Portada :: Cultura :: Francisco Fernndez Buey: memoria de un imprescindible filsofo gramsciano
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 09-08-2013

Siguiendo con las virtudes marxianas
El Marx sin ismos de Francisco Fernndez Buey (IX)

Salvador Lpez Arnal
Rebelin


La tecnopoltica no lo saba pero la poltica en su acepcin originaria siempre haba tenido en cuenta la posibilidad del fracaso, de la derrota, sin que ello significara siempre un desastre politico. Por eso, prosegua FFB [1],, en casi todas las culturas haba un altar reservado para los idealistas que, conociendo el hedor de este mundo, decidieron seguir siendo idealistas (en el plano moral). Paco, nuestro Paco, sin atisbo para ninguna duda, est en ese altar. Poda ocurrir que el laicismo cnico del final de siglo decidiera llevarse por delante, con los restos del marxismo decimonnico, todos los altares levantados por las culturas populares a los hroes derrotados en las luchas en favor de la igualdad, la libertad y la fraternidad pero era dudoso que la ausencia de distincin entre el valor de estas luchas de los abajo (tantas veces apadrinadas por los marxistas desde 1848) y lo que represent la utilizacin ideolgica del marxismo desde el Poder, en la URSS, en China o donde fuera, fuera considerada algn da como un progreso moral. FFB aada: me parece que de esta forma vern las cosas tambin los historiadores del siglo XXI..

Ahora bien, prosegua, una influencia tan enorme (y tan omniabarcadora) en la resistencia anticapitalista moderna difcilmente poda caber en un solo cuerpo doctrinal. Acaso por eso, desde la muerte del clsico, ha habido varios marxismos. Y, hablando con propiedad, habra que decir que ya en vida de Marx haba varios "marxismos", al menos en el sentido de que circulaban distintas interpretaciones filosfico-polticas de sus ideas o de ideas atribuidas a l.. Por esa razn, harto ya de atribuciones y de manipulaciones de su pensamiento, el mismo Marx dijo una vez, y no slo por cansancio, que l no se consideraba marxista [2]. Estas dos observaciones -que ha habido varios marxismos y que el propio Marx no quera tener nada que ver con alguno de ellos- deberan servir para apoyar una conclusin a la que le interesaba mucho llegar ahora: hay incompatibilidad entre marxismo (en el sentido de pensamiento y accin de Marx) y dogmatismo (en el sentido de codificacin nica de las ideas procedentes de Marx en un solo cuerpo doctrinal). Aun suponiendo que no haya habido coherencia perfecta en el caso de Marx (y en qu caso?) entre declaraciones y aspiraciones tericas de un lado y actividades poltico-sociales de otro, no es paradjica la conversin en dogma de la obra de un hombre que tuvo por mxima hay que dudar de todo? En su opinin, lo era, era paradjica.

Tampoco haba sido el marxismo la primera paradoja de este tipo en la Historia. Recordando precisamente un caso anterior que tiene que ver con la lucha milenaria en favor de la liberacin, el poeta Len Felipe escribi una vez un crudo relato versificado sobre un hombre que tena una doctrina, la cual doctrina creci y creci hasta hacerse templo y llevarse por delante a los hombres que crean en la doctrina. Recomendaba el poeta sarcsticamente a los hombres del futuro que el que tenga una doctrina que se la coma antes de que sta se convierta en templo o en iglesia. Pero no es nada seguro que recomendaciones tan drsticas vayan a ser seguidas por gentes que se sienten humilladas y ofendidas. Prueba de ello: siendo muchos los que leyeron aquel poema u oyeron cantarlo a Paco Ibaez en los sesenta, a casi nadie (que yo sepa) se le ocurri ponerlo en relacin (crticamente) con otros dogmatismos tan persistentes como el del hombre que tena una doctrina. Lo interesante para el historiador de las ideas, y no slo para l sino tambin para toda persona que quiera ocuparse, con comprensin simpattica, de la tragedia que siempre ha sido la lucha de los humanos por emanciparse, por liberarse, por desalienarse, era tratar de dilucidar en este caso por qu extraas circunstancias la vocacin cientfico-escptica contenida en aquella declaracin de Marx, el haba que dudar de todo, condujo al dogmatismo de no pocos marxistas.

