Portada :: Cultura :: Francisco Fernndez Buey: memoria de un imprescindible filsofo gramsciano
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-08-2013

La vocacin generalista-revolucionaria y sus crticos
El Marx sin ismos de Francisco Fernndez Buey (XIII)

Salvador Lpez Arnal
Rebelin


FFB regresaba a continuacin a aquella caracterstica sustancial al marxismo que era su vocacin generalista o histrico-dialctica, a su intencin de relacionarlo todo con todo, lo econmico con lo social y con lo poltico con lo antropolgico-cultural para as tratar de explicar el mundo capitalista y cambiarlo de base, transformarlo [1]. En el plano epistemolgico, el problema principal del marxismo, visto en perspectiva, era probablemente que, por comparacin con otras corrientes filosficas o con las ciencias sociales acadmicamente establecidas, haca una apuesta muy fuerte, imposible. Pretender -a la vez!- explicar el mundo econmico-social en el que vivimos, hacer su crtica documentada y cientfica y transformarlo en sentido socialista tal vez fuera apuntar demasiado alto, una tarea sobrehumana que diran los lgicos y epistemlogos analticos.

La mayora de las corrientes filosficas contemporneas haban expresado dudas sobre el proyecto o lo haban considerado de imposible realizacin. Incluso alguna de las corrientes filosficas contemporneas que simpatiza con la tradicin, como la formada por los autores de la Escuela de Frankfurt, se haban ido distanciando progresivamente de aquel proyecto basndose en la idea de que una cosa es la comprensin crtica de la historia y de la estructura del capitalismo propuesta por Marx, cosa aceptable, y otra, muy distinta, su idea de la transformacin de la sociedad capitalista en un sentido revolucionario como consecuencia de la agudizacin de contradicciones denominadas objetivas". No haba que confundir planos, sealaban filsofos no siempre muy exquisitos y puestos en temas epistemolgicos.

Otras corrientes contemporneas haban ido an ms lejos, mucho ms lejos, en la denuncia de las pretensiones analticas, crticas y revolucionarias del marxismo. As, la corriente popperiana del liberalismo contemporneo estaba convencida de que la pretensin analtica de Marx -y en general de los marxistas- se autodestrua por su enfoque holista o globalista, enfoque que, segn esa perspectiva, tena que conducir -y necesariamente adems- a exageraciones en la crtica de las economas de mercado y a aberraciones totalitarias en la propuesta poltico-moral alternativa.

Con una orientacin epistemolgica afn, aunque no siempre con las mismas finalidades polticas, tambin se haba aducido que el programa terico marxista era excesivo: supona la tentativa de formular una cosmovisin o concepcin del mundo que era de imposible realizacin ya por razones lingsticas o lgico-materiales.

FFB crea que haba mucho de verdad en esas crticas, pero al mismo tiempo sostena- que la tensin poltico-moral de quienes pretenden liberarse desde abajo ha de conducir una y otra vez a tentativas globalizadoras, generalistas y con pretensin transformadora del tipo de la marxista. El centro de su argumentacin, la del autor de Por una tercera cultura, era el siguiente:

El anlisis particularizado y la ingeniera social fragmentaria basada en l, los puntos fuertes del programa de inspiracin popperiana, eran insuficientes para calmar tanto llanto como hay en esta pltora miserable que es el mundo de hoy. Frente a lo que se afirmaba ya entonces en ocasiones de manera interesada, haba que empezar diciendo, en descargo de la tradicin, de esta tradicin holista, que la suya no es la nica apuesta fuerte generalista, globalizadora y transformadora en la historia de la humanidad. A su manera, como dira un ser a veces polidrico como Sinatra, las grandes religiones aspiraban a lo mismo. Modernamente algunas otras "grandes teoras" haban tenido aspiraciones parecidas, aunque, eso s, con un poco ms de moderacin epistemolgica (o de retrica correctora de los antiguos excesos epistemolgicos). FFB pensaba, no era el nico, que la especulacin filosfica metacientfica si se prefiere- en que sola concluir casi toda gran teora recoga, en el fondo, un anhelo semejante, histricamente cambiante en la forma pero permanente en su contenido; un anhelo muy extendido entre los humanos, que tal vez tenga que ver con los lmites del anlisis reductivo y el origen de la vieja idea de dialctica.

Limitarse a la explicacin del mundo social existente y plantearse su transformacin mediante acciones diversificadas, bien calculadas y con la gradualidad adecuada para producir el menor malestar posible en los individuos, era algo que contaba con muchos partidarios entre gentes sensatas, entre eso que se llamaba y se llama el sentido comn ilustrado. Tal vez a casi todo el mundo le caa bien el Popper epistemlogo -el epistemlogo, no el asesor de Miss Thatcher!- cuando habla, en stos (o parecidos) trminos, de modestia metodolgica y de docta ignorancia.

