Portada :: Chile :: A 40 aos del golpe de estado
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-09-2013

Mis razones personales para no aceptar el carnaval de perdones

Tito Tricot
Rebelion


Las sombras de la noche ocultaban otra noche, ms espesa, ms oscura, cuando de repente un comando de la CNI irrumpi violentamente ante mi inexistente asombro, porque saba que algn da iba a suceder. Resist como pude sin considerar ni un segundo las claras posibilidades de la muerte , pero eran demasiados. Salieron de la casa, de los arbustos, de otras sombras. Y mi compaera, embarazada de 5 meses, en algn ignoto lugar, tal vez siendo torturada o ya asesinada o llorando o enfrentndose a ellos con coraje defendiendo a nuestro hijo. Yo solamente vea agentes armados hasta los dientes que gritaban y se paralogizaban ante mi inesperada y desigual resistencia. Tan desigual que jams podra emerger victorioso del enfrentamiento, pero era tal la rabia y la impotencia que poco importaban los riesgos. As, ya inmovilizado, boca abajo, respirando agitado sobre el angosto trecho de cemento, un agente se para detrs de m, pone la pistola en mi nuca y me dice: Tengo la bala pasada, si te mov, te mato. Fue en septiembre de 1987. Catorce aos antes, otro septiembre, en Valparaso, un suboficial de la Armada le ordena a un marino apuntarme con el fusil en la espalda y le grita: Si se mueve, mtalo. Dos momentos terribles congelados en el aire; un vuelo rasante que te seca la garganta y te estremece entero, aunque intentes mantener la calma. En Santiago de noche, en Valparaso de da, pero en cada ciudad la misma violencia, el mismo desprecio por la vida. Era el 11 de septiembre, un mes extrao, de luces y sombras, de alegras y sinsabores en la historia de nuestro pas. En nada de esto pensaba cuando un grupo de agentes, entre golpes y gritos, intentaba arrastrarme hacia un furgn utilitario estacionado fuera de la reja con su puerta abierta esperando otro desaparecido, otro asesinado.

En el forcejeo alcanzo a gritar mi nombre y decir que me estn secuestrando, y ms golpes y ms gritos, mientras resisto el ingreso hacia lo desconocido apretando fuerte las piernas sobre los contornos de la puerta corrediza. Finalmente lo inevitable: el violento aterrizaje al interior del vehculo. La capucha, una cuerda al cuello y un agente al costado golpendome con su pistola en las costillas. Yo slo pensando en cmo escapar del infierno, escuchando atento y ansioso el ruido de la calle, intentando descifrar luces y voces bajo la capucha. Saba que si comenzaba a difuminarse el sonido de la calle significaba que el vehculo se iba alejando de la ciudad, probablemente hacia un sitio eriazo en las afueras de Santiago para matarme. Mientras tanto, segua escuchando atentamente a la calle: los autos, las bocinas, las voces. Pensando, al mismo tiempo, qu hacer cuando me bajaran del furgn y me forzaran a correr para dispararme por la espalda o, quizs, simplemente darme un tiro en la nuca, como lo hacen los cobardes. Mero instinto de supervivencia, nada de valenta o herosmo, slo un ltimo intento de no morir indignamente que, supongo, es otra forma de querer vivir. Otro modo de preguntarse, con la angustia dibujada en los labios adnde van los desaparecidos, qu sienten, cmo evitar ser otro ms? Mi nica respuesta era seguir aguzando el odo y prepararme para la batalla final, mientras me sofocaban la capucha, la cuerda, la incertidumbre, en medio de las comunicaciones radiales en clave y las risas indolentes de mis captores. Hasta que se detuvo el furgn y una voz aguardentosa dijo desganado: venimos a entregar un paquete. Supe despus que mi compaera, su vientre inquieto, y al parecer en otro vehculo, al verme inmvil los increp con inmensa valenta diciendo que ella no se movera ni ira a parte alguna mientras no se asegurara que yo estaba vivo. Inconmensurable coraje en medio del terror. Estas son mis razones personales para no aceptar el carnaval de perdones.

