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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-04-2013

Las dos Espaas

Marcos Roitman Rosenmann
La Jornada


Antonio Machado, poeta andaluz, republicano, antifascista, muerto en el exilio, acu el concepto. El siglo XX espaol naca en medio de una crisis de identidad. Se trataba de luchar contra la oligarqua, el caciquismo y las formas rancias del nacional-catolicismo defendidas por Ramiro de Maeztu y Marcelino Menndez Pelayo.

La guerra hispano-cubano-norteamericana provoc frustracin. A principios del siglo XX la Espaa imperial era historia. Naca la generacin del 98. La pobreza, el hambre y la crisis institucional copaban los debates. Antonio Machado lo puso en blanco y negro: Ya hay un espaol que quiere vivir y a vivir empieza, entre una Espaa que muere y otra que bosteza. Espaolito que vienes al mundo, te guarde Dios. Una de las dos Espaas ha de helarte el corazn.

Con el advenimiento de la II Repblica, las dos Espaas se definieron polticamente. Una levant un proyecto laico, moderno, antifeudal y progresista. La otra decidi abrazar la Espaa rancia, los intereses de la oligarqua terrateniente apoyndose en el nacional-catolicismo y el ideario fascista. La derrota de la II Repblica hizo trizas el proyecto democrtico. Los derechos sindicales, las libertades polticas, la reforma agraria, la enseanza pblica, la participacin de la mujer, fueron eliminados de un plumazo y sus defensores perseguidos hasta la muerte. As se inauguraba la larga noche del franquismo, que dur casi 40 aos (1939-1975). Durante este tiempo primaron el odio, la represin y el fanatismo religioso. Una supuesta conspiracin comunista, judeo-masnica para destruir Espaa, fue la excusa para llevar al paredn a miles de republicanos. Francisco Franco utiliz el anticomunismo como mecanismo para cohesionar el rgimen y ganar adeptos. Y lo consigui. Entre la modernizacin del Opus Dei, la incorporacin a Naciones Unidas y la visita del presidente estadunidense Dwight Eisenhower en 1959, una de las dos Espaas, la falangista, catlica, apostlica y romana, aliment la unidad del rgimen. El ritual franquista se inauguraba con el saludo fascista, la veneracin al caudillo y declamando: Espaa: Una!, Espaa: Grande!, Espaa: Libre!, Espaa: Una, grande y libre!

Tras la muerte de Franco, las dos Espaas, hasta ese momento irreconciliables, se acercaron hasta fundirse. Fue el tiempo de la reconciliacin. Republicanos, franquistas, monrquicos, socialistas, comunistas, democristianos y liberales se unieron para iniciar la transicin, principio del fin de las dos Espaas. Se legalizaran los partidos polticos de la izquierda histrica, PSOE y PCE, los sindicatos de clase y dio voz a los partidos burgueses nacionalistas. El miedo a una nueva guerra civil se desvaneca. Junto a ello, los crmenes de lesa humanidad del franquismo se invisibilizan. La restauracin borbnica naci libre de polvo y paja. Una ley de amnista, el abandono de la justicia reparadora y el pacto de silenci evit que los cadveres de los miles de republicanos fusilados durante el franquismo fueran reconocidos y recuperados por sus familiares para darles una sepultura digna.

Los partidos polticos perseguidos durante la dictadura, a cambio del silencio, recibieron, bajo el principio de compensar el patrimonio expropiado durante el franquismo, millones de pesetas y propiedades. Quid pro quo. Quienes se opusieron a la corona y los pactos de la Moncloa fueron etiquetados como escoria que resucitaba la idea de las dos Espaas. En ella, se dijo, habitaban los nostlgicos del franquismo y los republicanos. En el medio, los salvadores de la patria, defensores de la unidad de Espaa bajo la corona borbnica. La nueva Espaa naca hipotecada. Sus padres putativos le dieron la bienvenida. Siguieron mandando los de siempre, esta vez con el aval de los advenedizos legitimados por Estados Unidos, la socialdemocracia y la comunidad europea.

