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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 16-06-2005

Chechenia: despropsitos, zindans y zatchistkas

Gabirel Ezkurdia Arteaga
Pueblos

El pasado mes de diciembre se cumpli el dcimo aniversario de la primera invasin federal de Chechenia. Desde entonces, exceptuando un breve periodo entre 1997 y 1999, la guerra, el sufrimiento, la devastacin, el horror, han sido las constantes seas de identidad de esta pequea repblica norcaucsica


Suena algo as como a futbolista, pero de eso nada. Los zindans son la forma en lengua caucasiana que tienen los federales rusos para referirse a los profundos pozos, a cielo abierto, donde retienen a los ciudadanos chechenos, por los que piden un rescate; a los desertores, como el teniente Bagreyev, por negarse a actuar tras una orden de saqueo del pueblo de Tanghi; o a los, en general desaparecidos, antes de ser interrogados. En los pozos o zindans son orinados, defecados y humillados por das, semanas e incluso meses hasta que deciden qu hacer con ellos.

As es la cotidianidad. Todas las noches desde octubre de 1999 los escuadrones de la muerte federales, las tropas antiterroristas especiales rusas y las colaboracionistas chechenas kadirovistas, se dedican a secuestrar, robar, violar, matar, humillar... a exterminar a la diezmada poblacin de Chechenia.

Porqus al despropsito

En otoo de 1999 el Kremlin decidi invadir nuevamente Chechenia valindose del efecto que generaron en la opinin pblica unos oscuros atentados indiscriminados en Mosc, Riazan y Volgodonsk, nunca reivindicados por grupo checheno alguno, y habiendo serios indicios an hoy, por otro lado, de la participacin de miembros de los servicios de inteligencia federales.

Haba por tanto una razn oficial para la invasin, aunque fuera un despropsito: la lucha antiterrorista. La razn real, sin embargo, es mltiple.

La explicacin clsica de que la guerra de Chechenia deriva del manido inters ruso por controlar de modo indirecto, mediante las infraestructuras chechenas, las explotaciones petroleras del Caspio, no tiene consistencia, ya que desde 1998 las corporaciones internacionales que lideran la explotacin apuestan por un nuevo oleoducto transcaucasiano. Es por esto, que el argumento principal para entender la segunda guerra se circunscribe a la lgica de impedir la aplicacin del Acuerdo de Jasavirut de 1996, por el que se reconoca el derecho de autodeterminacin de Chechenia en 2001. El Kremlin no poda permitir que se desarrollara dicho precedente jurdico, por lo que supona como antecedente legal para otras repblicas de la Federacin. Inhabilitar por la va de los hechos la aplicacin del acuerdo de paz que haba suscrito el mismo Boris Yeltsin responde a la idea de garantizar la unidad de la Federacin de Rusia.

Pero bien es cierto que, adems de preservar la unidad nacional de Rusia, haba otras razones que justificaban la invasin: el deseo de revancha de los militares federales, derrotados y ridiculizados en 1996; los intereses electorales del propio Putin, para vertebrar una idea fuerza tangible ante el electorado; el inters por recuperar y mantener un foco de atencin nacional que amplificase los sentimientos nacionales y diluyese la atencin sobre el malestar social...

De ah que desde 1999 (oficialmente hasta 2003, aunque en la actualidad sigue igual) la operacin antiterrorista en Chechenia se haya basado en una tctica definida por la casustica: la tctica aritmtica.

La tctica aritmtica

El Kremlin intenta exterminar fsicamente lo que considera un problema de orden y ha hecho sus cuentas. Calcula que el exterminio de 20.000 personas ms en Chechenia (ha habido 180.000 muertos entre las dos guerras) supondra el final de la resistencia armada, slo que dicha tctica aritmtica no est funcionando. Seis aos despus, las resistencias siguen manteniendo la iniciativa armada.

