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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 23-03-2013

Captulo del nuevo libro Educacin Pblica: de [email protected] para [email protected]
La nueva Edad Media

Carlos Fernndez Liria
Editorial Bromarzo / Rebelin


Este artculo ha sido publicado en el libro Educacin Pblica: de [email protected] para [email protected], recientemente publicado por la Editorial Bomarzo, coordinado por Javier Diez y Adoracin Guamn. Como indica su subttulo, Las claves de la marea verde, el libro intenta ser una herramienta para las mareas ciudadanas que se enfrentan hoy da a la ofensiva neoliberal contra la educacin y la sanidad pblicas. En l han participado quince autores, profesores de primaria, secundaria y universidad. Los distintos artculos recogidos muchas veces no estn en absoluto de acuerdo entre s, pero todos tienen la voluntad de ser un instrumento til para la movilizacin social en defensa de enseanza pblica.

El proceso de destruccin del sistema de enseanza pblica ha adquirido en este ltimo ao un ritmo vertiginoso. Estn ocurriendo cosas que hemos ledo muchas veces que siempre les pasaban a otros, quin iba a pensar que un da nos llegara el turno a nosotros. Estamos ya sumidos en pleno auge del capitalismo del desastre -segn la tan exacta expresin de Naomi Klein en La doctrina del shock-, atrapados en un trituradora neoliberal que est destruyendo nuestra sanidad y nuestra enseanza pblica, empujndonos a un abismo que para otros ha sido siempre esa norma a la que llamamos tercer mundo. Creo -me temo- que dentro de poco tiempo el panorama habr cambiado tanto que no ser fcil recordar qu es lo que haba antes del desastre. Y ms difcil an ser identificar las causas por las que todo se vino abajo, as como todos los malentendidos, las mentiras y los sofismas que han acompaado a esta devastacin.

Me voy a centrar en uno de estos malentendidos.1 Aunque no sea ni mucho menos el ms importante, creo que se trata de una confusin -en la que tambin se mezclan algunas calumnias- que, a m personalmente, me impedira dormir ver que se deja caer en el olvido. La cosa podra resumirse en un dicho que circul con bastante xito en el marco de las luchas contra Bolonia y que -para mi sorpresa- haca rer a todo el mundo, incluso en ambientes que se consideraban de izquierdas: Por lo menos, Bolonia nos traer el capitalismo y terminaremos as con el feudalismo en la Universidad. Era una gracia miserable y miope, que encerraba una gravsima e irresponsable confusin. Una confusin que, por cierto, ha hecho muchsimo dao no slo en la Universidad, sino tambin en el mbito ms amplio de la enseanza secundaria y el bachillerato.

Porque Bolonia no ha terminado con la Universidad feudal, sino con lo que en ella quedaba de Ilustracin. Bolonia ha socavado las instituciones republicanas que articulaban la vida universitaria. Y en su lugar ha instaurado el reino de lo privado, lo que podramos llamar un nuevo feudalismo. Con el pretexto de acabar con la corrupcin feudal de las instituciones, ha acabado con las instituciones mismas, abriendo, adems, las puertas al salvajismo de los feudos ms corruptos y poderosos. Para combatir la corrupcin de algunos catedrticos (en lugar de hacer caer sobre ellos todo el peso de una Inspeccin de servicios decente), se ha puesto a la Universidad en manos del Banco Santander o de Inditex. Eso a lo que suele llamarse los agentes sociales, empresas, corporaciones, bancos, laboratorios farmacuticos, etc., no son, en definitiva, sino cogulos de economa privada que funcionan internamente como feudos incontrolables por la ciudadana.

Lo increble es que toda esta monumental estafa ha venido ataviada con una jerga izquierdista, vestida con todos los tintes antiinstitucionales de mayo del 68. Entre los pedagogos izquierdistas, los tecncratas disfrazados de pedagogos, los anarcocapitalistas a lo Esperanza Aguirre y los banqueros postmodernos (que, como Monti, consideran muy aburrido tener que trabajar en un sitio fijo con un contrato decente2), el asunto era siempre acabar con las instituciones republicanas de la Ilustracin y sustituirlas por recetas ms flexibles, imaginativas, creativas, ldicas, antijerrquicas, personales, motivadoras... Ni la escuela pblica -una de las ms gloriosas conquistas de la clase obrera- se ha librado de este salvajismo desconcertado. En lugar de admirar con asombro la dignidad y la belleza de esa institucin, que se mantiene en pie gracias a dcadas de luchas incansables de gente muy pobre y gracias, tambin, a la dedicacin y la generosidad de millares de profesores y profesoras amantes de su profesin, en lugar de defenderla y reivindicarla, se la consider una institucin disciplinaria, un aparato ideolgico de Estado, un dispositivo de vigilancia y castigo... Foucault, Deleuze, Bourdieu (incluso Althusser, aunque menos) se pusieron as al servicio de un tsunami neoliberal que no los necesitaba en absoluto, pero que no tard en apropiarse con mucho gusto de su jerga. Cuarenta aos despus, hemos contemplado estupefactos cmo el desmantelamiento de la Universidad pblica decretado por la OMC en 1999, se ha servido de la misma mana antiinstitucional para presentarse al pblico. Una vez ms, se trataba de suprimir las tarimas y las jerarquas, de suprimir, en suma, la diferencia entre saber y no saber.

En otros mbitos, desde luego, se fue mucho ms all y bien caro que lo vamos a pagar. No hay ms que recordar las ocurrencias foucaultianas en los aos setenta, abogando por superar la forma tribunal e incluso la diferencia entre inocente y culpable. Se lleg a perder hasta tal punto el norte de la cuestin que resultaba de lo ms de izquierdas hacer una apologa del linchamiento -como hace Foucault en Microfsica del poder- creyendo haber dado con la piedra filosofal que nos permitira convertir el Derecho en algo ms espontneo, popular y creativo.3 Destruyamos lo que hay y, despus, ya se nos ocurrir algo, declaraba Foucault. La primera parte del plan ya est a punto de cumplirse. Y lo malo es que no se nos ocurre nada. El capitalismo no nos va a consultar sobre lo que hay que poner en el lugar de la escuela la pbica, la seguridad social o el sistema estatal de pensiones.

