Portada :: Cultura :: Francisco Fernndez Buey: memoria de un imprescindible filsofo gramsciano
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 18-08-2013

Marx y el comunismo moderno
El Marx sin ismos de Francisco Fernndez Buey (XVIII)

Salvador Lpez Arnal
Rebelin


Marx sin ismos digo. Pero es eso posible? Y no ser eso desvirtuar la intencin ltima de la obra de Marx? Se puede separar a Marx de lo que han sido el marxismo y el comunismo modernos? Acaso se puede escribir sobre Marx sin tener en cuenta lo que han sido los marxismos en este siglo? No fue precisamente la intencin de Marx fundar un ismo, ese movimiento al que llamamos comunismo? Y no es precisamente esta intencin, tan explcitamente declarada, lo que ha diferenciado a Marx de otros cientficos sociales del siglo XIX?

Para contestar a esas preguntas y justificar el ttulo del libro haba que ir por partes. Marx fue crtico del marxismo. As lo dej escrito Maximilien Rubel en el ttulo de una obra importante aunque no muy leda. Tena razn. Que Karl Marx hubiera pretendido fundar una cosa llamada marxismo es ms que dudoso. Marx tena su ego, como todo hijo de vecino, pero no era Narciso. Era cierto, en cambio, que mientras Marx vivi haba algunos que le apreciaron tanto como para llamarse a s mismos marxistas. Pero tambin era cierto que l mismo dijo de s mismo aquello de que yo no soy marxista. Con el paso del tiempo y la correspondiente descontextualizacin, la frase, tantas veces citada, haba ido perdiendo el significado que tuvo en boca de quien la pronunci. Y tena punta.

Escribir sobre Marx sin ismos era, pues, para empezar, restaurar el sentido originario de aquel decir de Marx. Nada menos. Restaurar el sentido de una frase es como volver a dar a la pintura los colores que originalmente tuvo: leerla en su contexto. Cuando Marx haba dicho a Engels, un par de veces, entre 1880 y 1881, ya en su vejez, que yo no soy marxista, estaba protestando: contra la lectura y aprovechamiento que por entonces hacan de su obra econmica y poltica gentes como los posibilistas y guesdistas franceses, intelectuales y estudiantes del partido obrero alemn y amigos rusos que interpretaban mecnicamente El capital.

Por lo que se sabe de ese momento, Engels era la fuente, Marx dijo aquello riendo. Ms all de la broma quedaba un asunto serio: a Marx no le gustaba nada lo que empezaba a navegar entre los prximos con el nombre de marxismo. Desde luego: nada podemos saber de lo que hubiera pensado de otras navegaciones posteriores. Pero, por lo que sabamos, se tena pie a restaurar el cuadro de otra manera.

No querra engaar a nadie, apuntaba FFB: hacer de restaurador tiene algunos peligros, el principal de los cuales es que, a veces, uno se inventa colores demasiado vivos que tal vez no eran los de la paleta del pintor, sino los que aman nuestros ojos. Tratndose de los textos escrito pasaba algo parecido. Sea como fuere, afrontar ese riesgo vala la pena. Afrontarlo, ese era tambin el punto, no tiene por qu implicar necesariamente declarase marxista. Era otra cuestin, no haba por qu entrar en ella.

De la seria broma metodolgica del viejo Marx slo podan deducirse razonablemente dos cosas.

Primera: al decir yo no soy marxista el autor de la frase no pretenda descalificar a la totalidad de sus seguidores ni, menos an, renunciar a sus ideas o a influir en otros. Segunda: para leer bien a Marx no hace falta ser marxista. Quien quisiera serlo tendra que serlo, como pretenda el dramaturgo Heine Muller, necesariamente por comparacin con otras cosas y con sus propios argumentos.

Quedaba todava la otra pregunta: se puede escribir hoy en da sobre Marx sin entrar en el tema de su herencia poltica, es decir, haciendo caso omiso de lo que ha sido la historia del comunismo en el siglo XX? La respuesta de FFB: no slo se puede (pues, obviamente, hay quien lo hace), sino que se debe. Se debe. Se deba distinguir entre lo que Marx hizo y dijo como comunista, como activista, y lo que dijeron e hicieron otros, a lo largo del tiempo, en su nombre y en nombre de su tradicin. Querra argumentar esto un poco, comentaba FFB.

