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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 10-06-2013

Una entrevista a Santiago Alba Rico, a propsito de Tiempo, tecnologa, capitalismo.
"Toda cosificacin es engao, pero no hay sociedad sin cosas y, por tanto, no hay sociedades sin engao"

Salvador Lpez Arnal
Rebelin


Escritor, traductor, activista cultural, periodista, autor teatral, colaborador en numerosos medios alternativos, arabista, guionista. Santiago Alba Rico es igualmente uno de los grandes filsofos europeos no eurocentristas que siente el compromiso con los y, sobre todo, con las personas ms desfavorecidas que le es anexo como una de las caractersticas ms esenciales del filosofar autntico, del que, como dira Mario Bunge, no se ocupa de trivialidades insustantivas. Entre sus libros ms esenciales La ciudad intangible y Capitalismo y nihilismo

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Has publicado recientemente en Revista Ecologista un artculo, en mi opinin excelente, lleno de mil novecientas diecisiete ideas, titulado Adis a las cosas. Me gustara centrarme en l. Algunas veces, afirmas inicialmente, has descrito la condicin antropolgica del ser humano como una mesopotamia de la evolucin. La expresin, la metfora, es magnfica. Nos la explicas un poco?

Es una frmula resultona, s, pero tampoco tan original en su contenido. Es una idea que, bajo otra formula, est ya recogida en algunos de mis libros (La ciudad intangible, Capitalismo y nihilismo y El naufragio del hombre): la tentativa, por as decirlo, de asociar la condicin humana, como apertura local de posibilidades, a una estacin histrica con un comienzo y quizs un fin determinados; a un perodo y a un estado fuera del cual no se podra hablar propiamente de ser humano sino slo de subhumanidad o suprahumanidad, de prehumanidad o posthumanidad; el nico perodo o estado en el que, para bien y para mal, se podra hablar de relaciones antropolgicas. Esa mesopotamia de la evolucin -entre la inhumanidad del hambre original y la del consumo capitalista, cierre categorial del hambre como modelo antisocial- yo la llamaba neoltico, menos con la intencin de definir en trminos paleontolgicos este perodo que recordando lo que para el historiador ingls Eric Hobsbawm constituye el gran acontecimiento del siglo XX: el fin -precisamente- del neoltico. Ese fin es el fin de la condicin humana, el umbral de la superacin de la humanidad, el comienzo de la obsolescencia del Hombre, por decirlo con Gnther Anders. Estamos viviendo en un mundo virtualmente post-humano como consecuencia de la combinacin de capitalismo y tecnologa: de la presin brutal sobre los territorios y de la desterritorializacin de los cuerpos y de las relaciones entre ellos. Puede que todo vaya a ser mucho mejor -tengo mis dudas- pero no ser ya antropolgico.


Insisto en este nudo. Sealas que esa condicin ha sido hoy casi rebasada por completo. Por qu? Por quines? Cmo?

Podramos decir que por el capitalismo, a condicin de recordar que el capitalismo no es un sujeto y mucho menos un demiurgo sino una relacin que explota de manera conflictiva contenidos que ella misma no ha producido (los cuerpos, el patriarcado, el lenguaje mismo) y que introduce en el mundo nuevas relaciones que no controla por completo y que no son puramente reproductivas. Este es el caso, por ejemplo, de la tecnologa, que tiene su propia historia, vinculada a distintas luchas de clases, y cuyo avatar propiamente capitalista libera efectos antropolgicos independientes del modo de produccin del que han surgido. Quiero decir que, a la hora de analizar el naufragio antropolgico actual, no basta con leer a Marx: hay que leer tambin a Polanyi, a Leroi-Gourhan, a Georgescu-Roegen, a Lewis Mumford, a Bernard Stiegler.


Te preguntar sobre algunos de estos nombres en otra ocasin. Apuntas, sumndote a la prudencia de Wallerstein, que era posible an la existencia de un marco poltico relativamente democrtico y relativamente igualitario. Por qu el era posible? Ya no lo es? Desde cundo no?

No sin razn mi admirado amigo Jorge Riechmann


Quin no admira y quiere a Jorge!

