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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 31-05-2013

Capriles en Colombia: una jugada
Lneas rojas a la paz y beligerancia

Carlos Alberto Ruiz Socha
Rebelin


1. Algo nuevo ha pasado?

El pasado mircoles 29 de mayo Santos recibi en su palacio de gobierno de Bogot a Capriles, quien, como sabemos, personifica y coordina en la actualidad parte de esa fuerte corriente desestabilizadora, hilvanada hace muchos aos, incluso antes del golpe de Estado de 2002. Desde entonces, Capriles se ha significado en el potencial de la extrema derecha venezolana y de los nodos transnacionales que buscan derribar los procesos de poder popular en Amrica Latina. Por ello, ha conjugado esfuerzos con Uribe Vlez, prototipo de ese entramado fascista con enlaces en todo el hemisferio, vinculado no slo con el exacerbado neoliberalismo sino con el paramilitarismo y el narcotrfico. Como expresin poltica, adopta y adapta as sus rasgos en mltiples escenas. En las salas de decisin y en la oportunidad del disparo.

En particular frente a Venezuela, hasta agosto de 2010, en ese espectro ultramontano caba Santos, quien ese mes, una vez se posesion como presidente, decidi dar un paso en otra direccin. En la prctica se desdeca de su anterior papel. No se olvide cmo aos atrs simboliz, con cierto aire de alfil ilustrado, ese ncleo opuesto en Colombia y en otros pases a la Revolucin Bolivariana, dando claro apoyo a los golpistas, en concreto al empresario Pedro Carmona, quien luego de encabezar esa punzante intentona se fue a vivir a Colombia, donde, entre otras actividades, ha posado como profesor de altos mandos militares.

En agosto de 2010 ya las cosas eran a otro precio. Efectivamente, en la cita de Santa Marta con el Comandante Chvez el da 10 de ese mes, pactaron recomponer las relaciones entre los dos pases. Se supone Santos representaba no slo una nueva etapa sino un nuevo modo de tratar diplomtica y polticamente las evidentes diferencias de fondo que enmarcaban entonces y encuadran hoy las rutas de dos naciones que comparten destinos a fuerza de historia y geografa, al menos.

Santos utiliza desde ese momento a Venezuela para un giro internacional y de imagen, implementando algunas de sus polticas ms importantes, de gran peso interno y externo. Una que est en esa frontera y centro de gravedad por definicin es la relacionada con el conflicto armado. Los continuos esfuerzos del Presidente Chvez por aproximaciones con la insurgencia, se condensaron en la facilitacin secreta y luego en el abierto papel cumplido que hoy se plasma no slo acompaando en la mesa de conversaciones con las FARC en La Habana, sino en las posibilidades de dilogos con el ELN.

 

2. Una visita servida

Un error o una jugada premeditada de Santos? Para alguien inmerso en las claves de esas relaciones y ubicado en ciertos protocolos, es elemental que recibir a Capriles en el palacio de gobierno, colgando en la Web presidencial una foto del encuentro y el abrazo, es un acto de agresin poltica a un pas que no slo salvaguarda discretamente el proceso de paz, sino que no ha incurrido en acto alguno de hostilidad contra el gobierno Santos. No hay una sola actuacin de tensin o enemistad a la que haya dado lugar el gobierno del Presidente Maduro. Ni una sola. En cambio, es ostensible la repercusin que tiene dar el beneplcito a Capriles en su campaa de atentados al proceso bolivariano, que comenzaron aos atrs, y que el pasado 14 de abril confirm en su escalada y estrategia. Da de las elecciones, cuando, tras perderlas, habiendo manifestado anticipadamente que no reconocera los resultados, llam a la violencia, incluso contra personal cubano, como est probado, desencadenando las arremetidas de terror contra gente pobre, que dejaron once (11) muertos, todos militantes chavistas, adems de decenas de heridos y destrozos materiales.

Santos no saba lo que haca recibiendo a Capriles? O precisamente lo sabe muy bien? Santos no es un idiota. Es agudo, es sagaz. Tiene muy presente lo que significa recibir a quien en el golpe fascista de 2002 asalt y agredi la embajada cubana en Caracas y que hoy escupe palabras como balas, contra Cuba y Venezuela. Santos puede comprender bien los efectos de esa aversin y obsesin de Capriles convertida hoy en cruzada, contra los dos pases y gobiernos que ms han aportado a la concrecin de un proceso de paz.

No cabe duda que es posible entonces calibrar el impacto de esa visita servida, ocurrida tras la llegada, 48 horas antes, del vicepresidente de los Estados Unidos, Joe Biden, quien manifest el respaldo de la administracin Obama al gobierno de Colombia en el campo de la batalla, pero tambin en el campo de las negociaciones . Santos se asegur de que quedara claro que una cosa ha llevado a la otra: sera cerrar con broche de oro lo que se inici hace trece aos con el Plan Colombia (http://www.elnuevoherald.com).

 

3. Una doctrina perversa en la lnea roja

Biden lleg a Colombia el domingo 26 de mayo, coincidiendo exactamente con la noticia del acuerdo firmado en La Habana sobre el primer punto de la agenda pactada entre las FARC y el gobierno Santos. En ese proceso, hay dos lneas rojas que autoritariamente ha demarcado Santos con antelacin, sobre las cuales insiste l y algunos de sus ministros (especialmente Pinzn, de Defensa), a los que pone a hablar duramente cuando el propio presidente Santos estima conveniente no dar la cara o mandar un mensaje belicoso. Ha-n dicho que no se puede tocar en absoluto ni el modelo econmico ni las fuerzas armadas, sobre las cuales en particular se ha hecho referencia a su doctrina.

En evidente tiempo de avances de las conversaciones de paz, mientras se persigue que la parte insurgente se rinda, claudique, se extinga mediante la negociacin/desmovilizacin, transformando su propia naturaleza de organizacin poltico-militar en un grupo declinante que acepte las reglas del sistema, la otra parte, el ejrcito y polica oficiales, no slo se mantienen inclumes como conjunto en sus directrices ideolgicas y funcionamiento represivo, sino que se les premia, se les redime y dispensa jurdicamente a sus miembros, fortaleciendo mecanismos de impunidad a travs del Fuero Penal Militar, cuyo reglamento se estaba discutiendo a pocos pasos del palacio donde se estrechaban en un abrazo Santos y Capriles.

Qu est cifrado, escondido y larvado en una doctrina y estructura ptreas, de tal manera que no sea posible ni siquiera debatir algo sobre esas fuerzas armadas? Qu contienen y qu suponen, tanto como para que se consagren y oculten sus fundamentos, sus bases tericas y operacionales? Qu es tan sagrado o tan criminal al punto de ser intocable? Por qu no se pueden indagar y contrastar sus cimientos?

Para el debate hace falta conocer esa doctrina a profundidad, muchos de cuyos manuales y rdenes permanecen bajo el tratamiento de reserva de seguridad nacional. No obstante el secretismo estatal, se conocen instrucciones precisas en las que se edifica la moral de combate de esas fuerzas armadas. Hace pocos das, dentro de varios ejemplos, se descubri cmo un documento oficial con el que se adiestra para atentar contra la Comunidad de Paz de San Jos de Apartad, advierte en su introduccin: es de obligatorio conocimiento para nosotros como militares, para poder manejar estas comunidades dentro del mbito de la guerra poltica . En la resea periodstica se lee: hay actividades de inteligencia en las comunidades, interceptaciones de los telfonos de sus dirigentes, rastreos a cuentas y seguimientos en el exterior. Esa labor se hizo en conjunto con el DAS, que entreg monitoreos de Luis Eduardo Guerra 12 das antes de que los asesinaran en San Jos [a l y a su familia, incluyendo nios] (http://www.eltiempo.com/justicia/ARTICULO-WEB-NEW_NOTA_INTERIOR-12766721.html).

No hay que hacerse muchas preguntas para explicarse la razn de masacres, torturas, desapariciones forzadas y otros crmenes de lesa humanidad cometidos por militares y policas contra ese colectivo, uno de los ms castigados por el terrorismo de Estado (http://www.cdpsanjose.org/). Pese a la fanfarronada o amenaza gubernamental de prohibirse tocar el tema, tanto para la sociedad civil popular (vase la importante indagacin realizada por la Comisin Intereclesial de Justicia y Paz: http://justiciaypazcolombia.com/El-alma-entre-doctrina-militar-y) como para las organizaciones rebeldes, esta lnea roja es totalmente absurda. Santificarla como algo incuestionable es un despropsito, salvo que, por definicin y cometido, su tarea de defensa consista en preservar los aparatos de la guerra sucia a fin de que terminen de cumplir sus objetivos en la siguiente fase que se prev sea de desmovilizacin de los hoy alzados/as en armas.

