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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 14-02-2013

Valientes para matar, cobardes al morir

Igor Goicovic Donoso
Rebelin


Las imgenes de un grupo de marinos chilenos entonando canticos xenfobos colocaron nuevamente en discusin las tensiones que cada cierto tiempo enfrentan a los gobiernos de la regin. Efectivamente las heridas abiertas por la Guerra de Pacfico (1879-1883) y las inequidades establecidas en los diferentes tratados suscritos con nuestros vecinos alimentan tanto la justa reivindicacin (como por ejemplo el derecho de Bolivia a un acceso soberano al mar), como viejos y artificiales rencores. De esta manera, y cada cierto tiempo, situaciones como la protagonizada por los marinos chilenos permiten instalar nuevamente en el escenario pblico la polmica entre los gobiernos y el aparente encono entre e los pueblos.

Pero cabe preguntarse Qu hay detrs de esta cacofona wagneriana? No mucho si pensamos en el conflicto armado de tipo interestatal. Lo caones dejaron de tronar con Bolivia el 26 de mayo de 1880, tras la batalla del Campo de la Alianza; mientras que con Per el ltimo enfrentamiento militar se registro en el llamado combate de Huamachuco del 10 de julio de 1883. Es decir los combates cesaron hace ms de 132 aos. No est dems sealar que con Argentina nunca hemos sostenido una guerra formal. Por el contrario, buena parte de los esfuerzos militares que concluyeron con la Independencia de Chile, como las batallas de Chacabuco (12 de febrero de 1817) y Maip (5 de abril de 1818), tuvieron como principales protagonistas (tanto en la tropa como en la oficialidad) a militares cuyanos. Al punto que el primer Presidente de la Repblica de nuestro pas fue un argentino, Manuel Blanco Encalada (1826). Tampoco est dems decir que los llamados pases civilizados, o de manera ms clara, los pases de capitalismo avanzado, sostuvieron durante el siglo XX dos guerras que alcanzaron connotaciones mundiales: La primera entre 1914 y 1918 y la segunda entre 1939 y 1945. Sumados ambos conflictos se alcanza la cifra de aproximadamente 80 millones de muertos; el 40% de ellos civiles desarmados. Mientras que los 4 aos de la Guerra del Pacfico dejaron como saldo la prdida de 15.000 vidas entre todos los beligerantes. Los guarismos no admiten comparacin y el afn obsesivo de nuestras autoridades por alimentar el rencor entre los pueblos no tiene ninguna justificacin. No se trata de olvidar, minimizar o pretender negar la existencia del conflicto; por el contrario no se debe dejar de explicar a nuestros pueblos que la guerra existi y que la motivacin fundamental de la misma fue la apropiacin de la renta salitrera. Como tampoco se debe dejar de enfatizar que este tipo de enfrentamientos fratricidas no tiene ninguna justificacin y nuca ms se deben volver a repetir. De esta manera se avanza efectivamente hacia una cultura de la paz que coloque en el centro de la preocupacin de los sistemas educativos el respeto por el otro y la bsqueda colectiva de estrategias de desarrollo para nuestros pueblos.

Pero tampoco se debe obviar, como lo hacen sistemticamente los gobiernos, los medios comunicacin de masas y los sistemas educativos, que los ejrcitos de nuestros respectivos Estados, formados para defender los intereses de las oligarquas locales y del capital transnacional, han desplegado sistemticamente la violencia contra sus propios pueblos a lo largo de toda la historia de nuestras repblicas. Y los efectos demogrficos, sociales, culturales y econmicos han sido mucho ms devastadores que los conflictos interestatales sobre los cuales se centra la atencin y la preocupacin.

Haciendo un recuento somero se puede establecer que las guerras interoligrquicas por la organizacin y control del Estado verificadas durante el siglo XIX, se llevaron a cabo reclutando de manera forzosa a campesinos, indgenas y trabajadores. La resistencia frente a este tipo de reclutamiento era generalmente castigada con la ejecucin sumaria; a la par que los ejrcitos movilizados construan su intendencia expoliando al mximo los recursos de los trabajadores agrcolas.

De la misma manera las manifestaciones ms radicales de resistencia de los campesinos e indgenas frente a las compulsiones elitarias, como las montoneras y el bandolerismo, fueron brutalmente reprimidas. Las comunidades campesinas que las protegan eran destruidas, sus habitantes expulsados de sus tierras y los integrantes de las bandas eran ejecutados, siendo sus cuerpos desmembrados y expuestos pblicamente para escarmiento de los dems. As, los emergentes ejrcitos de las Repblicas americanas iniciaron su primer ejercicio formativo, en la prctica histrica de la brutalidad y el genocidio contra sus propios pueblos.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX, los gobiernos de las Repblicas Oligrquicas, fuertemente influidos por el ideario Positivista y en especial por una de sus vertientes, el Darwinismo Social, inauguraron la fase expansiva del capitalismo agrario. Los ejrcitos nacionales se desplazaron hacia las zonas de frontera: La Patagonia en Argentina, la Araucana en Chile, la sierra en Per, las Yungas en Bolivia, los Sertones en Brasil, etc. Las comunidades indgenas y campesinas que los habitaban fueron violentamente despojadas de sus tierras y sus pueblos reducidos a una lgica concentracionaria (las reducciones) o aniquiladas si oponan resistencia. La violencia oper como el principal mecanismo de sometimiento: Quema de rancheros, asesinatos de hombres, mujeres y nios, desplazamientos masivos de poblacin, etc. El proceso civilizatorio y modernizador, con el cual el capitalismo se abri camino en nuestras tierras se hizo a sangre y fuego; y una vez ms, los ejrcitos nacionales demostraron especial eficacia en el ejercicio de la brutalidad contra sus propios pueblos.

A fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, la fase expansiva del capitalismo industrial a escala global estimul un incipiente proceso de modernizacin de las actividades fabriles en la regin. Tanto en Buenos Aires, como Crdoba, Rosario, Lima, Santiago y Valparaso, se experiment un importante desarrollo de las actividades manufactureras. De la misma manera, la minera del salitre en Chile, del cobre en Per y del estao en Bolivia, alcanzaron un notable auge. As, en torno a los polos industrial y minero se inici el desarrollo y formacin de la clase obrera y junto con ella del movimiento de trabajadores. Pero las reivindicaciones obreras de este perodo fueron tambin violentamente reprimidas por las fuerzas represivas de los Estados latinoamericanos. Las matanzas de trabajadores han dejado una huella indeleble en la memoria colectiva del movimiento obrero regional: La matanza de la Escuela Domingo Santa Mara de Iquique (Chile, 1907), La Patagonia Trgica (Argentina, 1920-1921), la masacre de Unca (Bolivia, 1923), la matanza de Trujillo (Per, 1931). En todos y cada uno de estos episodios y en otros de similar naturaleza, las tropas regulares de los ejrcitos oligrquicos dispararon a mansalva contra trabajadores inermes o mal armados. Los cuerpos de los asesinados eran apilados en tumbas clandestinas, mientras que sus dirigentes eran fusilados sin juicio previo. Tras la matanza los comandantes a cargo de la represin eran regularmente promovidos a jerarquas superiores o distinguidos con medallas por el cumplimiento de sus deberes militares. De esta manera, la impunidad se comenzaba a internalizar como un privilegio de los que defienden el poder en nombre de las clases dominantes.

El ciclo histrico comprendido entre 1930 y 1960 estuvo jalonado en la regin (con la excepcin de Chile), por una serie de gobiernos militares o autoritarios, que ejercieron la represin cada vez que la estabilidad de sus respectivos gobiernos estuvo amenazada: Es el caso de las dictaduras de Germn Busch y de Ren Barrientos en Bolivia; Luis Miguel Snchez y Manuel Odra en Per; y Jos Felix de Uribur y Pedro Eugenio Aramburu en Argentina. En Chile, si bien se mantuvo la estructura formal de una democracia, la represin tambin arreci cuando los trabajadores se movilizaron. Esto ocurri habitualmente en el contexto de las huelgas generales convocadas por los trabajadores, como en Santiago en 1946, en abril de 1957 en Santiago y Valparaso, y en mineral de El salvador en 1966. En esta etapa, el ejercicio de la violencia por parte de las fuerzas represivas del Estado declin en intensidad, pero no ces definitivamente.

El triunfo de la Revolucin Cubana en 1959 estimul ampliamente el desarrollo de las luchas populares en Amrica Latina. Al calor del ejemplo caribeo, miles de trabajadores, campesinos y estudiantes, se movilizaron en pos de la conquista del poder y de la construccin del socialismo. Las dcadas de 1960 y 1970 estuvieron marcadas por el ascenso de las luchas populares y revolucionarias. La lucha armada, como expresin superior del desarrollo del movimiento revolucionario, alcanz su apogeo en esta fase. No obstante, una serie de golpes de Estado, inaugurados en Brasil en 1964 y continuados en Bolivia (1971), Uruguay (1973), Chile (1973), Per (1975), Ecuador (1976) y Argentina (1976), restablecieron a los militares en el ejercicio directo del poder. Esta vez fundando su liderazgo poltico en la Doctrina de la Seguridad nacional, que relevaba como principal adversario al enemigo interno, es decir al campo popular y a las organizaciones revolucionarias. Este diseo ideolgico se operacionaliz a travs de la Estrategia de Contrainsurgencia, que sancionaba la aniquilacin de dicho enemigo interno. A partir de este momento las ejecuciones sumarias, la tortura, las detenciones y desapariciones, el exilio y el confinamiento y la prisin poltica, se convirtieron en los instrumentos de represin y control ms recurridos por los militares y las policas de seguridad. La matanza, en esta fase, se llev a cabo con mayor sofisticacin y saa.

Es por lo anterior que, ms all del carcter chapucero de la manifestacin de los marinos chilenos, se hace importante develar la naturaleza represiva de los contingentes militares latinoamericanos. Efectivamente han matado, han fusilado y han degollados (y la verdad sea dicha, han cometido bastantes tropelas ms); pero no lo han hecho contra sujetos armados que en igualdad de condiciones estn dispuestos a enfrentarlos y repelerlos; han llevado a cabo estas acciones contra personas de sus respectivos pueblos desarmados e inermes. Lo han hecho con saa, alevosa y una gran cobarda. No hay valor ni herosmo detrs de sus campaas de pacificacin, slo felona y vileza. Es ms, enfrentados al juicio de la Historia y ocasionalmente al juicio popular, demuestran cuan bajos son. Algunos, para intentar justificar sus acciones, apelan (al igual que los nazis en Nuremberg, 1946), a la verticalidad del mando (slo obedecamos rdenes); otros se escudan en su senilidad (no me acuerdo, ocurri hace tantos aos); y no faltan los que demandan polticamente el olvido y la impunidad (hay que olvidar el pasado). Todos pierden sin pudor el coraje que ostentaban cuando asesinaban trabajadores, violaban mujeres o torturaban a nios. Todos, sin excepcin, han demostrado ser valientes para matar, pero cobardes al morir.

 

Quilpu, febrero de 2013

 

 


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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