Claro, claro. Jorge me recordaba en una ocasin todos los horrores del neoltico (del patriarcado a la esclavitud). Pero esa mesopotomia -para dejar, en efecto, las periodizaciones ms cientficas y por lo tanto ms discutibles- incluye tambin grandes descubrimientos -digamos- de doble uso, entre ellos la escritura y el derecho, cuyo potencial democratizador va a quedar, mucho me temo, en barbecho. Incluye tambin la imaginacin, gran invento mesopotmico, que es la capacidad para ponerse en el pellejo del otro y cuidarlo -el del otro- como si fuera propio; un invento femenino o maternal que, a contrapelo y en las rendijas de la historia como lucha de clases, en medio de las ms atroces violencias, ha mantenido en pie, durante unos pocos miles de aos, la civilizacin humana, y esto hasta el punto de que podramos describir la actividad propiamente mesopotmica, la propiamente humana, a partir de esta hermosa y triste frase de la escritora inglesa A.S. Byatt: A veces pienso que todo el mundo humano es una vasta reserva de cuidadores de otros cuidadores, que se mueven furtivamente entre una confusin de capitalistas, explotadores, amos y opresores que no podemos ver, y que odiamos automticamente, pertenecientes a otra especie.


Qu hermosa y penetrante reflexin!

Lo es desde luego. El problema es que hemos llegado a un punto en el que el poder material, destructivo, de los opresores (esa otra especie) es tan grande que no slo la razn: tambin la imaginacin, matriz de todos los cuidados, est amenazada. Es difcil pensar en la posibilidad de un nuevo contrato social, que apoye un pie en el Derecho y otro en la Madre, en un mundo dominado por el hambre y en el que los ms hambrientos (que no tienen hambre de pan sino de ms territorios, ms beneficios, ms poder) someten al resto de la humanidad a un ininterrumpido chantaje armado: o nos dejis destruirlo todo despacio o lo destruimos todo inmediatamente. En este contexto despacio es un alivio, casi un placer para las vctimas, pero en todo caso un alivio incompatible con la poltica.


El ser humano, sostienes tambin, es una criatura anfibia, marcada por la conciencia de la finitud y por una laboriossima lucha, infinita esta, contra ella. Consciencia de la finitud, lucha no finita contra ella? No hay aqu muchas paradojas? Nos ayudas a disolverlas?

Bueno, es culpa ma si no me he hecho entender, porque esa paradoja no es ms que la definicin misma de la cultura, tal y como entienden ese trmino, por ejemplo, Levi-Strauss o Eagleton: el trabajo interminable contra y desde la naturaleza. Ese trabajo es precisamente la condicin humana y presupone dos cosas: la derrota parcial del trabajo, cuya potencia ha sido siempre limitada, y la victoria parcial de la naturaleza, sin cuya resistencia no puede constituirse humanidad. La victoria total de la naturaleza sera algo as como el regreso a la vida biolgica; pero la victoria total del trabajo entraara paradjicamente tambin la derrota del Hombre, una especie de suicidio por sobre-humanidad. El trabajo interminable -porque las fuerzas son limitadas- es esa mesopotamia de la que hablo. Hoy el peligro es claramente el de la derrota total de la naturaleza; y el de que la humanidad, por eso mismo, encerrada y entontecida en su propio poder, se convierta en pura vida biolgica inmanente, la de un organismo sin exterior incapaz de ver siquiera los peligros que la acechan como especie.


Si hay que definir al ser humano de alguna manera, sostienes en tu artculo con un prudente condicional, habr que hacerlo como una criatura limitada y obsesionada con los lmites. Aades adems: obsesionada con la bsqueda de lmites, lo que llamamos ciencia. Es eso la ciencia para ti, la bsqueda de lmites? Una bsqueda ilimitada, sin trmino que dira sir Karl, de nuestros lmites?

Lo cierto es que su labor consiste en encontrarlos. Tropieza con ellos todo el rato. Es verdad que la ciencia es ahora -casi solamente- una fuerza productiva del capitalismo y, en este sentido, opera ms bien como fuerza destituyente, pero no puede hacerlo sin invocar la misma idea de lmite, incluso en trminos ticos. En todo caso, con la modestia de quien ha pensado poco sobre la ciencia misma, me gustara parafrasear una frase de Rafael Barrett, el escritor anarquista hispano-paraguayo muerto en 1910. Dira entonces que la ciencia es una frontera: es el lmite inteligente de la naturaleza y el lmite material de nuestra inteligencia. Una mesopotamia, una vez ms, que cie bien, por otra parte, lo que queremos decir cuando hablamos de materialismo.


