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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 18-08-2013

Tal la disyuntiva que apremia articular una conduccin poltico-social continental
Unirnos o hundirnos

Isabel Rauber
Rebelin


Unirnos o Hundirnos, tal la ntida y contundente sentencia y convocatoria expuesta por el presidente Evo Morales Ayma al clausurar la Cumbre Internacional por la Defensa de los Derechos Humanos y la Soberana de Nuestros Pueblos, el da 3 de agosto de 2013, en Cochabamaba.

Esta sentencia pone al descubierto un vaco poltico, patentizado en la ausencia de convergencia poltico-programtica de movimientos y partidos, vaco que cada vez se hace ms imperioso superar en los mbitos locales y regionales y continental a partir de la articulacin de movimientos sociales y partidos polticos de izquierda y progresistas, en aras de construir una conduccin poltico-social colectiva (unificada y plural) en el continente. Esto supone la puesta en comn al menos‑ de lo que se entiende por: sujetos, conduccin, articulacin, horizontalidad, interculturalidad y descolonizacin. [1]

La cuestin clave est en identificar y converger colectivamente en dnde esta el ancla de la poltica: si en el pueblo organizado participando con autonoma, o en acuerdos de cpulas entre minoras. Estas ltimas no pocas veces propensas a la mediacin para la extorsin y el negocieo, presionando ‑con acuerdos por arriba‑, para conseguir beneficios a cambio de brindar apoyos coyunturales a la fuerza poltica gobernante. Contrariamente a tales prcticas, si una fuerza poltica gobernante est abocada a promover y respaldar el cambio social, entre sus tareas centrales debe estar tambin la construccin (poltica, cultural, organizacional) del sujeto poltico, conduccin sociopoltica colectiva del proceso de cambio, en su pas y en el continente. Esto es: aglutinar fuerza poltica parlamentaria con fuerza social extraparlamentaria, pero sin pretender subordinar sta a la parlamentaria, sino conjugando ambas, en articulacin horizontal, para constituir(se) el sujeto poltico colectivo, conduccin poltico-social del proceso. Y esta labor no cesa, es una tarea poltica permanente.

En el caso del PT de Brasil, por ejemplo, con los acuerdos de cpulas el gobierno petista mantuvo la gobernabilidad y tambin impuls y obtuvo logros significativos en lo social, sobre todo en sus primeros aos de gobierno. Pero si esto se toma como horizonte poltico y social de la gestin, queda como qued‑ subsumido por el sistema en el corto plazo. La pulseada con el poder es de largo aliento y no puede quedarse entrampada en las apetencias partidarias-sectoriales propias de una coyuntura. All no se abrieron las puertas a la participacin popular como motor de los cambios, no se dieron pasos concretos para transformar de raz las instituciones estatales y su funcionamiento, abrindolas a la participacin ciudadana, no se hizo del gobierno una herramienta poltica para apuntalar y fortalecer la construccin de un sujeto socio-poltico colectivo. Por el contrario, se mantuvo el viejo esquema piramidal, jerrquico subordinante entre el partido y los movimientos sociales, ampliando brechas en vez de acortarlas. Ello es parte de las razones del estallido reciente de movilizaciones multitudinarias en las grandes ciudades brasileras.

All ‑como ocurre tambin en diversas latitudes del continente‑, la ciudadana movilizada recupera socialmente de hecho‑ la poltica, anquilosada en aparatos partidario-estatales-gubernamentales. Con su accionar rebasa a los partidos polticos tradicionales de derecha, de centro, y tambin de la izquierda; los manifestantes expresan claramente: queremos participar! Revitalizan as el corazn revolucionador de todo proceso de cambio social popular: la participacin de los de abajo en las decisiones gubernamentales‑estatales y en la ejecucin y control de las polticas pblicas.