La impunidad con la que Putin est desarrollando su poltica aritmtica en Chechenia, su poltica de exterminio numrico de todos y cada uno de los habitantes de la repblica caucsica, es indiscriminada. A da de hoy, todos los nios, jvenes varones de entre 12 y 18 aos son objetivo de las zatchitskas, los pogromos con los que apresan y hacen desaparecer a todo potencial terrorista. Las zatchistkas u operaciones de limpieza asolan da s y da tambin Chechenia. Ninguna mujer es respetada, ningn nio, ningn anciano, ningn ser vivo. Todos son delincuentes, todos atesoran el delito de ser, de vivir, de haber nacido chechenos, hijos e hijas de una tierra rica e indmita. Son terroristas, por lo que son torturables, violables, ejecutables, secuestrables... legalmente, impunemente... democrticamente.

Efecto inverso

La barbarie, el inmenso polgono de tiro, tantas veces reivindicado por Zhirinovski, en el que han convertido la caucsica repblica (poco mayor que Navarra) slo es perceptible porque incluso tamaa violencia, engendrada desde el ms puro racismo y la ms bestia de las mezquindades humanas, llega a las calles ms prsperas de la inmensa ciudad de Mosc.

Anna Politkovskaya, al igual que otros autores, cuenta cmo sencillas ciudadanas moscovitas pueden ser agredidas, violadas, e incluso desaparecidas, por miembros de las fuerzas de elite federales, que tras haber campado a sus anchas por territorio checheno, sienten la misma impune necesidad de imponer sus atributos a las propias compatriotas capitalinas, desde el ms extremo de los instintos animales.

La guerra de Chechenia, olvidada, annima, minimalista, est gestando toda una serie de variables que afectan al conjunto de la sociedad rusa. No es un conflicto lejano que les es indiferente, es el autntico Vietnam de toda una generacin, un conflicto que est generando graves disfunciones sociales y profundas heridas sociolgicas que tendrn graves repercusiones psico-sociolgicas en toda la estructura social de la Rusia moderna.

Unido a ello, la inseguridad y los efectos que las acciones indiscriminadas de la resistencia chechena han generado en la poblacin rusa en general, sobre todo tras las tragedias del teatro Dubrovka en Mosc y la de la escuela de Beslan en Osetia del Norte, multiplican la sensacin de que la cinaga chechena pudre todo lo que toca. Lo que haba de ser en 1999 una operacin antiterrorista circunscrita al Cucaso Norte ha terminado por ser una pesadilla que en 2005 amenaza la seguridad cotidiana de millones de ciudadanos de la Federacin: todo un xito para Putin.

As es, desde finales de 2002 los atentados suicidas se han cobrado centenares de vidas en amplias partes de la Federacin de Rusia. Las ya mticas viudas negras chechenas no son sino producto de la desesperacin que ha supuesto el genocidio checheno. Mujeres y hombres, sin ningn futuro, con mbitos familiares diezmados o exterminados, sin horizontes de vida digna, optan generalmente por inmolarse en Mosc u otras zonas de Rusia como venganza por su sufrimiento personal. Son la tercera va de la resistencia, que acta de modo autnomo, y sin objetivo poltico o militar aparente. Otro fruto del despropsito ruso en Chechenia.

An as, pocos polticos son tan pertinaces en el error, y pocos son tambin los que deciden tropezar sistemticamente con la misma piedra. A pesar de que la reciente muerte del presidente legtimo de Chechenia, Aslan Masjadov, se transmita como la puntilla final al conflicto, la iniciativa armada de las resistencias sigue siendo lo suficientemente importante como para que todo proceso de normalizacin a la rusa contine haciendo aguas. Los ataques combinados habidos recientemente en el centro de Grozny, por dos escuadrones de la resistencia chechena, demuestran que el conflicto est lejos de darse por cerrado, como pretende Putin, y son la prueba de que nunca habr solucin sin que se asiente un proceso negociador que garantice un proceso de paz, similar al que dio fin a la primera guerra 1994-1996 y que reconoca el derecho del pueblo de Chechenia a la autodeterminacin.

Pero la guerra no es un mero error poltico, una tragedia humana. No se hace slo por defender la unidad patria de la Gran Rusia, o por venganza tras la derrota del 96: la guerra en Chechenia es un inmenso negocio multimillonario basado en el chantaje y el saqueo masivo, que genera los suficientes dividendos como para que siga siendo alimentada. Y es adems, la ms prspera de las excusas para que Putin pueda seguir emulando a los zares decimonnicos, para seguir siendo presidente de Rusia ad eternum, eso s, democrticamente. La guerra chechena es el espejo en el que se ha caracterizado Putin para representar su solvencia ante la sociedad rusa.