Pero tanta rebelda contra las instituciones tuvo sus efectos. El resultado ha sido que, en los ltimos diez aos, incluso los votantes de izquierda han ido aceptando ms o menos sin rechistar la privatizacin de toda la gestin de las instituciones pblicas, con la consiguiente degradacin de las condiciones laborales que ello conlleva y la perversin de todo el orden de prioridades humanas que hay en juego. Tenemos ya un sistema de correos privado, una seguridad privada, una polica privada, unos ferrocarriles privados, una televisin privada, una justicia cada vez ms privada y una enseanza y una sanidad en la que lo privado no ha cesado de ganar terreno a lo pblico, hasta desembocar en el desastre actual. Es impresionante comprobar como esta reconversin mercantil, que ha destruido en una dcada el Estado del Bienestar y las garantas constitucionales ms elementales, flexibilizando todo el tejido institucional republicano a favor de las demandas mercantiles, se ha llevado a cabo ataviada con la famosa jerga sesentayochista (que nada tiene que ver con lo que realmente fue el 68, supongo que no es necesario insistir en ello). Se lograba, as, que nadie se atreviera a partir una lanza a favor del Estado, de la Escuela, de la Sanidad pblica, del Sistema Estatal de Correos y Telecomunicaciones, de los Ferrocarriles estatales, etc. El ejemplo de la Universidad es pavoroso: las rdenes de la OMC y el GATS para la comunidad acadmica fueron obedecidas con todo el entusiasmo del mundo por todos sus ministros, rectores, vicerrectores y directores generales de izquierdas, mientras los asesores pedaggicos y los expertos en educacin cantaban alabanzas como si se tratara de una gran ocasin para cambiar en general el modelo educativo, supuestamente disciplinario, obsoleto y conservador, o, en resumen, feudal. Y al final, sencillamente, han venido las derechas para rematar la faena y barrer los escombros.

As, pues, respecto a la Universidad, todo el mundo se subi al carro de la revolucin neoliberal. Excepto el movimiento estudiantil, que, paradjicamente, tuvo que volverse muy conservador. Como el desmantelamiento de la Universidad Pblica se vesta con los ropajes de una revolucin cultural y educativa, los estudiantes antisistema aparecan -para periodistas y autoridades acadmicas- como desconcertantemente conservadores. Acaso queran conservar la universidad feudal de toda la vida? Nadie pareca darse cuenta de que el modelo de universidad que estaba siendo salvajemente atacado no tena nada que ver con el feudalismo, sino con la Ilustracin. En cambio, las derivas feudales se iban a quedar como estaban. Y en el lugar de la universidad humboldtiana (lo que los documentos de la patronal4 llamaban el modelo europeo de universidad, contrapuesto al americano, mucho ms competitivo y flexible) lo que se nos vena encima era una contrarreforma feudal, protagonizada por esos nuevos feudos del siglo XXI que son las corporaciones econmicas. Los estudiantes, en efecto, han sido muy conservadores. El movimiento estudiantil ha sido muy consciente de que hay cosas que siempre hay que conservar a cualquier precio: la dignidad, por ejemplo. A la Universidad le corresponde la tarea de conservar a cualquier precio la dignidad de la ciencia, la dignidad de los estudios superiores. En lugar de ponerse al servicio de la sociedad, la Universidad debe ser con dignidad aquello que le corresponde ser, para que as la sociedad pueda sentirse orgullosa de tener una Universidad. Cmo es posible que un lema tan pernicioso y miope como el de que hay que poner la Universidad al servicio de la sociedad, haya sido aceptado sin rechistar como una evidencia indiscutible? Slo el movimiento estudiantil se atrevi a recordar algo tan elemental como que la Universidad tiene que estar al servicio de la verdad y no de la sociedad, del mismo modo que los tribunales de Justicia tienen que estar al servicio de la Justicia, y no de la sociedad. No es el Derecho el que debe de estar al servicio de la sociedad, sino la sociedad la que debe de estar en estado de Derecho. Si la sociedad quiere estar orgullosa de tener una verdadera Universidad, lo mejor que puede hacer es dejarla en paz. O como una vez dijo Lvi-Strauss: drselo todo y no pedirle nada.

Sin embargo, la campaa de desprestigio respecto a la Universidad pblica ha sido implacable. Se ha logrado inocular en la opinin pblica un virus de rencor y desconfianza, hasta generar la imagen de una Universidad corrompida en la que supuestamente reinara la pereza, el nepotismo, la ignorancia y el despilfarro5. Los profesores, al parecer, no hacemos otra cosa que recitar obsoletos apuntes amarillos, sin tener ni idea de cmo se ensea a ensear ni cmo se aprende a aprender. En los departamentos universitarios ni se investiga ni se ensea, porque todo es corrupcin, nepotismo y oscurantismo (un portavoz de la ANECA los compar con pozos negros, contraponindolos al aire fresco de las revistas cientficas internacionales). En todo caso -y esta acusacin era extensible a todos los funcionarios-, el absentismo y la ineficacia rayaran, por lo visto, en lo intolerable. Para convencer a la sociedad de que esta era la cruda realidad, se han invertido, durante todo el proceso de Bolonia, toneladas de propaganda y mucho dinero, movilizando un ejrcito de periodistas sin vergenzas a las rdenes de una vanguardia de canallas afincados en el Ministerio y las Consejeras en calidad de expertos en educacin.

Da vergenza recordar toda esta complicidad progresista con el proceso de Bolonia, ahora que por fin hemos desembocado punto por punto en el desastre sobre el que el movimiento estudiantil llevaba alertando desde el ao 2000. Todo estaba previsto; incluso la manera en la que, llegado el momento, se iban a autoexculpar las autoridades acadmicas: el Plan Bolonia era bueno, lo que pasa es que no ha podido aplicarse por falta de medios econmicos. Realmente pensaron alguna vez que se iban a invertir paletadas de dinero pblico en esa revolucin educativa? Es imposible que lo pensaran, no se puede ser tan idiota. Sencillamente, mentan y el movimiento estudiantil, en cambio, deca la verdad: Bolonia no slo se iba aplicar a coste cero, se iba a aplicar a coste menos cero, porque en realidad ese era su verdadero propsito inconfesado. Bolonia no era una revolucin educativa, era un reconversin industrial aplicada a la Universidad; era un ERE salvaje, un robo masivo de dinero pblico para desviarlo hacia negocios privados, adems de un invento magnfico y novedoso: trabajadores para las empresas pagados no por las empresas, sino por otros trabajadores, es decir, un ejrcito de becarios cobrando de los impuestos para trabajar -sin ningn derecho laboral- para corporaciones privadas. No es que la crisis haya frustrado Bolonia. La crisis es, ante todo, una salvaje revolucin neoliberal que est aprovechando la debilidad de los trabajadores para desmantelar todas las conquistas sociales que se haban consolidado en legislaciones e instituciones estatales desde la Segunda Guerra Mundial. Una de estas conquistas era la enseanza pblica. Bolonia era una de las avanzadillas de la crisis. Pueden repasarse todos los documentos elaborados por el movimiento estudiantil desde el ao 2000. Habr quien diga que eran profticos. Pero no lo eran: simplemente, estaban bien informados. Porque todo lo que est pasando estaba anunciado en los documentos maestros de la patronal europea y mundial.