Una poltica joven

Con la instalacin del conflicto social, la juventud movilizada reabre un tiempo poltico que pareca superado y ausente de la realidad brasilea. Estaba latente en los movimientos sociales, pero desarticulados en su analtica y orgnica no lograron estructurar un quehacer poltico comn. De cierta manera, muchos de estos actores tambin relegaron de hecho‑ el quehacer poltico a los partidos de izquierda, imaginando algo as como una asignacin de roles diferenciados y distribuidos entre movimientos y partidos, que cada uno deba respetar en aras de llevar una convivencia armnica.

Pero las prcticas de lucha y construccin de l@s sujeto@s afirman en diversas latitudes‑, que este es el tiempo del protagonismo poltico de la juventud, de las mujeres, de los indgenas, de l@s afrodescendientes, de los movimientos sociales del campo y la ciudad. La ampliacin y renovacin de la poltica y lo poltico est en ellos, en sus resistencias, protestas y propuestas. Los partidos de izquierda ya deberan haber tomado nota de ello y cambiar.

Superar la defensiva

El desafo en relacin con el sujeto poltico, en tanto conduccin poltica y social de los procesos revolucionarios, no pasa por resolver el (falso) dilema movimientos o partidos, inclinando la balanza a favor de unos u otros; la tarea implica abocarse a la articulacin (horizontal) de todos los actores sociales y polticos del campo popular, construyendo la convergencia estratgica comn, emprendiendo si es menester‑, las transformaciones en los formatos organizativos que reclamen las organizaciones (sociales o partidarias) en aras de avanzar hacia objetivos colectivos y dejar atrs su condicin (y proyeccin) sectorial defensiva.

Y esta amenaza no acecha solamente a los movimientos sociales; es el juego permanente del poder y acta con fuerza tal vez con mayor fuerza‑, sobre el accionar de los partidos de izquierda recortando sus proyecciones polticas y sociales de transformacin confinndolos a cclicas prcticas defensivas. Vale recordar que, como seala Istvn Mszros, "Con la constitucin de los partidos polticos obreros bajo la forma de la divisin del movimiento en un "brazo industrial" (los sindicatos) y un "brazo poltico" (los partidos socialdemcratas y vanguardistas), la defensiva del movimiento se arraig todava ms, pues los dos tipos de partido se apropiaron del derecho exclusivo de toma de decisin, que ya se anunciaba en la sectorialidad centralizada de los propios movimientos sindicales. Esa defensiva se agrav todava ms por el modo de operacin adoptado por los partidos polticos, cuyos xitos relativos implicaron el desvo del movimiento sindical de sus objetivos originales. Pues en la estructura parlamentaria capitalista, a cambio de la aceptacin de la legitimidad de los partidos obreros por el capital, se hizo absolutamente ilegal usar el brazo industrial para fines polticos." [Mszros, 2001: 66] Aislando la poltica de la economa y los sujetos sociales, aseguraban el metabolismo del sistema en sus trminos de explotacin y ganancias.

Construir la ofensiva poltica de los pueblos

Luchar es siempre importante, pero para quienes buscan encaminar procesos de cambios revolucionarios es imprescindible construir propuestas y agendas para gobernar las coyunturas, para que sean las luchas sociales desarrolladas a partir de ellas las que marquen el rumbo y el ritmo de los acontecimientos y definan a su favor los conflictos entre los sectores del poder y no al revs. Es decir, para que las luchas populares no sean arrastradas e instrumentalizadas en funcin de los conflictos entre los sectores dominantes pues, en tal caso, quedarn encerradas dentro de la lgica del poder hegemnico y sern acomodadas a sus requerimientos. De las nefastas consecuencias de ello hay sobradas experiencias en nuestra historia. Por eso, como seala Samir Amn: De lo que se trata es de no subordinar las luchas a los conflictos, sino obligar a los conflictos a subordinarse a las luchas. [Amin, 2001: 13]

Precisamente por ello, construir un frente unitario de todo el pueblo como barrera infranqueable por los poderosos, disear un programa comn capaz de guiar las luchas sociales populares evitando que stas queden aprisionadas por los conflictos del poder, resultan tareas de suma importancia en este tiempo poltico continental. Es clave atender en todo momento a la relacin entre conflictos y luchas, no para explicar post factum determinadas conductas errneas, no como gua para reiteradas autocrticas improductivas entre actores del campo popular, sino para que estos desarrollen las capacidades de adelantarse en todo lo posible a los acontecimientos, de modo que les sea factible gobernar las coyunturas y no ser arrastrados por ellas.