Todos los socialismos de raz marxista que haban tenido xito poltico-social en el mundo haban sido revisionistas, en mayor o menor medida, de las ideas de Marx, o bien adaptaciones de aquellas ideas a circunstancias histricas que a Marx no podan ni pasrsele por la imaginacin. Fue el caso del movimiento socialista que condujo a la revolucin rusa de l9l7. Fue el caso de los socialismos que condujeron a las revoluciones china, cubana y vietnamita. De hecho, el conocimiento que Mao, Castro o Ho tuvieron de la obra de Marx al iniciarse los procesos revolucionarios en China, Cuba y Vietnam, respectivamente, era muy limitado y unilateral. Difcilmente poda compararse con el conocimiento de la obra de Marx que tuvo Lenin. Y an menos con el conocimiento de la obra de Marx que tuvieron los principales representantes del llamado marxismo occidental (Bernstein, Kaustky, Rosa Luxemburg, Korsch, Lukcs, Gramsci). Verdad histrica probada, no quitaba mrito en absoluto a lo hecho por Mao, Castro o Ho. Pero obligaba a estudiar con detenimiento y para cada caso concreto qu crean estar haciendo los revolucionarios cuando se referan al marxismo y qu hacan de verdad, en la realidad. Hasta aquel momento esa discrepancia entre lo que se crea estar haciendo y lo que se haca realmente slo se haba estudiado, y de manera parcial, en el caso ruso.

El resultado de ese estudio, iniciado por Karl Korsch, otro de sus maestros y de sus referencias, deca lo siguiente:

Marx cambi de opinin sobre las posibilidades de la revolucin en la atrasada Rusia y sobre la relacin de esta revolucin posible con la revolucin en las regiones ms industrializadas de Europa (Inglaterra, Francia, Alemania). Lenin intent explicar, unilateralmente, aquel cambio de opinin del viejo Marx con el objetivo de seguir fundando en el marxismo la teora de la revolucin rusa. Stalin prohibi literalmente la difusin de las opiniones de Marx sobre Rusia (tanto las del Marx rusfobo de los cuarenta y cincuenta como las del Marx viejo, amigo de los narodnikis) y manipul a conciencia el pensamiento de Marx para que la revisin leninista pareciera la simple continuacin de aqul. Durante algn tiempo se pens que la hibridacin de marxismo y narodnikisismo fue la base terica del xito prctico que represent la revolucin rusa del 17. FFB crea que poda probarse que no fue as. El hbrido marxista-populista construido por Lenin en los aos que hacen de gozne entre los dos siglos estaba prcticamente muerto en 1905. La revolucin de noviembre de 1917 tiene mucho ms que ver con los horrores de la primera guerra mundial que con el constructo terico (la "dictadura democrtica del proletariado" inspirada en la fase jacobina de la revolucin francesa) de Lenin. Su grandeza poltico-militar consista sobre todo en su capacidad para la captacin de la excepcionalidad histrica, cuando no hay tiempo para el clculo racional y la loa de la duda se convierte ya en prembulo de la aniquilacin. Lenin haba sido durante toda su vida un genio de las situaciones extremas, un agudo desvelador del sentido de las crisis histricas. En los momentos decisivos -y los meses que van de febrero a noviembre de 1917 lo fueron- sola sorprender a todos los que le conocan. Pero Lenin no era un terico en el sentido en que lo fue Marx, una diferencia que, en opinin de FFB, convena tener en cuenta.

