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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 19-02-2013

Hacia una geopoltica del mar

Rafael Bautista S.
Rebelin



Una lectura geopoltica no es una poltica de Estado; pero sita a sta y le proporciona los mrgenes posibles de accin segn la disposicin cartogrfica que le brinda un determinado contexto regional y global. La geopoltica nace de leer polticamente el espacio (en cuanto geografa leda en trminos estratgicos), pero leer polticamente el espacio proviene del hacer autoconsciente un proyecto determinado; porque todo proyecto constituye el horizonte utpico donde descansa la posibilidad misma de la poltica.

De ese modo, una poltica de Estado se constituye en la objetivacin de la autoconsciencia que un pueblo ha producido en cuanto proyecto de vida. El proyecto es lo que da sentido a toda lectura. En consecuencia, no hay posibilidad de hacer una lectura geopoltica sino dentro de un proyecto poltico determinado (que es siempre el propio).

Esta distincin lgica nos permite despejar las confusiones. Porque no es lo mismo una lectura que puede ser un diagnstico y un proyecto. Ahora bien, en el caso nuestro, la ausencia centenaria de una poltica de Estado en torno al mar tiene que ver, no slo con la ausencia de proyecto sino, sobre todo, con la ausencia de proyecto propio; es decir, la ausencia de Estado nacional es la consecuencia de la ausencia de proyecto propio. Puesto que la nacin es un proyecto poltico, la ausencia de producir nacin se traduce en la ausencia de producir Estado. Por eso, lo que hay, no es ms que un Estado aparente. Ese es el retrato poltico de una Estado colonial. Incapaz de producir nacin, su devenir consiste en adaptarse del mejor modo posible (que es casi siempre el peor) a las circunstancias que suceden siempre al margen de ste.

En ese sentido, la prdida del acceso al mar no es slo imputable al usurpador sino a un Estado seorial-oligrquico incapaz de producir nacin; si el Estado es apenas el botn de una casta, se entiende el carcter antinacional de sta y, en consecuencia, la precoz inclinacin hacia intereses ajenos. Si despus de la derrota militar prosigue la resignacin diplomtica, una patologa del Estado republicano boliviano debiera dar cuenta del porqu de esa suerte de entreguismo vocacional, del argumentar contra s mismo para beneficio del enemigo. El juicio al Estado colonial que pretenda la Asamblea Constituyente tena esa importancia: una refundacin del Estado tiene sentido si se ha comprendido la patologa del Estado que se quiere superar.

De qu nos sirve ahora aquello? Nos sirve para sealar los resabios seorialistas que an perviven como patologa estatal. Porque si de derecho hablamos haciendo mencin a las palabras de nuestro presidente en la reunin de la CELAC, requerimos fundar nuestro derecho al mar en algo ya no slo consistente, en lo formal, sino coherente con el proyecto propuesto, o sea, con el contenido propositivo que rene a la nueva disponibilidad plurinacional.

Los resabios seorialistas persisten en producir legitimidad de modo vertical, es decir, por dominacin. El derecho moderno-liberal consiste en ello, y Chile es su fiel reflejo, por eso el plenipotenciario Abraham Kning, en 1900, justificaba la usurpacin de nuestro Litoral en este sentido: Chile ha ocupado el Litoral y se ha apoderado de l, con el mismo ttulo que Alemania anex al Imperio la Alsacia y la Lorena; nuestro derecho nace de la victoria, la ley suprema de las naciones. Todos los tratados admitidos desde esta posicin declaran que el derecho lo impone el vencedor.

La lgica jurdica parte de una situacin de facto que funda toda jurisprudencia, en este caso, el derecho que da la victoria. Lo que hace Kning y lo que siempre ha hecho Chile es fundar su derecho en el factum de la victoria; desde all se entiende que la derrota no proporciona derechos. Desde Locke esto se conoce como estado de guerra, la declaracin de la inhumanidad del enemigo; eso le sirve al Imperio Britnico para justificar el genocidio de los indios de Norteamrica. En ambos casos, la violencia se descubre como fundamento del derecho liberal moderno.

Ahora que exponemos ya no una reivindicacin martima sino nuestro derecho soberano al mar, en qu fundamos ese derecho? Si el derecho nace del factum de la victoria, entonces hablamos de una legitimidad (y su consecuente legalidad) de modo vertical. La legitimacin de modo vertical sucede por dominacin y parte de la violencia fundacional que afirma el derecho como patrimonio privativo de quien detenta el poder. El vencedor afirma su pretendido derecho en ese sentido, lo grave es que el vencido admita lo mismo.

