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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 15-02-2013

Del sacrificio al cinismo: el mundo como mercanca

Arturo Borra
Rebelin


La economa poltica del sacrificio no significa otra cosa que la produccin de una economa de la carencia articulada a una economa del excedente (1). El sujeto sacrificial, sustrado de la penuria a la que condena al Otro, es beneficiario de un sistema de prebendas y corrupcin estructural que lo hace, literalmente, indiferente ante el sufrimiento ajeno. No se trata de un mero desvo o perversin sistmica; al contrario: estas prcticas son constitutivas del capitalismo.

As pues, el sacrificio que exige el neoconservadurismo tiene una dimensin necesariamente encubridora: su retrica del ajuste infinito exime a los poderes econmico-financieros y poltico-institucionales de lo prescripto. A nivel nacional, mientras sus defensores exigen cada vez nuevas renuncias colectivas en nombre de la austeridad, transfieren recursos pblicos billonarios a la banca privada, sostienen los privilegios institucionales de la monarqua, el parlamento y la iglesia catlica y prosiguen con un saqueo estructural que nadie parece poder (o querer) detener, como no sea mediante la movilizacin permanente de los propios damnificados. De forma ms global, las polticas del expolio convierten a diversos gobiernos nacionales en meras agencias de un capital trasnacional concentrado, completamente fuera de control. Aunque los modos de operacin de esta gobernanza corporativa mundial son mltiples, en cualquier caso estn ligados entre s por la disposicin ilimitada a sacrificar crecientes masas marginales, en simultneo a la consolidacin de un proceso extraordinario de acumulacin econmica y de un frreo rgimen de control ideolgico que adquiere de forma paulatina un cariz totalitario.

Si el sacrificio en el mundo trgico supona an una tica heroica (en la que el protagonista estaba dispuesto al autosacrificio en nombre de un bien mayor), en este caso se trata de una tica cnica, en la que el sujeto sacrificial sabe de sobra el mal que produce y, sin embargo, no desiste de provocarlo en nombre de un bien privatizado. El carcter sagrado del sacrificio, ligado a un sentido religioso, queda reconfigurado de forma radical: la sacralizacin de una metafsica (o un evangelio) mercantilista. El sometimiento a un gran Otro ya no se hace en nombre de una donacin incondicional sino del clculo de un rdito. La rendicin a los mercados convertidos en autoridad que sanciona la legitimidad de los sacrificios (recortes, privatizaciones, reforma laboral, reforma de pensiones, salvatajes financieros, amnista fiscal, desahucios, restriccin en el acceso a prestaciones sociales y al sistema sanitario, etc.) no se hace en funcin de una conviccin profunda en el bienestar general sino en la conveniencia particular de sus mandatarios. El devenir-dios del mercado instala una dogmtica en la que la ofrenda nunca ser suficiente.

En un doble movimiento, el discurso neoconservador por una parte resemantiza el sacrificio como frmula para reequilibrar un sistema econmico supuestamente marcado por el derroche y por otra parte no hace otra cosa que desequilibrar ms todava una formacin social sobre-endeudada, multiplicando tanto las desigualdades socioeconmicas como las asimetras culturales. La falsa fatalidad de estas decisiones, invocada como remedio ante un mal infinitamente mayor, produce una sociedad polarizada. En nombre de la libertad de mercado se reproduce una autntica servidumbre poltica: la lgica de lo ineludible reduce de forma brutal otras alternativas polticas a la nada.

En estas condiciones, la consolidacin de un estado de excepcin tiene un sentido preciso: ser garante de unas polticas que habitualmente encontrarn resistencias populares ms o menos organizadas. La liquidacin ideolgica de lo poltico, manifiesto como tecnocracia, se transforma en una gestin de la crisis orientada a restablecer la rentabilidad privada de los grandes grupos econmicos, incluyendo los sectores de la banca, la industria blica o las empresas de seguridad.

