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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 15-02-2013

La Plaza Tahrir est muerta, pero la Revolucin no
ltimas chispas de la Plaza Tahrir

Andre Vltchek
CounterPunch

Traducido del ingls para Rebelin por Germn Leyens


EL CAIRO. La Plaza Tahrir est oscura, y de repente interminablemente triste. Todava hay incontables carpas en medio de la rotonda, oriflamas que ondean al viento, incluso un pequeo y provisorio Museo de la Revolucin. De vez en cuando se puede or, como si fuera un eco de tiempos pasados y gloriosos, msica apasionada y los discursos ardientes de los manifestantes. De cuando en cuando las chispas de la antigua euforia estallan en un delicado y breve fuego artificial solo para acabar disolvindose en la noche.

Pero no es la misma Plaza Tahrir que atrajo a multitudes electrizadas hace dos aos. Ahora, las miradas son sospechosas y hay poca confianza. Hay un temor omnipresente en toda la plaza; demasiado miedo, demasiado

La mayor parte de la bondad y la solidaridad se han evaporado, y lo que las reemplaz es horripilante. Las pandillas locales desarrollaron tcticas precisas que les permiten aislar a mujeres solas entre la multitud a las que arrastran a las carpas y espacios abandonados y las violan brutalmente. Ya ha ocurrido en varias ocasiones en las ltimas semanas.

Muchos negocios de los alrededores de laplaza han sido saqueados, algunos repetidamente. Las pandillas insultan y acosan a los periodistas, de hecho a cualquiera con una cmara, a cualquiera que haga preguntas. Despus de la puesta de sol, a menudo soy la nica persona de aspecto extranjero que trabaja en el rea de la Plaza Tahrir.

No! grita inquietantemente un muchachito, penetrndome con sus mirada adulta y criminal. Precisamente cuando dirijo mi cmara hacia el alto muro que corta en dos el centro de la ciudad protegiendo la embajada de EE.UU. S que mostrar debilidad sera mortal y me acerco al muchacho, apartndolo literalmente de mi camino. Retrocede y grita algunos sonoros insultos. Unos segundos despus toda una pandilla de entre 10 y 14 aos comienza a rodearme, tirndome de las mangas, golpeando mi chaquetn. Lo hacen durante casi un minuto. Sigo trabajando. Los ignoro. Entonces intervienen algunos manifestantes adultos y genuinos.

El olor nauseabundo de la orinaest por doquier. La basura cubre la plaza. Sola estar relativamente limpia; el orgullo de la Revolucin. Ahora todo est sucio, basura por todas partes.

EE.UU. est involucrado, no cabe duda, explica mi amigo el doctorMohammed Shafik. Antes de volver a la plaza, estamos arrellanados en la sala psiquitrica en la que cumple su turno de 24 horas. Atiende a los pacientes, pero durante su trabajo bebemos caf, discutimos de Egipto y mis informes que quiere traducir al rabe.

EE.UU. no dice de forma indirecta: Tuvisteis vuestra revolucin, vuestras elecciones; tenis vuestros partidos polticos, contina el doctor Shafik. Ahora consumid! Y votad cada 4 aos a partidos que no os representan en absoluto EE.UU. ha estado apoyando a la Hermandad Musulmana y a los liberales, incluido El-Baradei. Incluso ayud a sacar del camino a Mubarak. Mientras la oposicin no tenga un mensaje social fuerte, EE.UU. estar satisfecho con el cambio de rgimen. Y con la Hermandad Musulmana el sistema de libre mercado est garantizado. Incluso llevaron en avin a EE.UU. a dos dirigentes de la Hermandad; uno de ellos es Khairat El-Shater.

Pero est todo perdido?

En Tahrir probablemente s, pero no en todo Egipto.

Las masas que se mueven de aqu para all parecenfragmentadas. El viernes es su gran da, pero a estas alturas la mayora de la gente est extenuada y confusa. Unosjvenes pintan grafitis. Las ilustraciones de las pareces dada vez son ms violentas: muestran a personas con disparos en la cabeza, parte de sus mandbulas ha desaparecido. El optimismo ha desaparecido: las heridas sangrientas y aterradoras se han convertido en los tpicos mostrados por el arte contemporneo. El martirologio est de moda, pero no es inventado; es real. Hay pinturas y fotos de los mrtires de la revolucin. Los que murieron, los que murieron jvenes, los que murieron muy jvenes. Por lo menos 59 personas resultaron muertas en la ltima ola de violencia, y todos saben que la cantidad real es muy superior.

Pregunto al seor Ali, un pintor local sentado a la entrada al Museo de la Revolucin qu pasar ahora?

Mubarak, los militares y la Hermandad Musulmana son lo mismo, responde melanclicamente. Y la Hermandad Musulmana mantieneestrechos vnculos con Israel y EE.UU. Mubarak, est ahora en prisin, encerrado por un cuarto de siglo por asesinar gente. Y qu? Mursi se hizo cargo! Ahora el que efecta la matanza es l.

La gente vot por l, digo.

La mitad, s. Un 51%. Y las elecciones fueron una farsa. Pero incluso si no fueron una farsa, se sabe que la gente en Egipto no est formada no sabe pensar en trminos polticos. La Hermandad result elegida, s. Pero una vez que comenzaron a asesinar a la gente, desde el punto de vista tico, su mandato expir!

Espero a mis amigos de la organizacin de los Socialistas Revolucionarios.

Mientras filmo y fotografo la escena, se me acerca una mujer y comienza a gritarme: Quin eres? Cul es tu nacionalidad? Para quin trabajas? Le doy mi tarjeta pero sigue gritandosin molestarse en leerla. Quiere insultarme, no saber.

Un anciano con los dientes podridos viene por detrs: Piensa que usted es un espa israel Es periodista? Quiere entrevistar a El-Baradei?

No, replico sarcsticamente. Y si fuera Khaled Ali, del movimiento sindical?

Buena idea! Puedo organizarlo. Puedo organizar a Mursi, El-Baradei y Khaled Ali. Tengo contactos en todas partes. Soy el director del museo. Todos me conocen aqu; mi nombre es Magdy.

S quin es. No soy nuevo en el lugar. Magdy es dueo de una galera que sola vender papiros falsos a los turistas. Exageradamente la llaman el Museo del Faran. Es una institucin bastante grande y Magdy es un gran embaucador. Pero me queda un poco de tiempo antes de la llegada de mis amigos, de modo que le pregunto: Seor Magdy, qupasa en la Plaza Tahrir? Sola ser un sitio tan alegre, tan lleno de esperanza

Es diplomtico. No est ni a favor ni contra los manifestantes: La gente de Egipto no tiene educacin. No sabe lo que quiere. No tiene la menor idea de lo que es una verdadera revolucin.

Y usted lo sabe, seor Magdy? Sabe lo que es una verdadera revolucin?

Me lanza una sonrisa astuta, un poco torcida. Vamos a mi museo", dice, finalmente.

Adis, seor Magdy, le hago un gesto. Maldice por lo bajo.

Y luego llegan mis amigos. Tres hombres y dos mujeres todo sonrisas, determinados, honestos, puros. Todos son jvenes; son socialistas, todos educados y todos entregando sus vidas a la Revolucin de manera incondicional.

No son demasiado optimistas; ven claramente los monumentales desafos que los esperan. Todos viven en El Cairo excepto Manal, quien acaba de volver de Londres donde trabaja para un importante peridico rabe.

Le hago la misma pregunta: Qu pas en la Plaza Tahrir?

Cambi, responde con una triste sonrisa. Desde que me fui, hace solo unos meses, ha cambiado. Ahora es sombra. Tenamos muchas esperanzas despus de nuestra Revolucin, pero ahora hay mucha vioencia en la sociedad egipcia. Y es una violencia muy peligrosa, sin reglas. Antes la polica usaba la fuerza contra los civiles. Ahora los civilen se atacan entre ellos. Existe en algn lugar algo muy sucio; algo terrible. Hay fuerzas ocultas. Y mire la direccin del ejrcito: la violencia que est utilizando contra nosotros es incluso peor que la que aplicaba Mubarak.