La Doctrina

Tras el 11-S se impuso una doctrina que negaba la existencia de causas que generasen el terrorismo y planteaba con rotundidad el aniquilamiento fsico de ste. Putin participaba eufrico de este principio al igual que Sharon, Aznar, Blair o Bush. Pero el paradigmtico fracaso antiterrorista de la ilegal invasin y ocupacin de Irak, en marzo de 2003, por parte de EE UU y sus aliados (hoy hay ms terrorismo que nunca en Irak), o la propia guerra de Chechenia, demuestran que combatir al terrorismo militarmente o con terrorismo de Estado; que generalizar el concepto de terrorismo y crear doctrina desde sus efectos y no desde sus causas, han sido las dos polticas ms errticas que pudieran hacerse, la expansin del conflicto checheno es prueba de ello. Hoy Rusia en particular y el planeta en general viven con ms inseguridad que nunca.

La clave sin duda reside en la naturaleza multivariable y poltica del conflicto checheno y en la desafortunada simplificacin de ste, como mero problema terrorista. La falta de respeto democrtico a la voluntad popular mayoritaria de una comunidad es el eje sobre el que se superponen decenas de variables que complican la dimensin de un conflicto. Chechenia es hoy un conflicto multivariable en transformacin, de compleja resolucin, pero lo que est claro es que las polticas que se derivan de la Doctrina preventiva no slo han fracasado, sino que han transmutado el conflicto.

Pero al margen de que el diagnstico sea complejo, de que la interlocucin poltica legtima chechena haya sido exterminada (lo que enmaraa an ms la situacin) y el hecho de que cualquier salida de carcter democrtico sea hoy una quimera, es obligatorio que adoptemos una posicin esperanzadora respecto a una posible resolucin a medio plazo. Si bien es cierto que tras la muerte de Masjadov toda esperanza a corto plazo es utpica, sera deseable que agentes externos al conflicto presionasen para que el Kremlin flexibilizase sus posiciones. La presin que las sociedades civiles occidentales pudieran desarrollar sobre sus gobiernos para que implementasen polticas concretas hacia Rusia, en este caso, sera determinante.

Colaboracionistas necesarios

Pero la realidad es inversa. Por el contrario, nada de todo lo narrado sera viable sin la mejor de las coberturas, la que protagonizamos las orondas sociedades civiles occidentales. Ni movilizaciones, ni denuncias, ni explicaciones a los polticos que legitiman a Putin... Somos, junto al resto de ciudadanos europeos, corresponsables del genocidio, ya que nunca podran darse polticas de exterminio aritmtico en el mundo, y menos en Europa, si las opiniones pblicas con mayor acceso terico a la informacin, o sea las nuestras, exigiesen a sus polticos polticas de aislamiento y deslegitimacin de carniceros como Putin. Hoy es absolutamente normal que polticos o periodistas progresistas y demcratas occidentales no duden en hablar de la democracia rusa y los terroristas chechenos, legitimando el despropsito putiniano.

Y por tanto, es lgico que para la mayora de los ciudadanos europeos Chechenia sea un conflicto lejano ms del arcn de los conflictos olvidados. Pocos son conscientes de que Chechenia es Europa, de que en el extremo oriental del continente se produce un genocidio, de que la desesperacin de los supervivientes de este pueblo les lleva a llamar la atencin de cualquier modo. Es en vano. Diez aos despus de la primera invasin, la pequea repblica norcaucsica est devastada, diezmada. De 1.200.000 habitantes que haba censados en 1991 no quedan en 2005 ms de 600.000. Sea esta quizs la mejor fotografa del conflicto.

Por eso es obligatorio terminar con el manto de silencio que legitima esta aberracin, porque no es posible tanto horror impune sin tanta complacencia indiferente.


Gabirel Ezkurdia Arteaga es politlogo y analista internacional. Este artculo ha sido publicado en el n 16 de la edicin impresa de la revista Pueblos, junio de 2005, pp. 6-8.


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