En sntesis, el actual bloque hegemnico hace un uso cnico del sacrificio para legitimar una de las mayores transferencias de recursos pblicos a manos privadas: en tanto ideologema instala como inexorable la apropiacin indebida de la riqueza social por parte del sistema financiero y las grandes corporaciones trasnacionales. Apenas hace falta insistir en que no hay ningn lmite interno al capital que pueda detener esta conversin espectral del mundo en una mercanca de gran magnitud. Forma parte de la estructura del capitalismo globalizado reclamar nuevos sacrificios para los otros mientras custodia sus ingentes beneficios privados.

Un sacrificio as institucionalizado, por ms que se empecine en mistificar el crimen como cosa inexorable, apenas puede ocultar su carcter apcrifo. Se trata, ante todo, de un juego de mscaras, producto de un supuesto pecado original o un exceso precedente: la indisciplina, el derroche improductivo, el consumo excesivo de las clases populares, la falta de hbitos de ahorro, etc. El peso muerto de la historia termina aplastando millones de vidas, mientras los presuntos redentores de la humanidad estn convirtiendo el mundo en un desierto. Lo que anacrnicamente es llamado primer mundo est asediado por todas partes. Exceptuando las elites mundiales -y slo hasta cierto punto, en la medida en que logran encapsular el riesgo- nadie est a salvo. El mundo como escombrera se desborda cada da: el dique de los estados-nacin hace tiempo ha reventado y ha dado lugar a un juego sin ms ley que la que establecen nuestros amos sin rostro.

Las diez plagas que menciona Derrida (2) no cesan de multiplicarse: i) el paro en mercados desregulados, ii) la exclusin masiva de ciudadanos sin techo, iii) la guerra econmica sin cuartel intracomunitaria e intercontinental, iv) las contradicciones entre mercado liberal y proteccionismo de los estados capitalistas, v) la agravacin de la deuda externa y sus efectos en la propagacin del hambre, vi) la industria y comercio de armamentos, vii) la extensin incontrolable de armamento atmico, viii) las guerras intertnicas en sentido amplio, ix) el poder creciente de las mafias y el narcotrfico y x) el estado del derecho internacional dominado por estados-nacin particulares. A esas plagas habra que agregar al menos otras tantas: xi) la expansin de la corrupcin estructural extendida en instituciones econmicas y polticas fundamentales, xii) la peligrosa primaca de la economa financiera por sobre la economa productiva, xiii) el relanzamiento del neocolonialismo (nuevas guerras, asesinatos selectivos, detenciones ilegales, torturas, intervenciones humanitarias, etc.), xiv) la institucionalizacin del estado policial (y la correlativa suspensin selectiva de los derechos humanos), xv) la propagacin de proyectos tecno-militares no convencionales a escala mundial de alcance impredecible (drones, geoingeniera y nanotecnologa militar, ciberterrorismo, etc.), xvi) el fortalecimiento de los oligopolios mediticos, el creciente control informativo y la falta de diversificacin de las industrias culturales masivas, xvii) la destruccin irreversible del medioambiente, xviii) los dficits estructurales de una democracia parlamentaria dominada por el bipartidismo, xix) la consolidacin de las alianzas entre estados y corporaciones trasnacionales y xx) la escalada del racismo y la xenofobia, especialmente en Europa y EEUU.

El inventario necesariamente es incompleto. Lo decisivo es el efecto global que producen en nuestro mundo social actual, intensificando la represin de lo poltico como instancia democrtica en la que lo social dirime sus conflictos. Al respecto, es pertinente preguntar si este proceso no est conduciendo a la mundializacin de un rgimen de control que difumina (sin disolver de forma completa) la distincin entre democracia y totalitarismo. Tanto la fabricacin en serie de sujetos confinados a la categora de sobrante estructural como la persecucin jurdico-policial de la alteridad sealan en esa direccin.

