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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 27-02-2013

Por una juventud sin arrugas

Gonzalo Sarasqueta
Rebelin


Se dicen que las nuevas generaciones sern difciles de gobernar. As lo espero. Alain

Fue un 19 de diciembre. Luego de una larga y tediosa siesta, la resaca los alcanz. Mucha pastilla atragantada. Mucho champagne barato. Mucho Miami sin bronceador. Pero son el despertador. Que se vayan todos, el primer bramido. Siguieron asambleas, al calor de Holloway y Negri. Se queran llevar todo puesto. No sirve nada, se quejaban. Despus frenaron un momento. Recapacitaron: no hay que tirar todo a la mierda. Algo sirve. Y, ah noms, desempolvaron, de un estante de sus viejos, Scalabrini, Jaureteche, Cooke, Sartre y Foucault. La juventud volva a la poltica. O la poltica volva a la juventud. Una duda que, banalmente, se disputan actualmente el kirchnerismo y la oposicin. No importa quin los invit a la fiesta, gente, lo importante es que vinieron. Punto y a lo importante.

A brindar: los chicos estn de vuelta. Las mesas de los domingos olvidaron la calma. Las universidades rebosan de militantes ansiosos por flamear banderas. En las redes sociales los mocosos convocan, protestan, disputan. Vuelve el tuteo a las instituciones. Retorna la provocacin al poder. En fin, la irreverencia, que le aporta tanta frescura a la poltica y le saca sus peores telaraas- lamentablemente no sus momias ms horripilantes que siguen deambulando por ah y ac-, ha regresado (para quedarse?).

Pero, hay un problema. O, mejor dicho, una deuda. Si bien es cierto que el primer paso, incorporar a este eslabn que contagia vitalidad y rebelda al tetris poltico, est dado, hay que avanzar. Madurar este logro. Se trata de ser ambicioso, democrticamente hablando. La juventud puede- y debe- comprometerse con una causa, en manos de un partido poltico, una ONG, un movimiento social, etc., eso est claro. Pero esa conviccin no debe confundirse con la sumisin o la condescendencia- ambas palabras peligrosas-, que ponen en riesgo la capacidad transformadora innata de cualquier joven.

Goethe deca que la juventud quiere ser estimulada mejor que instruida. Claro. Nada ms triste que un pas con una juventud domesticada. O s, un pas con una juventud conservadora, ventrlocua del poder. Y esto, lamentablemente, se est empezando a observar hoy en da en el pas. Chicos que confunden lealtad con sumisin. Adultos que prefieren soldados antes que militantes. Polticos golosos -y fracasados- que llaman traidor al crtico. Y otro cmulo de tergiversaciones que persiguen el pensamiento libre de los novatos.

Oficialismo y oposicin estn pregonando un trastorno peligroso y difcil de erradicar una vez que est enquistado: el T.A.C, trastorno de apoyo compulsivo. Jvenes que, con tal de ganarse la simpata de sus superiores o mentores, cumplen a rajatabla lo que se les ordena, olvidando la reflexin, el pensamiento. Copar un mitin, agraviar a tal opositor, aplaudir tal medida ignorando su contenido, defender a ultranza cualquier atropello, relativizar la pobreza, entre otros panes para ganarse al panadero. Slo as progresarn en la torre de marfil de la poltica argentina. La fidelidad a ciegas es el ascensor. La criticidad es el abismo, el vaco, la nada: el ostracismo. No hay matices ni segundas oportunidades. Es el derrotero que hicieron los que gobiernan. Su clave del xito. El legado maldito de cmo hacer poltica en estas tierras.

Si observan -vagamente- la realidad, notarn un gran paralelismo con los barones del conurbano. La lgica feudal es la misma: obediencia+silencio= premio y proteccin. En el mismo saco entran desde Julio Pereyra y Gustavo Posse, intendentes crnicos de Florencio Varela y San Isidro respectivamente, hasta los chicos de Franja Morada y La Cmpora. Qu se consigue? Jvenes con arrugas. Jvenes con las peores canas de la poltica criolla. Jvenes que empiezan a caminar en poltica con el bastn del clientelismo. Atrs, lentamente, van quedando los peros, las propuestas, la innovacin, la inquietud y la espontaneidad.

La gramtica poltica de los jvenes debe ser libre, sin dictados ni machetes. Ellos tienen que escribir su propia historia, con sus errores y sus aciertos. No imitar un pasado que, lamentablemente, poco tiene para ofrecerles. Y esto no implica una disconformidad crnica que ataque todo lo que se mueva -o se vote-, sino un sentido crtico permanente. Vivo. Atento. Sin miedo. Que les permita crecer y, a su vez, le sirva a la sociedad, porque su idealismo, en su virginidad ms plena, recuerden, por ms que lo acusen de intil o estril -toda sa historia conformista y mediocre-, es capaz de regenerar las clulas muertas de la democracia; de dejar todos aquellos vicios -clientelismo, corrupcin, pragmatismo- que atrofian la poltica y la convierten en un cadver gris que huele mal y espanta a las generaciones venideras.

 

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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