En contraposicin, sostienes, lo que caracteriza al capitalismo y a su tecnologa ancilar es justamente la rebelin contra los lmites. A todo tipo de capitalismo? A todo tipo de tecnologa?

No creo que haya diferentes tipos de capitalismo. Ojal los hubiera, porque eso nos permitira ser reformistas, que es la aspiracin natural de toda persona sensata, de toda persona cansada. Lo que caracteriza al capitalismo es que puede utilizar toda clase de procedimientos (eso s) mientras no escapen a su definicin misma, y esa definicin le exige utilizar slo aquellos procedimientos que garanticen su reproduccin ampliada, lo que a su vez implica la in-diferencia frente a (y la superacin de) todos los lmites. Podemos decir que hay distintos tipos de movimiento, pero no podemos decir que uno de los tipos de movimiento es la inmovilidad. El capitalismo -precisamente- no puede pararse; ni siquiera frenar su marcha (ese freno es lo que llamamos crisis). Hay distintos procedimientos de reproduccin del capitalismo, pero ninguno compatible con la conservacin de la naturaleza, el derecho, la democracia, los cuidados recprocos, las relaciones antropolgicas, todos esos procedimientos que yo asocio a la mesopotamia humana. Por eso, el momento revolucionario es inexcusable; es la condicin sine qua non de una futura sociedad reformable (pues no cabe imaginar una sociedad humana que no requiera siempre reformas). En cuanto a la tecnologa, es un error pensarla en trminos de neutralidad o ambigedad, como si la pudieran usar indistintamente, para bien o para mal, los buenos y los malos; como es un error pensarla slo a modo de una existencia putativa o subsidiaria, agotada en la reproduccin del capitalismo. La tecnologa est tambin -o sobre todo- al servicio de s misma; quiero decir que muchos de sus efectos no pueden describirse como funciones sino como marcos de percepcin (y de comportamiento) y como condicin y exigencia de nuevas tecnologas; es decir, como relaciones sociales y estructuras materiales, a igual ttulo que las relaciones de produccin o las relaciones edpicas. No hay un uso no-capitalista del automvil privado, como bien recordaba Manuel Sacristn, y no puede haber, desde luego, un uso comunista o democrtico de la bomba atmica, pero al mismo tiempo es muy difcil -muy difcil- retroceder respecto de los marcos de comportamiento (y conocimiento) introducidos por esas tecnologas, por lo que se podra decir que hay obstculos tecnolgicos -y no slo capitalistas- en el camino del comunismo. En cuanto a las llamadas tecnologas de la comunicacin, falta tambin una reflexin crtica desde la izquierda. Muchas veces he llamado la atencin, por ejemplo, sobre el carcter orgnico de la red, frente a la cual tenemos tanta libertad como frente a nuestro rin derecho o nuestro hgado. Pero basta pensar en el derrumbe de ciertas categoras espaciales fundamentales para la orientacin fsica y poltica. Cuando viajamos por internet, estamos saliendo o entrando? Que no podamos ya distinguir dentro y fuera, es funcional para el capitalismo? Es bueno para la revolucin? Lo que es innegable es que representa un tournant antropolgico cuya autonoma estamos obligados a reconocer y analizar, por as decirlo, al margen de la lucha de clases.


De dnde y por qu esa tradicin de izquierdas, de la que tambin hablas, fascinada por el desarrollo de las fuerzas productivas? Cmo irrumpi ese deslumbramiento?

Podras explicarlo mucho mejor que yo, Salvador, pero me atrevo a pensar que no discrepars si digo que esa tradicin comienza con el propio Marx, quien interpreta la historia de la lucha de clases como historia tambin del desarrollo de las fuerzas productivas, y ello en una clave -digamos- progresista, propia de su poca, que impone casi un esquema mitolgico de liberacin del proletariado y, en consecuencia, de la humanidad en su conjunto. La contradiccin fuerzas productivas/ relaciones de produccin acabar encajando en una ley del cambio histrico (que est y no est en Marx) que, como explica Isaac Joshua, confunde condicin y necesidad y acepta como indefectible la sucesin de relaciones de produccin cada vez ms elevadas a partir del simple desarrollo de las fuerzas productivas, sucesin mecnica cuyo colofn natural es el comunismo. El marxismo naci en plena revolucin industrial, en la ola del optimismo positivista, y este esquema subrayaba la fuerza (y la conciencia) del proletariado naciente: el capitalismo produca a sus propios sepultureros, que tenan la conviccin -en expresin de Bemjamin- de estar nadando a favor de la corriente. La insistencia en el desarrollo de las fuerzas productivas introduce, a mi juicio, dos elementos muy perturbadores y negativos en cierta tradicin marxista, cuya mxima expresin es la Unin Sovitica de Stalin. El primero es el desprecio por la poltica y por la democracia. El segundo, ms grave an porque es causa del primero, la identificacin de la liberacin con un productivismo malentendido, remedo del capitalismo, que acaba provocando (como lo demuestra Chernobyl) los mismos efectos catastrficos. Una crtica al marxismo histrico desde el ecologismo de izquierdas es ms necesaria que nunca. Manuel Sacristn fue uno de los pioneros en ese campo -desde el propio marxismo- y sin duda la lectura de Fernndez Durn, Jorge Riechmann o de nuestra queridsima compaera Yayo Herrero es indispensable para trazar un nuevo cuadro, realista y democrtico, de las condiciones materiales de la liberacin humana.