Al mismo tiempo que avanzaba la campaa de desprestigio, se iba preparando el camino para la mercantilizacin de los departamentos. Se desposey a los catedrticos de todas sus competencias, de modo que las ctedras dejaron de ser unidades de investigacin y docencia. Esto fue muy aplaudido como una gran victoria contra el feudalismo. Lo que en verdad estaba ocurriendo era muy distinto: con la excusa de luchar contra el nepotismo (que podra haberse combatido perfectamente modificando el sistema de oposiciones y con una inspeccin de servicios decente), lo que se hizo fue desintegrar las unidades de investigacin en mil molculas inestables y siempre amenazadas por las agencias de evaluacin, de modo que lo nico que se ha acabado por investigar en la universidad han sido los procedimientos para conseguir y conservar proyectos de investigacin. No hay tiempo para ms: el diseo de currculos se convirti en la actividad principal del PDI6. Tambin la asistencia a reuniones interminables necesarias para organizar todo este proceso destructivo. En suma: jams la burocracia haba robado tanto tiempo a la docencia y a la investigacin.

Por ejemplo, conviene comentar el papel que ha jugado todos estos aos la Agencia Nacional de Evaluacin de la Calidad y Acreditacin (ANECA), cuyo primer objetivo es la medicin del rendimiento del servicio pblico de la educacin superior universitaria y la rendicin de cuentas a la sociedad. Esta Agencia, como puede suponerse, es enteramente solidaria con toda la ideologa de la calidad que est acompaando al proceso de liberalizacin econmica. Para hacerse cargo de lo que verdaderamente est en juego en el asunto de la calidad es importante notar en qu se distingue de lo que en tono despectivo se ha llamado la excelencia (un trmino tradicional, en realidad muy digno, con el que se nombraba el buen hacer en el marco de la Academia). Podemos definir la excelencia como la rigurosaadaptacinalasexigenciastericasinternasqueimponeladisciplinacientficadelaquesetrateencadacaso. Por lo tanto, una evaluacin de la excelencia slo podr realizarse desde el interior de cada disciplina, pues, evidentemente, slo conociendo en qu consisten sus exigencias tericas propias se podr evaluar en qu medida y con qu grado de profundidad y rigor se estn sometiendo a ellas docentes e investigadores. Ahora bien, cuando de lo que se trata es de conseguir que la Universidad se adapte a las cambiantes necesidades de la sociedad, a la que supuestamente tiene que rendir cuentas, es evidente que habr que buscar un nuevo patrn de medida con el que evaluar la actividad universitaria: la calidad. Lo que caracteriza al, digamos, universo calidad es que no necesita delegar la evaluacin de la Academia en especialistas de cada disciplina a los que, ms bien, se considera una banda de presuntuosos, merecedores de la mayor desconfianza, corruptos e indolentes que slo persiguen su propio inters, pero que se presentan compinchados como depositarios de un no s qu casi sagrado (y a los que, por supuesto, se trata en consecuencia). Por el contrario, la evaluacin se confa a un grupo de rigurosos especialistas en calidad, expertos en medir parmetros objetivos segn criterios externos que garanticen una correcta adaptacin a las demandas de la sociedad. A da de hoy, los parmetros fundamentales de medicin de la calidad son los llamados ndices de impacto, cuidadosamente medidos por empresas privadas estadounidenses, entre las que destaca Thomson Reuters, especializada en medir la calidad ya sea de pepinos, hoteles o tesis doctorales sobre Hegel.

La diferencia con lo que ellos llamaron la obsoleta lgica de la excelencia es palpable. En la tan denostada universidad humboldtiana7 no hay ninguna autoridad ms alta que la de doctor. Hay, s, una autoridad ms alta que un doctor: dos doctores, o tres o cinco, discutiendo en pblico en ese escenario que se llama la historia de la ciencia y que tiene por actas las bibliotecas cientficas de todo el planeta. A esto se le llama, en efecto, Ilustracin. Y al combatir esta Universidad de la Ilustracin, no se est abogando por algo ms novedoso o ms creativo, porque no lo hay. Durante todos estos aos hemos tenido que tragarnos a los idelogos de Bolonia decir que desde los tiempos de Newton todo ha cambiado excepto la forma de dar clases en la Universidad y que ya era hora de reformar tanta antigualla. Y hemos tenido que aguantar a los pedagogos rindoles la gracia. Esta revolucin educativa se ha vendido como un completo cambio de paradigma que -se dice- ha sustituido la cultura de la enseanza por la cultura del aprendizaje y ha enseado a ensear a los enseantes (prometiendo la formacin continua y a la carta a lo largo de toda la vida y cosas semejantes). Pero su verdadero resultado ha sido superar la Ilustracin para devolvernos a una oscursima Edad Media.

Pensemos, por ejemplo, en el sistema de acceso a la funcin pblica. Las oposiciones podan ser un procedimiento corrompible o corrompido, pero haba que corromperlo para que lo fuera, porque la idea no puede ser mejor. Cinco mximas autoridades acadmicas argumentan y contraargumentan en pblica discusin con los candidatos, con las puertas abiertas a la luz de toda la ciudadana, sobre el valor cientfico de sus conocimientos. No hace muchsimos aos, incluso, lo opositores tenan tiempo ilimitado para defender sus argumentos y el tribunal para rebatirlos o confirmarlos.

Todo ello ha sido actualmente sustituido por el dictamen de unas comisiones que discuten a puerta cerrada, encapuchados como inquisidores y como verdugos del Santo Oficio, consultando rankings de impacto mercantil, elaborados por agencias financiadas por corporaciones econmicas que no pueden dar la cara porque no la tienen. Esto es, como estamos diciendo, un nuevo feudalismo, pues, en efecto, el feudalismoen el Antiguo Rgimen, era, sobre todo, el reino de lo privado. Y las empresas privadas no son ms que nuevos feudos contemporneos.