Es tiempo de construir y transitar nuevos caminos. Por ejemplo ‑en realidades sociales que cuentan con gobiernos populares revolucionarios‑, haciendo de los instrumentos estatales-gubernamentales herramientas de los cambios definidos con la participacin popular y comunitaria gestada desde abajo. Ciertamente esto configura nuevos espacios de conflictividad sociopoltica.

Los conflictos surgen de las nuevas realidades y sus problemas que demandan tambin nuevas interrelaciones entre actores diversos. En el conflicto est presente lo nuevo y desconocido, lo no previsto, y tambin las viejas prcticas y los viejos pensamientos y culturas, el viejo saber hacer y, de conjunto, desatan interrelaciones que cuajan y se expresan en los conflictos. En este sentido es importante reconocerlos como parte de los nuevos mbitos de construccin poltica. Es decir: los conflictos no constituyen un obstculo o una molestia en el proceso sociotransformador; en tanto emergen de las dinmicas sociales del proceso de cambios, son una parte natural del mismo. En los conflictos reside, especficamente ‑segn se desarrollen polticamente‑, la posibilidad de que los diversos actores sociales, reducidos histricamente por el capital a una expresin demandante reivindicativa, vayan encontrndose, reconocindose integrantes de un sujeto poltico colectivo que, en tanto tal, cuenta con capacidades para definir protagnicamente, en cada momento, los rumbos su historia y traccionar hacia ellos los cambios.

Esto evidencia que la conformacin del sujeto poltico est en juego permanentemente; que es parte del desarrollo del proceso de lucha y transformacin, el cual se descubre ‑en ese sentido-, como un proceso interconstituyente de poder, proyecto y sujetos. Esto indica que no existe un ser ni un deber ser definidos a priori, que no hay sujetos, ni caminos, ni tareas, ni rumbos y resultados preestablecidos, ni situaciones irreversibles; todo est en constante disputa y debate.

Precisamente por ello los actuales procesos democrtico-revolucionarios que se desarrollan en el continente en disputa frontal con la hegemona del poder (neo)colonial-capitalista, reclaman el creciente y renovado protagonismo de los movimientos indgenas, campesinos, de mujeres, de trabajadores, barriales, de ecologistas, pensadores populares, etctera., junto al de los partidos de izquierda y progresistas, y a militantes funcionarios polticos de los gobiernos populares.

No basta con que los nuevos gobernantes se aboquen a hacer un buen gobierno, segn cnones del viejo orden; el desafo es abrir cauces para encaminar colectivamente el proceso poltico-social a cambiar de raz las instituciones, la sociedad, la economa, la cultura, el poder. Un paso hacia ello pasa por articular la decisin y gestin gubernamental-estatal con la participacin ‑poltica‑ de los movimientos sociales y el pueblo todo.

A su vez, estos tienen ante s la exigencia de asumir este nuevo tiempo poltico que han gestado desde abajo con sus resistencias y luchas. Esto demanda de los movimientos indgenas y sociales, alzarse sobre la carga cultural histrica heredada y acuada por el capital, erigirse en protagonistas responsables de co-gobernar para el cambio. No basta con que los representados reclamen a los representantes, no basta con protestar, no basta tampoco con tomar distancia pretendiendo seguir de cerca las gestiones de gobierno, pero sin compartir responsabilidades. El quemeimportismo poltico es hijo de la ideologa del falso descompromiso liberal, y en las actuales condiciones es funcional a la supervivencia de su hegemona. Es central participar en la toma de decisiones y asumir la responsabilidad de llevarlas adelante, formular propuestas para impulsar el proceso de cambios haciendo realidad las consignas del pasado y las exigencias de las nuevas realidades del presente, dando todos, en todas las dimensiones y mbitos del quehacer poltico‑, los pasos necesarios para ampliar el protagonismo del conjunto de actores sociales y polticos del campo popular y del pueblo todo.

