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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 02-08-2013

Naturalmente las mquinas

Santiago Alba Rico
La Calle del medio


Es de todos conocido el llamado experimento de Milgram, una investigacin sobre la obediencia desarrollada por el psiclogo estadounidense del mismo nombre en los aos sesenta del siglo pasado. Voluntarios que crean estar participando en un experimento oficial sobre la memoria, y que reciban una pequea remuneracin por ello, accedan a aplicar descargas elctricas a un aprendiz cada vez que ste no poda responder a una pregunta. Aunque los voluntarios no lo saban, el aprendiz era un actor y los electrodos a los que estaba conectado su cuerpo eran falsos. Los resultados fueron espeluznantes: conminados por uno de los investigadores cada vez que dudaban (el experimento requiere que usted contine), el 65% de los voluntarios lleg a aplicar el nivel mximo de potencia, 450 voltios, a pesar de las splicas y gritos del aprendiz; y ninguno de ellos se detuvo antes de alcanzar los 300 voltios. Milgram trataba de explicarse la conducta de los funcionarios nazis, como el famoso Adolf Eichmann, y descubri la normalidad, casi universalidad, de la obediencia a la autoridad, en cuyos mimbres se disuelve, como un azucarillo, la conciencia individual y los escrpulos morales.

Milgram centraba mucho la atencin en el carcter oficial del experimento: el nmero de desobedientes aumentaba si se convocaba a los voluntarios en nombre de una empresa privada y no en nombre del Estado. Pero dio menos importancia al hecho -para m fundamental- de que el voluntario infligiese dolor al aprendiz a travs de una mquina, la cual introduca dos elementos psicolgicos decisivos. El primero tiene que ver con la distancia, en el sentido de que la mquina evitaba el contacto fsico directo con la vctima y dificultaba la representacin de su sufrimiento. El segundo, ms decisivo an, se relaciona con la racionalidad e impersonalidad de la mquina, depositaria en s misma de una finalidad superior. La verdadera autoridad a la que se somete el voluntario no es la del investigador humano ni la de la abstracta instancia oficial que lo ha convocado sino la del aparato del que su cuerpo y su conciencia se han vuelto meras prolongaciones. Como es sabido, la introduccin -por ejemplo- de picanas elctricas en las sesiones de tortura de las dictaduras latinoamericanas (en los mismos aos en los que Milgram realizaba su experimento) buscaba menos aumentar el dolor del prisionero que convertir la tortura en una rutina profesional, parecida a la de la medicina, asumible por cualquier sensibilidad comn como parte objetiva del oficio.

Esta objetividad, racionalidad e impersonalidad de la mquina tiene efectos pavorosos. Podemos decir que el desarrollo tecnolgico ha producido algo as como una superacin universal del Estado de Derecho. La tecnologa ha naturalizado en la conciencia de los seres humanos la violacin del derecho como un efecto rutinario del uso de mquinas. Pensemos, por ejemplo, en los drones. Las organizaciones de derechos humanos han denunciado siempre como intolerables las ejecuciones extrajudiciales, y ninguna persona decente deja de estremecerse ante la idea de un ciudadano -delincuente o no- asesinado en un callejn por un polica. Cuando eso ocurre como consecuencia de un bombardeo en el que decenas de civiles mueren sin haber cometido ningn delito o, en cualquier caso, sin derecho a un juicio justo, nos escandaliza tambin, aunque bastante menos. Pero si es un avin sin piloto el que, adems de violar la soberana de otro pas, mata a un blanco escogidoa 10.000 km. de distancia, entonces nadie protesta. Todos aceptamos con naturalidad que se asesine a un ciudadano de otro pas en un callejn de Aden o de Islamabad si se hace desde lejos y a travs de una mquina vaca de hombre.

Algo parecido ocurre en las aduanas y en los aeropuertos. Todos los turistas del mundo -a los emigrantes no les queda ms remedio- aceptamos sin protestas ni resistencias que se conculque de hecho el principio de presuncin de inocencia y que se nos trate, por tanto, como a sospechosos de terrorismo, porque esa suspensin del derecho se realiza a travs de un proceso mecanizado en el que somos manejados por mquinas ms que por manos. Un registro manual nos soliviantara y nos humillara; si se utiliza un escner electrnico no slo no nos resistimos sino que nos sentimos tranquilos, apaciguados, casi como si nos estuviesen curando.

Lo mismo sucede en el caso Snowden. Dejemos a un lado el escndalo poltico, la complicidad de la Unin Europea, el ignominioso acto de guerra contra Bolivia y su presidente. Por qu los ciudadanos del mundo hemos aceptado con tanta docilidad el espionaje potencial de nuestros correos privados por parte de los EEUU? Soportamos difcilmente la curiosidad de un vecino entrometido y fisgn; y nos repugna instintivamente la figura del sopln o del confidente que, como ocurra en la dictadura de Ben Ali en Tnez, pasaba informacin a la polica sobre las conversaciones privadas en los cafs. Por lo dems, uno de los rasgos que ms escandalizaba a los occidentales de los regmenes de la rbita sovitica (pensemos en la famosa pelcula La Vida de los Otros) era su tentativa rudimentaria e impotente de espionaje total. Pues bien, esa pesadilla antiliberal del espionaje total se ha hecho realidad en el pas ms liberal del planeta, desmintiendo as que realmente lo sea, y no hemos dicho nada. Por qu? Una explicacin es que nos hemos tragado la propaganda antiterrorista del gobierno estadounidense, dispuestos a sacrificar derechos y libertades a la promesa de una mayor seguridad. Otra -mucho ms natural- es que este espionaje total se realiza a travs del ms sofisticado, desarrollado y universal sistema tecnolgico de comunicacin global, en el que estn atrapados tambin nuestros placeres, nuestros amores y nuestros trabajos.

Cuanto ms artificial es un procedimiento ms naturales nos parecen sus consecuencias. Ms all de las ideologas y de las estrategias polticas, ms all de los gobiernos que las usan, son las mquinas mismas las que impiden distinguir -a nivel de la conciencia humana- una cmara de tortura de un quirfano de una aduana de un bombardeo de un e-mail de un parque de atracciones de una cocina moderna. Capitalismo y democracia social son incompatibles, pero el capitalismo ha impuesto ya un horizonte mental de maquinismo consumista tan atmosfrico que no sabemos si podremos algn da retroceder de nuevo -sin pedir ya mucho ms- hasta la ms sencilla y elemental -y cruel- humanidad.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

rCR



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