 

Ante los escombros del capitalismo, sus responsables centrales responsabilizan a quienes son aplastados o sobreviven bajo ellos. La argamasa ideolgica del sistema, elaborada en una multiplicidad de instancias institucionales, empezando por los massmedia, se monta sobre una coartada: los damnificados no existen. Slo es una cuestin de competencias (en su doble acepcin de capacidad individual y lucha interindividual sujeta a las reglas de mercado) [3].

Ahora bien, qu clase de sacrificio es ste que sustrae lo propio de la condicin de sacrificabilidad, incluso si para ello debe construir un blindaje de impunidad? No es precisamente esa sustraccin la que revela la estructura apcrifa de este sacrificio? La respuesta es positiva: se trata de un pseudo-sacrificio. No est a la altura de la exigencia infinita de darlo todo, incondicionalmente.

En suma: la retrica sacrificial no slo es ticamente inconsecuente, sino polticamente devastadora (4). Esta inconsecuencia devastadora hace manifiesta su estructura cnica. Dicho de otra manera: s de sobra que aquello que elevo a universalidad es la mscara de un inters particular y, an as, lo hago. Es exactamente la frmula del cinismo que Sloterdijk plantea: lo saben y aun as lo hacen (5). El presupuesto de esta prctica reflexiva es que el Otro no importa o, peor aun, que es despreciable.

Tanto los idelogos neoconservadores como los defensores de la socialdemocracia constituyen ejemplos de este cinismo ilimitado en el que vivimos y tanto ms lo son cuanto ms llaman a una confianza en el futuro, al consuelo venidero, al abanderamiento en una esperanza metafsica resguardada (o separada) de la historia del presente. La sociedad del sacrificio es una sociedad de la catstrofe: hasta el arrase se plantea como una oportunidad de negocios.

As pues, en el actual umbral histrico, la crtica al neoconservadurismo ha de articularse a una crtica de la economa poltica ms general. El devenir catastrfico en nombre de un presunto sacrificio necesario forma parte del cinismo extendido a nivel mundial. Sabemos de sobra que la posibilidad de una inclusin social satisfactoria es nula en las condiciones del presente. Eso no impedir que los planes sigan su curso indiferente. La periferia interior del capitalismo cubre zonas cada vez ms extensas del planeta e instituye la realidad de ciudadanas perifricas. No hay posibilidad alguna de transformar esa realidad si no subvertimos tanto la economa poltica que la sostiene como la cultura cnica que la hace concebible a nivel tico-poltico. Investigar de forma crtica ese cinismo hegemnico es parte de la tarea interminable de imaginar una sociedad en la que el goce no asiente en el crimen.


Notas:

(1) Falta y exceso no son simples trminos de una contradiccin lgica; estn coimplicados de forma indisoluble como consecuencia de un antagonismo de clase que, en las condiciones del presente, no hace sino agravarse.

(2) Derrida, Jacques (2012): Los espectros de Marx, Trotta, Madrid, pp. 95-98.

(3) Lo social queda reducido a un escenario de competicin y las desigualdades a meros efectos de esfuerzos diferenciales, esto es, a consecuencias naturales de la divisin entre ganadores y perdedores. La interpretacin meritocrtica, desde luego, tiene que ocultar de forma sistemtica las condiciones materiales de actuacin, marcadas por asimetras radicales de poder. En esta lectura, los jugadores que conocen las cartas marcadas (los que hacen trampa) son aceptados como legtimos ganadores.

(4) El proceso de pauperizacin social que afecta a una parte creciente de la poblacin mundial es una consecuencia necesaria de una economa poltica semejante. Jvenes y personas mayores, discapacitados y dependientes, desahuciados y desempleados, inmigrantes y refugiados, vctimas de la violencia de gnero o de la homofobia: todos forman parte del ejrcito subalterno potencialmente sacrificable.

(5) Para un abordaje histrico-filosfico del cinismo, puede consultarse Sloterdijk, Peter (2003): Crtica de la razn cnica, Siruela, Espaa.



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