El capitalismo, vuelvo a citarte, es una hybris, no individual sino estructural, una tirana que se rebela sin interrupcin contra los tres lmites que, frente a ella, deberamos conservar y defender como condicin de todo contrato social: la tierra, los cuerpos y la ley. No hay aqu posible reforma, prudente modificacin? Es consustancial al capitalismo esta hybris suicida?

Poco puedo aadir a mi respuesta de hace un momento. Esta hybris no es un exceso escondido o sujeto a interpretacin. Basta ver los criterios con los que se elabora el PIB de un pas o la alarma que genera el descenso de las tasas de crecimiento. O -en trminos ms banales y periodsticos- la angustia con que se anuncia, con igual horror y al mismo tiempo, el aumento de la contaminacin y el descenso en la venta de automviles. Todas las decisiones que pueden tomarse en este marco econmico estn determinadas por la conciencia paradjica de esta trampa mortal: si no se crece ms de lo razonable, sobreexplotando recursos y seres humanos y produciendo paro, pobreza y hambre, sobreviene una crisis, lo que lleva a un aumento del paro, la pobreza y el hambre. Yo creo que hay una conciencia agudsima por parte de los polticos y de los gestores de la economa mundial de que el margen de movilidad dentro del sistema es cada vez menor, salvo en lo que atae a la posibilidad de poner a cubierto la propia fortuna personal: en este sentido, las crisis borran la frontera, nunca demasiado marcada, entre capitalismo y mafia. Es probable que el estadio superior del capitalismo (y del socialismo) sea la mafia y que acabemos echando de menos por igual Wall Street y la Unin Sovitica. Lo que est claro es que en estos momentos ya no es slo un problema de explotacin y miseria -que no dejan de crecer, como anunciaba Marx en El Manifiesto- sino justamente de los lmites impuestos al crecimiento por la propia redondez de la tierra. Dentro del capitalismo, el crecimiento nos mata; el no-crecimiento nos mata tambin. El momento revolucionario, como deca, es insoslayable. Lo que, en cualquier caso, tampoco sabemos muy bien qu quiere decir, pues no tenemos an ni los medios ni el programa alternativo.


No es posible pensar, afirmas, la mercantilizacin general ni la explotacin ilimitada del trabajo humano, con sus regresos legales, ticos y sociales, sin este progreso tecnolgico desencadenado que ha ido penetrando, como un quiste, todos los aspectos de la vida individual y colectiva. El socialismo, o como prefieras llamarlo del siglo XXI o del siglo XXII, debe renunciar entonces a ese progreso tecnolgico? Debemos entonces ser ludistas? Esa es la base de nuestra racionalidad antropolgica y social?

No podremos renunciar a l porque, como he dicho ms arriba, esos marcos de comportamiento y de conocimiento son en algn sentido irreversibles. Lo son adems porque para satisfacer las necesidades bsicas de 7.000 millones de personas habr que aceptar -racionalizando lo ms posible- una divisin del trabajo muy tecnologizada. El ludismo es muy lcido, pero ni es viable ni es ya justo. En definitiva, habr que aceptar un cierto grado de opresin y alienacin tecnolgicas. Pero habr que llamarlas as, opresin y alienacin, sin hacerse ilusiones, ni de emancipacin a travs de la mquina ni de transparencia ludista, y habr que tratar de mitigar sus efectos (haciendo menos opaca y ms colectiva la gestin de los centros de produccin) y de liberar grandes franjas horarias para un ocio no proletarizado.