En opinin de FFB, no se poda explicar histricamente el contraste entre ideario marxista y realidad de la URSS en las primeras dcadas de la revolucin sin estudiar en detalle la relacin de Marx con los rusos as como la recepcin y difusin del marxismo en Rusia antes y despus de 1917. La idea de que el estalinismo y el gulag se derivan necesariamente del ideario socialista marxista, era la tesis crtica del editorial del mientras tanto de 1983 dedicado a Marx, no tiene ms fundamento que el intento de derivar los campos de concentracin del Chile de Pinochet del Sermn de la montaa o los campos de concentracin nazis de la crtica a la democracia demediada y al parasitismo de la poca de Weimar. Para establecer una relacin causal entre los crmenes cometidos en nombre del socialismo y el ideario de Marx no bastaba con tomar nota de las palabras de los criminales y ponerlas en relacin con otras palabras que sonaban de forma parecida: haca falta un anlisis especfico de la evolucin y del destino de los distintos socialismos de raz marxista que en el mundo han sido.

Haba sido tambin Karl Korsch el primero en establecer un corte tajante entre "marxismo occidental" y "marxismo ruso", el mismo que haba atribuido las degeneraciones de este ltimo a las concesiones que Marx, siendo ya viejo, hiciera a los populistas (narodnikis) de aquella nacionalidad. Para FFB, esa era una hiptesis historiogrfica sugestiva que habra que explorar. Que Marx hizo concesiones a los populistas rusos de la dcada de los setenta del siglo pasado est fuera de toda duda razonable. No se suele decir en ambientes marxistas que estas concesiones fueron la contrapartida del acercamiento a Marx y al internacionalismo obrero de la poca por parte del populismo revolucionario ruso (en sus orgenes principalmente nacionalista) contra la opinin de los marxistas rusos. El dato deba ser materia de reflexin para todos aquellos idelogos que siguen repitiendo, contra los hechos, que Karl Marx pens exclusivamente en la revolucin europeo-occidental (en la revolucin inglesa, francesa y alemana) y que la revolucin rusa de 1917 habra sido la negacin de sus previsiones histricas.

La verdad era otra: hacia 1878 Marx haba abandonado toda pretensin de hacer de su mtodo histrico-dialctico una filosofa de la historia o un pasaporte terico vlido para explicar cualquier desarrollo histrico y desconfiaba mucho de los principales dirigentes socialistas alemanes, ingleses y franceses, y lo que se propona, mientras tanto, era algo bastante modesto: conocer mejor la evolucin de los acontecimientos econmico-sociales en EEUU de Norteamrica y en Rusia. Tanto era as que hizo a un lado el material acumulado para la publicacin del segundo volumen de El Capital (el que public Engels pstumamente) y, a pesar de los aos y de los achaques, se puso, una vez ms, a estudiar: ruso por una parte y estadsticas de actualidad, norteamericanas, inglesas y rusas, por otra. Slo pasa que las gentes apasionadas por la revolucin -Marx era uno de ellos- no dejan de acoger con entusiasmo ni cuando estudian las buenas nuevas en los tiempos sombros. La buena nueva de los ltimos aos de vida de Marx fue, claro est, el surgimiento del movimiento revolucionario en el hogar clsico del absolutismo, en la Rusia zarista, justo cuando decaa el espritu revolucionario en el otro lado de Europa, en los hogares clsicos del capitalismo (como consecuencia, entre otras cosas, de la derrota de la Commune en Pars). Desde el punto de vista historiogrfico, el problema interesante consiste en aclarar si Marx prefiri la valenta moral de aquellos hombres y mujeres (revolucionarios "terroristas"), que se atrevan a luchar contra el absolutismo zarista, a las vacilaciones de los principales destacamentos del proletariado industrial europeo-occidental (francs, alemn e ingls, sobre todo), por acentuacin del propio voluntarismo revolucionario, por el disgusto que acompaa al malestar de la cultura. O si, por el contrario, en la eventual revolucin rusa que los narodnikis anunciaban como inevitable l vio slo un complemento para la revolucin europeo-occidental. Las dudas y vacilaciones que ponen de manifiesto los borradores de la clebre carta a Vera Zasulich (de febrero/marzo de l88l) permitan sugerir que el viejo Marx no lleg nunca a resolver ese dilema, conclua FFB, al menos con la cabeza; sabemos, en cambio, por la correspondencia de la poca, que su corazn estaba con los populistas (aunque stos no eran "marxistas" tpicos u ortodoxos).