La misma ceguera disfrazada de progresismo encontramos respecto del asunto del funcionariado en la enseanza. El sistema de oposiciones (y la idea de que el profesor tiene que ser consiguientemente un funcionario del Estado), en realidad, no es un sistema. Es la infraestructura misma de la investigacin cientfica, el ms eficaz de los artilugios institucionales inventados para garantizar a la investigacin cientfica unas condiciones materiales de ejercicio pblico, libre y desinteresado. En realidad, con el tan criticado sistema de oposiciones lo que estaba en juego era la definicin misma de conocimiento superior: la idea, en definitiva, de que solo la ciencia puede juzgar a la ciencia. La Universidad es una comunidad de doctores (o de aspirantes a serlo) ms arriba de los cuales no puede haber autoridad alguna. No hay ningn exterior a la ciencia desde el que puede juzgarse la verdad de un teorema, la conveniencia de una investigacin, la relevancia de un experimento, la idoneidad de un currculum, un departamento o un proyecto cientfico.

Tambin aqu ha habido un malentendido desdichadamente muy celebrado por las izquierdas y que ha hecho mucho dao ya desde los tiempos de la lucha de los PNNs en los aos setenta8. Se trata del empeo en imponer sobre la lgica acadmica una lgica laboral y sindical. Es obvio que los profesores son trabajadores, sin duda, y por tanto, tienen los mismos derechos que cualquier otro trabajador, eso est fuera de toda discusin. Pero confundir la lgica acadmica con la lgica de un ejrcito laboral ha sido completamente pernicioso. En el caso de la enseanza, como en el de la Justicia y la Sanidad, la condicin de funcionario es esencial y los contratos de ayudantes, interinos, asociados, etc., tiene que ser siempre provisional y perifrica. Un funcionario no es propiamente un trabajador (aunque tambin lo sea): es, ante todo, un propietario, un propietario de su funcin. Y ello es una condicin esencial para el ejercicio libre de su profesin. El no insistir en ello, es decir, la no insistencia en el hecho de que un profesor tiene que ser esencialmente un funcionario, confundiendo as la lgica acadmica con la laboral, ha creado efectos nefastos incluso laboralmente (no digamos ya acadmicamente), pues si el profesorado no es ms que un ejrcito de trabajadores, no hay motivo para que no lo sea de trabajadores basura, como en cualquier otro rincn de la sociedad. As fue como los interinos empezaron a convertirse en legin, las plazas vitalicias se amortiguaron y los contratos se flexibilizaron como en cualquier otro dominio del mercado laboral. El resultado es conocido: el profesor de lengua puede dar gimnasia y viceversa. La propaganda de Bolonia fue alucinante a este respecto: una buena maana, se abrieron los telediarios con la noticia de que los profesores ya no iban a tener que estar especializados en ninguna disciplina, porque haba una empresa llamada Educlick -an puede buscarse su pgina en internet- que ofreca unos powers point interactivos que, prcticamente, cubran todo el espacio docente. Era lo que se llamaba una revolucin educativa sin precedentes. Y en efecto, lo fue.

Los profesores, los jueces, los mdicos, tienen que ser funcionarios porque esa es la nica garanta de su independencia (en el caso de los profesores, de su libertad de ctedra). De la independencia respecto de lo poderes fcticos privados y de la independencia respecto del gobierno de turno. En el fondo, se trata de un requisito imprescindible de la separacin de poderes, y por lo tanto, de eso a lo que llamamos Estado de Derecho. Es la garanta de la separacin entre lo estatal y lo gubernamental. De lo contrario, la enseanza sera adoctrinamiento gubernamental y la Justicia sera un brazo del gobierno. La sanidad, por su parte, estara vendida a los intereses que los gobernantes pudieran tener en los laboratorios farmacuticos, las casas de seguros o las fundaciones sanitarias privadas. Los profesores deben ser vitalicios incluso cuando sean malos profesores. Esa es la responsabilidad de los tribunales y de las legislaciones que los rigen: impedir que haya malos profesores. Tambin existe, por supuesto, una cosa llamada inspeccin de servicios, que debera funcionar como tal y no como suele funcionar. Pero un profesor tiene que tener libertad de ctedra y para eso tiene que ser funcionario.

De lo contrario, estaramos vendiendo el universo de la enseanza a los poderes privados ms salvajes, como ocurre en el caso del periodismo, o sin ir ms lejos, en el de la enseanza concertada. Los periodistas no pueden ser independientes por mucho que se empeen: sern siempre la voz de quien les puede despedir a causa de lo que digan o dejen de decir. Eso es lo que les ha convertido en un ejrcito de mercenarios. La cosa es gravsima, desde luego, porque con ello hemos vendido al reino feudal de lo privado algo tan consustancial a la Ilustracin como es el uso pblico de la palabra y la libertad de expresin. En cuanto a la enseanza concertada es, desde luego, el cncer que nos ha llevado al desastre actual. Los colegios concertados han encontrado mil maneras de burlar la ley y filtrar la extraccin social de sus alumnos exigiendo tasas y donaciones o declarando tener cubierta la ratio de alumnos prescrita. Ello ha abierto en el mundo de la enseanza el abismo de las clases sociales, dejando a la enseanza pblica la parte ms conflictiva. Mientras tanto, estamos pagando con nuestros impuestos una plantilla de profesores nombrados a dedo por empresas y sectas privadas, como si nunca hubiera existido la Ilustracin y viviramos de nuevo en el Medievo feudal. Todo en nombre de la libertad de los padres para elegir la enseanza de sus hijos, como si la cuestin no fuera, ms bien, exactamente la contraria: el derecho que deben de tener los hijos a librarse de los prejuicios y de la ideologa de sus padres, gracias a un sistema de instruccin pblica controlado por la sociedad civil mediante oposiciones y tribunales bien legislados. Los hijos no tienen por qu cargar sin proteccin alguna con el peso de haber tenido unos padres talibanes o testigos de Jehov o del Opus o de ETA. Hace ya mucho que existi algo llamado Revolucin Francesa y que se comprendi que un sistema pblico de enseanza serva precisamente para eso. En un colegio estatal los alumnos tienen profesores de izquierdas y de derechas, ateos y creyentes, homosexuales y heterosexuales, tienen profesoras con pelos en las axilas, profesores con corbata, hippies o pijos, en fin, tienen delante un material humano de lo ms normal, porque ha sido elegido por tribunales independientes en virtud de su competencia en una determinada disciplina, y nadie tiene derecho a exigirles otra cosa que no sea precisamente la competencia para ensearla. Bien sabido es que todo lo contrario ocurre en ese desierto de libertades que es la enseanza privada y concertada.