Articular el sujeto poltico-social del cambio

La construccin de la ofensiva poltica de los pueblos anida en sntesis‑, en la posibilidad de trascender la defensiva: la fragmentacin entre problemticas y actores, la sectorialidad corporativa, la fractura entre lo social y lo poltico, el inmediatismo, la subordinacin de las luchas sociales a los conflictos y apetencias de los poderosos, las anteojeras poltico-culturales, la fractura entre partidos polticos de izquierda y movimientos sociales.

El proceso de resistencia y lucha de los pueblos ha venido formando y desarrollando conducciones colectivas de diverso carcter, formato y alcance (por ejemplo, Bolivia, 2000, 2003: guerra del agua, guerra del gas); se han dado tambin importantes pasos de avance hacia la construccin de espacios mayores de articulacin poltico-social, aunque mayormente an alrededor de cuestiones puntuales (por ejemplo, Argentina, 2001: Frente Nacional Contra la Pobreza). El problema no es, por tanto, la inexistencia histrica de conduccin poltica en trminos absolutos. Si no se logr trascender la coyuntura y articular una conduccin colectiva estable, se debe a que los actores participantes no dieron los pasos que la situacin reclamaba para lograrlo.

Se podr alegar, tal vez, que los obstculos fueron superiores a las voluntades en juego, pero lo que la historia muestra a las claras, es que han ocurrido incluso levantamientos o insurrecciones populares, pero si estos tiene lugar cuando solo existen conducciones sectoriales, fragmentadas, desarticuladas, no puede lograrse sobre la marcha una conduccin del movimiento social y poltico nacional. Prcticas sectarias de partidos polticos de izquierda y lo sectorial reivindicativo de los movimientos sociales sostenidas fragmentadamente, difcilmente se traduzcan en conducciones colectivas en momentos de crisis social y poltica. Y as, a la deriva, el proceso social se reencauza, poco a poco, por los canales tradicionales que ofrece la hegemona del poder. Argentina 2001-2003, es el ms ntido ejemplo de ello.

Reflexionando acerca de esto, deca entonces: Fragmentadas en su capacidad de pensamiento y accin, las distintas conducciones sectoriales, reivindicativas o polticas, participaron como uno ms, reclamndose despus, a s mismas y a los dems, por no haber podido llegar a tiempo a la conformacin de espacios colectivos, integradores, articuladores de la pluralidad de actores, pensamientos, propuestas y organizaciones o poblacin autoconvocada. [Rauber, 2002] Lo que no llega a estar claramente comprendido, expresado y afianzado en las prcticas cotidianas, no se lograr de golpe. [2]

Hay que aprender todos‑ a pensar y actuar colectivamente, a construir las confianzas y la complementariedad en vez de la competencia y rivalidad entre las organizaciones

El pueblo en las calles forj, histricamente, las condiciones para conformar una conduccin poltico‑social amplia y unitaria, basada en la horizontalidad y participacin plural intercultural, en lo que hace a puntos de vista, a propuestas, y a los propios actores-sujetos. Es tan rica y amplia la experiencia de resistencia, lucha y creatividad de los pueblos, que apelar crtica y autocrticamente a su historia puede abrir las puertas a un caudal inmenso de posibilidades.

Es hora de cambiar la actitud y entender que no se puede avanzar sobre la base de la condena a las propias limitaciones las de uno mismo y las del campo popular en su conjunto‑, sino asumiendo tanto los aciertos como las debilidades, buscando caminos y formas para superarlas y seguir adelante.

