras palabras, no debe confundirse minería con
extractivismo.
Marx no rechazó la minería, pero tenía muy claro donde debían operar los
cambios. Desde esa perspectiva surgen las respuestas para la pregunta
de Correa: Marx distinguía al “socialismo vulgar” de un socialismo
sustantivo, y esa diferenciación debe ser considerada con toda atención
en la actualidad.
En su “Crítica al programa de Gotha”, Marx recuerda que la distribución
de los medios de consumo es, en realidad, una consecuencia de los modos
de producción. Intervenir en el consumo no implica transformar los modos
de producción, pero es a este último nivel donde deberán ocurrir las
verdaderas transformaciones. Agrega Marx: “el socialismo vulgar (…) ha
aprendido de los economistas burgueses a considerar y tratar la
distribución como algo independiente del modo de producción, y, por
tanto, a exponer el socialismo como una doctrina que gira principalmente
en torno a la distribución”.
Aquí está la respuesta a la pregunta de Correa: Marx, en la América
Latina de hoy, no sería extractivista, porque con ello abandonaría la
meta de transformar los modos de producción, volviéndose un economista
burgués. Al contrario, estaría promoviendo alternativas a la producción,
y eso significa, en nuestro contexto presente, transitar hacia el
post-extractivismo.
Seguramente la mirada de Marx no es suficiente para organizar esa salida
del extractivismo, ya que era un hombre inmerso en las ideas del
progreso propio de la modernidad, pero permite identificar el sentido
que deberán tener las alternativas. En efecto, queda en claro que los
ajustes instrumentales o mejoras redistributivas, pueden representar
avances, pero sigue siendo imperioso trascender la dependencia del
extractivismo como elemento clave de los actuales modos de producción.
Esta cuestión es tan clara que el propio Marx concluye “Una vez que está
dilucidada, desde ya mucho tiempo, la verdadera relación de las cosas,
¿por qué volver a marchar hacia atrás? Entonces, ¿por qué se sigue
insistiendo con el extractivismo?
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Huberman, L. y P. Sweezy. 1964. El Manifiesto Comunista: 116 años después. MonthlyReview 14 (2): 42-63.
Marx, K. 1977. Crítica del Programa de Gotha. Editorial Progreso, Moscú.
- Eduardo Gudynas es investigador en CLAES (Centro Latino Americano de Ecología Social).
Fuente:
http://alainet.org/active/61470