Las FARC discutirn el tema de la participacin poltica -siguiente en la agenda- sin mencionar y abordar este tema de las doctrinas criminales enquistadas en las fuerzas oficiales? Puede hablarse de derechos y garantas de seguridad -como reza el acuerdo- o de oposicin poltica, sin referirse a esas bases descompuestas de la seguridad nacional, a sus fuentes, alianzas, dispositivos y concepciones criminales?

Qu tiene esto que ver con el problema que en este artculo se pretende reflexionar? En primer lugar la referencia a la doctrina militar, indicando un ejemplo de destinatario u objetivo de ese pensamiento criminal que trata a la poblacin como enemigo a destruir. En segundo lugar la reveladora coincidencia, a su vez reveladora de los valores humanos que se contrastan en el ms alto cargo del Estado: en el mismo da que Santos atenda en su palacio de gobierno al fascista Capriles, desconoca un mandato de la Corte Constitucional (ver http://www.corteconstitucional.gov.co/RELATORIA/Autos/2012/A164-12.htm y Sentencia T-1025 de 2007 ) que seala la obligacin del gobierno de retractarse por acusaciones de la Jefatura del Estado, realizadas contra la Comunidad de San Jos de Apartad. Cuando ya 32 miembros de esa comunidad se hallaban en Bogot para el acto oficial el da 29 de mayo, cita a la que Santos se haba comprometido, recibieron la noticia de que el presidente no estara (http://www.justiciaypazcolombia.com/Una-agresion-mas-del-alto-gobierno). De nuevo el mandatario mand: se escud en un ministro. Pero para Capriles s tuvo tiempo: le recibi en persona y no a travs de un encargado.

As como la doctrina militar se ha configurado histricamente mirando hacia el interior, criminalizando una gran parte de la poblacin para actuar contra ella, tambin se ha articulado esa visin desde los tiempos de la Guerra Fra, a la estimacin de los lazos de la subversin interna con el fantasma del comunismo internacional , hoy reeditado en las propias apreciaciones y actuaciones de las fuerzas armadas oficiales, comprometidas no slo en la lectura de Venezuela como antagonista o polo en la tensin militar, sino aplicando desde aos atrs recursos y trazando objetivos en diversas operaciones militares, de inteligencia y paramilitares, como la reiterada filtracin en territorio venezolano de mercenarios o espas.

Para continuar hacindolo, esa doctrina paranoica del enemigo interno-externo es funcional, semillero de militares y policas con sus correspondientes servidumbres y emolumentos, ms si se tiene en cuenta la inmensa cantidad de beneficios que se derivan para ellos de la dependencia de sus instituciones armadas respecto de Estados Unidos e Israel, por nombrar dos de sus socios principales, que tanto proveen medios como fines: en concreto, sumas de dinero y sumas de motivos. De eso trata su doctrina. Creer que son atacados injustamente, que deben defenderse y que por ello bien vale una paga estimable.

Esto explica la otra razn de la lnea roja de Santos, respecto a sus fuerzas armadas, con doctrina huera incluida: las preserva eficaces en su mortal potencia frente al enemigo interno todava por derrotar (la deriva de la guerra sucia sistmica lo comprueba, as como su renovada impunidad) y las preserva tan firmes como determinantes en la hiptesis de ser utilizadas en el tablero de un conflicto regional latente, ms cuando ese escenario no ser definido slo por Santos y quien le reemplace en su silla presidencial, sino sobre todo en el squito de intereses que desde Washington se conjugan para mandar en esta parte del mundo. No conviene a sus proyecciones tocar en lo ms mnimo el soporte de fuerza. Nada de su material y su doctrina debe ser debatido. Nada serio debe ser expuesto al escrutinio. Al contrario: deben ser bien tratadas, reforzando con inyecciones de presupuesto, con secretismo y con figuradas razones de combate o misiones. Cuando no es el medio ambiente o el narcotrfico, es el libre comercio y el anti-terrorismo. No se cambia en consecuencia al vigilante ni a lo que lo guarnece exitosamente, de lo que depende la presente correlacin y la futura coercin. De ah que Venezuela est en la mira.

 

4. Y ahora qu?

Parece en episodio ms. Tras este incidente de la visita de Capriles, la canciller Holgun, la ministra de Exteriores colombiana, se apresta a glosar la situacin dando otra vez la cara por Santos, restando importancia al hecho y diciendo que volvern las aguas a su normal cauce diplomtico en el dilogo entre los dos gobiernos.