En todo caso, ni siquiera esto ltimo poda aducirse como prueba de la existencia de un vnculo entre marxismo y estalinismo, entre el "terrorismo" populista-marxista de los aos 8O del siglo XIX y el "terrorismo" del estado estalinista, puesto que en los cuarenta y tantos aos transcurridos entre ambas cosas la historia hizo casi irreconocibles a los antiguos marxistas y a los antiguos populistas rusos. Tanto que una buena parte de los social-revolucionarios que recogieron la herencia de los narodnikis fueron asesinados, bajo Lenin y bajo Stalin, por marxistas que recogan la herencia de Marx.

Establecer relaciones causales tomando como base la semejanza de las siglas o el parecido de las palabras, sin fijarse en los hechos, era un cmodo expediente simplificador de la historia que el partidismo poltico conservador usaba en beneficio propio a poco que el adversario ideolgico prefiera tambin la ambigedad. Aada FFB, el paso es importante:

Aqu sabemos mucho de eso en relacin con lo que ha sido, fue y es ETA desde su fundacin en los aos sesenta hasta 1992. Sabemos que, transcurridos casi treinta aos, la organizacin ETA de hoy apenas tiene nada que ver con aquella de ayer. Pese a lo cual siempre habr idelogos interesados en poner cerca polvos y lodos.

El inters del historiador de las ideas, l tambin lo fue, era el contrario: matizar, mostrar que bajo semejanzas y parecidos verbales hay diferencias, que no todos los polvos se convierten en lodos y que suele ser irrelevante el remontarse a los fenicios para tratar de explicar los lodazales que hoy nos preocupan ms).

El paso, desde luego, es de rabiosa actualidad.

PS. Perdneseme este toque de inmodestia. Esta resea, aparecida en El Viejo Topo, que copio ms abajo, fechada en 2006, fue elogiada por Francisco Fernndez Buey. Recuerdo bien, tambin emocionado, sus generosas palabras:

Un Marx sin marx(ismo): crtica de una idea peligrosa. Maximilien Rubel, Marx sin mito. Octaedro, Barcelona 2003, 255 pginas. Prefacio de Margaret Manale. Traduccin y nota preliminar de Joaquim Sirera. Seleccin de textos: Margaret Manale y Joaquim Sirera.

Como se indica en la contraportada de esta antologa, Marx sin mito es una cuidada seleccin de escritos de Maximilien Rubel (1905-1996) en la que se recoge algunas de sus aportaciones ms esenciales para una lectura no mistificada de Marx. Su autor naci en Czernowitz, ciudad austro-hngara que actualmente forma parte de Ucrania; lleg a Paris a finales de los aos veinte, fue movilizado durante la II Guerra, ha sido militante de diversas organizaciones de la izquierda consejista y se consagr, durante ms de la mitad su vida, en el riguroso estudio de la obra de Marx. Desde 1965 hasta 1994, trabaj en la edicin crtica de las obras de Marx para la Bibliothque de la Pliade (ediciones Gallimard), llegando a publicar cuatro volmenes: Oeuvres. conomie, I (1965); Oeuvres. conomie II (1968); Oeuvres III. Philosophie (1982) y Oeuvres IV. Politique , I (1994). Rubel falleci mientras preparaba el segundo volumen de las obras polticas de Marx. Como sealara Manuel Sacristn en su presentacin de la traduccin castellana del clsico de Marx, no hay ms que una edicin importante de Capital I que se aparte de la organizacin del texto en las cuatro ediciones aparecidas en vida de Marx o Engels: la de Rubel. Este autor, aada Sacristn, es insuficientemente conocido en Espaa, pese a ser uno de los principales conocedores contemporneos de la obra de Marx y tal vez el ms destacado intrprete anarquista de la misma.