Por eso, estremece ver a gente supuestamente progresista y de izquierdas coquetear con esa especie de enseanza privada para pobres que reivindica la autogestin o el protagonismo de los padres en los centros de enseanza, cuando no el derecho de los padres a educar a sus propios hijos, al margen de interferencias estatales. Es otro aspecto ms de la misma confusin: pretendiendo luchar contra el Estado y el capitalismo, se acaba por extirpar los pocos vestigios de Ilustracin que la clase obrera logr incrustar ah y se deja inclume, en cambio, lo que el Estado tiene de feudal y, por supuesto, lo que tiene de capitalista.

Este tema es un ejemplo de un problema ms general. Porque lo que se puede diagnosticar aqu es una especie de enfermedad congnita de la izquierda: caer como idiotas en lo que podramos llamar el timo de la estampita. Y encima llamar a eso ser materialista. Los que nos autodenominamos comunistas hemos sido expertos en eso. A lo largo de la historia del comunismo ha habido muchas versiones, hasta no dejar ttere con cabeza. Como el Estado de derecho era una mera ilusin, los comunistas tenamos que estar contra el Estado y contra el Derecho. Como bajo el capitalismo el Parlamentarismo es una tomadura de pelo, los anticapitalistas nos volvimos antiparlamentarios. Como la civilizacin y el progreso, bajo el capitalismo, no son ms que colonialismo e imperialismo, nosotros decidamos que para ser anticolonialistas haba que estar en contra de la civilizacin y para ser antiimperialistas en contra del progreso. Y lo mismo a una escala ms reducida: como las oposiciones estaban corrompidas, en lugar de estar contra la corrupcin, haba que estar contra el sistema de oposiciones. Como los catedrticos tenan tendencia al nepotismo, en lugar de combatir el nepotismo, se decida suprimir los catedrticos. Como los catedrticos a veces abusaban de los agregados, en lugar de suprimir los abusos, se optaba por suprimir la distincin entre catedrtico y agregado. Como los funcionarios abusaban de los contratados, lo mejor era que todos fueran contratados. Como los profesores abusan de los alumnos, lo mejor es suprimir tambin esta rgida distincin y que todos aprendamos a la vez jugando juntos al corro de la patata. Siguiendo con esta lgica, en la enseanza pblica podramos decidir suprimir la calefaccin porque a veces est demasiado alta o las tuberas porque el agua suele tener sabor a cloro. Y an se podra ir ms all, a ttulo individual: como los calcetines a veces nos aprietan el tobillo, lo mejor ser suprimir los calcetines; y los zapatos, y los calzoncillos... Por este camino, te quedas en pelotas.

Y luego, por supuesto, hay que inventar algo mejor y que inventarlo desde cero. Haba que inventar algo mejor que el Estado de Derecho, algo mejor que el parlamentarismo, algo mejor que la democracia representativa, algo mejor que la civilizacin o que el progreso. Al final, quizs las tribus indgenas tenan una solucin para todos nosotros, ms all del derecho, la civilizacin y parlamentarismo. Podamos aprender a tocar la flauta, y ya de paso, preguntarle a cabeza de pimiento si alguien es inocente o culpable, si conviene pelarnos el pene, amputar los cltoris o lapidar a las adlteras. A otra escala -y centrndonos en el tema de la enseanza que aqu nos ocupa- haba tambin que reinventarlo todo desde cero. Haba que soar un mundo nuevo para la enseanza9. Los delirios hippie-progres al respecto aqu no han tenido barreras: no hay nada que no merezca ser superado o relativizado, la distincin entre profesor y alumno, entre padres y maestros, entre nios y adultos; haba que suprimir las tarimas, las pizarras, los pupitres, las ctedras, las asignaturas, la calefaccin y las tuberas.

Y lo mejor es que tanto sueo se est haciendo por fin realidad. Dentro de poco en la escuela pblica ya no tendremos ni agua caliente ni tuberas ni calefaccin. Ya no habr problemas con que los funcionarios se corrompan, porque ya no habr funcionarios, ni con que los catedrticos practiquen el nepotismo, porque ya no habr catedrticos. Las tan antipticas y rgidas distinciones entre asignaturas, ya han desparecido: el profesor de gimnasia es normal que est impartiendo lengua o matemticas. En general, los profesores ya no sern un problema. Estarn tan ocupados en un trabajo basura, que los padres tendrn que volver a ocuparse de la educacin de sus hijos (los que se lo puedan permitir, por supuesto, aunque no sean muchos). As es que a base de progresismo, desembocaremos en un analfabetismo, funcional o literal, masivo. Otros tiempos, para una nueva poca.

Marx deca un negro es un negro, slo bajo determinadas condiciones se convierte en un esclavo, una mquina de hilar, es una mquina de hilar, slo bajo determinadas condiciones se convierte en capital. Considerada en s misma -continuaba diciendo en el mismo texto-, una maquina de hilar libera al hombre de las fuerzas naturales, ahorra trabajo y genera descanso. Bajo condiciones capitalistas, impone al hombre el yugo de la naturaleza, le obliga a un trabajo extenuante y no genera ms tiempo libre que el del paro y la indigencia. Uno no alcanza a comprender por qu es tan difcil hacer el mismo razonamiento sobre otros temas: el Estado, el parlamentarismo, las libertades individuales, los tribunales de justicia o, incluso, por qu no?, la polica.

En un congreso que hubo en la Facultad de Filosofa de la UCM (en el 2011) con el tema Qu es el comunismo?, haba un cierto consenso respecto a que en una sociedad comunista no habra polica. La polica es un cuerpo represivo especializado en repartir porrazos al pueblo y en meter a gente pobre en la crcel. En algunos pases y situaciones, la polica est implicada en el narcotrfico, el contrabando y la mafia. Ahora bien, esta situacin se puede describir de dos maneras distintas: diciendo que la polica est corrompida o diciendo que la polica no hace ms que lo que le corresponde, puesto que la corrupcin es uno de sus atributos esenciales. La cosa se complica si diagnosticamos que hay unas condiciones estructurales, por ejemplo, esas a las que llamamos capitalismo, en las que la polica no puede ms que corromperse. O por ejemplo: funcionar al servicio de los poderes fcticos. An as, no es lo mismo decir que la polica, all donde el poder es capitalista, recibe rdenes del capital, que decir que la polica en s misma no puede ser ms que un instrumento del capital.

Sin embargo, hay una especie de resistencia spinozista -lo digo as pensando en algunos que se autodenominan tal cosa- a traer a colacin este tipo de realidades en s. Por lo visto, lo materialista sera decir que puesto que los policas son una banda armada al servicio del capital, eso es lo que son y punto, no hay ms que decir. Es decir: la polica no slo es una mala realidad, tambin es una mala idea. Por otro lado, a qu hablar de ideas? A cuento de qu empezar a contar cuentos ideales? Sera eso muy materialista?