A lo largo de la historia, sealas en tu texto, los seres humanos han conocido sociedades sin petrleo, sin hierro o sin escritura. Por primera vez estamos a punto de vivir en una sociedad sin cosas. Sin ellas, aades, la victoria capitalista sobre el tiempo coincide con el tiempo mismo y con su duracin sin costuras, como en la entraa de un reloj o de una lombriz. Vivir en una sociedad sin cosas? Cmo ser posible? Qu tipo de victoria capitalista sobre el tiempo ests sealando-criticando?

Me refiero al hecho de que la explotacin intensiva del tiempo en la produccin tiene su paralelo necesario en la aceleracin del consumo y por lo tanto en la licuefaccin de las mercancas -que son mercancas y no cosas precisamente por eso. Podra no ser tan grave aceptar un cierto grado de opresin y alienacin fabril -digamos- si luego recupersemos las cosas en el uso. Pero esa aceleracin mercantil implica la solubilidad de la duracin -de la consistencia misma de las cosas- en un flujo temporal, en una papilla cronolgica sin apenas grumos. Siguiendo a Stiegler -a partir de una reflexin de Husserl- es lo que he descrito en otros sitios como la transformacin de los objetos espaciales en objetos temporales: las sillas, las mesas, las lavadoras, los coches, los cuerpos en general se convierten en notas musicales o en fotogramas. Duran tan poco que apenas si podemos apropiarnos de ellos con la mirada. Algunas veces he parafraseado en broma a Herclito diciendo que hoy nadie puede sentarse dos veces en la misma silla. Por eso he escrito tambin que slo los pobres tienen cosas, slo los pobres tienen cuerpo, slo los pobres tienen realmente biografa. La victoria sobre el tiempo es la victoria del tiempo. Somos, como deca Anders, hombres-sin-mundo: puro tiempo comercializado.


Un comentario de texto sobre tu propio texto: lo que no se puede mirar se convierte en imagen; acelerar el mundo es desentendernos de l. Por qu? No es eso lo que implica el carpe diem, el disfrutar, el goce? No deberamos ser epicreos?

Ojal furamos epicreos sentados en un jardn mirando el mundo y reflexionando sobre l. Pero como te deca hace un instante somos velocsimos flujos temporales disueltos en un ocio proletarizado. Esta es un poco la idea del filsofo francs Bernard Stiegler: la de que el capitalismo, tras proletarizar la produccin, ha proletarizado tambin el ocio a travs de esa fusin entre el tiempo y la tecnologa que conecta los flujos de conciencia a soportes tecnolgicos de distraccin pasiva. No somos dueos de nuestras fuentes de placer como no somos dueos de nuestros medios de produccin. Nada de eso tiene que ver con el carpe diem, con el disfrute del presente, porque ah no hay nadie, no hay nada propiamente presente: ni el sujeto ni el objeto de la experiencia. Slo -digamos- la conexin vaca.


Los seres humanos, te cito de nuevo, somos tambin cosas, como los vasos y el papel. Pero no es eso una apologa encubierta de la cosificacin? Pero no se trataba de luchar contra esa forma de alienacin tan propia de la civilizacin del Capital?

Encubierta no. Estoy completamente a favor de la coagulacin del trabajo vivo, completamente a favor de la transformacin de la energa en cosas; es decir, de la cosificacin. Puede parecer muy burgus tener una cuchara y una escudilla o muy peligroso dejarse engaar por la potencia anestsica de una silla. Pero slo los antiguos msticos cristianos que huan al desierto han despreciado tanto el mundo como el mercado. Bueno, tambin algunos marxistas ms sensibles al lenguaje metafsico del Marx de los Manuscritos del 44 (donde de algn modo se describe justamente la cosa como fuente irreductible de alienacin, lo que sin duda es) que al Marx sociolgico de El Capital, cuya atencin se centra en el fetichismo. Toda cosificacin es engao, pero no hay sociedad sin cosas y, por tanto, no hay sociedades sin engao. Pero hay muchas clases de engao y es el fetichismo, que enmascara relaciones de explotacin entre seres humanos, lo que hay que combatir. Dejarse engaar por una mesa bien provista de alimentos o por una bombilla encendida o por una camisa blanca es -seguro que Chesterton estara de acuerdo conmigo- salud mental.