Segn Margaret Manale, coeditora del volumen, el criterio bsico en su trabajo ha sido considerar la vida y obra de Marx como una totalidad. Para Rubel -seala Manale- nada justifica la hiptesis de un corte entre la actividad de Marx militante y el trabajo intelectual, de la misma forma que tampoco lo hay entre los escritos del joven filsofo y los textos que exponen el descubrimiento de las leyes econmicas del desarrollo de la sociedad moderna (p.16). Los ocho ensayos seleccionados, que abarcan un largo arco temporal que se extiende desde 1961 hasta 1994, han sido agrupados en tres apartados: 1) El proyecto intelectual de Marx, que incluye La leyenda de Marx o Engels fundador (1972), Plan y mtodo de la Economa (1973) y Marx terico del anarquismo (1973); 2) La obra de crtica, compuesta por El crecimiento del capital en la URSS (1957) y La sociedad humana y su prehistoria (1994), y, finalmente, 3) Marx y el movimiento obrero, que incorpora Marx y la democracia (1962), El partido proletario en Marx (1961) y Tesis sobre Marx hoy, trabajo este ltimo en el que Rubel apuntaba que: (...) La enseanza de Marx no est exenta de errores y no escap de influencias deletreas del medio enajenante en el que se form. Pero, a diferencia de otros pensadores del siglo XIX considerados como grandes, Marx busc, para corregirse, el contacto con la vil multitud, la comunicacin con la humanidad sufriente que piensa y con la humanidad pensante que est oprimida (p. 249).

Todos los ensayos recogidos resultan de enorme inters y, sin duda, su estilo, su solidez documental y su precisin argumentativa estn alejados aos-luz de toda repeticin mecnica, aburrida y teolgica de los textos marxianos..Cabe destacar aqu, Plan y mtodo de la economa (pp.37-92), tal vez el texto central de esta seleccin, y su excelente, atrevido y sugeridor ensayo La sociedad humana y su prehistoria, donde Rubel seala con nfasis crtico y defiende con solidez que: (...) Hay una discurso pseudofilosfico que atribuye a la humanidad en cuanto tal una disposicin mrbida a la autodestruccin, mientras que la constatacin ms banal, sugiere que cualquier ser aspira a vivir su vida con plenitud (p. 175).

Finalmente, por su carcter de texto abierto y material de discusin, Tesis sobre Marx hoy (1984) no debera situarse en el olvido.

Empero, el artculo que muestra ms rpidamente la singular aproximacin de Rubel a la obra de Marx probablemente sea el primero de los recogidos: La leyenda de Marx o Engels fundador (1972). Ni siquiera la propia historia de este trabajo es asignificativa. Este ensayo fue inicialmente la aportacin del autor a un congreso realizado en Wuppertal, en mayo de 1970, con ocasin del 150 aniversario del nacimiento de Engels. Los miembros de la delegacin sovitica y los delegados de la Repblica Democrtica alemana, ofendidos por las tesis presentadas por el autor en su trabajo, amenazaron con dejar la conferencia si el texto no era retirado. Hubo que negociar largamente y llegar al acuerdo de que las aportaciones de Rubel no fueran ledas desde la tribuna -como pudieron hacer la mayor parte de los participantes- sino slo comentadas y discutidas.

En su frustrada comunicacin y con el objetivo de iniciar un debate cuya tesis esencial debera ser el problema del marxismo en tanto que mitologa de nuestra era (p.32), Rubel defenda las siguientes posiciones: 1. El marxismo, como sistema de pensamiento, no naci como un producto autntico del modo de pensar de Marx sino como un fruto legtimo del espritu de Friedrich Engels (p.25); 2: toda investigacin sobre las relaciones entre Marx y Engels est abocada al fracaso si no se desembaraza de la leyenda de la fundacin y no toma como punto de partida metodolgico la apora del concepto de marxismo (p.27); 3: dada la imposibilidad de definir racionalmente el sentido del concepto, parece lgico abandonar al olvido la palabra misma, aunque sea tan corriente y universalmente empleada (p.28) y 4: en la historia del marxismo como culto apologtico de Marx, Engels ocupa el primer plano (p.31). Sin duda es discutible que el coautor del Manifiesto Comunista ocupe esa destacada posicin, pero no la hay en cambio de que los delegados soviticos y democrtico-alemanes presentes en esa conferencia son representativos de una aproximacin cerrada, nefasta, acrtica y nada marginal del legado de Marx.