No logro entender en qu consiste este materialismo que le tiene tanto miedo a las ideas. Yo pienso que la polica no es una mala idea. Eso no quiere decir que no sea una psima realidad. Es ms, si es todava peor que una psima realidad, es, precisamente, porque es una buena idea. Si la polica en s misma no fuera otra cosa que corrupcin, no podramos decir que est corrupta. A m no me resulta tan difcil de imaginar una polica que se dedicara a meter en la crcel a los banqueros o los evasores fiscales. La polica tiene que meter en la crcel a los ladrones, como tenemos claro desde que de nios jugbamos a polis y cacos. Pero lo que no est dicho es que las leyes tengan que considerar ladrn a Robin Hood y propietario a Emilio Botn. La polica es el brazo de la ley: puede ser Rambo, Torrente o el Ch Guevara, depende de cul sea la ley. En el mencionado congreso sobre Qu es comunismo?, se lleg a decir que en una sociedad comunista no debera haber policas ni para detener a los violadores, porque de eso ya se ocuparan los amigos (o los camaradas o el pueblo o los vecinos o quin sabe si la multitud). No se dijo quin se ocupara de los amigos (o de los camaradas, el pueblo o los vecinos o la multitud) en caso de ser ellos los violadores10.

Volvamos ahora a lo que hemos llamado el timo de la estampita. Como el capitalismo convierte este mundo en una pocilga, en lugar de estar contra el capitalismo, estamos contra el mundo. La verdad es que el capitalismo no deja ttere con cabeza, ha envilecido todos los aspectos de la vida humana y malversado el sentido de todas las instituciones ciudadanas. La escuela y la sanidad pblica11 son las dos nicas que resisten an a la lgica del mercado. Y por eso estn siendo destruidas. Ante este panorama, lo ms estpido que se puede hacer es colaborar con el capitalismo en su labor destructiva y empezar a derribar instituciones como quien lucha contra molinos de viento, mientras un ejrcito de gigantes avanza por la espalda. Si bajo el capitalismo la democracia se convierte en una farsa, el Derecho en un instrumento del capital, el Estado en una maquinaria de represin, los tribunales de justicia en una ignominia, la polica en un cuerpo de torturadores, el parlamento en un mercado de intereses, los municipios en un nido de corrupcin, etc., lo ms absurdo que podemos hacer es empearnos en que lo ideal sera un mundo no capitalista en el que no existiran ninguna de esas cosas. Eso no es estar contra el capitalismo, es estar contra el mundo. Y es empearse, adems, en la absurda tarea de construir un mundo nuevo a partir de las ocurrencias de un hombre nuevo. Esto es pura religin, y en todo caso, al mezclarse con la poltica, es puro fascismo.

Ahora que se habla de lo necesario que es poner en marcha un nuevo proceso constituyente, es muy importante tener en cuenta estas cosas de las que estamos hablando. Yo me cuidara de ser demasiado imaginativo. Creo que la cuestin no es de ningn modo qu sociedad queremos y que vuele la imaginacin y que los indgenas nos enseen a tocar la flauta. Por mi parte -no s si ser un caso muy raro-, s perfectamente cul es la sociedad a la que aspiro: la que la sociedad moderna ha pretendido ser (sin lograrlo en absoluto, sino todo lo contrario). Yo no aspiro a una postmodernidad muy imaginativa, sino a una verdadera modernidad, a la modernidad, al fin y para siempre: una sociedad de ciudadanos libres e iguales, independientes civilmente para elegir ser felices a su modo obedeciendo a leyes que ellos mismos se han dictado. Este sueo moderno, creemos algunos, no es posible ms que en condiciones socialistas de produccin y, desde luego, se ha demostrado que es absolutamente incompatible con el capitalismo. Para lo que hay que ser imaginativo no es para inventar sociedades, sino para quitarnos de en medio el capitalismo. Hace falta una buena idea para ganar la guerra contra el capitalismo, porque la cosa no pinta nada bien. Una buena idea que nos permita cambiar la correlacin de fuerzas, eso es lo que necesitamos. Pero, desde luego, lo que s que no necesitamos es una idea mejor (o ms creativa o flexible) que la enseanza pblica estatal, los tribunales de justicia, el parlamentarismo o la separacin de poderes. El nico hombre nuevo que necesitamos, fue ya pensado hace mucho: es el ciudadano.

El pensamiento de izquierdas suele rasgarse las vestiduras cuando algunos que tambin somos de izquierdas afirmamos que la teora del Estado Moderno no est tan mal pensada, que es, incluso una idea muy buena. Al decir esto no estamos defendiendo los Estados Naciones existentes, sino todo lo contrario, lo que estamos haciendo es denunciar que esos Estados realmente existentes no se parecen en nada a la teora (y que adems algunos se parecen menos an que otros). Sobre todo por una razn: jams se dan las condiciones para que esos artilugios institucionales que en el Estado moderno tiene por funcin dividir el poder, proteger el uso pblico de la palabra, blindar la presuncin de inocencia, etc., funcionen de verdad, porque siempre ha habido un poder salvaje ms potente, el capitalismo. Podemos dividir el poder poltico cuanto queramos, garantizar la independencia del poder judicial, proteger la inmunidad de los parlamentarios, otorgarles libertad de expresin en la cmara, proclamar a los cuatro vientos que todo el mundo es libre de decir lo que quiera sin censura, podemos hacer esto y muchas cosas ms y no estaremos haciendo nada si lo que ocurre -y esto es lo que ocurre- el poder real est en otra parte. Entre nosotros, el poder poltico no tiene el poder. La economa es un poder salvaje infinitamente ms potente, que acta masivamente al margen de la ley y que tiene, adems, poder ms que suficiente para chantajear cualquier actividad parlamentaria, as como de comprar cualquier medio de expresin ciudadana. Es un bonito negocio esto de dividir el poder ah donde el poder no est. Es una bonita farsa, en verdad, inventarse un Estado de derecho en el seno de una dictadura econmica capitalista. Pero lo que no podemos hacer es caer en la trampa y tomarla contra el Estado o el Derecho cuando el enemigo es el capitalismo.

Bien es verdad que se ha pretendido que el Estado no ha sido ms que un instrumento en manos del capital. No cabe duda: las dos cosas surgen sospechosamente a la vez. Pero hay que pensarlos por separado, porque surgen a la vez, pero con un montn de derrotas de por medio. No se puede decir que la Revolucin Francesa se materialice en el triunfo del capitalismo, hay un montn de derrotas intermedias hasta que sali triunfante aquello que beneficiaba a la burguesa y al liberalismo econmico. Una determinada versin del Estado Moderno fue derrotada, fue guillotinada con Robespierre.