Nos detenemos en un caf local. Los jvenes estn indignados por la coberturaque hacen de Egipto de los medios de comunicacin occidentales. Es un desastre total, especialmente lo que propaga la BBC. Actan como si no estuvieran familiarizados con el Islam y su cultura. Han adoptado ntegramente la terminologa de Mursi. Llaman matones a los manifestantes. Lo confunden todo, generalizan

Antes de partir del hospital pregunt al doctor Shafik quines ocupan ahora la Plaza Tahrir.

Se encogi de hombros: Nosotros izquierdistas pero tambin partidarios de Mubarak que ahora protestan contra Mursi y la Hermandad Musulmana Hay agentes del servicio secreto por doquier. Hay pandillas as como gente comn y corriente, que simplemente expresa sus agravios contra la Hermandad

Miro a Manal y luego miro a su amigo Ahmed, de dos metros de alto.

Oigan, digo. De alguna manera nada me convence, aqu텔

Se dio cuenta Tahrir ya no existe; est destruida. Ya no es el smbolo de nuestra Revolucin.

Vayamos al Palacio entonces, sugiero.

Manal acaba de volver de Londres. Est cansada. Estamos todos cansados, exhaustos. Dudaunos segundos, pero luego asiente con la cabeza.

Tomamos un minivan destartalado y nos metemos dentro. Cada vez somos ms; el grupo crece rpidamente. Jvenes hombres y mujeres cantan al unsono, bromean y se burlan. Nos fotografiamos, nos damos palmadas en la espalda y alentamos a los que parecen tener miedo.

Antes sola preguntar si nuestras revoluciones latinoamericanas tenan alguna similitud con la Revolucin de Egipto. Ahora no tengo que preguntar; lo veo con mis propios ojos. Esa gente, mis nuevos compaeros, esta joven vanguardia egipcia, es tan valiente y abnegada como la que derrib los regmenes derechistas de Bolivia, Venezuela y Ecuador.

Mientras Egipto cae en el caos, mientras la brutalidad, la deshonestidad y la inmoralidad asolan la capital y las provincias, mientras la desesperanza se convierte en violencia, transito por las calles de El Cairo con un grupo de revolucionarios valientes.

Estos jvenes, murmura la seora Wesam, hermana de Manal, lucharon por Egipto desde los primeros das de la Revolucin; desde hace dos aos. Nunca dejaron de hacerlo. Y nunca dejarn de hacerlo.

Hasta la victoria final, sonro.

La luz del van parpadea. Las sirenas afuera allan. Y de repente llegamos a Helipolis.

Hay neumticos que arden y las explosiones lejanas rasgan la noche.

Oculta tus cmaras, me dicen. Hay francotiradores por todas partes. Mataron a nuestro amigo un periodista directamente frente al Palacio.

En la interseccin absolutamente oscura, un anciano rodeado de un pequeo grupo nos tiende las manos.

Su hijo fue asesinado por el rgimen de Mursi, dice Manal, con la voz grave. Tiene que estar afuera con la gente. De otra manera su dolor es insoportable

Abrazamos al hombre y vamos hacia el palacio, siguiendo los rieles del tranva, hacia el fuego y las explosiones. Fotografo ambulancias y una escena espectacular, una bandera egipcia que ondea frente al fuego.

Miles de manifestantes se mueven como fantasmas, a lo largo y lo ancho de la avenida. No quiero utilizar el flash; es peligroso para los manifestantes; los destellos del flash provocan reacciones indeseables de las fuerzas armadas. Pero sin usarlo, incluso a la velocidad de 2,500, todo sale demasiado oscuro.