En los ensayos posteriores del volumen, Rubel ahondar en la misma idea: el marxismo se convirti en ideologa dominante de una clase de poderosos, el marxismo como sistema de pensamiento logr vaciar de su contenido original los conceptos de socialismo y de comunismo, tal como Marx y sus precursores los entendan, y substituirlos por la imagen de una realidad que es su ms completa negacin (p.95). Manipulando sus doctrinas con habilidad, insiste Rubel, discpulos poco escrupulosos han logrado poner la obra de Marx al servicio de doctrinas y de acciones que representan su ms completa negacin, tanto por lo que se refiere a su verdad fundamental como a su finalidad abiertamente proclamada (p. 99).

El excelente traductor y autor de la nota preliminar del volumen, Joaquim Sirera protesta, con razones, del desconocimiento hispnico de la obra de Rubel y seala que su interpretacin de Marx choca frontalmente con toda la divulgacin que se ha hecho aqu del marxismo. Como el trmino divulgacin es un concepto algo borroso y dado que todo suele ser un trmino demasiado general, tal vez sea necesario indicar no ya slo que Manuel Sacristn dialog en la lejana, y con reconocimiento explcito, con las tesis de Rubel, sino que, recientemente, Francisco Fernndez Buey, en su Marx (sin ismos) -ttulo que sin duda habr inspirado a los coordinadores de este volumen-, seal: (...).En esa odiosa comparacin me he inspirado para leer a Marx a travs de los ojos de tres autores que no fueron ni comunistas ortodoxos, ni marxistas cannicos, ni evangelistas: Korsch, Rubel y Sacristn. Hay varias cosas que diferencian la lectura de Marx que hicieron estos tres. Pero hay otras, sustanciales para m, en las que coinciden: el rigor filolgico, la atencin a los contextos histricos y la total ausencia de beatera no slo en lo que respecta a Marx sino tambin en lo que atae a la historia del comunismo (p.18).

Coincidencias que no implican, como es obvio, acuerdos sin matices. El mismo Sacristn, en su nota editorial para la edicin castellana de El Capital, sealaba que M. Rubel haba escrito para el volumen II de El Capital una introduccin que mostraba como su trabajo era infinitamente ms arbitrario que el de Engels [...] Pese a todo el respeto que merece la erudicin de Rubel, hay que decir que ese criterio es casi puro capricho, pues Marx haba pensado inicialmente en efecto, en dos volmenes, pero componiendo el primero de ellos con los libros I y Il, y el segundo con los libros III y IV. Y, adems, alter esa divisin por razones del todo contingentes, lo que muestra que la divisin misma era inesencial. De este modo repite Rubel lo que l mismo llama grave error de Engels pero con mayor arbitrariedad. As, por ejemplo, en la Introduccin que pone al libro II Rubel combina textos marxianos procedentes de manuscritos separados por veinte aos (1857-1877). Como ha escrito acertadamente Pedro Scaron en la Advertencia a su edicin del libro II. Por este camino... podemos llegar a tener tantos tomos II de El Capital como investigadores estudien los manuscritos.

As, pues, tambin aqu entre nosotros esta afirmacin generalizadora tiene contraejemplos conocidos que sin duda constituyen sales abonadas para una tierra donde pueda desarrollarse, en compaa de Rubel y afines, una tradicin (neo) marxista -o inspirada en Marx, si se prefiere- pensada y cultivada desde un punto de vista A.D.N: Analtico, Documentado y enRojecido.

Notas:

[1] mientras tanto n 52, noviembre / diciembre de 1992, pp. 57-64. Reproducido en Realidad, revista de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Centroamericana Jos Simen Caas, San Salvador (El Salvador), n 37, enero-febrero de 1994, pp. 135-143.

[2] Maximilien Rubel, aada FFB, un estupendo marxlogo hoy casi olvidado en su opinin, que era maestro suyo, ha estudiado muy bien este tema en un libro sintomticamente titulado Marx critique du marxisme.

Salvador Lpez Arnal es miembro del Frente Cvico Somos Mayora y del CEMS (Centre dEstudis sobre els Movimients Socials de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona; director Jordi Mir Garcia)

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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