El canciller venezolano, Elas Jaua, ha sido claro en la protesta: Es sumamente lamentable que un gobierno y un pueblo como el de Venezuela, que estn haciendo esfuerzos denodados para que se consiga la paz en Colombia, reciban como respuesta de las instituciones del Estado colombiano el aliento y el estmulo a quienes desean desestabilizar la paz en Venezuela .

Ms por gallarda, compromiso e inteligencia, Cuba y Venezuela seguramente no respondern. No lo harn rompiendo en lo ms mnimo con Santos, aunque l, consciente y estudiadamente, haya pasado una importante lnea roja. Ese lmite no estaba demarcado con fro clculo. Por eso l asesta un golpe indecoroso, para mandar un mensaje en bruto, abusando no slo de la confianza y de la coyuntura de penosos das de debilidad o dificultad en Venezuela, sino precisamente profanando la razn de la responsabilidad adquirida altruistamente por Cuba y Venezuela en el proceso de paz. Sabe que igual que la guerrilla, no se pararn de la mesa. Que quien deber pararse e irse primero ser l.

Sin embargo, a futuro es posible tener en cuenta por Venezuela y Cuba ms de una respuesta, que no sea la de bajar la cabeza reflexivamente en nombre del digno deber de acompaar y ayudar a una negociacin poltica del conflicto colombiano.

Es conocida la aficin de Santos por los naipes y que en gran medida apuesta a la paz con ese artificio, pero no todo cabe en la lgica del pker o juegos similares. No obstante, la partida histrica, si no fuera por lo desgarradora y sangrante, est ms prxima a la simulacin que representa el ajedrez. Mientras l juega, otros no juegan. Para otros, incluyendo Cuba, Venezuela, la insurgencia colombiana y una parte de los movimientos sociales, esta contienda es real y es respetable.

A pesar del ardid de Santos con las manos, su truco es otro. Mientras l hace movimientos engaosos y atrae las miradas con amonestaciones dobles, propias de la esquizofrenia, da una recia patada a la mesa. Y luego otra. La visita de Capriles y su acogida, es la ltima: la demostracin de un poder arrogante que sabe provocar y probar la resistencia de las contrapartes.

Santos es inteligente. No se ha equivocado. Deliberadamente da diploma de demcrata y con ellas crdito y gran oxgeno a Capriles, para quien Colombia no es cualquier plaza. Es donde se guarda Uribe y un proyecto remozado, de donde se exportan militares y paramilitares, donde se impulsa o relanza una plataforma contrarrevolucionaria para la regin, donde Estados Unidos ordena a sus anchas, donde hay una fuerte colonia empresarial venezolana en contacto con Miami. Santos no es ingenuo. Prepara otras jugadas. No va a pedir disculpas al Presidente Maduro ni a Venezuela. Sabe a qu juega: planea la derrota de otros, de sus adversarios histricos, no su afirmacin en medio de las divergencias.

 

5. Pensar la beligerancia

Pero incluso el mejor jugador corre riesgos. Uno de esos es hacer recordar, precisamente a quienes se fuerza a olvidar. Santos nos ha ayudado a recobrar memoria. Y posiblemente lucidez e integridad.

El Comandante Chvez en enero de 2008 puso abiertamente sobre otra mesa histrica elementos para un acertado dictamen tico, poltico y jurdico referido a la beligerancia de la insurgencia colombiana. Si entonces en plena guerra en Colombia y en afilada tensin con Venezuela, a muchos les pareci improbable el alcance de alegar el estatuto de beligerancia o de fuerza beligerante para la guerrilla colombiana, el ELN y las FARC, ahora, en el 2013, no es lo mismo.

Ahora estamos en pleno desarrollo de unas conversaciones de paz avaladas internacionalmente, en las que de hecho las bsicas caractersticas de esa titularidad de la beligerancia, se han rubricado, son ms fehacientes y autnticas, concedida esa condicin en la directa interlocucin poltica entre un Estado con delegados plenipotenciarios, y un ejrcito insurgente con sus respectivos representantes, con quienes ha pactado ese Estado no slo normas de un proceso poltico-jurdico sino el papel de garantes, de facilitadores, adems de una logstica y de un cubrimiento diplomtico y de seguridad.

