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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 06-07-2005

Apoyar a los soldados

Alberto Piris
La Estrella Digital


Consciente del descenso de su popularidad, el martes pasado Bush se traslad a la base militar de Fort Bragg (Carolina del Norte, EEUU) para dirigir una alocucin televisada a toda la nacin, ante una audiencia bsicamente militar y, por ello, presumiblemente fiel y entusiasta con motivo del primer aniversario de la instauracin del nuevo Gobierno iraqu en Bagdad.

No encontr los calurosos aplausos de otras ocasiones entre los uniformados. El Washington Post inform de una acogida en silencio ptreo, poco televisivo y slo en un par de ocasiones se escucharon las anheladas ovaciones, estimuladas por personal de la Casa Blanca. Se ha discutido en los medios estadounidenses sobre las razones de tan inusitada frialdad: no ha quedado claro si se debi a rdenes procedentes de Washington fielmente cumplidas por una audiencia muy disciplinada para no convertir el acto en un mitin de fogosos simpatizantes, o si fue muestra del incipiente distanciamiento que se aprecia entre los ejrcitos y su comandante en jefe.

En cualquier caso, si se trataba de conmemorar el primer paso hacia la democracia iraqu
simbolizado por el actual Gobierno ttere que apenas gobierna, la verdad es que el presidente no habl mucho del asunto. Aludi ms a los atentados del 11S, al terrorismo y a la guerra global antiterrorista. Teniendo en cuenta que Iraq nada tuvo que ver con el 11S ni alberg terrorismo alguno hasta ser ocupado por los invasores, se deduce que Bush se vio obligado a insistir en las mentiras con las que ha arropado sistemticamente la intervencin militar en ese desdichado pas. Naturalmente, no se refiri a las armas de destruccin masiva ni a la vasta operacin de engao con la que se ha intentado justificar a posteriori la invasin y la ocupacin de Iraq.

Uno de los motivos dominantes de su discurso, entre una serie de lugares comunes que ltimamente se acumulan en cualquier intervencin pblica presidencial, fue la elaborada exhortacin a apoyar a nuestros soldados. Es evidente que esto tena que encontrar un eco muy favorable entre los asistentes al acto.

Una lectura somera del texto publicado basta para deducir que Bush no se sinti capaz de pedir al pueblo estadounidense un apoyo manifiesto a la poltica desarrollada en Iraq, como hizo en ocasiones anteriores. Tan desacreditada est ya dicha poltica segn indican los ltimos sondeos de opinin que parecera un empeo chusco, cuando no contraproducente, insistir en ese aspecto. En vista de lo cual recurri a solicitar el apoyo popular a los soldados de EEUU desplegados en Iraq y Afganistn. Quin no apoyara al propio ejrcito, tanto ms cuando contina sufriendo bajas?

En esto consiste precisamente la trampa del discurso de Bush. Es natural que quienes defienden con entusiasmo la poltica de un Gobierno respalden la accin de los ejrcitos desplegados sobre el terreno para llevarla a cabo. Pero cuando se disiente esencialmente de esa poltica es imposible aceptar y dar por buena la misin que los ejrcitos estn desempeando. En este caso, el verdadero apoyo a los propios soldados consistira en exigir que cesen de sufrir bajas indeseables e intiles y que el Gobierno organice del mejor modo posible su necesaria retirada. Asunto importante, pero no esencial para lo que nos ocupa, es que tal retirada se haga de modo que no implique consecuencias ms nefastas para Iraq, para Oriente Prximo y el resto del mundo que las que trae consigo la ocupacin.

A lo largo de la Historia son incontables los soldados que han muerto por causas muy diversas, con valor y herosmo al servicio de los dems. Pero no todos murieron para lograr un mundo mejor, ms libre, digno, justo o seguro. Algunos sirvieron a su pas con coraje y abnegacin, hasta el sacrificio personal, en guerras injustas, opresivas o criminales, que agravaron la suerte de muchos pueblos. Mostrando las mismas cualidades en el combate y la misma entrega a su sentido del deber, unos y otros inspiran necesariamente consideraciones opuestas.

No es traidor a su pueblo el que sabe distinguir entre stas y tiene la valenta de proclamar (como ocurri en EEUU durante la guerra de Vietnam) que no es antipatriota el que se opone a una agresin injusta de los ejrcitos propios, cuyos efectos en ltimo trmino padece, como ocurre casi siempre, una poblacin civil inocente.

La trampa se completa porque cada nuevo muerto en combate es utilizado como un argumento reforzado para continuar la intervencin militar, en una espiral sin lmite. Para salir de ella es preciso que la poblacin entienda que puede oponerse abierta y tenazmente a una poltica que considera intervencionista y agresiva, sin que por ello ponga en peligro la vida de sus soldados que, al fin y al cabo, son sus propios hijos. Saber reconocer que algunos de ellos han muerto intilmente y por una causa equivocada es muy doloroso pero, en todo caso, es mucho mejor, a la larga, que persistir en una cadena de engaos y justificaciones falsas que, tarde o temprano, acabarn desvelndose.

Pero hay otra cara de la misma moneda: los gobernantes que decidieron y emprendieron ese tipo de guerras son los que habrn de responder ante su pueblo y ante la Historia por el despilfarro intil de lo que la nacin puso en sus manos: las vidas de los que tenan como misin defenderla. Esto, a pesar de que raras veces los pueblos lleguen a tener ocasin de juzgar y castigar a sus gobernantes delincuentes y aunque el juicio de la Historia se produzca, como suele ser usual, demasiado tarde.


* General de Artillera en la Reserva
Analista del Centro de Investigacin para la Paz (FUHEM)


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