Todo juicio prctico, conclua FFB en este apartado era comparativo, y corran ya entonces tiempos en los que no pocas legin ms bien- de las personas que antes, cuando eran marxistas, queran cambiar el mundo postulan ahora que es mejor dejarnos transformar por l. La modestia, en estas cosas prcticas que acaban afectando a muchos prjimos, siempre era ms sana que la doble negacin.

De acuerdo con esto, la gente sensata podra argumentar: si las ciencias sociales contemporneas, con su muy complejo aparato matemtico y su gran capacidad analtica, tenan muchas dificultades para explicar la accin colectiva de los seres humanos en condiciones de normalidad, cmo atreverse a hacer predicciones en gran escala, que implicaban, adems, situaciones excepcionales? Si ya era un exceso del orgullo y de la ambicin de los seres humanos aspirar a hacer predicciones en gran escala tratndose del mundo social, que decir de la pretensin de cambiar el mundo de base, que es precisamente lo que postula el marxismo?. Soberbia praxeolgica sobre hybris gnoseolgica previa.

Seguramente, prosegua FFB, toda persona sensata y razonable que pensara con un poco de calma sobre todo ello llegara a la conclusin de que una pretensin as, la aspiracin a cambiar el mundo de base, que deca la Internacional, la aspiracin a un orden radicalmente nuevo, a la emancipacin del gnero humano, es a la vez una enormidad y una temeridad. Exista, de hecho, mucha evidencia histrica en favor de tal conclusin. Las revoluciones se escapan de las manos de los revolucionarios (precisamente porque stos no pueden dominar con el pensamiento todas las implicaciones y consecuencias que tienen actos complejos tan radicales); las revoluciones -se deca con razn- devoraban a sus propios hijos. Haba ocurrido as en el caso de la revolucin inglesa, volvi a ocurrir en el caso de la revolucin francesa, y haba ocurrido de nuevo en el caso de las revoluciones rusa y china, y, parcialmente, en los casos de la revolucin cubana y vietnamita.

El nmero de personas sensatas y razonables aumentaba de manera muy considerable cuando, con el paso del tiempo, el lado negro o negativo de las revoluciones resulta ya tan evidente para las nuevas generaciones. Slo los ciegos o los fanatizados podan negarlo. Entonces el sentido comn ilustrado y razonable se impona sobre cualquier otra consideracin: echaba a un lado toda duda y acababa adoptando la siguiente filosofa: contra el orgullo y la soberbia de los revolucionarios del pasado y del presente, hay que ir pasito a pasito, uno por uno, y calculando bien cul de las dos piernas conviene adelantar primero.

Los ciegos que negaban, contra la evidencia y la documentacin cosechada, el lado oscuro y hasta tenebroso de las revoluciones que en el mundo haban sido no seran tenidos en cuenta aqu. En cambio, vala la pena llamar la atencin sobre un tipo de ceguera involuntaria tan extendido como reiterado a lo largo de la historia de la humanidad: el que produce en las buenas gentes la intenssima luz que brota de las revoluciones en marcha. Sin esta otra ceguera por deslumbramiento, apuntaba FFB, el nmero de las personas siempre sensatas y razonables permitira formar en seguida una mayora absoluta en cualquier circunstancia.

Pero, al parecer, prosegua FFB con irona muy suya, la historia de la humanidad era una tragedia y no nos haba sido dado a los ms ser razonables y sensatos en todo momento. Tambin el razonable y sensato terico de la democracia moderna, Alexis de Tocqueville, llam la atencin de sus contemporneos, crticos de la revolucin francesa, acerca de aquellas sombras del antiguo rgimen que explican, al menos en parte, las luces cegadoras de las revoluciones en marcha.

Pero este todo no era Todo. Como escribiera Brecht, recordaba FFB a uno de sus grandes poetas, en un celebrado poema dialgico que lleva por ttulo Techo para una noche, justamente despus de haber hecho justicia a la funcin de la caridad en los malos tiempos del paro masivo, del hambre y de la miseria: "No sueltes todava el papel, t que lo ests leyendo.

No lo suelte an compaero; tampoco usted compaera.

Nota:

[1] mientras tanto n 52, noviembre/diciembre de 1992, pp. 57-64. Reproducido en Realidad, revista de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Centroamericana Jos Simen Caas, San Salvador (El Salvador), n 37, enero-febrero de 1994, pp. 135-143.

Salvador Lpez Arnal es miembro del Frente Cvico Somos Mayora y del CEMS (Centre dEstudis sobre els Movimients Socials de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona; director Jordi Mir Garcia)

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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