Si el Derecho, sostienes, tiene una raz en la razn y otra en la atencin, la primera no tiene sexo; la segunda es histricamente femenina. El derecho tiene su raz en la razn o en la fuerza? En la atencin tambin? Por qu es femenina esta segunda caracterstica?

La atencin y los cuidados son femeninos -muy probablemente- porque los hombres las han puesto, mediante la fuerza (al menos en su raz), en una situacin en la que sin su atencin y sin sus cuidados no habra reproduccin material de la sociedad. El amor nace de ah, de esa atencin y esos cuidados -digamos- forzados, los cuales vuelven valiosos los cuerpos. Yo no desdeara ni las hormonas ni el embarazo -el carcter fsico de la maternidad- pero podemos decir, en todo caso, que la Madre es tambin un proceso de precipitacin histrica -como se habla de una precipitacin qumica- definido por este esfuerzo de valorizacin atenta de los cuerpos. Es ms fcil ser razonables (aunque no es tan frecuente), pero todos podemos ser tambin Madres. Podemos desconectar la maternidad -como atencin y cuidados- de la violencia del parto y de la violencia del patriarcado. Podemos hacer lo mismo con el Derecho? Bueno, yo creo que a veces nos dejamos deslumbrar -ofuscar- por esa verdad de perogrullo segn la cual -deca Walter Benjamin- todo derecho es fundado o conservado por la fuerza. Es cierto. Porque la fuerza -all donde los cuerpos son frgiles-, si es suficiente y no se la detiene, puede destruir cualquier cosa, incluso todo. Pero yo no veo ningn problema en que el derecho sea en su raz fuerza o en que reclame una fuerza su conservacin. El problema es -primero- que sea realmente derecho y -segundo- que tengamos suficiente fuerza para conservarlo (o para que no se convierta en instrumento de un lobby, una mafia o una secta). Esa fuerza contra la fuerza slo puede ser la de un pueblo virtualmente en armas cristalizado en una institucin estable -yo la llamara Estado- que garantice, contra los lobbys, las mafias y las sectas, que no se convertir en papel mojado o, peor, en abrelatas de los poderosos. Por eso hace falta una revolucin. Pero mientras se hace y no se hace, o incluso para poder hacerla, es bueno que el derecho, campo de batalla en el que han muerto tantos seres humanos, nos recuerde por qu estamos luchando, qu queremos, de dnde sacan la legitimidad -instrumento fundamental en el combate- los pueblos, los trabajadores, los ciudadanos. Siempre me parece muy recomendable le lectura que, en este sentido, hacen de Marx nuestros amigos Carlos Fernndez Liria y Luis Alegre.


La conciencia puede hacer poco, afirmas tambin, contra un dispositivo material destituyente. Qu tenemos aparte de la consciencia? La organizacin, la lucha, la oposicin, la rebelda, la generacin creativa de nuevos dispositivos constituyentes?

Tenemos -dice Christian Raimo- un leninismo sin revolucin. O ser, al contrario, una revolucin sin leninismo? El hecho de que me preguntes, Salvador, puede inducir la ilusin de que tengo ms respuestas que t, cuando es exactamente lo contrario. No s. Conocemos muy bien al enemigo, pero muy mal nuestros propios recursos, que gestionamos sin duda mucho peor que los capitalistas los suyos. En todo caso, lo que demuestran los -por otra parte- muy esperanzadores movimientos populares de los ltimos aos (de las revoluciones rabes al 15-M, de Occupy Wall Street a las protestas turcas) es que hay mucho ms malestar que conciencia y mucha ms conciencia que organizacin. La expresin de este malestar ha sido tan inesperada como explosiva y adems relativamente juiciosa, lo que revela la incapacidad de ese dispositivo destituyente para formatear completamente la memoria de las resistencias y desenraizar al hombre comn chestertoniano. Pero esa expresin expresa no slo malestar contra el capitalismo sino tambin contra todos los marcos de legitimidad poltica, tanto el de los vencedores como el de los perdedores, incluidos por supuesto los de los comunistas y los de las izquierdas en general. Creo que lo mejor que le puede pasar a la izquierda en estos momentos -lo ms de izquierda que puede pasar- es que se vea obligada a participar en movimientos que no dirige ella, de los que no puede convertirse en vanguardia, pero en los que hace sin duda mucha falta. Seguir siendo minora pero a la intemperie, lejos de sus capillas cerradas autocomplacientes, en medio de la gente, donde pueda contagiarse de realidad y, al mismo tiempo, contagiar discurso. No s muy bien qu quiere decir esto, pero tengo la impresin de que si Lenin estuviese vivo, para poder ser Lenin, sera hoy antileninista.