La prostitucin del nombre de la cosa de Marx, el comunismo moderno, no era ya responsabilidad de Marx. Mucha gente pensaba que s lo es e ironizaba ahora sobre que Marx debera pedir perdn a los trabajadores. FFB pensaba que no. Las tradiciones, como las familias, crean vnculos muy fuertes entre las gentes que viven en ellas. La existencia de estos vnculos fuertes tiene casi siempre como consecuencia el olvido de quin es cada cual en esa tradicin: las gentes se quedan slo con el apellido de la familia, que es lo que se transmite, y pierden el nombre propio. Esto ha ocurrido tambin en la historia del comunismo. Pero de la misma manera que es injusto culpabilizar a los hijos que llevan un mismo apellido de delitos cometidos por sus padres, o viceversa, as tambin sera una injusticia histrica cargar al autor del Manifiesto comunista con los errores y delitos de los que siguieron utilizando, con buena o mala voluntad, su apellido. Seamos sensatos por una vez aada el marxista sin ismo FFB. A nadie se le ocurrira hoy en da echar sobre los hombros de Jess de Nazaret la responsabilidad de los delitos cometidos a lo largo de la historia por todos aquellos que llevaron el apellido de cristianos, desde Torquemada al General Pinochet pasando por el General Franco. Y, con toda seguridad, tildaramos de sectario o insensato a quien pretendiera establecer una relacin causal entre el Sermn de la Montaa y la Inquisicin romana o espaola. No s si en el siglo XVI alguien pens que Jess de Nazaret tena que pedir perdn a los indios de Amrica por las barbaridades que los cristianos europeos hicieron con ellos en el nombre de Cristo [2]

Comparaciones odiosas, se preguntaba FFB? No conoca otra forma ms ecunime de hacer historia de las ideas. Lo haba aprendido de Berlin, con cuya obra sobre Karl Marx, muy conocida, discuto en este libro, precisamente porque en este caso Berlin no me parece ecunime y porque discutiendo con los maestros se aprende. Puesto ya a las comparaciones odiosas, aada que tambin hay algo que aprender de la restauracin historiogrfica reciente de la vida y los hechos de Jess de Nazaret: que ha habido otros evangelios, adems de los cannicos, y que el estudio de la documentacin descubierta al respecto en los ltimos tiempos (desde los evangelios gnsticos a algunos de los Manuscritos del Mar Muerto) muestra que tal vez esas otras historias de la historia sagrada estaban ms cerca de la verdad que la Verdad canonizada. En esa comparacin se haba inspirado para leer a Marx a travs de los ojos de tres autores que no fueron ni comunistas ortodoxos, ni marxistas cannicos, ni evangelistas: Korsch, Rubel y Sacristn. Haba varias cosas que diferencian la lectura de Marx que hicieron estos tres maestros. Pero haba otras, sustanciales para FFB, en las que coincidan: el rigor filolgico, la atencin a los contextos histricos y la total ausencia de beatera no slo en lo que respecta a Marx sino tambin en lo que atae a la historia del comunismo. Tambin ellos hubieran podido decir -de hecho, lo dijeron a su manera- que ellos no eran marxistas. Sin embargo, pocas lecturas de Marx seguirn siendo tan estimulantes como las que ellos hicieron.

En cuanto a la relacin entre Marx y el comunismo moderno, no slo le pareca presuntuoso -sino manifiestamente falso- deducir de la desaparicin del comunismo como Poder la muerte de toda forma de comunismo. Concluir tal cosa ahora, ya entonces, en 1998, era un contrafctico, una afirmacin contra los hechos: en el mundo sigue habiendo comunistas, personas, partidos y movimientos que se llaman as. Los haba en Europa y en Amrica, en rica y en Asia. Los medios de comunicacin, que haban publicado numerossimas reseas del Libro negro del comunismo, apenas si se haban fijado en ello, pero, con motivo del 150 aniversario de la aparicin del Manifiesto Comunista, ese mismo ao de 1988, se haban reunido en Pars mil seiscientas personas, llegadas de Asia y de frica, de las dos Amricas y de todos los rincones de Europa, que coincidan en esto: la idea de comunismo sigue viva en el mundo [FFB fue una de ellas]. Tampoco era habitual tener en cuenta la opinin de historiadores, filsofos y literatos que -como Alexander Zinoviev o Giorgio Galli- hacan entonces la defensa del comunismo, del otro comunismo, sin ser comunistas y despus de haber cantado en dcadas pasadas verdades como las del lucero del alba que les valieron la acusacin de anticomunistas. Eran los otros ex, de los que casi nunca se hablaba, los que cambiaron de otra manera porque atendieron, contra la corriente, a las otras verdades.