Tambin porque a Ignacio Valenzuela, mi hermano y compaero, lo mataron por la espalda, pues no se atrevieron a dispararle de frente, no osaron mirarle al cristal de aquellos ojos vestidos de futuro. Fue en la denominada Operacin Albania, donde asesinaron a 12 combatientes del Frente Patritico Manuel Rodrguez. En dicha accin particip el capitn de ejrcito Luis Arturo Sanhueza. Utilizaba la chapa de Ramiro Droguett, era miembro de la Brigada Verde de la CNI, encargada de la represin en contra del FPMR y el Partido Comunista, y tambin particip en el secuestro y ulterior asesinato de cinco jvenes en septiembre de 1987 en venganza por el secuestro del coronel Carlos Carreo. Fue uno de los ms crueles agentes de la CNI y de la Direccin de Inteligencia del Ejrcito (DINE). Al huiro, como le decan, lo conoc en medio de la noche, era bajo, grueso y de mirada profunda, aunque de ojos pequeos enclavados en una frente demasiada amplia. Actuaba calmadamente, de manera fra y calculadora. Esto es guerra, me dijo desganado. Si no cooperas, hay otras formas de hacerte hablar, asever, dirigiendo la vista a ms de 10 agentes que me rodeaban en aquel cuarto. Ellos, a su vez, me mostraron el magneto usado para generar corriente. Uno de esos agentes escupe sarcsticamente: te salvaste en junio, en clara alusin a la matanza de la Operacin Albania. Tuviste suerte me dice pero se te acab ahora. Y las torturas, los gritos, la electricidad, las amenazas de muerte y las de torturar a mi compaera con sus 5 meses acuestas y sus ojos de cielo Estas son mis razones personales para no aceptar el carnaval de perdones.

Tambin porque en algn momento de furia en medio de un interrogatorio, un agente de la CNI me quita la venda y me dice que lo mire bien, que no se me olvide su cara, puesto que l me va a matar. De nuevo la venda y ms golpes y ms corriente hasta despertar en la posta central con una vrtebra fracturada. Y, ms tarde, enyesado desde el cuello hasta la cintura, encadenado a un vetusto catre de la penitenciara donde me trasladaron desde el hospital rodeado de agentes de civil. Fue en septiembre de 1987 y, tambin en septiembre, pero el mismo da 11, los marinos me detuvieron en Valparaso para llevarme al estadio Playa Ancha convertido en un campo de concentracin. Al descender del vehculo flanqueado por marinos, vi a cientos de hombres, obreros con sus cascos, estudiantes, qu s yo, mucha gente. Al ingresar por la puerta principal, pude ver que a todos los forzaban a subir por las escalinatas y desaparecer en la cancha. Eran trabajadores de la KPD, fbrica de construccin de departamentos donada por la Unin Sovitica al Gobierno Popular y que se encontraba ubicada en El Belloto. Tambin estaban los obreros de los astilleros Las Habas. Mucha gente, ms asombrados que temerosos, ms expectantes que aterrados, creo. Porque nunca habl con nadie, es que al llegar al estadio un oficial le pregunt a la patrulla que me traa de dnde vena, qu quin era; al darse cuenta que no vena de ninguna fbrica, sede de partido, radio o universidad, orden a los marinos dejarme en el rellano de una escalinata lateral. Al parecer, el oficial se desconcert conmigo, con mi esmirriada figura, mi juventud, mi inusual procedencia, mi arribo en ambulancia. O simplemente fue demasiado para l pensar qu hacer con alguien tan insignificante, cuando tena el estadio ya atiborrado de prisioneros. Para ser franco, yo tampoco saba qu hacer empinado en ese atalaya privilegiado, observando los centenares de personas que entraban por la reja central entre trastazos y gritos, para ser arreados hacia la cancha de ftbol. De repente, apareci al mando de una patrulla de cadetes un amigo alfrez, armado con un fusil para la guerra. Me qued mirando asombrado y me pregunt: Y t qu haces aqu?. No supe qu decirle, slo me encog de hombros y farfull un no s. Me atisb un segundo y se fue corriendo con su tropa de soldaditos. Ni una palabra de pesar, ni un lo siento, ni siquiera una sonrisa triste de solidaridad. Nada. l, mi amigo, cmplice de mil noches, de fiestas, de pololas. l, Patricio Gajardo, mi vecino, a quien le cuidaba su polola de potenciales rivales ante sus celos enfermizos. ramos amigos, de uniforme o sin l, de cadete o de civil. Por eso nunca imagin por un momento que l sera parte de esta guerra absurda, que aparecera de la nada vestido para matar. Que no hiciera nada por m, que se alejara entre fusiles y bayonetas y me abandonara a mi suerte. l, mi amigo que posteriormente fue agente de la DINA y de la CNI, quiz a cuntos compaeros tortur o asesin, quiz a cuntas mujeres viol o asesin. Hoy trabaja en Per como consultor internacional en administracin logstica a empresas. Creo que cuando se escabull tranquilamente sin ayudarme, fue ese el instante preciso en que tom conciencia de que esto era en serio, que nada nunca volvera a ser igual, que en las alturas de Playa Ancha, donde el viento es amo y seor, se detuvo el tiempo, y el viento se convirti dcilmente en una masa gelatinosa que aplastaba los hombros y las esperanzas. Estas son mis razones personales para no aceptar el carnaval de perdones.

Probablemente a pocos les importen mis razones personales para no aceptar el carnaval de perdones, pero mientras los desaparecidos continen desaparecidos, los torturados sigan torturados, y los asesinados an estn muertos, simplemente quera decir mi palabra, aplacar mi desgarro y gritar: ni perdn ni olvido, slo verdad y justicia.

Dr. Tito Tricot

Socilogo


Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter