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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 12-08-2013

Las reglas de oro del dogma terrorista

Bruno Guigue
Oumma.com

Traducido para Rebelin por Caty R.


El tratamiento del terrorismo en los medios de comunicacin se caracteriza por su extrema variabilidad, pero siempre atenindose a una lnea que divide al planeta en un mundo inferior y otro superior. En el primer caso lo condenan a la insignificancia, en el segundo lo elevan al paroxismo.

Si nos atenemos a la definicin habitual las cosas parecen sencillas: el terrorismo es el ejercicio indiscriminado de la violencia sobre las poblaciones civiles con el fin de lograr un resultado poltico. Sin embargo de entrada el trmino terrorismo, como una bomba de relojera, es tramposo. Porque el dogma occidental marca su utilizacin de forma imperativa y prescribe el nico significado aceptable.

El cdigo lingstico se organiza en torno a tres reglas esenciales:

La primera es que solo se puede hablar de terrorismo si las vctimas son occidentales, es decir, norteamericanas, europeas o israeles, las que pertenecen al resto de la humanidad no se benefician de esa dignidad original ni deben figurar en las listas de vctimas inocentes. As es, desde hace 20 aos el terrorismo se ha cobrado menos vctimas en Occidente que en el resto del mundo. El atentado de Boston fue el primero en suelo estadounidense desde 2001, mientras que el terrorismo yihadista mat a 2.000 paquistanes solo en un ao.

Pero importa poco que los dems paguen masivamente el precio: son la calderilla de ese peligro planetario. El desencadenamiento de la violencia ciega indigna tanto ms a la opinin occidental en cuanto que parece totalmente incomprensible, desprovisto de sentido. Lo que provoca la clera es menos el mal evidente que la irracionalidad innata del terrorismo.

Despus de la tragedia de Boston, leamos en Newsweek, es imposible no plantearse las mismas preguntas que nos planteamos tras el 11-S: Hasta qu punto estamos seguros en nuestros hogares? Por qu Estados Unidos es a menudo el objetivo de muchas personas que tienen mucho que reprocharnos? Por qu nos odian esas personas?. Si el terrorismo es malo es porque no tiene razn de ser, porque es un absurdo escandaloso. Y si la violencia perpetrada contra Occidente bate todos los rcords de audiencia es proporcional a un incalculable perjuicio moral y no al perjuicio fsico que conlleva: la muerte sembrada por una barbarie llegada de otros lugares es incalificable porque es absurda, es innombrable porque desafa la razn.

De esa interpretacin del terrorismo da testimonio perfectamente el tratamiento dado por los grandes medios de comunicacin occidentales a los atentados. Las declaraciones periodsticas se destilan en un molde dual que divide dcilmente el planeta en dos hemisferios: aqul donde los atentados merecen que se hable de ellos y el de los de poca monta. En el mercado mundial de la muerte en directo, el valor de la vida humana sufre unas fluctuaciones impresionantes. El tiempo de antena dedicado a las vctimas acusa variaciones espectaculares segn su nacionalidad. Y, sobre todo, a las posibles causas de esas violencias solo se les aplica el coeficiente terrorista cuando las vctimas pertenecen al mundo civilizado. La muerte provocada por atentados solo se saca de la banalidad planetaria si el suplicio vale la pena: slo accede a su significado si transgrede la ley occidental no escrita de cero muertos.

Solo los occidentales sucumben bajo los efectos de una violencia injustificable. Entonces la imputacin de la responsabilidad se convierte inmediatamente en una incriminacin terrorista. Sin embargo esa sombra terrible solo planea sobre nuestras cabezas porque la esfera meditica le concede una existencia virtual. La realidad del terrorismo siempre es una realidad prestada, concedida por la representacin que forjan los medios de comunicacin, presa de su reproduccin audiovisual. Porque es rehn de un efecto espejo, nicamente su visibilidad planetaria, en el fondo, le insufla una autntica existencia: un atentado del que no se habla no es un atentado, sino un accidente que solo afecta a las vctimas y al resto del mundo le resulta completamente indiferente.

En consecuencia, el tratamiento meditico de la actualidad terrorista no se fija en los matices. Fuera de Occidente la selectividad de los medios presenta el terrorismo como algo inexistente, lo reduce a un alineamiento casual de cifras. Privado de resonancias afectivas, el relato de los hechos se tie de una fra estadstica que lo condena al olvido. Per y Colombia son duramente golpeadas por el terrorismo desde hace dos decenios, pero, a quin le importa? En cambio dentro de las fronteras occidentales la parcialidad meditica ambiental confiere al suceso un misterioso surrealismo, lo eleva a la categora de tragedia emblemtica, le atribuye un significado que sobrepasa siempre sus circunstancias inmediatas. El siglo XXI converge hacia Boston, titulaba el New York Times al da siguiente del atentado. Tres muertos en una ciudad estadounidense y el sentido futuro de una historia mundial secular se aclara, se presta inmediatamente a una interpretacin que le trasciende.

As la consideracin meditica del terrorismo se caracteriza por su gran variabilidad, pero segn un parmetro que divide el planeta en un mundo inferior y otro superior. En el primer caso se condena al terrorismo a la insignificancia, en el segundo se le eleva al mximo. Y Occidente se permite el lujo de alardear de valores universales cuando el inters de los medios de comunicacin siempre depende del PIB por habitante. En este sentido los medios nunca son ajenos a lo que cuentan o a las imgenes que difunden: Los medios crean propiamente el suceso, lo forjan con sus propias armas.

Como corolario de la primera, la segunda regla estipula que en cambio los terroristas son necesariamente no occidentales: Si las vctimas son nuestras, el terrorismo siempre es de los otros. Si las potencias occidentales recurren a l, ese terrorismo inconfesable pierde inmediatamente sus atributos, como por arte de magia se le limpia la marca de la infamia. El hecho de que el primer secuestro areo de la historia fuese realizado por el Ejrcito francs contra los lderes del FLN argelino, en 1956, nunca ha infligido a la patria de los derechos humanos esa denominacin infamante.

Desde este punto de vista el terrorismo no es un modelo operativo, sino una cualidad intrnseca: no es terrorismo por el hecho de martirizar a las poblaciones civiles, sino por esencia; no lo es debido a sus actos, sino en funcin de sus orgenes, de manera congnita. As los bombardeos asesinos de Grozni o de Gaza se libran de esa clasificacin, aunque responden perfectamente a la definicin de terrorismo, porque sus comanditarios civilizados son exonerados por esencia de cualquier compromiso con la barbarie que los rodea.

Por si fuera poco, esa violencia de Estado a gran escala se justifica como una reaccin del ocupante al salvajismo del ocupado: la legtima defensa de los fuertes responde, nos dicen, al fanatismo asesino de los dbiles. Cualquier accin armada, desde el momento que afecta a los occidentales, se reduce a terrorismo de una forma u otra, incluida la que afecta a los objetivos militares. Los actos de resistencia a la ocupacin extranjera se atribuyen invariablemente a esa denominacin infamante: cualquier potencia ocupante trata inevitablemente con resistentes terroristas.

Lo que vala para la Europa ocupada en la Segunda Guerra Mundial vale hoy para los territorios palestinos o chechenos. Experto en la materia, el general de Gaulle no se equivoc al declarar en su rueda de prensa de 1967 que Israel ha organizado en los territorios usurpados una ocupacin que no puede existir sin opresin, represin y expulsiones; lo que se expresa contra el Estado judo es la resistencia que l califica de terrorismo. As, al invocar una presunta consecuencia lgica (como si el terrorismo de los dbiles precediese al antiterrorismo de los fuertes), la autojustificacin de la represin cambiar la causa por el efecto.

Del establecimiento de esta segunda regla ya podemos sacar dos enseanzas. La primera es que la utilizacin del trmino terrorista se prohbe cuando la violencia contra los civiles llega a un umbral crtico. Cuanto ms elevado es el nmero de vctimas menos parece imponerse la calificacin de terrorismo: esta regla cuantitativa absuelve, por lo tanto, las matanzas masivas, la acusacin de terrorismo solo sirve para la muerte al por menor. La segunda enseanza es que el Estado nunca es culpable de terrorismo. Ninguna instancia internacional, por ejemplo, se atreve a calificar de terrorismo de Estado un bombardeo deliberado de zonas habitadas. Al contrario, todo sucede como si la reprobacin moral fuese inversamente proporcional a la amplitud del dao cuando una gran potencia defiende sus intereses haciendo uso de las armas.

Como consecuencia de las dos anteriores, la tercera regla, finalmente, exige que se deje en la sombra la gnesis histrica del terrorismo yihadista. Muralla frente a la influencia sovitica, antdoto del nacionalismo rabe, oportuno competidor de la subversin chi En efecto, los estrategas de la CIA han adornado al yihadismo con todas las virtudes. Al diluir la nacin rabe en un conjunto ms amplio, el panislamismo promovido por los saudes tena la virtud de neutralizar el nacionalismo rabe laico y socializante Y la alianza con una Arabia Saud conservadora en el plano interno y dcil en el plano exterior constitua, adems de la smosis con Israel, el autntico eje de la poltica estadounidense.