De repente omos gritos. Provienen de adelante y miles de personas corren hacia nosotros. No tengo idea de lo que sucede: por un momento pienso que el ejrcito est enviando tanques o que los policas han comenzado a utilizar municin de guerra, como vi que lo hicieron en Port Said solo unos das antes.

Estn lanzando gas lacrimgeno, grita Wesam.

Gas lacrimgeno? Me pregunto. He cubierto docenas de conflictos y guerras en todo el mundo; el gas lacrimgeno es definitivamente una de las cosas menos atemorizantes que se pueden enfrentar en una zona de conflicto. Estoy un poco desilusionado, incluso molesto ante la rapidez y determinacin con la que escapa la multitud.

Y entonces lo siento. El gas Primero un poco, mientras penetra en mi nariz y en mis ojos. Despus me llega una dosis total. Comienzo a maldecir. Casi pierdo el equilibrio, casi me desmayo. Qu diablos es esto? pienso. No es un gas lacrimgeno como en Per o Indonesia; no es una suave mezcla chilena. Ni siquiera es lo que aspir en las orillas del Nilo, el 28 de enero de este ao. Esto es monstruoso, potente y letal!

Doy un traspi, recupero el equilibrio y vuelvo atropezar. Ahmed me lanza su toalla. La aprieto contra la nariz. Ayuda un poco.

Cabrones! grito.

Es venenoso y cancergeno, estamos haciendo anlisis en el laboratorio, explica alguien, mientras huye. Nos estn envenenando

Recuerdo lo que me dijeron, muchos manifestantes son jvenes doctores, ingenieros y maestros.

Un chaval se ha desmayado, grita Ahmed, medio indignado, medio riendo. As que sus amigos comienzan a reanimarlo, pero al abrir los ojos dos cartuchos de gas lacrimgeno estallan a su lado y vuelve a desmayarse Llvenselo! les grito.

Es un drama y una fiesta. Las calles laterales estn repletas de gente. Ahmed y sus amigos forman un crculo, se abrazan y comienzan a saltar y cantar: Nos gusta cantar a nuestros queridos amigos muertos: Mursi, Mursi, Mursi!

La noche no ha hecho ms que empezar. Ms tarde, en El Cairo y en las provincias, casi 100 manifestantes son arrestados y 120 resultan heridos. Los detenidos en Egipto frecuentemente sufren torturas. Algunos desaparecen.

Bien entrada la noche caminamos hacia la estacin del metro. Estamos cansados y hambrientos, pero seguimos bromeando. Ahmed y sus amigos juegan, persiguindose los unos a los otros, hacindose los locos. Nuestro grupo es como un rayo de luz en la deprimente oscuridad de esta ciudad en decadencia.

La Plaza Tahrir est muerta; ya no es el smbolo de la Revolucin.

Pero esa noche en El Cairo comprend que aqu no han derrotado la Revolucin, que nunca la derrotarn, que continuar hasta la victoria final.

Tambin comprend que es hora de dejar de hacer preguntas estpidas sobre la falta de liderazgo en este pas. Hay lderes fuertes Khaled Ali y otros y hay una slida agenda socialista encarnada en los diversos grupos que participan en esta Revolucin. Las batallas no se librarn de la misma forma que en Bolivia o Venezuela. Egipto no es Latinoamrica. Pero se libran y se seguirn librando, se harn las cosas y todos los que podamos ayudar debemos hacerlo. Porque esos valerosos hombres y mujeres que encontr en las calles de El Cairo, lo sepan o no, estn luchando por Egipto y por el resto del mundo oprimido, el mundo aplastado por el imperialismo.

En junio de 2012, en mi debate con Noam Chomsky, expres mi escepticismo respecto al futuro de las revoluciones rabes. Estaba equivocado. Noam me escuch y luego dijo: Hace dos dcadas la situacin en Latinoamrica era terriblemente deprimente. Nunca se habra pensado que la gente vendera en esos pases, que lograra lo que ha logrado ahora. Es el mismo caso ahora en los pases rabes.