Hoy, en medio de la crisis, se constata la existencia, nuevamente, de dos Espaas. Pero sin las connotaciones del siglo pasado. Me refiero a una, oficial, representada por la clase poltica, monrquica, cortesana e institucional. La otra, a la que pertenecen millones de espaoles y sufre las decisiones de la primera. La Espaa oficial, minoritaria, sin vocacin democrtica, vive ajena a las preocupaciones y problemas de sus conciudadanos. Alega tener la legitimidad de las urnas y ser depositaria de la voluntad general. Anida en las instituciones polticas. Se arropan entre ellos y estn protegidos por un halo de impunidad que recubre sus actos. Hacen y deshacen en nombre del pueblo, rompiendo promesas electorales, violando programas y principios ideolgicos. Adoptan una actitud de desprecio cuando se les pide explicaciones o increpa por corruptos, altaneros y mentirosos. En ese instante, la Espaa oficial se pone el traje de vctima. Despotrica y solicita proteccin policial contra los alborotadores. Aducen acoso, violacin de intimidad y sentirse indefensos. Declaman ser buena gente, no hacer dao a nadie, sacar a pasear sus mascotas, querer sus hijos, pagar las cuentas en el bar, dar propina, ser fieles a sus amantes y comer tortilla de patatas. Por ello, se preguntan, por qu tanta inquina, si no han hecho nada malo? Ellos slo cumplen con su deber, firman leyes que recortan los salarios, rescatan bancos, facilitan el despido libre, privatizan la sanidad, la educacin y, de paso, promueven el desempleo. Nada del otro mundo. Cumplen con lo mandado por el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y Bruselas. Unos cuantos desahucios, ms de 700 mil, 26 por ciento de desempleo, el aumento de los suicidios acompaado de consumo exponencial de ansiolticos que afecta a 8 por ciento de la poblacin. Viven de espalda a la realidad. Segn nos relatan, estn atados de pies y manos. Piden comprensin, la marca Espaa est en peligro. La corrupcin, el trfico de influencias, la evasin de capitales, el hambre y la exclusin social, alega el gobierno del Partido Popular, ellos no la provocaron, es la herencia del PSOE. Unos atacan, otros se defienden. El presidente del gobierno, Mariano Rajoy, habla de un complot hacia la clase poltica, el rey, los jueces y las instituciones democrticas. Una nueva leyenda negra se cierne sobre Espaa. As perciben el mundo. La ministra de Sanidad, Ana Mato, y su ex marido, Jess Seplveda, acusados de corrupcin, disfrutar viajes, fiestas y aceptar coches de lujo, pagados por la trama corrupta del Partido Popular, se acoge al machismo rampln. Ella, mujer de la casa, dice, no pregunt la procedencia de dichas regalas. Hoy, para capear el temporal, su ex marido no tiene nombre. Cuando se le pregunta, la ministra Mato responde: ...pregntele a esa persona. Los ejemplos sobran.

La otra Espaa, a la que pertenece la mayora de la poblacin, se siente engaada, desamparada, indefensa. Asiste incrdula al derrumbe de sus ilusiones. La conforman todas las clases sociales y han votado a todos los partidos, sin excepcin. Otros se identifican con los movimientos sociales, como el 15-M; piden democracia real ya; la plataforma de los desahuciados que lucha por la dacin en pago, el alquiler social, no perder su vivienda y el acoso de los bancos; los maestros de escuela que salen a la calle en defensa de una educacin pblica, digna y de calidad; los mdicos, enfermeras y el personal auxiliar opuestos a la privatizacin de la sanidad, el cierre de centros de urgencia, aquellos que no entienden la salud como un negocio, sino patrimonio social; los jubilados, a los cuales se les congelan las pensiones; los pequeos y medianos ahorradores estafados por las preferentes bancarias; los estudiantes que ven aumentar la matrcula universitaria en 200 por ciento. Las amas de casa que soportan la estructura cotidiana del hogar con hijos en paro y sin salidas profesionales; los cientos de familias que han pasado a vivir en albergues, coches o colchones improvisados bajo puentes, alimentndose en comedores sociales; los profesionales, investigadores, cientficos y becarios de centros de excelencia que han visto cerrar sus puertas por los recortes; los trabajadores y obreros cuyos convenios colectivos se negocian a la baja intimidados con la amenaza de despido. Esta Espaa, la de todos, no renuncia a las instituciones, a ser tenida en consideracin poltica. Pero la otra Espaa hace odos sordos y levanta un muro para no ver el sufrimiento que padecen sus conciudadanos. No est a la altura de un pueblo que mantiene, por encima de todo, la dignidad, y les guste o no les llama mentirosos, corruptos y asesinos, que lo son.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2013/04/28/opinion/020a1mun



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