Antes de ofrecerse como fiscal para la prctica, tan socorrida, de los juicios sumarsimos en los que, por simplificacin, se mete en un mismo saco a las vctimas con los victimarios, convena ponerse la mano en corazn y preguntarse sin prejuicios por qu, como deca el ttulo de una pelcula irnica, hay personas que no se avergenzan de haber tenido padres comunistas, por qu, a pesar de todo, sigue habiendo comunistas en un mundo como en el nuestro. Si segua habiendo comunistas en este mundo era porque el comunismo de los siglos XIX y XX, el de los tatarabuelos, bisabuelos, abuelos y padres de los jvenes de entonces, no haba sido slo poder y despotismo. No. Haba sido tambin ideario y movimiento de liberacin de los annimos por antonomasia. Un Libro Blanco del comunismo estaba pendiente de escribir o reescribir. Muchas de las pginas de ese Libro, hoy casi desconocido para los ms jvenes, las bosquejaron personas annimas que dieron lo mejor de sus vidas en la lucha por la libertad en pases en los que no haba libertad; en la lucha por la universalizacin del sufragio en pases en los que el sufragio era limitado; en la lucha en favor de la democracia en pases donde no haba democracia; en la lucha en favor de los derechos sociales de la mayora donde los derechos sociales eran ignorados u otorgados slo a una minora. Muchas de esas personas annimas, en Espaa y en Grecia, en Italia y en Francia, en Inglaterra y en Portugal, y en tantas otras partes del mundo, no tuvieron nunca ningn poder ni tuvieron nada que ver con el estalinismo, ni oprimieron despticamente a otros semejantes, ni justificaron la razn de Estado, ni se mancharon las manos con la apropiacin privada del dinero pblico.

Al decir que el Libro Blanco del comunismo estaba por rescribir, FFB no estaba proponiendo la restauracin de una vieja Leyenda para arrinconar o hacer olvidar otras verdades amargas contenidas en los Libros Negros. No era eso; ni siquiera estaba hablando de inocencia. Como haba sugerido Brecht tampoco lo mejor del comunismo del siglo XX, el de aquellos que hubieran querido ser amistosos con el prjimo, pudo, en aquellas circunstancias, ser amable. La historia del comunismo del siglo XX tena que ser vista como lo que era: como una tragedia. El siglo XX ha aprendido demasiado sobre el fruto del rbol del Bien y del Mal como para que uno se atreva ahora a emplear la palabra inocencia sin ms.

FFB hablaba, pues, de justicia. La justicia era tambin cosa de la historiografa. Qu historiografa se poda proponer a los ms jvenes?, cmo enlazar la biografa intelectual de Marx con las insoslayables preocupaciones de nuestros das? Eran preguntas que se podan tomar como un reto intelectual: tal vez la mejor manera de entender a Marx desde las preocupaciones de este fin de siglo no pueda ser ya la sencilla reproduccin de un gran relato lineal que siguiera cronolgicamente los momentos claves de la historia de Europa y del mundo en el siglo XX como en una novela de Balzac o de Tlstoi. Durante mucho tiempo esa haba sido la forma natural de comprensin de las cosas; una forma que cuadraba bien con la importancia colectivamente concedida a las tradiciones culturales y, sobre todo, a la transmisin de las ideas bsicas de generacin en generacin. Pero seguramente, sealaba el profesor de humanidades de la UPF, ya no era la forma adecuada. El gran relato lineal no es ya, desde luego, lo habitual en el mbito de la narrativa. Y es dudoso que pueda seguir sindolo en el campo de la historiografa cuando la cultura de las imgenes fragmentadas que ofrecen el cine, la televisin y el vdeo ha calado tan hondamente en nuestras sociedades. El posmodernismo era la etapa superior del capitalismo y, como haba escrito su admirado Berger con toda la razn, el papel histrico del capitalismo es destruir la historia, cortar todo vnculo con el pasado y orientar todos los esfuerzos y toda la imaginacin hacia lo que est a punto de ocurrir.

As haba sido y as era. Si as haba sido y as era entonces, a quienes se haban formado ya en la cultura de las imgenes fragmentadas haba que hacerles una propuesta distinta del gran relato cronolgico para que se interesasen por lo que Marx fue e hizo, una propuesta que restaurase mediante imgenes fragmentarias la persistencia de la centralidad de la lucha de clases. FFB sugiri ideas sobre ello en los compases finales de este prlogo.

Me detendr ahora en algunos pasajes de los captulos que componen Marx sin ismos, un libro, que como los buenos vinos o los clsicos, crecen con el tiempo.

Notas:

[1] FFB, Marx sin ismos. El Viejo Topo, Barcelona, 1998.

[2] Aada FFB: Slo conozco a uno que, con valenta, escribi algo parecido a esto. Pero ese alguien no dijo que el que tuviera que pedir perdn fuera Jess de Nazaret; dijo que los que tenan que hacerse perdonar por sus crmenes eran los cristianos mandamases contemporneos.. Estaba haciendo referencia, claro est, a Bartolom de Las Casas.

Salvador Lpez Arnal es miembro del Frente Cvico Somos Mayora y del CEMS (Centre dEstudis sobre els Movimients Socials de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona; director Jordi Mir Garcia)

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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