Para empezar, es falso que -como se dice a menudo, sobre todo entre autores marxistas- Robespierre hablara en nombre de la burguesa triunfante. Robespierre -como nos demuestran Florence Gauthier o Toni Domenech12- es ms bien la continuacin de una revolucin antifeudal y anticapitalista que haba comenzado en Europa con las revueltas campesinas del final del Medievo. Robespierre fue quien introdujo el concepto de fraternidad en el lema de la Revolucin Francesa. La fraternidad exiga extender la independencia civil al conjunto de la poblacin, era el proyecto de una ciudadana universal. Haba que empezar por liberar a los esclavos (y tambin algo que se menciona poco: liberar a la mujer). Pero tambin haba que garantizar las condiciones de existencia de toda la poblacin, campesina u obrera. Extender la independencia civil al conjunto de la poblacin es, para la parte derrotada de la Revolucin Francesa, la condicin de un Estado verdaderamente moderno contra el Antiguo Rgimen.

Pero ese proyecto es derrotado. Y lo que no se puede hacer es absorber todo esto en el triunfo final de la burguesa. Eso es un disparate. Igual que se suele decir que la Revolucin Francesa representa el triunfo de la burguesa, se podra decir que la burguesa triunf contra la Revolucin Francesa. Como ha dicho Domenech alguna vez: lo nico que la revolucin francesa tuvo de revolucin burguesa fue la contrarrevolucin. Lo mismo que se dice que el Estado Moderno es el Estado burgus, podramos decir que la burguesa enterr la posibilidad de un determinado Estado Moderno, precisamente se en el que podra imperar la ley, es decir, ser un autntico estado de derecho. En lugar de todo eso tenemos una dictadura econmica que a veces y en determinados momentos y lugares suficientemente privilegiados, ha podido disfrazarse con los ropajes del derecho y el parlamentarismo.

En distintos sitios hemos defendido que es mejor plantearlo as13, porque de lo contrario, si todo es capitalismo, si el Estado Moderno no es ms que la cobertura del capitalismo, entonces, al combatir el capitalismo estamos combatiendo tambin el Estado Moderno, con lo cual abominamos de la divisin de poderes, del parlamentarismo, del estado de derecho, etc., y, encima, nos abocamos a la insensata tarea de inventar algo mejor que todo eso. Al final, acabamos superando al ciudadano para sustituirlo por el camarada, el hombre nuevo, o algo semejante; algunas de estas ocurrencias han tenido plasmaciones histricas abominables.

Y adems... ahora mismo es estratgicamente ruinoso arremeter contra el Estado, justo cuando el salvajismo neoliberal, los tericos del mnimo Estado (que sin embargo no son tan tontos para no guardarse las espaldas con el Estado que les conviene) estn desmantelando la seguridad social, la escuela pblica, el derecho laboral. Porque no hemos de olvidar que todas las conquistas de siglos de lucha obrera se han ido consolidando en legislaciones estatales. Acabar con el Estado hoy en da sera como dejar a la clase obrera en pelotas. En cambio, la burguesa se las arreglara muy bien con sus policas privados y sus ejrcitos mercenarios.

Los defensores de la escuela pblica en la marea verde, lo mismo que el movimiento estudiantil que luch contra Bolonia, no han cado en esta trampa. Han sido muy conscientes de que estaban intentando salvar la dignidad de una institucin -la enseanza pblica estatal- de la voracidad salvaje del capitalismo.

Finalmente, ya a comienzos del siglo XXI, se empiezan a aclarar algunas cosas. El capitalismo no slo no nos trajo las instituciones republicanas defendidas por los pensadores polticos de la Ilustracin, sino que siempre fue incompatible con ellas. Y con el tiempo, no ha ido ms que acrecentndose esta incompatibilidad. El resultado no puede ser ms que lo que ya tenemos casi encima: una nueva Edad Media, un nuevo feudalismo.

El ritmo del Medievo vena jalonado por las festividades religiosas. Tericamente, nuestra respiracin poltica tiene el ritmo de las elecciones democrticas. Votamos cada cuatro aos, supuestamente, para aportar nuestras razones. Pero la economa capitalista tiene sus propias razones. Y no suelen coincidir con las nuestras. Lo que para nosotros es una solucin, para la economa suele ser un problema. Y lo que para la economa son soluciones, para nosotros son problemas. Nos ajustamos nosotros para bien de la economa. Y poco a poco -sobre todo cuanto ms hemos sido derrotados en la lucha sindical- hemos acabado por comprender que ms nos vale as. Porque si a la economa le va mal, para nosotros es an peor, ya que dependemos a vida o muerte de esa misteriosa seora. As es que no votamos para aportar nuestras razones, sino para entrar en razn. Para que no se nos ocurra votar insensateces que contradigan la voluntad de los dioses. En estas condiciones, la democracia es muy parecida a la religin. Con su voto, la poblacin festeja lo que la economa ya ha votado por su cuenta. El da de las elecciones nos juntamos para celebrar que los dioses tienen sus buenas y sabias razones, aunque nos sea difcil comprenderlas. Y, normalmente, votamos en consecuencia.

Hemos vuelto a la Edad Media, pero a una Edad Media exagerada y asfixiante, desproporcionada, insaciable. Probablemente, el ser humano nunca ha sido tan siervo de un seor, nunca ha estado tan expuesto a los caprichos tirnicos de un amo, como actualmente. En los libros de Historia se suele decir que el siervo de la gleba era fundamentalmente religioso, como si su paso por este mundo no tuviera otro sentido que estar a la espera de una vida ms all. El campesino medieval, se dice, viva consagrado a su dios, pendiente de su dios, deseoso de complacerle haciendo diariamente sus deberes... O sea, exactamente lo mismo que hoy da ocurre con los mercados. Hacemos los deberes -como dice Rajoy- para calmar la ira de los mercados, para infundirles confianza, para prometerles ser buenos en el futuro con los recortes y los planes de ajuste, para que no cambien de opinin y aumente la prima de riesgo, para que no se calienten demasiado, para que no se enfren, para que no se constipen.