Chile se constituye como Estado militarista porque frente a Per y Bolivia no le quedaba otra opcin que la beligerante; por eso, aun hoy en da, no le conviene a Chile la unin de estos pases (desde su nacimiento como repblica, vea ya como amenaza lo que se explicit en la confederacin que propugnaba el mariscal Santa Cruz). Si en Chile prospera la legitimacin vertical, en Per y Bolivia sucede para la desgracia de ambos. En el caso nuestro, las prdidas territoriales son atribuibles a la casta seorial y no a la nacin, ya que sta no mereca siquiera existir en los planes de aquella. Perder territorio sin defenderlo es algo que carcome al espritu seorial, por eso no puede sino imprecar a la nacin toda de sus propias bajezas: perdimos el Litoral por carnavaleros (esa era su letana, para inculpar a la nacin toda su propia responsabilidad histrica).

Los que se hacen con el Estado post-guerra del Pacifico son precisamente quienes nunca lo defendieron: Arce y Campero; quienes junto a Baptista o Montes y hasta Moreno son los patricios de la ideologa seorial (por eso no es raro que hasta hoy en da se les rinda honores), que deposita en un chivo expiatorio todos sus oprobios: el indio.

La legitimacin de modo democrtico es lo que nunca se propusieron, porque en tal caso deban imponerse a s mismos el reconocimiento de la humanidad del elemento nacional. En consecuencia, los vecinos aprovechan no slo la dbil estructura estatal sino la propia ideologa seorial: para quien la nacin no merece existir, el pas mismo carece de sentido. Por eso no se trata slo de levantar el derecho sino de tomar conciencia de la necesidad de fundarlo en algo que vaya ms all y supere al derecho que esgrime el vencedor (y reafirma el vencido).

Porque se trata de dos proyectos distintos (uno fundado en la dominacin y el nuestro en la liberacin), tambin se trata de dos concepciones de derecho que necesitamos esclarecer, para que la argumentacin no slo sea solida sino muestre la incongruencia e insostenibilidad del otro.

El derecho que podemos argir no es un derecho emanado por constitucin, porque una constitucin no es sino tambin una convencin; es decir, no reclamamos nuestro derecho porque nuestra constitucin lo diga. Chile tambin deriva su derecho por constitucin y en sta, como en sus smbolos patrios, se lee: por la razn y por la fuerza. Una constitucin objetiva lo que ya se halla fundado y lo que se halla fundado es tambin el fundamento del derecho, que se expresa despus como ley de Estado.

Nuestros argumentos histricos sobran pero, ante la fuerza hecha razn de Estado, no valen. Slo otra fuerza podra oponrsele. Nuestro derecho al mar, no se funda en la posesin (que ya sera un argumento vlido, puesto que Atacama fue usurpada por una guerra que provoc el propio Estado chileno); por eso no es un derecho reivindicacionista (aunque algunos de nuestros ministros no sepan distinguir esto). Nuestro derecho tiene que ver, en primer lugar, con el derecho de todo pueblo a su continuidad territorial. Chile jams podra argir la previa presencia araucana o mapuche y menos espaola en el Atacama. La continuidad de pisos ecolgicos que provienen de la era precolombina, advierten la conexin geopoltica del altiplano con la costa, conexin que produjeron los aymaras (que aun existen en el norte chileno); aun hoy en da, el comercio del occidente boliviano baja hacia esos lados.

En el horizonte geogrfico de los altiplnicos se encontraba siempre la costa, y en el discurso de la espacialidad del territorio que produjeron los aymaras, la costa constitua la frontera natural para los pueblos andinos. Si la tierra y el territorio son esenciales para la vida de un pueblo, es porque ningn pueblo posee realidad sin su propio espacio y sin la conciencia de su propia espacialidad; pues el suelo desde el cual se levanta como pueblo es, por eso mismo, el suelo vital que le da realidad, porque complementa su propia existencia.

La guerra que inici Chile no tena afanes slo econmicos. Haba fines estratgicos, en este caso, geopolticos; lo cual se demuestra en los tratados posteriores a la guerra, como en el de 1904. En definitiva Chile se propona vivir a costa nuestra (con la complicidad de nuestra casta seorial), pues nos converta en doblemente tributarios, primero del mercado mundial y luego del uso obligado de sus puertos. Con eso aseguraba el desarrollo del norte chileno a costa de nuestra economa. La complicidad del Estado seorial-oligrquico consisti en depender siempre de la salida por puertos chilenos; por eso los tratados no hacan sino ratificar las ventajas que tena Chile ante la dependencia de un Estado que no buscaba ms salidas que las mismas (el botn chileno fue nuestra dependencia, por eso podan chantajear todo lo que quisieran, porque la vocacin seorial as lo permita).