Ha sido dado ya explcitamente un tratamiento que se exterioriza y extiende. Aunque sea limitado el reconocimiento de la parte insurrecta, ya se est en el curso de ese instituto jurdico que vale la pena apuntar. Para tener a la vista que si bien un nivel de esa figura normativa ha sido traspasado por diferentes mecanismos de derecho internacional, como tal la beligerancia en tanto posibilidad jurdica garantista y finalista no ha sido derogada: existe, y se puede hacer valer. Ms cuando la parte estatal de un pacto ha sido no slo desleal ahora en lo poltico, sino incongruente con los valores elementales, cuando prepara probada y probablemente con otros una embestida que no slo defrauda la confianza bsica de terceros, sino derechos colectivos, de su propio pueblo, al negarse a aplicar el derecho humanitario y en general el derecho de los conflictos armados, y los derechos de otros pueblos, incluyendo su soberana, de los que se burla un acto consciente como el de Santos, al expresar una voluntad de equiparar a un fascista como regente democrtico.

En todo caso, ms all de la reciprocidad poltica, y por supuesto fuera de toda lgica de retaliacin, cabe que otra vez comencemos a reflexionar sobre la beligerancia, no como un estatuto en desuso, sino plenamente vigente, que re presenta como tal, en primera instancia, un juicio de hecho , y no necesariamente un juicio de valor . La beligerancia , tcnicamente, es una categora jurdica proporcionada que puede reivindicarse, enunciada la entidad y personera tico-jurdica de la guerrilla, su explorada y comprobada dimensin regulativa o de compromiso. Hay hechos irrecusables que revelan capacidades de la insurgencia frente a requisitos clsicos del derecho internacional , en tanto organizacin poltico-militar, estando ya habilitada de hecho, existiendo como contraparte, con un cierto dominio territorial , bajo una estructura de mando responsable y con evidente posibilidad y capacidad de control de las prcticas coercitivas ( operaciones militares sostenidas y concertadas, y aplicacin de instrumentos como el Protocolo II de 1977 ), trminos sealados por el derecho internacional, positivo o consuetudinario.

Debe y puede ser reconocida la insurgencia todava ms en derecho , en funcin de sus obligaciones y facultades, pero tambin de cara a los derechos y deberes respecto de la poblacin y terceros. Supone dar el paso que va de lo fctico-arbitrario a su ordenacin, en pos de una confrontacin que pueda ser regida con pautas jurdicas ms estrictas y equilibradas. No como hasta ahora.

Por esto y por diferentes situaciones homologadas en la horizontalidad bsica del trato poltico, ya verificado, se puede creer que existen las bases para que se discuta nuevamente esta cuestin de la beligerancia , a la luz de otros conceptos y de realidades emergentes, ms all de las categoras jurdicas convencionales, pero incluso con ellas en la mano, al lado de las caracterizaciones de lo fctico y lo jurdico ya validado.

Qu no hay condiciones polticas para ello? Cada vez las hay ms. As como condiciones jurdicas para ese examen y esa declaracin, con base en un actualizado ejercicio interpretativo que atiende, por ejemplo, a las finalidades que han sido propuestas para un convenio humanitario y de regulacin por la guerrilla, a lo que se ha rehusado insistentemente Santos. Ser que lo rechaza por la doctrina militar que es su propia lnea roja? Ser por sus estimaciones de prximo avance contundente en operaciones de guerra que efectuar mientras dialoga convidados en la mesa unos terceros a los que estafa o afrenta? Ser por el rol que debe cumplir de acuerdo a los pactos militares y de seguridad ajustados por los Estados Unidos, que no renuncia a desestabilizar a Venezuela y Cuba? Por el uso de drones y dems en la nueva era blica?

Si ayer y hoy patea la mesa Santos, puede ser que su gesto escabroso le repercuta maana: que de los otros lados exista la resolucin necesaria un da, para recordarle que con principios de otros no se juega. Validar a Capriles es aprobar una cadena de ataques viles contra los pueblos y gobiernos de Venezuela y Cuba. La decisin la deben tomar estos dos pases, desde sus causas de dignidad y soberana. No se levanten de la mesa, pero sepan a qu juega quien all reparte sus cartas y en otro lado credenciales. Una de ellas al fascista Capriles. Entre tanto, 32 vctimas del terrorismo de Estado no perdieron un pice su vergenza. Esperaron. Luego levantaron la mirada y con otras miles de colombianas y colombianos, dejaron una constancia y agrandaron su resistencia.


 

(*) Carlos Alberto Ruiz Socha es Doctor en Derecho. Autor de La rebelin de los lmites (Edit. Desde abajo, Bogot, 2008). Fue asesor de la Comisin Gubernamental para la Humanizacin del Conflicto Armado en Colombia.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante unalicencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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