El momento requiere madurez, honestidad, humildad, respeto mutuo, y voluntad de seguir adelante. Poco vale que solo unos tengan mayor claridad en el rumbo a seguir si todos los dems resultan incapaces de visualizarlo. Pretender erigirse por encima de todos esperando que el conjunto del campo popular se subordine a un solo criterio poltico y de conduccin es, cuando menos, una buena forma de perder el tiempo.

Es hora de abandonar el capitalismo que anida en el interior de cada uno/a: la soberbia, la competencia, el sectarismo y el truchaje ideolgico y poltico. Las prcticas divisionistas siempre funcionales al sistema‑, resultan hoy muy tiles a los sectores del poder (local y transnacional). Colocados coyunturalmente fuera del poder poltico en varios pases del continente, buscan tiempo y oxgeno poltico para recomponerse y fortalecerse; lo hacen en todas las dimensiones de la vida social, y particularmente, alentando la confusin en el campo popular.

Es hora de quitarse las anteojeras que aprisionan nuestras miradas; es hora de espritu amplio, unitario y solidario, de crear y construir articulando lo existente con lo nuevo que emerge, en organizacin, participacin y propuestas

Esto subraya una vez ms‑, la importancia de articular la diversidad fragmentada, de tender puentes organizativos y propositivos‑ que contribuyan a articular las problemticas sectoriales y a los actores sociales y polticos del campo popular, en aras de avanzar hacia una convergencia estratgica, personificada en la constitucin del sujeto popular colectivo, articulada con la conformacin de su instrumento poltico electoral-gubernamental. Es la fuerza poltico-social de liberacin desdoblada en su quehacer coyuntural y estratgico, articulado en los quehaceres parlamentario y extraparlamentario.

Horizontalidad

Un factor crucial para la unidad es abandonar el obsoleto esquema piramidal‑jerrquico subordinante que no logra organizar fructferamente la interrelacin poltica entre movimientos sociales del campo popular, ni entre partidos de izquierda, ni entre partidos y movimientos. En este empeo, la horizontalidad resulta clave. Se trata de un principio de igualdad entre actores-sujetos, fundamental para construir una interrelacin dialogal entre pares. Este principio ha sido subestimado y desestimado, particularmente por los partidos de izquierda, que redujeron el planteamiento de horizontalidad a una cuestin morfolgica para, sobre esa base, desecharlo, calificndolo como: basista, espontanesta, anarquista, etc.; todo, menos pensar en modificar las propias arcaicas estructuras y criterios de organizacin y funcionamiento partidario acorde con la diversidad de sujetos poltico-sociales que existen en el continente, con sus identidades, aspiraciones y subjetividades. Esto demuestra que no est claro lo fundamental: La horizontalidad no es el problema, sino la fragmentacin, la sectorializacin de las luchas y sus actores, y la transicin defensiva de estos hacia grupos reivindicativos-corporativos.

No se supera la fragmentacin con la subordinacin de unos actores a otros; esto solo reproduce las cadenas alienantes del capital; la clave poltica est en la articulacin horizontal para la construccin de la conduccin poltico-social colectiva, sujeto poltico (en permanente dinamizacin y reconstruccin) del proceso sociotransformador emancipatorio hacia una nueva civilizacin. Por ello, a la vez, lo horizontal supone lo intercultural: reconoce a todos y cada uno de los actores como potenciales sujetos plenos, con capacidades iguales, aunque fragmentados en sus modos de existencia, en sus identidades, subjetividades realidad que no habla de gradaciones entre actores-sujetos, sino de lo impostergable de su articulacin basada en relaciones de equidad horizontal entre todos y viceversa.