Lo que antes era, y siempre fue, una libre conexin entre altiplano y costa, despus de la usurpacin se convirti en un muro jurdico-poltico que nos condenaba al encierro geopoltico (por eso no es metafrica la acepcin de enclaustramiento). El mercado mundial que naca, lo haca por el mar y Bolivia quedaba impedida de una concurrencia libre a ese mercado. Su condicin de doble tributario haca ms desgraciada la vida en su interior, puesto que los ingresos (en gran parte el propio tributo indgena) ahora deban costear aquel peaje inevitable que impona Chile. A ello hay que sumar, otra vez, gracias a la complicidad propia, la destruccin del comercio nacional por su supeditacin al comercio chileno. La consigna fue siempre vivir a costa nuestra. Chile aseguraba, de ese modo, el modo parasitario de su desarrollo.

Entonces, por ltimo, nuestro derecho proviene de algo anterior a todo discurso estatal: ningn pueblo puede vivir a costas y expensas de otro pueblo. Pretender fundar el derecho en esta injusticia, vulnera al derecho mismo; pues slo la vida es la fuente de todo derecho posible y, en consecuencia, el derecho slo puede nacer de la afirmacin de la vida, lo cual significa que la vida de uno No puede significar la muerte de otro. El pretendido derecho que postula un Estado a costa de la vida de todo un pueblo no constituye derechos sino es la violacin de todo derecho.

Por eso hace bien nuestro presidente en sostener que nuestra protesta no es por reivindicacin sino por derecho. Lo que estamos poniendo en evidencia, es la irracional pretensin de fundar el derecho en la conquista. Este es el contexto que nos sirve para proceder con una adecuada lectura geopoltica del contexto actual, en el cual podamos perfilar una determinada poltica de Estado referida al mar.

Nuestra lectura geopoltica tuvo al parecer eco en ambientes gubernamentales, lo cual nos mueve a argumentar de mejor modo las opciones (porque no basta que se repitan como consignas los argumentos y es mejor que expongan los argumentos quienes los han producido que quienes simplemente los repiten). La nueva disposicin geopoltica que va emergiendo en este nuevo mundo multipolar, nos proporciona un contexto, en el cual, sera posible estratgicamente remediar nuestra postracin (como ya dejamos sealado en nuestro libro: Pensar Bolivia del Estado colonial al Estado plurinacional. Volumen II). De las nuevas potencias emergentes, Brasil y China son las que nos interesan y con quienes ya debiramos generar las condiciones para establecer nuevas opciones.

Se habla ya de la integracin de dos nuevas potencias al grupo de los BRICS; una relativamente mediana pero de importancia geopoltica y geoestratgica: Turqua; la otra es Indonesia y su importancia no es slo econmica sino comercial, regional y tambin geopoltica. Los BRICS (que seran ahora BRICSIT) apuntan a una integracin que va ms all de la puramente econmica, lo cual ya se advirti con la inclusin de Sudfrica que, junto a India y Brasil, establecen la potestad de una ruta estratgica entre tres continentes. Brasil necesita una conexin efectiva con China para que aquella potestad estratgica sea definitiva. Bolivia tiene entonces importancia geoestratgica, pues es el corredor ideal que requiere Brasil para consolidar su conexin biocenica.

Nuestra tesis se enfoca en ese sentido. La biocenica aparece como una oportunidad geopoltica que nos permitira desplazar la importancia de los puertos chilenos y apostar a la creacin de un corredor de integracin econmico-comercial entre Brasil, Bolivia y Per. Involucrar al Per para nosotros es estratgico, pues por el potenciamiento del norte chileno, a costa nuestra, tambin el Per sufre la postergacin de su regin sur. Entonces es necesario insistir en el inters comn que representara nuestra apuesta. Lo cual significa no slo utilizar los puertos de Ilo o Matarani (como ya se seala inocentemente). Una autntica estrategia no acaba con el uso de puertos sino con una verdadera integracin econmico-comercial y sobre todo, geopoltica.

En toda reconfiguracin geopoltica las estrategias estatales pasan por asuntos de sobrevivencia de los pases. Lo que se evala es, en definitiva, un posicionamiento efectivo en esa reconfiguracin. Cuando Chile nos enclaustr, condicion nuestra integracin al mercado mundial a la supeditacin de sus propios intereses, es decir, geopolticamente nos anul.

La sobrevivencia nuestra en el nuevo mundo multipolar, pasa por una adecuada lectura geopoltica de la movible disposicin cartogrfica, donde los corredores geogrficos tienen carcter estratgico. La biocenica nos podra permitir un posicionamiento ms beneficioso, pues se trata de una conexin que la potencia vecina requiere, sobre todo sus Estados de Rondnia y Mato Grosso, adems de Sao Paulo, el polo de mayor exportacin del Brasil.

Bolivia es el corredor idneo de acceso al Pacfico. En ese sentido, nuestro pas necesita un uso geopoltico de su condicin de corredor geoestratgico, apuntando estratgicamente por dnde sale aquel corredor. Cuando de comercio se trata (tasas aduaneras, aranceles, peajes, etc.), a nadie se le ocurrira desestimar ser parte de semejante corredor. Apoyndonos en el hecho de ser la mayor parte del corredor, la decisin de direccionar la biocenica significa una decisin poltica, o sea de poltica de Estado. Por eso no se trata slo del uso de puertos sino de toda una estrategia que apunte a menguar la importancia de los puertos chilenos y el subsecuente potenciamiento de las regiones peruano-bolivianas involucradas en ese corredor estratgico.

Arica e Iquique dependen del comercio boliviano, pero en las condiciones que nos impuso el Estado chileno, esa dependencia se ha traducido siempre en dependencia nuestra. La mentalidad colonial de nuestro Estado jams apost a remediar aquella dependencia y nunca vio otro destino que sostener, a costa siempre nuestra, el desarrollo del norte chileno.

Usar la biocenica de modo estratgico tambin supondra un proyecto ms ambicioso: la integracin amaznica entre Brasil, Bolivia y Per. Lo cual podra hasta convertirse en un activo estratgico medioambiental que la regin podra presentar como respaldo de iniciativas globales de polticas para enfrentar la crisis climtica. Eso significara acercar al Brasil a nuestra poltica de defensa de derechos de la Madre Tierra. De este modo tambin perfilamos una nueva salida, hacia el Atlntico, por el Amazonas. Adems que la integracin estratgica no acaba all sino que proyecta, despertando la historia comn entre Per y Bolivia, la restauracin de la expansin incaica, lo cual incorpora al norte argentino en una nueva apuesta integracionista. Bolivia se presentara como centro neurlgico de toda esta nueva estrategia geopoltica. Lo cual nos coloca en una posicin atractiva en la regin y, adems, como conexin estratgica entre dos potencias emergentes, Brasil y China.

Todo esto no puede diluirse en un mero afn circunstancial sino que su explicitacin en poltica de Estado requiere hacerse doctrina estatal, lo cual significa hacerse ideologa nacional. La nueva disponibilidad que nace del contenido plurinacional del proceso constituyente, genera las condiciones propositivas para que el propio pueblo cambie su universo de creencias; por ejemplo, ese cuasi culto al producto extranjero es una de las mermas en la propia produccin nacional, en ese sentido, la revalorizacin de nuestra produccin necesita orientarse a un paulatino desplazamiento de los productos chilenos de nuestro mercado interno.

No podemos ms seguir concibiendo nuestro consumo como despotenciamiento nuestro. Slo restndole nuestro mercado a la produccin chilena, generaramos las condiciones para bajar la soberbia de su Estado, sin necesidad de trifulcas mediticas. A eso hay que aadir la apuesta estratgica de una biocenica que no tenga por destino los puertos chilenos. El futuro del norte chileno quedara comprometido, y su Estado en la necesidad de reconsiderar su obcecada intransigencia. Nuestro presidente desenmascar en la CELAC la inconsistencia de la postura chilena; pero eso no basta si no es acompaada por una poltica de Estado; lo cual significa moverse en toda coyuntura sin claudicar los propsitos de nuestra estrategia hecha doctrina estatal y asumida por el pueblo como ideologa nacional.

Todo esto significa una legitimacin de una nueva ideologa nacional por va democrtica y acabar con el actual empecinamiento de buscar aquello por va vertical. Lo cual descubre los resabios seorialistas que todava mantiene nuestro Estado (aunque ya se crea plurinacional). Una muestra de estos resabios lo encontramos en la caracterizacin del nuevo Estado que hace nuestro vicepresidente. En un artculo suyo sobre la Topologa del Estado (La Razn, 17-02-13), despus de celebrar la ocupacin territorial de la geografa, hecha por los andinos y amaznicos, destacando los cultivos en andenes, la diversificacin de las semillas, acueductos, depsitos estatales de alimentos, la creacin de lagunas artificiales, etc., subrayando que se trataba de una civilizacin que universaliz mtodos tecnolgicos avanzados que, segn l, corresponden a un tipo de Estado plurinacional antiguo (por no decir atrasado, lo cual ya destaca una visin eurocntrica); concluye en una descripcin de la territorialidad policntrica con la forma geomtrica de un heptgono con centro gravitante, que sera el nuevo Estado plurinacional, cuyos vrtices, el Chaco en el sur, Uyuni en el suroeste, el Mutn en el sudeste, San Buenaventura en el noroeste, Santa Cruz en el noreste, Cachuela Esperanza en el norte y el vrtice central en el trpico cochabambino, contienen como ncleos irradiantes de la economa, otra vez, las materias primas: el gas, el litio, el hierro, adems de hidroelctricas que comprometen el ecosistema y la agroindustria depredadora. Es decir, la universalizacin de las tecnologas en la produccin de antes, est bien para el pasado, pero para ahora seguimos nomas dependiendo de las materias primas y los recursos naturales no renovables. Es decir, otra vez, la visin seorialista del excedente en forma de extraccin y no de produccin, lo cual ha generado la tpica ideologa extractivista prototpica del Estado seorial-oligrquico.

Quien piensa de ese modo no comprende que el papel estratgico de las materias primas no consiste en fundar en stas la economa sino que toda economa se sostiene, en primera y ltima instancia, en garantizar su soberana alimentaria; esa es la materialidad ineludible de todo proyecto econmico. No hay riqueza alguna si no hay previamente aquella materialidad asegurada. Las materias primas juegan un papel estratgico, pero ninguna economa podra sostenerse, en el largo plazo, en recursos depletables, es decir, agotables. En la nueva disposicin geopoltica multipolar, a la cual tiende el mundo de hoy, las materias primas y los recursos energticos ya no estn para ofertarse como meras mercancas, pero la consigna de exportar o morir parece que persiste en nuestro gobierno (para pensar una primera revolucin industrial en nuestro suelo, nuestros recursos debieran ser vistos como el soporte del potenciamiento de una produccin, con su respectiva industria, genuinamente propia).

En las condiciones actuales, sostener nuestro supuesto desarrollo en la visin seorialista de la explotacin de todo lo que hay, no puede sino reafirmar el carcter estructural de una economa extractivista. Lo que se propona el antiguo Estado precolombino era algo ms sensato, pues, como dice nuestro vicepresidente, si la geografa es asumida por la organizacin material del Estado para verificar su soberana, sta jams puede sostenerse estratgicamente slo con las materias primas sino con una revolucin productiva que garantice, en el largo plazo, la soberana econmica. La produccin propia es la nica garanta de toda soberana.

Mientras aquel Estado antiguo priorizaba la produccin antes que la pura extraccin de materias primas, como fundamento de la economa, la nueva caracterizacin del nuevo Estado, persiste en el extractivismo, reiterando la apuesta que encandil a todas nuestras oligarquas: el excedente en forma de milagro. A esto llamamos la colonialidad de la poltica estatal. Aunque se parta de premisas ciertas, las mediaciones conceptuales que se halla para convertirlas en poltica, no hacen sino replicar lo que se pretende superar. Porque el horizonte no cambia, la poltica que se adopta, tampoco.

Una geopoltica del mar, hoy por hoy, no puede tampoco postularse desde las mismas creencias seorialistas. Nuestra definicin actual ya no puede replicar la forma en la cual se nos ha percibido, sino que pasa por una redefinicin del modo cmo nos percibimos de aqu en adelante. Si merecemos sobrevivir en el nuevo orden multipolar es porque tenemos un mensaje que el mundo entero necesita or. Ese es el acento revolucionario que tiene nuestro proceso de cambio. Si se critica la soledad de la posicin boliviana en contextos multilaterales (si estaba el presidente Chvez no hubisemos estando tan solos en la CELAC), acerca del reclamo martimo, tambin debiera criticarse la ausencia centenaria de posicin geopoltica que haya significado nuestra importancia en el contexto, por lo menos, regional. Ahora que se hace posible una nueva reconfiguracin global, no hay mejor contexto para inscribir soberanamente nuestra presencia, en un mundo nuevo. Si nuestras pretensiones pasan por acercar intereses comunes regionales a los nuestros, adems de ofrecernos como garanta de integracin hasta global, ya no estaremos tan solos.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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