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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 27-05-2013

Los cangilones polticos

Susana Merino S.
Rebelin


El agua cantaba

su copla plebeya

en los cangilones

de la noria lenta

(Antonio Machado)

Como en las coplas de Machado el agua sigue remontando la historia desde la oscura profundidad del suelo en el que sucesivas generaciones han ido dejando su annima huella. El agua alimenta los sembrados, nutre los rboles, sacia la sed de hombres y animales pero tambin genera riqueza y es sobre esa riqueza que la humanidad ha fundado la organizacin que conocemos. Una organizacin que por un lado conforman los que desde la oscuridad, como la ciega mula de la noria, proveen el agua y el esfuerzo y por el otro los que se aduean de los frutos de esa tierra y los concentran en su propio y exclusivo beneficio.

Pero volviendo al poema de Machado, dnde estn los cangilones que cargan, acarrean y finalmente vierten el agua en los sembrados? Pues aqu mismo, en esta sociedad que ha alumbrado un tercer estamento, un estamento que funciona como los cangilones o los arcaduces rabes y que depende de unos y de otros, de unos desde el sufragio universal, por el voto y la reiterada e ingenua aceptacin por parte de las mayoras de hasta las candidaturas menos fiables; de otros por el dinero, las prebendas, los privilegios y la complicidad que desde el poder econmico les ofrecen y que permiten ocultar toda clase de malversaciones y de conductas ms o menos deshonrosas. Me estoy refiriendo, qu duda cabe? a la clase poltica.

Una clase poltica que se ha ido perfilando a lo largo del tiempo y funcionando como imprescindible cadena de transmisin entre el trabajo, los recursos naturales y la acumulacin de riqueza. Como un eslabn que ha perdido su sentido inicitico aquel que segn los antiguos griegos tena por objeto resolver los problemas de la convivencia ciudadana orientando su quehacer al logro del bien comn, convirtindose en cambio en un activo intermediario, con propios y abundantes rditos de un aceitado engranaje entre la produccin y el capital que no se puede ocultar propio de la cultura mercantil en la que el neoliberalismo nos ha ido sumergiendo.

De modo que aquellas dos corrientes de intereses que nacieron diferenciadas en la Revolucin Francesa y que durante ms de dos siglos han venido caracterizando el ejercicio poltico en occidente est terminando por confundirse en un magma informe en el que ya no existen ni izquierdas ni derechas sino un conjunto de actores con tan enorme capacidad histrinica que tan pronto estn en un lado como en otro, formando alianzas, adhirindose a esta o aquella otra tendencia, segn lo aconsejen las circunstancias, vendindose al mejor postor o al que otorguen las encuestas mejores perspectivas electorales O an cuando existan algunas diferencias y se instalen campaas bastante similares, todo cambia, todo se transforma (con perdn de Lavoisier), nada perdura cuando los protagonistas acceden al poder, esa prenda codiciada que se ha convertido en una atractiva fuente de ingresos y en un lucrativo negocio de la mercadotecnia contempornea.

Mientras tanto si alguna vez se supuso que el papel de los partidos polticos era formar un mbito en el que los ciudadanos fueran capacitndose para ejercer el noble oficio de construir el bien comn y en el que deberan existir canales de comunicacin con la sociedad, con los movimientos sociales, con los sindicatos de trabajadores, con todas aquella asociaciones civiles que expresan los intereses de la poblacin, es indudable que no solo no cumplen con esa funcin sino que adems ni siquiera se preocupan de formar polticos con un mnimo de idoneidad para que, cuando llegue el momento, ejerzan la funcin pblica.

Porque resulta algo extrao, y sin embargo no parece motivo de preocupacin, que cualquier actividad profesional requiera aos de preparacin terica y prctica, de ejercicio permanente, de perfeccionamiento continuo, mientras que la conduccin de una comunidad, de una provincia, de un Estado estn librados a la improvisacin, aunque nadie, ni la ms pequea empresa privada, funcionara sin un proyecto claro y una definida planificacin basada en objetivos que no pueden cambiarse arbitrariamente cuando se cambia de empleados. Pero para la funcin pblica, fundamentalmente electoral, parece que no hace falta el respaldo de una adecuada formacin, aunque sea evidente que la condicin de abogado, ingeniero o de cualquier otra profesin no habilita, no puede habilitar para el manejo de la res pblica.

Todas las profesiones parten de visiones sectoriales y para integrarlas es necesario disponer de una visin global, de conjunto, que es la que debera otorgarles a los aspirantes al poder pblico la visin poltica. Y no me estoy refiriendo a la visin partidaria de cada una de las fracciones de pensamiento que se arrogan el derecho de acceder al poder o se proponen lograrlo, sino a la que define con claridad los objetivos que deben inspirar y conducir a la totalidad de las corrientes polticas a travs del tiempo o lo que generalmente llamamos polticas de Estado. Polticas de Estado que permitan dar continuidad a la construccin de un pas, de una comunidad, de una nacin obligados en cambio a aceptar las marchas y contramarchas a las que nos tienen acostumbrados los vaivenes y las improvisaciones de la desmadrada poltica de nuestro tiempo.

Por otra parte se ha vuelto moneda comn, como recuerda Hannah Arendt en Sobre la revolucin, que la mayora de los polticos olvidan rpidamente sus promesas electorales e invierten radicalmente sus posiciones como sucedi con Robespierre -agrega- que cuando lleg a ser el jefe poltico del gobierno revolucionario pas de ser un defensor de las sociedades populares acostumbrado a denunciar la conspiracin de los diputados del pueblo contra el pueblo a convertirse enel ms encarnizado enemigo de aqullos a los que anteriormente llamaba verdaderos pilares de la constitucin.

Otra interesante observacin de Hannah Arendt, llamativamente escrita hace ms de cincuenta aos es la que se refiere a la formacin de los modernos movimientos sociales sobre los que escribe es cierto que el principio de organizacin de tales movimientos se corresponde con la existencia de las masas modernas, pero su atraccin es consecuencia de la hostilidad y suspicacia del pueblo frente al sistema de partidos existente y al modo de representacin predominante. Una observacin que debera inducirnos a reflexionar y a analizar de qu forma podemos reconstruir el tejido poltico de manera incluyente y no como ha venido perfilndose y concentrndose desde hace varias dcadas hasta ser una casta de prebendas, de un sistema que aunque insista en llamarse democrtico se halla cada vez ms gobernado por el capital y lo que es an peor transnacional y concentrado.

Porque no puedo dejar de remitirme una vez ms a Hanna Arendt, que dice que si bien es cierto que son los partidos los que abrieron las puertas a la participacin poltica de las clases inferiores siguiendo la tendencia de buscar una nivelacin creciente y que en consecuencia esa elite cita Arendt a Duverger que procede del pueblo ha logrado sustituir a las lites originadas en la cuna o la riqueza, ello no significa que el pueblo haya llegado an a participar en el manejo de los asuntos pblicos.

Es decir que la felicidad pblica y la libertad pblica se han convertido de nuevo en el privilegio de unos pocos de aquellos que funcionan como los cangilones de la noria del poema de Machado, llevan y traen y perseveran en el propsito de seguir cumpliendo esa tarea porque de ese modo, aunque solo transporten ilusiones y sueos la han transformado en una eficiente manera de asegurar su propio bienestar y el del reciente y nunca ms acertadamente bautizado capitalismo de amigos.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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