Durante un decenio Washington entreg 600 millones de dlares anuales a los combatientes del yihadismo antisovitico. Pero la paradoja es que tras el hundimiento ruso Estados Unidos continu dando su apoyo poltico y econmico a la guerrilla afgana. Su impresionante victoria sobre el Ejrcito Rojo aureol al yihadismo combatiente de una reputacin de eficacia que incit a Washington a manipularla en su provecho. En nombre de la lucha contra la Unin Sovitica EE.UU. favoreci sistemticamente a las organizaciones ms radicales. De esa manera la CIA, lista para cualquier manipulacin, termin pariendo monstruos cuyo peligro real era incapaz de apreciar.

Mientras trazaba audaces combinaciones entre las facciones afganas, la CIA no vio venir la amenaza que se abata sobre el corazn de Estados Unidos el 11 de septiembre de 2011. En suma, Estados Unidos pec por exceso de confianza en la omnipotencia del dlar. Fortalecido con sus ramificaciones internacionales, el yihadismo combatiente que se alimentaba de violencia extrema con su bendicin ya no le necesitaba. La inconfesable gnesis de Al Qaida, por lo tanto, no es ningn secreto: fue el efecto combinado de la obsesin antisovitica de Estados Unidos y el espanto saud ante la penetracin jomeinista.

As, el discurso occidental sobre el terrorismo presenta un engao triple: la restriccin geogrfica, una imputacin exclusiva de las causas y una frrea ley del silencio con respecto a sus orgenes. Esta semntica del terrorismo exculpa a Occidente de cualquier responsabilidad al tiempo que invita a las masas asustadas a cerrar filas alrededor de sus dirigentes, Para conferir al discurso sobre el terrorismo su efecto mximo, el lenguaje circunscribe su significado por medio de un autntico subterfugio. Se obtiene, en efecto, por un puro efecto lingstico: basta con imputar los crmenes del terrorismo a los denostados depositarios de una alteridad radical, empujar el origen fuera de las fronteras de la civilizacin.

Pero al conferirle un significado falsamente unvoco, este discurso adems le atribuye un segundo carcter tambin inverosmil. En efecto, el terrorismo no solo es una amenaza que marca su externalidad absoluta con respecto al mundo civilizado. Esa barbarie llegada de otros lugares tambin tiene la capacidad de actuar en cualquier momento. Como si estuviera dotada de ubicuidad pende siempre sobre nuestras cabezas. Eso es exactamente lo que pretende la propaganda de Al Qaida: no solo quiere la destruccin del mundo de los infieles y los apstatas, adems la llamada a la yihad global pretende convertir el planeta en un campo de batalla. Al proyectarse en la universalidad del ciberespacio, la yihad toma la apariencia inquietante de una amenaza que ocupa mgicamente todas las dimensiones del espacio y del tiempo.

Hermano gemelo de la retrica de la yihad globalizada, el mito del terrorismo planetario adquiere un alcance sin precedentes. Su influencia es tan profunda que el hecho de evocarlo basta para unir al mundo occidental en un rechazo horrorizado. Entre los oropeles con los que tapa sus ambiciones, consecuentemente el discurso proporciona el atavo ms cmodo. De la guerra de Afganistn a la de Mal, permite persuadir a la opinin occidental de que est en su derecho cuando aprueba la guerra en casa de otros. Inmuniza contra la duda respecto a los medios empleados y ofrece a buen precio una garanta de buena conciencia.

Toda amenaza, real o imaginaria, provoca una reaccin instintiva; el discurso sobre el terrorismo se adorna siempre de las virtudes del realismo, incluso cuando agita fantasmas. Puesto que el peligro es al mismo tiempo impalpable y constante, amenaza a todos y cada uno con su omnipresencia invisible. Est en todas partes y en ninguna, listo para saltar sobre un mundo aborrecido al que suea con destruir. As la ubicuidad imaginaria del peligro terrorista es el postulado comn del encantamiento yihadista y de la propaganda occidental: a ambos lados ejerce la misma funcin obsesiva que justifica una guerra sin cuartel y sin piedad.

Fuente: http://oumma.com/16841/terrorisme-regles-dor-de-doxa



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