La inaplazable descolonizacin poltica

Colonizados por los conquistadores, colonizados en el pensamiento, el modo de vida, el modo de interrelacionamiento humano, colonizado en el ser y el no ser, colonizados en tanto el ser hombres y el ser mujeres y sus interrelaciones sociales y personales; colonizados adems todos y todo, por el capital y su modo mercantil de existencia y exigencias, mercantilizada la vida humana, la razn, y la poltica, la cultura, la educacin, las ciencias tanto como la economa cmo embanderar la lucha y construccin de lo nuevo sin que ello suponga, simultneamente, impulsar un raizal e interno y externo proceso de descolonizacin cultural, poltica, de saberes y poderes en partidos y movimientos? En este sentido, descolonizar implica, de base, abandonar la pretensin de cambiar la sociedad desde arriba, as como las viejas y fallidas prcticas de buscar acuerdos entre cpulas.

En sentido estricto, en poltica, descolonizar significa construir capacidades populares de empoderamiento para que todos estn en condiciones de hacerse cargo de su historia y de sus responsabilidades, en tanto movimientos indgenas, sociales y en tanto partidos de izquierda, todos actores constituyentes del sujeto socio-poltico colectivo articulado.

Esto seala tambin uno de los grandes desafos polticos actuales, tanto para los movimientos indgenas y sociales como para los partidos de izquierda y ‑en particular‑ su Foro de Sao Pablo: poner fin a la fragmentacin y paralelismo existente en la relacin entre partidos de izquierda y movimientos sociales.

La inexistencia de una conduccin poltico‑social, colectiva, unificada ‑debilidad histrica de las luchas populares‑, es uno de los principales dficit (y necesidades) actuales del campo popular.

La foto que retrata dos actos importantes ocurridos recientemente en el continente lo muestra claramente: en Cochabamba los Movimientos Sociales, en Sao Paulo los Partidos de Izquierda. Podra alegarse que ello responde a una casualidad, dado que la Cumbre realizada en Cochabamba no estaba en agenda; pero vale tener presente que la causalidad emerge de una tendencia histrica sostenida.

Un nuevo tipo de conduccin poltica es necesaria y posible

Hay muchos obstculos para la articulacin, ciertamente, pero tambin hay numerosos ejemplos de luchas comunes y solidarias en la historia, que han dejado una valiosa experiencia. Esta es parte del caudal de sabidura popular acumulada que apunta la posibilidad de constitucin de una voluntad poltica comn. Por ello puede afirmarse que: En estas tierras, con histricas luchas sostenidas por movimientos indgenas y dems movimientos sociales, por partidos de izquierda, es factible avanzar hacia la construccin de una conduccin poltico-social, en cada pas y en el continente.

En esta perspectiva resulta de inters convocar a un foro permanente poltico-social continental y en cada pas que articule partidos de izquierda y movimientos sociales. En tal sentido, destaca la horizontalidad: articulaciones en pie de igualdad entre todos los actores-sujetos del campo popular, reconocindose todos y cada uno de ellos constructores del sujeto sociopoltico colectivo, co-responsables de enfrentar la amenaza del hundimiento, haciendo realidad la promesa de unidad para la vida por la que claman los pueblos del Abya Yala, nuestra Amrica.

Bibliografa citada

Amn, Samir (2001), Los desafos para el Tercer Mundo, Revista Pasado y Presente XXI, No. 3, Separata.

Mszros, Istvn (2001). The alternative to capital's social order, K P Bagchi & Company, Calcuta.

Rauber, Isabel (2002). Argentina, hora de unidad y de patria. En: Qu son las asambleas populares?, Continente Pea Lillo, Buenos Aires

Notas

[1] Una conceptualizacin de estos puede encontrase en mis libros: Movimientos sociales y representacin poltica. Articulaciones; en: www.pasadoypresente21.org.ar. Y en: Revoluciones desde abajo o Dos pasos adelante uno atrs.

[2] . Falta una filosofa de las luchas populares que contribuya a coagular un criterio aglutinador y articulador de las mismas acorde con las energas populares.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 


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