Que este artculo sea un rquiem a la Plaza Tahrir. Pero que no sea un rquiem desesperanzado y triste. Un sitio ha cado, pero la lucha contina!

Hace dos aos la gente vino aqu, a Tahrir, a luchar por un mundo mejor contra una brutal dictadura pro occidental. Las personas estaban dispuestas a arriesgar su vidas, a sacrificar sus puestos de trabajo y su rutina diaria.

En algn momento ganaron, o les dijeron que haban ganado. En realidad fue una ilusin. Un hombre renunci pero el sistema sobrevivi.

Entonces la Plaza se convirti en algo parecido a un viejo roble; un sitio de cuento de hadas, como un espacio al que la gente va a recordar, a sentir tristeza y nostalgia por sus corazones henchidos de orgullo, por todos los hermosos sueos que nunca se cumplieron.

Como amantes cuyo amor est prohibido por su clan o su familia, los viejos revolucionarios siguen viniendo a repetir en murmullos sus deseos ms ntimos e incumplidos, a renovar sus juramentos; a lamentar, a llevar mensajes y depositarlos en la seguridad del tronco hueco del rbol imaginario. Despus de todo, cmo olvidar toda esa euforia, esa repentina expectativa, una promesa de un futuro mejor que colore durante unos meses ese impenetrable gris con los brillantes colores de la primavera?

La rebelin, la Revolucin, todo suceda hace solo dos aos, incluso hace solo un ao, y para algunos hace unos meses. Y para casi todos los que combatieron aqu y soaron con un mundo mejor, parece que todo ocurri ayer...

Algunos dicen: "y de repente todo se acab. Todo cambi. La esperanza agoniz y muri lentamente. La cancelaron como se cancela unadireccin secreta de correo electrnico que contena todo el universo que daba sentido a la vida". As nada ms la esperanza desapareci; se apag. El vaco que vino despus fue mucho peor que la clera que llev a la gente a las calles hace dos aos. La esperanza traicionada es lo ms terrible que se pueda imaginar; ms vale vivir en la oscuridad toda una vida que ser envuelto por el resplandor unos instantes y luego volver a las tinieblas.

Pero s, y mis amigos lo saben, que no se ha perdido todo. Simplemente no es posible. No importa su brevedad, el sueo era demasiado hermoso; vala la pena vivir y luchar por l. Todava puede volver; tiene que volver y volver. Se cometiron errores y result muy daado, pero lo principal se mantiene intacto.

Mis ojos arden y mis pulmones se retraen despus de aspirar demasiado gas venenoso. Pero la brillantez del pueblo que lucha incansablemente por un Egipto mejor, me hizo quedarme despierto toda la noche y escribir este simple artculo, el relato de un testigo presencial.

Una vez ms las prisiones de Egipto estn llenas. Los hospitales estn desbordados de hombres y mujeres heridos. Pero la lucha, el "proceso" contina; no muere. La Plaza Tahrir ha muerto, pero la revolucin se fortalece.

Andre Vltchek ( http://andrevltchek.weebly.com/ ) es novelista, cineasta y periodista de investigacin. Ha cubierto guerras y conflictos en docenas de pases. Su libro sobre el imperialismo occidental en el Sur del Pacfico se titula Oceania y est a la venta en http://www.amazon.com/Oceania-Andr-Vltchek/dp/1409298035 . Su provocador libro sobre la Indonesia post Suharto y su modelo fundamentalista de mercado se titula Indonesia: The Archipelago of Fear , http://www.plutobooks.com/display.asp?K=9780745331997 . Recientemente produjo y dirigi el documental de 160 minutos Rwandan Gambit sobre el rgimen pro occidental de Paul Kagame y su saqueo de la Repblica Democrtica del Congo, y One Flew Over Dadaab sobre el mayor campo de refugiados del mundo. Despus de vivir muchos aos en Latinoamrica y Oceana, Vltchek vive y trabaja actualmente en el Este de Asia y frica.

Fuente: http://www.counterpunch.org/2013/02/12/last-sparks-from-tahrir-square/

rCR



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