Monti dijo que los mercados ya no eran compatibles con la pretensin de vivir varios aos en el mismo sitio. Incluso dijo que eso tena que parecernos divertido. Los campesinos de la Edad Media, a menudo, no salan de su pueblo en toda su vida. Hoy la voluntad de los dioses nos quiere nmadas, pero nmadas sin familia, sin hijos, sin religin, sin lastres culturales, sin nada ms que lo puesto para poder correr ligeros aqu y all, segn los mercados nos vayan necesitando. Ante todo, hay que cumplir con la voluntad del mercado. Y todo es en vano: los mercados estn como una cabra. Jams un dios ha estado tan loco para cambiar de opinin cada maana, cada minuto, incluso cada milsima de segundo. Los mercados de futuros y derivados financieros s, estn mucho ms locos y son mucho ms imprevisibles que Nern o Calgula. Y adems tienen mucho ms poder. Incluso lo de Sodoma y Gomorra puede ser una broma comparado con un hundimiento general de la confianza en los mercados. Si perdemos la confianza de los dioses, no hay nada que hacer. Los economistas tertulianos hablan, por eso, un lenguaje completamente religioso: hablan de la sangre de los mercados, de cmo hay que hacerla circular, por cierto, bombeando la sangre con sacrificios humanos. Pero lo dioses son insaciables: an hacen falta ms sacrificios, siempre hacen falta ms sacrificios. En suma: jams en la Historia y bajo ninguna religin, la poblacin ha vivido tan constantemente pendiente de un Ms All. Los dioses solan ser bastante estables. Es cierto que Jehov era algo celoso y tena mal carcter, pero nunca en las proporciones actuales. Los judos de Moiss o David no se levantaban todos los das temblando de miedo y corran a mirar el peridico para consultar la prima de riesgo sobre el humor de Jehov. Se supona que era un dios exigente, pero no que fuera un demente.

Es un disparate pretender que esta servidumbre absoluta hacia un amo chiflado, habra parecido a Kant, Rousseau o Hegel compatible con esa condicin a la que llamamos ciudadana. Aqu habran reconocido ms bien un nuevo Antiguo Rgimen, pero mucho ms oscuro, opaco y criminal.

Es importante resaltarlo. Si decimos que esto que vivimos, por ejemplo en Europa, no es un Estado de derecho no lo hacemos para expresar nuestra opinin de furibundos comunistas antisistema. Tampoco porque seamos unos idealistas que hablan de quimeras sin querer mirar a los ojos la cruda realidad de los estados de derecho realmente existentes. Lo que decimos es que son los propios filsofos gracias a los cuales hemos entendido lo que significa esa frmula -estado-de-derecho- los que se negaran a reconocerla en esos estados realmente existentes. Scrates, Platn, Rousseau, Kant, Hegel, creemos que se escandalizaran al ver a nuestros polticos afirmar que en Espaa, Francia, Alemania o Grecia vivimos bajo el imperio de la ley, en estado de derecho. Y no es porque seamos estados de derechos muy imperfectos, es que no tenemos nada que ver con ese proyecto poltico. Vivimos en una sociedad capitalista. El capitalismo es un sistema de produccin en el que la poblacin en general carece de medios de produccin para subsistir por su cuenta o, lo que no es sino la otra cara de la moneda, un sistema en el que la mayor parte de la poblacin tiene que buscarse la vida vender su fuerza de trabajo- en el mercado laboral, a cambio de un salario. En este mercado laboral, la gente se ve obligada a trabajar en lo que sea, al precio que sea, para producir lo que sea, en la cantidad que sea y de la manera que sea, es decir, la gente est vendida a vida o muerte a una lgica de produccin que se determina a sus espaldas y, adems, actualmente, de forma cada vez ms misteriosa incluso para los economistas ms pretenciosos, en ese mundo del sinsentido y lo imprevisto al que llaman los mercados. Esto no es un imperio de la ley, sino una dictadura capitalista. Esto no es la realizacin del monstruo soado por la Ilustracin. Es la pesadilla a la que nos vimos abocados cuando la Ilustracin fue derrotada. Institucionalmente, hemos regresado a la Edad Media. Antropolgicamente -es lo que Santiago Alba y yo intentbamos explicar en El naufragio del hombre14-, en cambio, hemos ido ms all: hemos regresado a la prehistoria anterior a la Revolucin Neoltica.

Notas:

1 Sobre algunos de estos asuntos me he explicado ms despacio en Paraquservimoslosfilsofos?, La Catarata, Madrid, 2012.

2 http://www.publico.es/internacional/420011/monti-digamos-la-verdad-que-monotonia-el-puesto-de-trabajo-fijo

3 Sobre esta deriva foucaultiana me he explicado con ms detenimiento en Laimpacienciadelalibertad, Captulo 7, Biblioteca Nueva, Madrid, 2000.

4 Cfr. Circulo de Empresarios, 2007: UnaUniversidadalserviciodelasociedad. Madrid.

5 La misma estrategia, por supuesto, se ha seguido en Sanidad. En el Hospital del Nio Jess de Madrid, hay ahora mismo colgada una pancarta que la resume muy bien: Desprestigiarnos para privatizarnos.

6 Personal Docente Investigador.

7 Es interesante, por cierto, leer un poco sobre el tema. Cfr.: HUMBOLDT, W. (2005): Sobre la organizacin interna y externa de las instituciones cientficas superiores en Berln, en Logos. Anales del Seminario de Metafsica, 38, Facultad de Filosofa UCM, pp. 283-291.

8 Sobre este tema es muy interesante el libro PorunaUniversidaddemocrticade Francisco Fernndez Buey, El Viejo Topo, Barcelona, 2010.

9 Este ao, por ejemplo, ha empezado a circular por ah -con un gran apoyo meditico, por cierto- un panfleto inefable y lobotomizado, confeccionado por unos autnticos mentirosos: Laeducacinprohibida. La escuela no sirve y hay que cambiarla, hay que derribarla para empezar de cero, rezaba una de su presentaciones en sociedad. http://sociedad.elpais.com/sociedad/2012/09/25/actualidad/1348597598_771130.html

10 Sin duda, los violadores pueden ser, precisamente, los policas. Incluso, como ha ocurrido tantas veces, los policas pueden ser sistemticamente violadores y torturadores. En ese caso, lo que tenemos no es slo un crimen muy grande. Lo que tenemos es un orden poltico intolerable.

11 Y en un estado de deterioro que ofende a la vista, la Justicia.

12 Como ya he comentado ms despacio en Paraquservimoslosfilsofos? (La Catarata, 2012), lo mejor para este tema es leer a Florence Gauthier o Eleclipsedelafraternidad, de Toni Domenech.

13 En ElordendeElcapital (Akal, 2011) hemos discutido este planteamiento en conexin con una interpretacin de la obra de Marx.

14 Santiago Alba y Carlos Fernndez Liria: Elnaufragiodelhombre, Hiru, 2010.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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