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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 11-08-2013

Frailejones

Camilo de los Milagros
Rebelin


Que el pramo est empapado en silencio lo sabremos slo cuando la cordillera nos trague como una cruel bestia traicionera. Aterrador silencio. Absoluto silencio, lenguaje comn del ucumar, las nieves y los pumas. Tambin el pramo est hecho de mudos frailejones. Por eso, si el pramo conversa, podr decir de s mismo que es una tendida consagracin a la paciencia.


Los frailejones se demoran un ao para levantar un centmetro su cabeza de hojas largas sobre la estepa helada de la alta montaa. Se levantan para asomarse a las lagunas de todos los colores, tan mudas como ellos. Una carrera centenaria de desafiar vientos capaces de abatir los caminantes, nevadas que bajan como metralla, incendios que tarjan la tierra y soles que despegan la piel. Cada frailejn alza sobre su tallo cubierto de hojas muertas una pequea torre de Babel, se ofrece a la inmensidad. Son peludos, como corresponde a estos testigos de lo extremo: no es fcil cambiar de la madrugada a la maana temperaturas bajo cero por los soles ardientes de la alta montaa.

Con esa paciencia de ermitaos, invaden lentamente las caadas, los valles y las serranas del pramo. Muy despacio, ao tras ao, un siglo despus del otro, rellenan las morrenas que se separan de los paramillos, ocupan los filos que bajan desde las crestas rocosas de la cordillera, rodean los nevados, hasta que consiguen cambiar por completo la textura, el color y la forma de las montaas. Los frailejones hacen parte de la coleccin derramada de todos los matices del sepia que mancharon los Andes. Y gracias a su paciencia centenaria, la alta cordillera no es una llaga de peascos, sino una piel de mujer suave, cuando se observa desde la altura. Una mujer celosa a la que amamos a pesar del peligro.


Uno de ellos, terco espectador de las pocas, florece amarillo, elevndose muy por encima de los cinco metros en la punta de una caada ya olvidada. Ya estaba all, muy pequeo, cuando las yeguas castizas del Mariscal Robledo espantaron a las dantas y a los tigrillos, hollaron con sus pezuas el pramo por all en 1540, al invadir la tierra de los Quimbayas. Arbusto indiferente, vio las mareas feroces de indios Pijaos y Panches, que traspasaron por miles, descalzos, las cumbres a ms de 4.600 metros en la cordillera central cientos de veces, en cientos de aos, para hacer sangre y polvo de las famlicas villas espaolas en el Valle del Cauca. En la primera de esas batallas, an tierno, este frailejn se maravill ante un Dios desnudo todo de oro, cargado al hombro por Quimbayas y Pijaos, que hablaba dando rdenes militares y provocaba alegra y coraje en los hijos del Kumanday. Vio los indios morir de fro, rapia de los cndores y las tairas. Vio espaoles perdidos ahogados en los humedales. Vio caravanas de mercaderes que con bueyes y mulas erraban buscando el paso fcil de la montaa feroz, que cobra su tributo en vidas. Vio millones de mirlos, periquitos de los nevados, guilas y colibres de pramo que se posaron, maana tras maana, ao tras ao, siglo tras siglo, en su copa. Ni las erupciones furiosas de ese Kumanday que sepult pueblos bajo el lodo, al que le cambiaran el nombre por Volcn del Ruz, ni los incendios que resquebrajaron en cenizas miles de hectreas en miles de ocasiones, ni los ganados de los colonos boyacenses que llegaran mucho despus (ni sus hachas y camndulas) ni las rfagas siempre presentes de hielo y viento, pudieron derribar la paciencia obstinada del frailejn, que sigui elevndose un centmetro cada ao. Cuando superaba los tres metros y medio escuch el galopar alejado de las tropas de Bolvar, que atravesaban -una vez ms- quebrando el silencio de la cordillera, por el camino del Quindo. Luego cada centmetro traera las tropelas de una nueva o de la misma guerra civil. Alcanzando ya la robustez de los cinco metros, no le import que al lado de su caada los bandoleros del temido Sangre Negra se apoderaran de la Laguna del Otn, estableciendo un refugio a 4.000 metros. Era el principio de todos los principios fatales de nuestro siglo: la violencia colombiana de los aos 50. Despus ya estaba muy viejo para voltearse a mirar los guerrilleros que suban araando la serrana y los soldados que los perseguan, y luego los soldados que bajaban y los guerrilleros que los perseguan, centmetro a centmetro, batalla a batalla, paciencia contra paciencia. Y luego de nuevo el silencio.

A los seis metros, o mejor a los seis siglos, sobreviviente diario del pramo, que anuncia una calamidad distinta cada amanecer, este arbolito aun del color ms fro que tiene el verde, no se enter de nuestra presencia. Otros efmeros caminantes engullidos por la montaa, devorados por el milenario peso de la cordillera. Probablemente seguir all, uno o dos metros ms orgulloso, cuando nadie se acuerde de nosotros. El frailejn en el pramo es el opuesto total del caminante: ste es efmero y transitorio, el primero es paciente y definitivo.




El viento volver a rugir duro cada da, el fro intentar rasgar sus hojas, el sol tratar de tostarlo y el tiempo de doblar su tallo. Pero el frailejn seguir all como guardin de las alturas. Abajo, las generaciones se enterrarn unas a otras, en orden y en desorden. Los viejos enterrarn a sus jvenes y los jvenes envejecern en un da o nacern ya ancianos. Se fundarn ciudades que morirn antes que el frailejn. Se crearn naciones borradas del mapa en lo que tarde l en perder una hoja. Rodarn ocanos enteros bajo los puentes hasta que caigan los puentes mismos. Se elevarn hasta las nubes edificios derribados en un soplo, mientras el centinela cabezn del pramo contina su terca carrera de centmetros contra los siglos.

Ser la escritura igual de terca al frailejn? Contempla lo efmero con la paciencia desdeosa de lo eterno? La escritura moja lenta la vida, con todos los matices del sepia, el color de la eterna vejez. Que irnico, porque no hay nada tan fugaz como la vida.

Me pregunto si podr ese orgulloso frailejn alguna noche, en su larga continuacin de centmetros, alcanzar el cielo. Los venados que lo conocen mejor, dicen que no lo necesita. Naci pegado al barro hmedo de la montaa y los siglos lo doblarn, tambin con una paciencia infinita, para que no se separe de su madre despiadada. Por qu iba a querer el cielo, si desde pequeo est amarrado a la tierra, una amante mucho ms hermosa, mucho ms apasionada y caprichosa, que todas las promesas de trascendencia.



Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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