La aceleracin es tecnolgica, no slo econmica, afirmas igualmente, y aades: si la humanidad puede perfectamente retroceder en sus derechos, no puede renunciar en cambio a lo que ya ha producido y a lo que ya sabe. Completas la idea con una paradoja excelente, extensible al conjunto de nuestra ciencia aplicada, que hace estallar mi mente: para borrar el conocimiento de cmo se fabrica una bomba atmica -artefacto del que no hay un posible uso ecologista o comunista- habra que arrojar una bomba atmica. Tenemos, concluyes, que cargar, nos guste o no, con la tecnologa actual y con su aceleracin temporal, que ha dislocado o, mejor, discroniado a la humanidad fuera de los cuerpos. Cmo entonces? Cmo cargamos con drones, con armamento atmico, con centrales nucleares, con trasgnicos, con fracking y con el resto de alocados disparates tecnolgicos? Por qu no podemos renunciar a todos estos artefactos de muerte?

Es que renunciar es un trmino que evoca herosmo y voluntad o, al menos, racionalidad consensuada. No hay que hacerse muchas ilusiones. No, no podremos renunciar a ellos; habr que hacer una cosa mucho ms fea, que introduce siempre una dimensin incmoda y dudosa: habr que reprimirlos. No ser fcil. Digamos que -en ese otro mundo posible- las zonas necrosadas, no-comunistas, sern tantas y tan correosas que hay algo frvolo y casi irresponsable en seguir imaginando la extincin del Estado. Contra la inhumanidad se puede luchar, contra la posthumanidad no tanto. Por eso me uno a la prudencia del muy viejo y muy sabio Wallerstein: se trata de alcanzar un estado de relativa igualdad y de relativa democracia. Lo que no ser poco, teniendo en cuenta dnde nos encontramos ahora.


No hay ninguna esperanza?, preguntas finalmente. Respondes: S, existe una. Del fondo de esa mesopotamia superada o interrumpida por el acelern temporal surge la vieja, chapucera y maternal solidaridad, ahora sin sexo, sta s antiburguesa, para recordarnos que lo nico que puede salvarnos es que seguimos siendo muy pequeos. La solidaridad y nuestra consciencia de finitud, de seres limitados, pequeos, nada del bermensch. De esto se trata?

S, pero a condicin de recordar que no se trata de voluntarismo y bondad individual sino tambin de un dispositivo, un dispositivo material constituyente que lleva introduciendo valor corporal y, por lo tanto, valor civilizacional desde mucho antes que el capitalismo existiera. A fuerza de reivindicar justamente independencia (contra el colonizador, contra el marido, contra el sacerdote) hemos casi olvidado la potencia resistente que contiene la dependencia, inscrita de manera insuperable en nuestra condicin sublunar. La condicin posthumana no se impondr nunca mientras tengamos que seguir confiando en otro para cumplir un ao; mientras tengamos -es decir- un cuerpo. Cuidadores que cuidan a otros cuidadores: eso es en realidad el socialismo, cuyo embrin han conservado las mujeres en cada guerra y cada terremoto, en las costuras de la historia. Una frmula muy simple y conocida, ya puesta a prueba con xito, pero que nunca ser un sistema de fraternidad republicana (por evocar al maestro Domnech) mientras no acabemos con la otra especie, la de los opresores. Por eso hace falta una revolucin, una revolucin que no secar todas las fuentes de opresin y de alienacin, pero que nos permitir ser -por fin- algunas veces reformistas y casi siempre conservadores.


Me alegra que cites el gran libro del maestro y amigo Antoni Domnech. Quieres aadir algo ms?

Slo darte las gracias, Salvador, no slo por haberme exigido tanto en esta entrevista sino por todo tu trabajo, verdaderamente imprescindible para nuestra izquierda.


Gracias, muchas gracias, querido Santi Enrojezco por momentos y te copio ahora mismo en el cuaderno Tesoros de amigos! Y se lo enseo a mi hijo Daniel por supuesto!


 

Salvador Lpez Arnal es miembro del Frente Cvico Somos Mayora y del CEMS (Centre dEstudis sobre els Movimients Socials de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona; director Jordi Mir Garcia).


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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